TIEMPOS PASADOS DESPERTANDOSE…../…..LA VIDENTE CASSANDRA, HELENA Y LA GUERRA DE TROJA,……….CASANDRA LA BOLA DE CRISTAL DA VUELTAS Y MÁS VUELTAS HASTA QUE UN PUNTO EN ELLA FULGE DE MANERA PARTICULAR, ANUNCIANDO ASÍ UN GRAN SUCESO LUMINOSO

La vidente Casandra, Helena y la guerra de  Troya

A BOLA DE CRISTAL DA VUELTAS Y MÁS VUELTAS HASTA QUE

UN PUNTO EN ELLA FULGE DE MANERA PARTICULAR,

ANUNCIANDO ASÍ UN GRAN SUCESO LUMINOSO

CASANDRA  

Mucho tiempo después de que Parsifal e Irmingard moraran en la Tierra como Abd-ru-shin y Nahome, las irradiaciones de la Luz permanecieron ancladas, gracias a este suceso, en muchas almas humanas en la Tierra. Estas irradiaciones llegaron incluso a propagarse allí donde encontraron el suelo apropiado. Tales lugares fulgían cual aislados puntitos luminosos, mientras los planos y reinos elevados se asemejaban a sutiles filtros que permitían el flujo de fuerza de lo alto sin impedimento alguno.

Así de permeados de luz estaban, además de los elevados planos espirituales, todos los planos de lo sustancial. Esa era la época en que todos los auxiliadores sustanciales aún podían realizar su gozosa labor en la materia física, toda vez que los hombres los reconocían y trabajaban con ellos. De ahí que vibrara un vida pura en tantos lugares de esta Tierra y que las sustancialidades obraran de manera manifiesta, siéndoles visibles a muchos seres humanos.

Fue así como en aquel entonces los seres humanos tuvieron conocimiento de los auxiliadores sustanciales, a los cuales, erróneamente, llamaban dioses, al ver en ellos seres de otra naturaleza y que vibraban de manera más pura en la voluntad de Dios, razón por la cual eran más poderosos también.–

Y el globo terráqueo, al igual que los demás cuerpos celestes, rotaba con acompasado ritmo en torno a su astro padre y dispensador de luz, el resplandoroso Sol.

Fresco y joven se veía éste aún, pese a que, considerado desde el punto de vista humano, eran inimaginable e indescriptiblemente largos los tiempos que ya había dejado atrás e impenetrables los sucesos evolutivos que ya en ese entonces tenía en su haber.

En torno a la Tierra se movían brumas que se encontraban en constante efervescencia y hervor y que brillaban y rielaban como el ópalo. Allí donde fulgían con colores más claros y luminosos, les estaban mostrando a las sustancialidades los lugares en la Tierra en los que estaba anclada la santa fuerza de la Luz gracias a espíritus humanos puros.

Las rutilantes corrientes luminosas de la pureza eran atraídas a estos sitios como por poderosos imanes. Transportadas por los auxiliadores sustanciales, eran procesadas por éstos, que entonces las transmitían a la materia. Así se iban tejiendo a lo largo de siglos y en torno a la Tierra redes luminosas que podían proveer nuevos puntos de conexión con la fuerza divina.

Sin embargo, allí en este círculo opalescente donde resplandecían colores oscuros, eran los lugares de la Tierra donde el pensar humano realizaba ofrendas al poder del intelecto, donde las orgías sustituían a los sagrados festivales divinos, donde acciones malvadas por parte de los hombres emitían sus oscuras emanaciones. Hacia lugares así no se inclinaba el rayo luminoso, y el brillar del reluciente ópalo se tornaba mortecino, sin vida.

Ese era el panorama sobre Babilonia, sobre Egipto, sobre muchas islas frente a las costas de Asia Menor, donde los tiempos de una volición humana pura se habían convertido en cosa del pasado. Lo que había sido un vigoroso crecimiento de pueblos maduros devino en decadencia, una decadencia acompañada de la sonrisa irónica de sus primas la corrupción y la depravación.

Mas sobre el azul del anchuroso mar brillaba con claro fulgor la delicada y ondulante red de materia física sutil, permeada por las puras corrientes de fuerza sustanciales. Y el sol resplandecía en las olas, que incesantemente emitían su bramante susurrar, cual lejana y grave música de órgano tocada en honor a Dios.

Nereidas jubilosas se movían con gran prisa de aquí para allá en este mundo de incesante bramar y, echando mano de las luminosas redes, se las extendían a los seres del aire. A lo lejos brillaban con la misma luz rutilante claros segmentos de costa dentada, islas y ensenadas.

Puro, simple, sencillo y grandioso al mismo tiempo era el brillo que emitía también en su natural virginidad la costa de Grecia al otro lado del mar. La anchurosa espalda del Olimpo se alzaba llegando hasta el cielo teñido de añil, y en torno al majestuoso pico se agolpaba la agreste belleza del país cual ovejas que se agrupan en torno a su pastor.

Sobre el país de los griegos, sobre el mar y sobre la costa de Asia Menor al otro lado de la gran masa de agua se hechó a ver un movimiento particular. Una luz clara parecía transfigurar de manera especial este punto de la Tierra. Asemejándose a construcciones levantadas por poderosos gigantes, se alzaban en la costa grandes templos y fortalezas.

Poderosas ciudades resplandecían en la luz del sol y las construcciones que se veían en ellas atestiguaban, con su carácter estricto, grave y vigoroso, de fe, disciplina y orden, como también de diligencia, a la vez que entonaban un cántico excelso y heroico en honor a los eternos dioses.

Nada se percibía allí de ese éxtasis en lo frívolo y lo pomposo que más adelante quebrantaría la fuerza de este pueblo, mas ya se veía el germen de ese heroísmo tenaz y terco que convertiría a esos héroes que en un principio eran temerosos de Dios en aventureros violentos y porfiados que sometían a los más débiles, no para traerles progreso, sino solo por sed de poder.

Lentamente se movía la plateada luz vivificadora del amor divino a lo largo de las costas griegas, como si buscara algo en ellas y al mismo tiempo vertiera sus bendiciones sobre la Tierra. Mas no acababa de hacer parada, no se dignaba descender por fin, ello pese a que los luminosos auxiliadores sustanciales ya extendían, jubilosos, sus brazos a lo alto, listos para servir de puente en la materia a la Luz de Dios.

El brillo plateado continuó moviéndose por las nubes que flotaban sobre la costa y el mar, y se detuvo un tiempo sobre el litoral de Troya.

De esa manera, fue preparándose el país, el pueblo, la casa en que habría de descender una chispa de la Luz de Dios. Ajenos a todo ello, los hombres seguían viviendo sus vidas llenas de trabajo, de lucha y de goces. Estos seres humanos vivían de los regalos de Dios, y en las fuerzas de la naturaleza no veían sino el operar de sus dioses.

Pura y simple, agreste y clara era esta tierra, como también lo eran las costumbres de sus habitantes. Los hombres eran pastores, labradores y guerreros. Las mujeres servían en el hogar; preparar la comida y confeccionar la vestimenta eran sus principales tareas, así como hacerse cargo del bienestar del ganado y de la servidumbre y cuidar de los niños.

Esta vida y obrar naturales hacían que sus espíritus fueran desarrollándose tranquila pero auténticamente.  Por medio de la existencia que llevaban, maduraban sin darse cuenta de ello. La clara y simple vida de las mujeres, que solo venían a abandonar sus obligaciones en la casa paterna para asumir las que le correspondían en la casa del esposo, se abría, por ley natural, a la captación de las fuerzas puras que se encontraban por encima de ellas.

Con su admiración por lo puro, sus aspiraciones no hacían sino ir en pos de lo alto. Las féminas se esforzaban por mejorar como seres humanos, y el anhelo que las colmaba, anhelo que su espíritu saciaba con el culto a los dioses, no hacía sino ennoblecerlas. Este ennoblecimiento del espíritu trataron entonces de expresarlo en acciones exteriores: comenzaron a purificarse a sí mismas y su entorno, empezaron a hacer uso de adornos y a  introducir mejoras. Por medio del donaire de su ser, ganaron en poder y se convirtieron en las guardianas de los hogares y de las casas de Dios, los cuales eran construidos por los hombres bajo su influencia.

Con gran fuerza operaba la virtud de la pureza y la lealtad mediada por las altas sustancialidades que constituían los puentes a la mujer terrenal. Los griegos las llamaban Hera y Hestia.

La figura luminosa de Hestia hacía a menudo acto de aparición en la luz de las llamas del sagrado hogar, el cual, en todas las casas, ocupaba el lugar central de la habitación más grande; tanto en la morada del más humilde e insignificante de los hombres como en la del sumamente acaudalado rey y señor.

Los grandes salones de macizos muros se alzaban cual obra de gigantes. Altas y anchas eran las torres; pesadas las puertas; enorme el macizo rectangular y hecho de piedra que constituía el fundamento sobre el que descansaba el edificio superior construido a base de material arcilloso y áspero.–

Así fue madurando Troya en pos de un gran suceso cósmico en la Tierra; de ese modo fue siendo preparada para darle acogida a un misterio divino que ya se había consumado en el Santo Castillo de la Luz. Ya que una vez más se habría de cumplir una gran gracia en la Creación, como resultado del amor de Dios: lo que Parsifal había comenzado como Abd-rushin habría de ser culminado en la Tierra por María como Casandra.

Y en el Santo Grial se cumplió la voluntad de Dios. Constante era el bullir ardiente en el sagrado cáliz en el que el Padre vertía Su Luz por medio del Hijo.

De un blanco como el cristal y un brillar traslúcido como el del diamante, se erguía en su trono de luz dorada el Rey Parsifal. Su cabeza, que lucía el yelmo dorado y la corona de su dignidad, estaba rodeada de la luminosidad de la Paloma. Sus ojos eran claros como el oro y su copiosa cabellera plateada le llegaba a los hombros. En sus manos traslúcidas como el alabastro sostenía la Espada.

Sentada a Su derecha se encontraba María, ataviada de vestiduras de un blanco reluciente. Proveniente de un salón a la izquierda del gran pabellón, apareció la figura de Irmingard que, acompañada de un grupo de encantadoras damas, descendió las anchas y radiantes gradas y, sosteniendo en sus manos en alto el cáliz de Luz, se arrodilló ante el Rey del Santo Grial, al tiempo que le ofrecía el precioso recipiente.

Todo ello mientras se dejaba escuchar lo que parecía el armonioso tañir de grandes campanas cuyo retintín se propagaba en incontables ondas, a la vez que nuevos raudales de la más pura luz penetraban constantemente desde lo alto.

Los anchurosos pórticos estaban totalmente llenos de espíritus radiantes que formaban una multitud cuya vastedad iba más allá de donde el ojo alcanzaba a ver. Todo el Santo Castillo estaba permeado de la luminosidad y melodía de la Luz, así como de la adoración de Dios que la acompañaba.

Fue entonces que fluyó a raudales, proveniente de lo alto, una corriente intensificada de la dorada luz enviada desde el secreto divino y se dejó escuchar la voz del Padre:

«¡Que así sea!»

Y sobre la cabeza del Hijo se posó la mano del Padre para separar el Amor de la Justicia, con lo cual un manto de un negro radiante y luminoso cubrió los hombros de María.

María brillaba como la luz del sagrado cáliz que Irmingard sostenía en sus manos. Fue entonces que de lo alto fluyó a mares la fuerza del Padre, y, poniendo ambas manos sobre el Santo Grial, María se dio a orar.

Con ello se intensificó sobremanera el fulgor de la blanca luz de su corona, la cual asemejaba un resplandeciente zarcillo de rosas. Acercándose  a ella, la Reina Primordial la arropó todavía más en el manto que se le había conferido y que habría de adquirir su facultad protectora solo por medio de la fuerza de los cumplimientos. Con el hundimiento en los planos materiales de la Creación, dicho manto va cambiando para adquirir la naturaleza de la que María precisa para su protección según el plano de turno; ya que el Amor proveniente de la Justicia es tan puro que sin envolturas jamás podría subsistir en la materia, jamás subsistiría en medio de las corrientes de esos mundos entenebrecidos. Sería constantemente atacado y enturbiado por la maldad de Lucifer.

La oración de María al Señor cobró suma fuerza. Cual sagradas lenguas de fuego, los bienaventurados espíritus seguían de pie formando círculos alrededor de Parsifal su rey. Y sobre los escalones que la Azucena Pura iba enviando de plano en plano sirviéndose de la volición que le es propia, María, que seguía sumida en oración, fue descendiendo escalonadamente y de manera gradual hasta la Tierra.

En cada plano por el que pasaba hacía sentir los efectos del intenso flujo de fuerza luminosa. Los puros espíritus creados se sintieron como rejuvenecidos; así percibieron estos el paso por su esfera del amor celestial.–

Sentada en el círculo de mujeres y mozas de la majestuosa casa, Hécuba, la mujer de Príamo y madre de los más bellos héroes del país, la soberana de Troya, se encontraba ensimismada en sus pensamientos. Las mujeres estaban hilando fibras y convirtiéndolas en fino algodón para sus anchos vestidos.

En eso se alzó el fuego del hogar, y en las llamas se le apareció súbitamente a la reina un rostro que, bello y apacible, lleno de bondad y pureza, la miraba fijamente a los ojos. En este semblante se dibujaba una sonrisa amable que daba aliento e infundía ánimo.

Moviendo con dificultad su majestuosa y corpulenta figura, Hécuba se puso de pie y, con cierto cansancio, caminó hasta el hogar, donde entonces inclinó su cuerpo a fin de estar más cerca de las llamas. Se había sentido atraída allí por el rostro flamígero; sabía que la diosa tenía algo que susurrarle.

Las otras mujeres no le prestaron atención a la conducta de la reina: era usual que Hécuba se comportara de manera extraña cuando su vientre había sido bendecido. En períodos así la soberana se mostraba más distante de la gente y conectada a las fuerzas invisibles de la naturaleza,  poniendo de manifiesto una profunda beatitud y una actitud taciturna.

Esta vez, empero, su carácter austero y severo emanaba un aura mágica; su rostro, un ligero resplandor. La mujer era toda oración en el desempeño de sus labores y al lidiar con las preocupaciones diarias. Su vida estaba regida por la disciplina y el orden, y ella misma llenaba toda la casa y la corte con su constancia, su altruismo y su lealtad, mas no con calor humano. Todos la obedecían, todos la respetaban grandemente, pero nadie la amaba.

Y Hestia le susurraba a menudo desde el crepitar de las llamas consejos y palabras esperanzadores. La diosa guiaba el proceder de la mujer y le daba fuerza, una fuerza que se le hacía patente a muchos, pero cuyo origen les era desconocido a todos. Hilos luminosos, fuertes y, al mismo tiempo, de gran sutileza fluían de Hestia a Hécuba, recorriendo el ser de ésta, quien los percibía como una dádiva.

«Tienes la madurez para recibir una luz pura y excelsa»: esas fueron las palabras que las llamas le susurraron a Hécuba. Ésta, si bien las escuchó, no sabía que se referían al bebé, no sabía que aludían a la criatura en su vientre.

A partir de ese instante la casa se vio colmada de gran actividad. Figuras luminosas entraban y salían, llenando las habitaciones de una bendición de naturaleza inédita.

Hécuba le oraba a los dioses y adornaba todos los días con flores y guirnaldas la imagen de Hestia que descansaba sobre un pedestal de piedra colocado en un pequeño atrio.

Ella, en particular, se aventuraba ultramuros y recorría las colinas y pequeñas praderas a fin de recoger las florecillas blancas que allí brotaban. Grandes rebaños de pingües ovejas y ágiles cabras, cuyos pastores habitaban en estas montañas, pacían en el lugar.

Taciturnos y adustos como su reina eran estos hombres. El tono de sus flautas sonaba como el suave susurrar del viento o la mansa melancolía de las extensas estribaciones que se divisaban en el oeste. Aquél constituía la expresión de su idiosincrasia. A Hécuba le gustaba particularmente la tonada de estas flautas.

Uno de estos pastores se alegró al ver a la reina subir la colina. Desde hacía un tiempo se sentía fuertemente atraído hacia la eximia mujer, que le daba la impresión de estar bañada de una luz especial. El hombre era uno de esos seres humanos abiertos que experimentaban de manera viva en su interior el tejer del Amor de Dios. Poseído de gran amor, observaba con ojos bien abiertos el suelo patrio y cómo este se cubría de verdor y daba frutos, para entonces languidecer y marchitarse.

Toda moción en el ánimo de sus animales le resultaba familiar; así, era capaz de adivinar los peligros que les amenazaban provenientes de enemigos de todo tipo. También le era a menudo dado ver espíritus de la tierra, del aire y del agua, así como encontrar hierbas y piedras de las que podía servirse con fines curativos.

Su rostro bello y curtido, de tez morena, estaba enmarcado por copiosos cabellos rizados; su cuerpo alto y fornido llevaba una rústica vestimenta que le llegaba a las rodillas. Los musculosos y robustos brazos y piernas permanecían al descubierto. Apoyado en el cayado del que se valía para, con leves señas, guiar el rebaño, su mirada reposaba en Ilión, que se extendía en el valle al pie de las montañas.

Lejos llegaba la mirada de estos ojos, los cuales eran tan perspicaces que podían divisar al águila rapaz volando sobre el rebaño incluso antes de que los animales se olieran su presencia. Presa de un gran anhelo, el hombre podía pasarse largo rato contemplando la resplandorosa luz del cielo, como si quisiera hundirse en ella. De niño había sido un ser prodigioso y seguía siéndolo ahora de hombre.

Cosas que los demás solo mencionaban en voz baja y apenas podían entender él las hablaba con la mayor naturalidad. Su vida estaba estrechamente relacionada con los animales, las plantas y los elementos. Se comunicaba con estos como si fueran de su especie, los veía como compañeros, como hermanos y amigos suyos, y los amaba más que a sí mismo. Su empeño se centraba en llegar a entender el lenguaje de estos enigmáticos seres. Ahora, lo que los hombres le decían él lo separaba en categorías y contrastaba la manera de hablar de aquéllos y su modo de expresión con los fenómenos de la naturaleza.

Para todo tenía él símiles sacados de la naturaleza, y sus valoraciones eran siempre acertadas y justas. Su saber superaba el de los demás, y a menudo el pastor bajaba a los poblados de los hombres a fin de ayudarlos. Ya fuera la preocupación por un animal lo que oprimía sus corazones, o la presencia de algun enfermedad en la casa, ahí estaba él, y siempre justo con aquello que ellos necesitaban. Los socorridos de esta manera meneaban la cabeza, mas tomaban con gratitud lo que se les ofrecía. Algunas veces, empero, sentían desasosiego, sentían temor.

La única que no le huía era Hécuba. También esta vez se dirigió hacia él con paso firme y lo saludó.

Él, empero, hizo algo que normalmente no hacía, puesto que no era un hombre dado a la cortesía exagerada. Hincándose de rodillas y sin decir palabra, alzó sus manos, sosteniendo en ellas una hierba medicinal. De manera firme e inquisitiva, miraba en los ojos de la reina.

Hécuba se detuvo en seco. Sin dar un paso más, hizo ademán de levantar al hombre:

«¿Qué me estás ofreciendo, Pericles? ¿Qué voy a hacer yo con esto?».

«Te hará falta, señora, para cuando te empiecen los dolores de parto. ¡No olvides tomarla! Habrá de fortalecerte y de llevarte a abrigar pensamientos elevados que te llenarán de bienaventuranza. Haz de cuidar de tu alma como de una casa que, clara y radiante, abre sus puertas a la luz del sol. Tienes que cuidar de tu cuerpo como un precioso receptáculo que alberga el más valioso tesoro de la Tierra. Debes darle un cambio total a tu ser interior, para que así puedas darte cuenta de la gran fortuna que le ha tocado en suerte al mundo y, de esa manera, no la pases de largo. A ti en persona te es dado recibirla, por lo pura que eres».

Hécuba estaba estupefacta. Si bien había oído las palabras, no conseguía entender su significado. Las mismas, empero, seguían resonando en el interior de la reina cual corriente consoladora cuando aquella emprendió el viaje de regreso colina abajo.

Este pastor siempre tenía para uno palabras tan enigmáticas. El idioma que hablaba se le hacía indescifrable a los hombres. Seguramente, estaba destinado a hacer muchas más cosas en el círculo de sus amigos, pero nadie lo entendía.

Pericles se quedó contemplando a la reina al partir esta.

«Rica y fría, intransigente, ciega y sorda». Con estas pocas palabras áridas, dichas casi de manera involuntaria, su espíritu, como atisbando el futuro, había expresado el destino entero de esta alma de mujer.

La noche había caído sobre Troya, y en los pastizales reinaba el silencio. Las ovejas y cabras ya se habían recogido ordenadamente y sin equivocar el lugar individual que les correspondía. La respiración de los animales era baja, como si trataran de escuchar algo. El sonido de las flautas se dejaba oír ocasionalmente apenas, como saludo de buenas noches de los pastores dispersos por la sierra. En el cielo nocturno ya asomaban, claras y resplandecientes, las primeras estrellas, y el alma de Pericles se vio presa de una gran solemnidad.

El hombre sentía como si del este se acercaran huestes luminosas, salvando montañas, ríos y bosques en su marcha; era como si escuchara el canto jubiloso de voces cuya melodiosidad no tenía parangón.

De repente sintió como unos dedos delicados y fríos que le tocaban suavemente la coronilla, y alzó la vista. Deslumbrado, empero, se vio obligado a cerrar los ojos. No fue sino tras unos instantes de desasosiego que, entonces, pudo percatarse con claridad de que delante de él se alzaba, envuelto en un rayo de luz, un apuesto joven que le dirigía la palabra. Pero la voz que le hablaba era tan excelsa y tan potente que apenas alcanzaba a captar de entre el gran bramido el significado de lo dicho.

«Soy un mensajero de Dios», dijo el luminoso, «y vengo a anunciarte una gran fortuna. ¡Ve, Pericles, y dile lo siguiente a todos aquellos que lo quieran creer: sobre Troya raya una gran Luz. Si reconocéis esta Luz, la misma os dará vida a manos llenas. Si no la reconocéis, empero, seréis de la Muerte».

Abrumado por la debilidad que lo había invadido bajo la potente presión de la Luz, Pericles se había hincado de hinojos y, completamente pálido, tiritaba de frío. La fuerza del ángel anunciador había sido demasiado para él.

En un esfuerzo supremo, sin embargo, consiguió hacer una pregunta:

«¿Y cómo habremos de encontrar esta Luz, señor?»

«Ya la verás en el momento de su venida. Una paloma luminosa se cernerá sobre la casa».

El luminoso sopló sobre el hombre y desapareció como por arte de magia.

Una gran agitación se apoderó del mundo. A Pericles ello no le pasó desapercibido. Sus delicados órganos sensoriales se volvieron aún más aguzados. Él, que todo el tiempo estaba estrechamente conectado a la naturaleza y era uno con ella, ahora percibía el resucitar de plantas y animales. Era como si todos los seres se estiraran cuan largos eran y, rejuvenecidos, asumieran una postura más erguida, buscando así las alturas. El murmurar del aire se intensificó, el susurrar de ríos y manantiales aumentó notablemente.

Del cielo a la tierra parecía haberse formado un conducto radiante que asemejaba una clara y sutil senda de luz.

Esta corriente luminosa tocaba su alma de una manera particularmente enigmática, se podría hasta decir que con deferencia.

Con total libertad le habló Pericles de ello a sus conocidos, mas estos miraban al cielo con detenimiento y no veían nada. Sin embargo, se decían confiados:

«Seguramente, es como Pericles dice».

Pericles los estaba preparando para la llegada de la gran Luz a la Tierra.

Y los pastores le creían, mas no reflexionaban sobre lo dicho. Tampoco sentían ese intenso que gozo que solo le es dado experimentar al espíritu que está listo y preparado para el Amor de Dios. Aguardaban no más a ver qué iba a pasar. –Una zorra que irrumpiera en el rebaño o una oveja enferma ocupaban su atención con mucha mayor facilidad.

Pericles percibía esto. No le causó sorpresa que así fuera, y lo que hizo fue dejar de hablar de sus visiones. Cuanto más callaba, empero, tanto mayor era la intensidad con que percibía todas las fuerzas excelsas que se le acercaban provenientes de lo etéreo.

El hombre oteaba la soñolienta ciudad, que estaba envuelta en una sutil niebla noctura. En algunas casas y puertas se podía ver la trémula luz de las antorchas, los heraldos de la noche. En el este el añil del cielo ya había dado paso a una oscuridad incolora; en el oeste, en cambio, todavía había claridad en el firmamento y un ribete rojizo bordeaba el mar.

Todas las sustancialidades de la naturaleza se habían esfumado. A él, sin embargo, le parecía como si de su ser interior proviniera un claro resplandor, una luz como la de una lámpara. Pericles miró a su alrededor, pues se decía que debía tratarse de algún pastor que se acercaba con una luz. Mas no era así. Entonces hizo un esfuerzo por concentrarse y se postró en el suelo; ya que no le cabía en el corazón todo lo que sentía; y el hombre se puso orar. La respuesta sin palabras que recibió a sus interrogantes le hizo bien. Ahora tenía claro que aguardaba por algo, algo grande que embargaría su espíritu poderosamente. Y Pericles se acordó del mensajero de Dios.

¿Qué era lo que éste había dicho? «Soy un mensajero de Dios». ¿De qué Dios habría hablado? Mientras pensaba sobre ello, totalmente libre de ataduras y lleno de confianza, lleno de humildad, resonó una voz de dentro de él con toda claridad:

«Dios hay uno solo. Y todos Le servimos; nosotros no somos más que los efectos del operar de Su voluntad».

Al hombre la cabeza le daba vueltas: todo esto era tan nuevo para él.

El cielo se había vestido de noche y las estrellas brillaban como suelen hacerlo en las noches de lluvia cuando sopla un viento cálido, limpiando la atmósfera. Sobre la tierra con olor a humedad reposaba una ligera pesadez.

En eso fue como si descendiera del cielo un fulgurante torrente de fuego. Por apenas un segundo toda la zona quedó envuelta en una luz blanca. Pericles quiso cerrar los ojos, mas algo lo obligó a mantenerlos bien abiertos.

Fue así como en lo alto vio una paloma de un blanco deslumbrante que llevaba en el pico una rosa dorada. El ave se movía con suavidad por el cielo, hasta que descendió sobre el castillo de Príamo y desapareció de la vista del pastor.

Pericles se incorporó y, abandonando su rebaño, se encaminó a toda prisa hacia la ciudad, a fin de contárselo al rey.

Y cual tañir de campanas, resonaba en su alma una gran alegría:

«Dios hay uno solo, y la Luz que acaba de llegarte desde lo alto viene de ÉL».

Fue así como el pastor compareció ante Príamo y le contó el maravilloso suceso que le había acontecido.

Príamo lo escuchó. Como correspondía con su manera de ser clara y bondadosa, lo dejó hablar. Mas él personalmente era un hombre demasiado pragmático como para entender semejante vivencia en toda su profundidad.

El rey lo que sabía era que los pastores eran gente especial, gente muy particular. Y si bien les creía –y sobre todo, acerca de la sabiduría de Pericles ya había escuchado muchas cosas buenas– con su manera de ser simple y sencilla, y cargado como estaba de todas las preocupaciones de la existencia terrenal, poco se interesaba por esos sutiles procesos meditativos del alma.

«Me traes un mensaje en el mismo momento en que me acaba de nacer una niña, Pericles. Puede que la niña esté bajo la protección especial de los dioses. Más de eso ya escapa al entendimiento humano. Pongamos nuestro empeño fiel en hacer lo correcto, y ya con ello estaremos sirviendo a los dioses. Las cosas de la eternidad pueden esperar hasta el momento de la muerte».

Fue como si esas palabras suscitaran una tormenta en el espíritu del pastor, que entonces dijo:

«¡Ten cuidado, Príamo! ¡Acuérdate de mis palabras, una por una; ya que estas son de un gran peso. No soy yo quien las ha dicho, sino el mensajero de Dios, el cual no viene por nimiedades cotidianas. No pienses solo en la protección divina de la criatura; ten en cuenta también la amenaza que encerraba su mensaje: «¡Sobre Troya raya una luz! Si reconocéis esta luz, la misma os dará vida a manos llenas. Si no la reconocéis, empero, ¡seréis de la Muerte!». –Las voz del pastor tenía un timbre amenazador.

En ese momento emprendió su curso un tremendo destino humano, mas los hombres ni se percataron de ello.

Pericles no encontraba paz ni sosiego. Caminaba toda la ciudad, iba a ver a los pastores y a los labradores, abandonó incluso su rebaño, todo con tal de proclamar las palabras del ángel. Se le acercó también a los pescadores, que habrían de llevar el mensaje a las islas allende los mares. Visitaba además a los mercaderes que recalaban en las playas de Troya, a fin de que en sus navíos llevaran el mensaje a otras tierras.

Mas Hécuba, la madre de la pequeña, no estaba dispuesta a tolerar esto. Primero le hizo llegar una orden de que no hablara más, para que no inquietara a la gente. Después le comunicó una amenaza a su persona; hasta que, a la tercera, lo desterró del país.

Pericles caminaba afligido por Troya, y al llegar a la playa, se sacudió el polvo de su calzado de piel, el cual incluso dejó allí mismo.

«Dile a Hécuba lo siguiente: El destino de Troya no va a hacer quedar al mensaje del ángel como una mentira, sino que las palabras se habrán de cumplir como no cambiéis: Si no reconocéis la Luz, empero, ¡seréis de la Muerte!».

Estas palabras se las transmitió a uno de los suyos como un último mensaje.

Y sobre Troya descendió un pesado y oscuro nubarrón que nada bueno anunciaba, mientras que el único ser humano en el que germinaba el grano de la Verdad abandonaba el país.–

Y pasaron los años.

Sobre el ponto se extendía a todo lo largo y ancho una luz azul. Las rocas dentadas de la costa emitían destellos, humedecidas como estaban tras haberse retirado las aguas en la bajamar. Las olas, adornadas aún por pequeñas coronas de espuma, rompían, burbujeantes y susurrantes, en la playa. En las ondeantes aguas se podía ver coloridas velas, rojas y amarillas, y proveniente de la alta torre se dejaba escuchar por todo el palacio y aún más allá el grito: «¡Barco a la vista!».

La niebla impedía divisar a lo lejos las costas de Grecia. Oscuros velos se acercaban desde allí. La línea de playa arenosa se veía interrumpida de vez en vez por pequeños arrecifes, mientras que hacia el interior del país se extendía un terreno rocoso cubierto de yerba rala y baja. Un camino burdamente hecho conducía de la ciudad al mar.

De los muros de la ciudad, que mostraban partes ya viejas y otras más nuevas, crecían en dirección hacia la explanada, que estaba algo más levantada que el nivel de la ciudad, árboles bajos, más bien pegados al suelo. Un poblado de pastores, eso era Troya, un poblado construido con la piedra oscura y cruda del lugar. Las casas tenían techos planos, y en éstos crecía delicada yerba. Pequeñas ventanas cuadradas encaraban cual oscuras bocas la luz del sol. Crudos eran los muros que rodeaban pequeñas masías. Adosados a los mismos, empero, había partes más nuevas que se unían a la vieja sin ninguna transición. Aquéllas mostraban la influencia del altamente avanzado estilo griego, si bien se trataba de un estilo más sencillo, austero y simple que las construcciones de la Grecia Antigua. Todo llevaba el sello de la rusticidad y la fuerza expresada en formas grandes y simples.

Crujiendo se abrió la maciza puerta del castillo, mostrando así un foso ancho y bien profundo revestido de piedras lisas. Justo frente a la puerta, pero del otro lado del foso, se veía un ancho puente de madera levantado por un crudo sistema mecánico. Contiguos a la puerta se alzaban torres rectangulares y un muro alto y ancho por el que era posible caminar.

Detrás había una plaza cuadrada pavimentada con grandes piedras. A la derecha hállabase un alto edificio de columnas, y siguiendo recto, se topaba uno con un segundo muro provisto de una puerta; adosado al muro por su lado izquierdo se extendía un salón de techo alto con un pasillo exterior y otro interior. En este último se sucedían habitaciones a manera de bodegas que guardaban inmensas ánforas de barro. A aquéllas les seguían grandes almacenes destinados al avituallamiento.

Había un segundo patio lleno de carretas y aperos de labranza, y, circundando a aquel, establos que ofrecían techo a un gran número de hermosos animales, sobre todo vacas, toros y terneros. Para los caballos había una sección aparte. Allí se veían caballos de corta crin y otras bestias parecidas a asnos. Apostado frente a los establos vigilaba un perro enorme, cruce de león y lobo, de pelaje hirsuto y pardoamarillento.

Una puerta a la izquierda daba paso a un magnífico bosquecillo de laureles donde reinaba una atmósfera apacible y solemne. El lugar estaba surcado por caminos de arena conectados unos con otros de acuerdo a un patrón rectangular. En los bordes de estos caminos se alzaban bancos de piedra ubicados a cierta distancia unos de otros y en el medio se levantaba una fuente de piedra llena de agua y peces.

Un pasillo franqueado por árboles podados conducía de vuelta a un muro sombrío en la parte vieja del castillo. Allí un recibidor de sólida construcción y apoyado sobre pilares de madera daba a entender que este era el candelecho del príncipe. El envigado y toda la estructura eran de un color marrón oscuro y de aspecto sombrío, y las paredes y columnas estaban forradas de armas de todo tipo.

En el otro lado de la habitación se sucedían amplias ventanas de dintel alto que daban vista a un despejado solar. En este se veían árboles y algunos setos floridos, todo ello rodeado de pórticos. Los techos de estos, a su vez, estaban cubiertos de jardines cuyas exhuberantes enredaderas llegaban bien abajo.

Sobre el gran salón de la parte vieja del castillo había un gran número de habitaciones. Una de estas hacía esquina en esa planta del edificio y ofrecía una vista panorámica que iba desde los solares y una parte del área periférica de la ciudadela, la parte más vieja, hasta el mar. Del otro lado de dicho aposento se podía observar la animada actividad de la granja.

Era aquella una estancia bella y espaciosa cuyas paredes estaban adornadas de abigarrados dibujos y en cuyo interior se observaban aquí y allá hermosos enseres de oro y de barro. En una esquina se veía un broncíneo diván cubierto de pieles y provisto de un almohadón y, pegados a la pared, había varios baúles en los que se guardaba la ropa. El piso era de tablas de abigarrados colores.

Esta habitación era la pieza de la reina. Contiguo a la misma había otro cuarto con armas de guerra, trofeos y utensilios. Una mesa baja y ancha, cubierta de esquemas y dibujos, daba a entender que ésta era la sala de trabajo de un general. En el piso se veían, aquí y allá, cojines planos. Este era el lugar de estancia preferido de Príamo.

Al aposento de la reina se le unían las habitaciones de las mujeres; al del rey, las de los hombres.

En una sección aparte del castillo a la que solo se podía acceder por el solar o por las habitaciones de las mujeres pasaba su tiempo la supervisora de la casa. Animada actividad reinaba en estas habitaciones, en las que alrededor de cincuenta sirvientas de todas las edades realizaban su labor.

Anexo al edificio del castillo viejo se alzaba el edificio nuevo, que se asemejaba a un templo.

El mismo estaba rodeado de magnificentes jardines y un muro alto.

Las habitaciones del castillo estaban llenas de una gran actividad y los seres humanos que allí se veían tenían figuras que, por su belleza, se asemejaban a los dioses sustanciales.

En la pieza de la reina se erguía la figura de un hombre alto y fornido provisto de aparejo de guerra, listo para el combate. Una coraza le cubría el pecho y sobre la cabeza llevaba un casco griego guarnecido con crines de caballo. Su rostro grave estaba enmarcado por una barba corta y ensortijada que en su tiempo debía de haber sido de color castaño oscuro, pero que ahora mostraba canas en abundancia. En su boca asomaba una bella dentadura, mientras que su nariz perfilada le daba a su rostro una expresión peculiar. En este rostro se veían profundos surcos que daban testimonio de que este era un hombre de gran fuerza de voluntad y curtido en mil batallas. Los ojos azulgrisáceos irradiaban la bondadosa y alegre serenidad del ser humano maduro. Aquellos eran capaces de destellar coraje e incluso ira, para entonces volver a irradiar bondad y amor como los ojos de un niño feliz. Su alta frente surcada de profundas arrugas estaba cubierta por el pesado casco. Las manos aparentaban ser de las que agarran las cosas con decisión y hasta tosquedad y se notaba que lo mismo sabían manejar el arado que llevar las riendas de un corcel, y que de la misma manera que eran capaces de manejar diestramente una espada, también sabían dirigir el trabajo en la hacienda y el ejército y de organizar la actividad en función de cubrir las necesidades de la comunidad.

Todos no podían menos que admirar y tener plena confianza en Príamo, que mostraba una mesurada superioridad en todas las cosas.

Una segunda figura se le unió: un hombre joven y alto, provisto igualmente de aparejo de guerra, más alto y esbelto que Príamo y cuyos ágiles movimientos daban fe de que estaba avezado en todas las habilidades del combate y en el manejo de todo tipo de armas. El bello perfil de su rostro tenía un aire de calidez y su tez era del color bronceado tan típico de los habitantes del Sur.

El cabello castaño oscuro le caía en rizos cortos sobre la frente y las sienes. También Héctor lucía el casco plateado. Sobre los hombros llevaba una manto blanco que le tapaba la cota de malla. El cuello moreno y largo sí estaba expuesto a la vista. Tomando impetuosamente el escudo a la vez que lanzaba un grito, el joven se apresuró a abandonar la habitación; toda vez que se alegraba ya de la nueva victoria que esperaba cosechar en los ejercicios de armas con sus hermanos.

Sus ojos grandes y negros irradiaban vitalidad y fuerza, salud y alegría de vivir. Su aspecto todo manifestaba armonía entre cuerpo y alma, sencillez, claridad y fuerza, sustentadas por la convicción de una voluntad heroica.

En eso se corrió la estera que hacía las veces de puerta de la habitación contigua y en el umbral hizo acto de aparición la figura esbelta y de blanca tez de una moza. El vestido griego que llevaba dejaba expuestos los brazos y los hombros. Sobre estos caía, abundante, el cabello negro y ondulado, el cual estaba sujeto en la frente por una ancha cinta blanca. En el rostro, de perfil estrecho, y la perfilada nariz, se parecía a Hécuba, solo que los pómulos de la joven eran más salientes y la frente más elevada y redondeada.

Los grandes ojos, que ya no podían ser considerados ojos de niña, eran de un azulgrisáceo oscuro y tenían un brillo que le daba a la mirada de la joven un aire serio. Sus pequeñas manos extendidas hacia el padre, mientras su rostro era la viva expresión de amor y tímida veneración: así estaba parada Casandra ante su padre, quien se disponía a emprender una campaña militar en tierras lejanas.

El momento en que él le había informado de sus planes se convirtió para ella en la primera pisada en la senda de su destino. Hasta ese instante había crecido bien protegida y bajo esmerados cuidados. Objeto del leal servicio de las sirvientas, amada por sus hermanos y cuidadosamente salvaguardada por el ojo vigilante de la madre, Casandra había tenido la posibilidad de crecer en un medio gobernado por el orden y las buenas costumbres, bajo la estricta disciplina de mujeres nobles.

Así como un botón que aún no ha llegado al momento de la madurez es protegido y salvaguardado por las hojas y flores que le rodean, tal había crecido en el poderoso tronco de la casa real esta pura y excelsa flor, de suerte que en un futuro, llegado el momento de su madurez, emitiera un resplandor que fuera mucho más allá de los confines de este entorno protector.

¡Oh, generación brava y soberbia, cepa madre de tan magníficos héroes, si hubieras sabido lo que te era dado guardar y proteger en este fruto tuyo!

Sobre los muros de Troya había rayado una Luz, la Luz que había de traer iluminación a generaciones venideras. Mucho antes de que el gran pueblo griego pudiera esparcir dentro de los muros de Troya el germen de la degeneración, envió la Suprema Voluntad esta Luz.

En la forma terrenal de sanos vástagos reales había de acondicionársele una morada, una envoltura a este espíritu lleno de la llama divina, y proporcionarle a dicha envoltura un suelo en el que esta pudiera medrar y desarrollarse para convertirse en la luz de este mundo y en la salvación de la mujer, para devenir en refrigerio y guía del espíritu, en sostén de la vida y en la sanación de los pueblos.

Todavía nadie en los salones de Troya estaba consciente del tremendo tesoro que se les había confiado. Este pueblo contaba con el don de una sensibilidad innata para todas las cosas esenciales de la vida, e igual de dotados estaban sus príncipes. Una tribu de pastores, eso eran, una tribu cuyo punto focal, gracias a su ubicación, había florecido hasta convertirse en una ciudad que tenía el potencial para devenir en centro del comercio y la navegación, una ciudad que podía convertirse además en el centro de todas las disciplinas del arte y las ciencias y en puente al cerrado reino del Oriente.

Por todas estas razones, Troya no tardaría en convertirse en objeto de envidia y de miradas codiciosas, siendo observada furtivamente y hasta atacada abiertamente desde el otro lado del mar; de modo que este pueblo de pastores, labradores y mercaderes amantes de la paz se vio obligado a fortalecerse y convertirse en un pueblo de héroes, cosa que logró hacer, pues era guiado por una fuerza superior, gracias a su aptitud natural de abrirse a esta influencia, una aptitud sana, una aptitud sencilla y grande a la vez. Y así como este pueblo llevaba su existencia terrenal y maduraba por medio de ella, con esa misma sencillez, lealtad y vitalidad servía a sus dioses también, cual niño puro y confiado.

Y a este pueblo le había sido enviado, en la persona de Casandra, desde las más sublimes alturas cuya existencia ellos ni sospechaban, una auxiliadora para la continuación de su ascensión.

Cuando Casandra ya tenía quince años, se apoderó de su alma un ansia impetuosa e irrefrenable. La joven buscaba escapar de la ajetreada actividad de la casa y, en todo momento en que no era observada, se sentía arrastrada hacia los jardines, que, con sus oscuras y ocultas honduras, convidaban a meditar y soñar. Estar sola, eso era lo que buscaba.

Fuera de esos momentos, estaba siempre alegre y activa en el círculo de sus hermanos y hermanas y en el desempeño de las tareas del hogar, labor esta que con gusto realizaba como una más entre las sirvientas, ya que siempre quería estar haciendo algo. Siempre tenía su mente ágil en función de saber todo lo que pasaba en la casa y la hacienda, para así mantener debidamente informada a la madre.

Se sentía atraída hacia los animales en particular, cuyos cuidados supervisaba con gran atención y, no obstante, de manera desapercibida. Los peones le tenían un gran cariño por ello y se alegraban al oír su diáfana voz en el corral. Hasta en el rostro del viejo más refunfuñón asomaba una sonrisa al oír esta voz, y cuando ella pasaba todos dejaban por un momento lo que estaban haciendo para saludarla e intercambiar un par de palabras joviales con la joven.

Esta, empero, se interesaba en especial por los animales débiles o aquejados de alguna enfermedad. El mozo de cuadra más experimentado afirmaba y aseveraba incluso que el gran toro negro hubiera perecido si Casandra no hubiera pasado justo a tiempo su manecita por la cabeza del animal.

Pese a todo ello, empero, la muchacha se veía de golpe invadida de esa seriedad muda y llamativa que la impelía a buscar los apacibles jardines. Allí sus pasos la llevaban al lóbrego nicho de árboles en el que se alzaban, blancas y mudas, mirándola desde lo alto, las imágenes de los dioses. El lugar por el que más se sentía atraída era la sombra del laurel, y a la muchacha le daba la impresión de que desde la gruta de Apolo se dejaban oír tonos encantadores cada vez que, presurosa, pasaba por allí. Mas no se atrevía a entrar, ni tampoco a permanecer afuera por mucho tiempo cuando, conteniendo la respiración, se detenía allí por tan solo un instante. Huidiza como un corzo, pasaba corriendo de largo para ir a esconderse no lejos de allí.

Fue así como un mediodía caluroso, cuando todos en el castillo se guarecían de los fuertes rayos del sol, la jovencita se sintió una vez más impelida a buscar el frescor de la floresta y sus largas sombras. Un intenso y opresivo dolor le cogía toda la cabeza cual aro de hierro y tanto las palmas de las manos como las plantas de los pies le ardían. En los ojos de la muchacha había un brillo acuoso, como de llanto contenido, y una dolorosa opresión se había apoderado de su corazón, el cual palpitaba velozmente, como si quisiera huir del sofocante agarre de un gigante.

Casandra no entendía qué le estaba pasando. Ya no sabía adónde pertencía; nada le hacía sentirse ligada a sus hermanos y hermanas; en momentos así nada la unía a los padres, ni a la casa y hacienda. Ni por un instante pensaba en su amado padre, que tan lejos estaba, ni en su hermano Paris, sobre el que llegaban confusas e inquietantes noticias desde allende los mares.

Como en otras ocasiones, había llegado a la gruta de Apolo, cuya luz blanca, a intervalos mezclada con tonos rosados, penetraba a través de la cúpula. En esta se refractaban, a esa hora del día, los más altos rayos del sol, bañando así en la radiante gloria de su astro la blanca figura de Apolo. Susurrante se oía el discurrir de un manantial, cuya bruma también refractaba la luz solar.

Presa de una sensación de desasosiego nacida del dolor y la añoranza por un no sé qué desconocido, Casandra se tendió en el suelo, rindiéndose al misterioso y sutil encanto de esta gruta.

Un soplo de viento suscitó el susurrar de las ramas de los árboles, y la suave fragancia de la acacia acarició las sienes de la joven. Respirando profundo, la muchacha cerró los ojos, y fue como si las peregrinas nubes y el cielo de añil fulgor se le hubieran metido en el alma. Casandra se sentía como si, cual ave en vuelo, se cerniera en este sitio florido, y su cuerpo se le hizo liviano.

Fue entonces que, proveniente de lejanos confines, se le acercó una gran luz blanca rodeada de muchos anillos coloridos y acompañada de fragorosos acordes, y Casandra prestó oídos – prestó atención con el alma bien abierta, con la vivacidad de unos oídos y la claridad de visión de unos ojos que nada tenían que ver con los órganos sensoriales del cuerpo; al contrario, estos últimos, tal parecía, se habían sumido en un profundo sueño.

Y a la joven se le acercó una cabeza luminosa y de bella forma, cubierta de pelo encaracolado, la cual soplando sobre ella el hálito de su boca, diole así un nuevo don como parte del despertar; dado que los dones de la sabiduría y la profetización los traía desde su nacimiento, habiéndolos recibidos de una fuerza superior.

Por la duración de esta existencia terrenal habría de estar rodeada de la protección de los más eximios auxiliadores sustanciales. Apolo se le había acercado de manera visible y le había retirado una venda de los ojos. Ahora le era posible ver en el reino de lo sustancial, y allí la joven creyó haber encontrado su patria.

Ya el sol comenzaba a dar paso al anochecer cuando Casandra volvió en sí. Su mente estaba despejada; el cuerpo, vigorizado. La tristeza se había esfumado y sus ojos brillaban como dos soles. Por primera vez la joven halló que, al orar, su alma vibraba totalmente en armonía con su plegaria, lo cual la hizo feliz.

Desde ese día Casandra cambió a ojos vistas. Con gran rapidez, la niña seria e impetuosa devino en una joven callada y juiciosa de ojos radiantes y luminosos. La muchacha emanaba un fúlgido resplandor, el resplandor de la pureza y del frescor de su cándido ser interior, y en su frente brillaba una luz blanca.

Todos se quedaban mirándola maravillados cada vez que de imprevisto se mezclaba con las sirvientas o se unía al círculo de mujeres, y la gente comenzó a cuchichear sobre ella a escondidas.

«Es como si los dioses la hubieran consagrado al servicio», decía la callada y triste Andrómaca, que con angustia en el corazón aguardaba día tras día el regreso del esposo distante.–

El tiempo pasó volando, trayéndole en su decursar muchas alegrías a Casandra, a quien, bajo la guía de excelsas fuerzas, le fue dado ver en las páginas del saber de la naturaleza. En las ceremonias de los sacerdotes no le apetecía participar y se mantenía lejos de los devotos cánticos en los templos, lo cual no la hizo muy popular entre el clero.

La joven era modesta y callada, mostrándose tímida a ratos, sobre todo cuando en la conducta de los cortesanos percibía algo antinatural y que le resultaba repelente a su manera de ser. En tales ocasiones daba cualquier cosa por escapar del castillo paterno e irse bien lejos, a esos campos en los que Apolo le permitía mirar.

Sin embargo, todas y cada una de estas penas sufridas en silencio y sin chistar le reportaban abundantes recompensas, al ganar la joven en conocimientos y avanzar en su ascensión, ello como consecuencia del cumplimiento de su desarrollo personal. Imbuida de un gran amor, Casandra, entonces, trataba de usar para el provecho de los hombres los frutos de sus abundantes vivencias, pero era como si aquéllos no fueran capaces de entender lo que ella, contenta de poder dar y rebosante de dicha, les ofrecía a manos llenas. No se daban cuenta del sutil operar de las leyes que, radiantes, comenzaban a emanar de Casandra y que infaliblemente habrían de atraer la especie afín, el amor atrayendo amor.

Mas los hombres estaban vacíos por dentro y no eran capaces de dar nada; ni siquiera eran capaces de recibir. Esto fue motivo de amargo dolor para Casandra, y la muchacha cerró las manos que había mantenido abiertas. Solo los más insignificantes de los peones, únicamente los más pobres de entre los pobres, aquellos que mendigaban en las puertas de la ciudad, y los animales, sobre todo los animales, reciprocaban con amor los esfuerzos de la joven.

A su espíritu le fue develado un abundante saber sobre las plantas. A fin de poder tomar nota de todo lo que, por medio de la fuerza de Apolo, le era comunicado, aprendió el arte de la escritura. Un estudiante griego proveniente de Atenas había tenido la buena fortuna de ser rescatado por los hombres del padre de Casandra de una embarcación zozobrante. El hombre encontró buena acogida en Troya y se convirtió en el maestro de la muchacha. Mas ésta nunca le dijo a su preceptor el verdadero objetivo de su sed de aprendizaje.

Asimismo, se le develó a su espíritu inquisidor el enigma de las piedras y de las fuerzas de la tierra; de hecho, el de las fuerzas de los elementos en general, y muchas interrogantes dejaron de serlo para ella, interrogantes estas a las que le vino a hallar respuesta por medio de una viva actividad. A menudo la imperfección y las flaquezas de los seres humanos le hacía ver la causa de las mismas y, llevada por sus grandes deseos de ayudar, encontraba también un medio que podía traer la sanación.

En torno suyo comenzó a desarrollarse un radiante tejer de fuerzas cooperantes y auxiliadoras de índole espiritual; la joven siempre estaba rodeada de una luz blanca que por fuerza rechazaba todo lo malo. Mas aquella observaba con dolor que su entorno no cambiaba. Ni uno solo era capaz de mover un dedo a fin de seguirla.

Sus hermanas y sus compañeras se apartaron de ella y solo tenían para la joven un encoger de hombros lleno de burla. Aquellas preferían que Casandra las dejara con sus vacuas conversaciones acerca de hombres, de vestidos y de joyas a que la joven las recreara con  la música o las animadas observaciones de la naturaleza, de la vida. Fue así como, riéndose gozosamente para sus adentros, fueron formando pequeños grupos entre ellas, y dejaron que la luz pura ardiera solitaria en las alturas.

A veces Casandra tenía la impresión de que su luz habría de consumirse completamente en balde. Esos eran los peores momentos para ella.

Llegó el momento en que las oscuras nubes provenientes de Grecia se volvieron más densas. Una tormenta arrojó a tierra una pequeña flota en la que lograron salvarse Paris y Helena. Gran alegría se apoderó de Troya cuando la pareja, transportada sobre escudos, hizo su entrada en la ciudad. Deslumbrante era el esplendor de su belleza y suntuoso el festín que siguió a su recibimiento.

Pero ni Hécuba ni Casandra se animaron a hacerse partícipes de ello: el cavilar sobre qué dirían sus héroes respecto de las acciones de Paris y el pensar en si llegarían a regresar de su viaje de reconocimiento no las dejaba tranquilas. Lúgubre se cerró la atmósfera sobre Troya, y hasta el pueblo se sentía abrumado por un no sé qué indefinido. Un desasosiego se fue colando imperceptiblemente. Casandra fue la primera en sentirlo.

En esos años de desarrollo espiritual, Casandra había florecido para convertirse en una mujer hecha y derecha, y era el encanto y la alegría de su entorno. Con Paris vinieron algunos héroes que la hallaron muy de su agrado. No obstante, ni una de sus deliciosas sonrisas asomó a su rostro, ni una sola de las dulces palabras que le dirigían logró llegarle; al contrario, su ceño se fruncía amenazante cuando alguno de los héroes la saludaba cortésmente.

Era como si esa joven normalmente tan callada y bondadosa repeliera airada y echando chispas cualquier tipo de acercamiento. ¿Sería que la protección de las alturas la rodeaba a modo de muralla? Ella misma no sabía. Mas sufría bajo las miradas injuriosas y hasta lacerantes de sus pretendientes. No era su intención el herir a nadie, y no obstante a eso, se buscó verdaderos enemigos. Entre las mujeres era tachada de soberbia; entre los hombres, de fría y altiva. Y sin embargo, grande era el anhelo de amor que ardía en su alma excelsa y pura.

Ese fue el tiempo en que le fue retirada la venda de su ojo espiritual y Apolo se le volvió a aparecer.

Aproximándose en una nube mientras ella descansaba en su floresta y la contemplación de todas las fuerzas superiores ocupaba sus pensamientos, el dios se le acercó. Este fue al encuentro de la joven con amor, como solían hacer las sustancialidades cuando la raza humana mantenía estrechos vínculos con ellas, y la deidad le manifestó que la consideraba la más digna de todas. Con la ayuda de las fuerzas sustanciales de la que él disponía, a la joven se le haría posible obrar verdaderos milagros de poder.

Todo esto se lo mostró por medio de imágenes sugerentes. Pero incluso hacia este eximio y puro ser de la naturaleza la joven esgrimió esta fuerza repelente en su interior que tanto la asustaba a ella misma. Con palabras de flagrante ira le advirtió que no se le acercara y despreció la fuerza de su luz y de los colores tintinantes de su coro sugestionador. La muchacha no tenía ni idea de dónde le venía la fuerza que le hizo ordenarle que se fuera, que ella pertenecía a alguien más excelso.

Bramante, se desató una tormenta y la luz del sol perdió su brillo. Sobre el cielo de Troya se movían como fustigadas nubes negruzcas. En un abrir y cerrar de ojos la floresta de Apolo había quedado envuelta en penumbras y un terrible relámpago fulminó el tronco de la acacia que se alzaba junto a la gruta. Por doquier se oía el retumbar de los truenos y de la tierra, que era sacudida por temblores, e incluso mucho después de que las nubes ya se hubieran retirado, el sol seguía sin brillo. Ya que, con la fuerza de su voluntad, Artemisa, la diosa de la pureza, había echado sombras sobre aquel y la luna lo había eclipsado.

Dueña de un aciago presagio, Casandra estaba consciente de que este oscurecimiento representaba una advertencia de los seres sustanciales de que las tinieblas proyectarían sus sombras por un largo tiempo más sobre ella y los suyos. Mas no por ello estaba triste, pues había ascendido a alturas cuyo resplandor con mucho opacaba el del sol. Le había sido dado el echar un vistazo a su patria.

Ello le permitió a Casandra darse cuenta de que estaba por encima de los llamados dioses y de que pertenecía a Alguien que era más excelso que Zeus.

Y la fuerza de Dios recorrió todo su ser.

Casandra se levantó como si despertara de un sueño.

¿Qué luz sería esa que tan familiar le resultaba y que, aun así, brillaba tan pero tan lejos? ¿Qué sería ese rayo que la había alcanzado y, no obstante, no le había hecho daño? La sangre le hervía como si por sus venas corrieran ríos de lava. No estaba aturdida, no, como creía al principio, sino vivificada, vigorizada por la corriente de la Vida.

Grandes y diáfanas brillaban las estrellas en el cielo, que, ya despejado de las tormentosas nubes y liberado de la tempestad, mostraba un aspecto bonancible a toda criatura bajo su égida. El oscurecido sol se había retirado a descansar y la noche estrellada se entregaba a su apacible sueño.

Mas hoy ese cielo, con toda su magnificencia y sus millones de astros relucientes, se le antojaba apagado y sin brillo a la joven, le parecía distanciado y frío. Ya que ella estaba envuelta del rayo de la viva luz primordial, que era su hogar. Al regresar a su existencia terrenal, su alma estaba aún en una nebulosa, pero de una cosa sí estaba consciente: arduo era el camino que en adelante habría de seguir. Horrorizada, se vio recorriendo este sendero, rodeada de personas que recogían piedras del suelo con la intención de arrojárselas. Presa del horror sintió el dolor de las heridas causadas y deseó poder salir corriendo, mas la Tierra la retenía con mil hilos.

Cuando Casandra entró al castillo, el enorme perro guardián soltó un aullido quejumbroso y se echó a sus pies. El castillo todo estaba envuelto en un silencio sordo y opresivo. Solo se escuchaban, provenientes de las colinas, las plañideras tonadas de una gaita. En el salón donde trabajaban las mujeres se produjo silencio tan pronto Casandra entró a la habitación. Muchas miradas, tensas por la curiosidad las unas, agrias las otras, siguieron a la joven, y hubo quienes se pusieron a murmurar sandeces absurdas y supersticiosas a sus espaldas.

¿Qué sería esa cosa en un rincón que le mostraba los dientes a la muchacha y se ensanchaba cada vez más? No era sino el miedo que sentían de esa joven cuya mirada todo lo penetraba, un miedo que se transformó en sospecha, y hasta en odio.

A Casandra se le cubrió el corazón; ¿qué podía hacer? Si les decía cuánta pena le causaban cuando se enmarañaban en sus viles mentiras, las mujeres no harían sino negarlo todo. Fue una Casandra con la cabeza gacha la que se retiró en silencio a su habitación.–

Esa misma noche se encontraban en los pastizales, no muy lejos de la puerta principal de Troya, dos hombres, dos pastores, cuando en el cielo teñido de añil se vio una luz en forma de cruz brillando sobre el castillo.–

Casandra no lograba conciliar el sueño. La joven veía barcos en alta mar, hasta que se dio cuenta de que se trataba de los navíos de su padre. Las naves navegaban con rumbo a la patria y no eran buenas las noticias que traían consigo. Un peso amenazante cayó sobre las espaldas de la muchacha.

Armada de una lámpara entró la joven al aposento de su madre, a fin de informarle de lo que sabía. Hécuba, empero, se limitó a contemplarla con mirada fría e incrédula, y encogiéndose de hombros, le dijo:

«No te pongas a inquietar a la gente de la casa; esperemos a ver qué pasa».

Ni siquiera la madre le creía.

Mas sola que nunca se sintió la joven en esta Tierra y en la Creación.

Entretanto se celebraban fiestas y se malgastaban las bondades de la tierra. Con el ceño fruncido oía Casandra el griterío y el ulular de los juerguistas al salir estos de los salones. La gente todavía celebraba el retorno de Paris.

Armada de una antorcha ardiente salió la joven al encuentro de los borrachos y los amonestó:

«Pronto enmudecerán vuestras gargantas y lamentaréis el no haber guardado el vino para los años flacos».

Carcajadas y gritos fueron la respuesta.

«¡Oigan a la virtuosa!; ¡lo que debería hacer es irse a la cama!».

Casandra quedó muda de la ira y el hastío y, dándose vuelta, se marchó de allí. Mas el llameante aliento de la Palabra había despertado en ella y continuaba ejerciendo su efecto, de modo que a la joven ya no le era posible callar. Continuamente oía una voz de alerta que una y otra vez le anunciaba el destino que le aguardaba a su pueblo si éste no hacía caso. Con las manos elevadas al cielo, Casandra rogó que se le liberara de esa gran corriente de luz; la respuesta, empero, fue: «¡Tienes que cumplir!».

Y exactamente el día treinta del siguiente mes, tal como Casandra lo había visto y presagiado, arribaron las embarcaciones de su padre a las costas, y con ellas llegó la noticia de la inminente llegada de Menelao.

Densas sombras surcaban la frente de Príamo. El primer encuentro con Paris tuvo lugar sin testigos, en la tranquilidad del aposento del padre. Pálido y pensativo, el rostro marcado por gran madurez y decisión viril, así abandonó el hijo la habitación.

En ese mismo momento se le unió Casandra, que, con amor y firmeza a la vez, le puso la mano en el hombro y posó su mirada refulgente en los ojos del hermano, que le aventajaba en estatura por una cabeza. Con palabras cuyo timbre le sonaba a ella misma como un lejano tañer de campanas, le habló al hermano y trató de hacerle comprender la cadena del pecado y la expiación, el libre albedrío y la responsabilidad que conlleva el mismo.

Al principio las palabras tuvieron el efecto de una suave lluvia en el alma del hombre, comprensivas y consoladoras como aquellas eran; mas, acto seguido, Casandra manifestó su advertencia directamente proveniente del espíritu y dirigida al espíritu del otro. Cual pinchazos tocaron estas admoniciones la herida en la conciencia del hombre; las mismas advertían del efecto recíproco resultante del operar de la justicia eterna. Y por último vino una exhortación:

«¡Devuélvele tú mismo Helena a su esposo y reconoce tu culpa! ¡Salva a tu pueblo de la perdición!».

Con el rostro serio le escuchaba el hermano; lo que Casandra le decía le llegaba cada vez más hondo. ¡¿De dónde le venían a la joven esas palabras?! ¡¿De dónde sacaba esa fuerza?! Abierto como estaba a todo lo excelso, a todo lo puro y grandioso, percibió él enseguida en sus palabras la contundente fuerza de la Verdad, percibió el poder de la voluntad de la Luz. Pero Afrodita lo había enmarañado; primero tenía que vencer el poder de la diosa que lo había llevado a los brazos de Helena.

«¡Libérate de las bochornosas ligaduras de esa diosa de rosáceo resplandor; libérate y ve en pos de la Verdad, que entonces, y solo entonces, sabrás lo que es vivir y obrar en armonía con la Luz de Dios y completamente libre de ataduras!».

Cual ruego invocador al hermano sonaron y resonaron en los corredores las palabras de Casandra. Paris había huido tapándose los oídos y cubriéndose la cabeza a fin de protegerse de la enorme fuerza de convicción de estas palabras.

Con tristeza viose Casandra obligada a constatar que la Verdad solo puede encontrar asidero allí donde hay un suelo propicio y la voluntad viene inmediatamente seguida de la acción.

La joven anudó un velo en torno a su cabeza como señal de luto, pues ahora estaba consciente de que la suerte de Troya estaba echada.

Imponente era el equipamiento que ahora se llevaba a cabo con vistas a la llegada del enemigo. Príamo, que había asumido la dirección de los preparativos, procedía en la organización con suma prudencia y circunspección. El pueblo se subordinó a él de buen grado, y todos pusieron manos a la obra con gran diligencia. Bien abastecidos quedaron todos los almacenes y bien protegidos los puntos de entrada, a fin de que los pueblos vecinos pudieran importar a la ciudad los frutos de sus suelos.

Las reservas de armas eran abundantes, sólidas las edificaciones y sabiamente dispuestas las defensas y murallas. Los muros de la ciudad eran capaces de desafiar al más potente enemigo, y la tenaz fuerza de voluntad que poseían, más su confianza en la protección de los dioses, llenaba a los héroes de alegre esperanza en la victoria.

Poseídos del valor nacido del entusiasmo y armados de toda la fuerza de voluntad llameante que tan característica era de la generación de entonces, se lanzaron a esta lucha contra un enemigo muy superior.

Casandra era la única que aguardaba con preocupación el desenlace de esta contienda; a fin de cuentas, las mujeres conocedoras del destino le mostraban en el espejo del espíritu los hilos tendidos que ellas hilvanaban, y un inenarrable desasosiego le embargaba el ánimo.

Los amenazantes temporales no querían acabarse ese año. Era como si Poseidón quisiera lanzar todas las tormentas contra los griegos. Así, Troya dispuso de bastante tiempo para culminar los últimos preparativos.

Hécuba andaba bien ocupada y todas las mujeres le daban una mano. La reina se sentía abrumada por un pesar sordo y opresivo que no era propio de alguien como ella, una persona tan decidida y de rápido actuar. Era como si se viera obligada a reflexionar sobre algo que no conseguía llegar a entender y que constantemente echaba a un lado por miedo a que, una vez que encontrara la solución al enigma, se viera obligada a cambiar de manera radical. Este enigma era su hija Casandra.

No pocas eran las veces que Casandra, con ímpetu irrefrenable, llegaba al alma de la madre y, con conmovedora candidez, reclamaba algo de comprensión de parte de la adusta, orgullosa y pragmática mujer. Pero muchas eran las veces también en que rehuía la presencia de su progenitora por días y hasta semanas enteras y no lograba dirigirle siquiera la más trivial de las frases de cortesía. En tales ocasiones daba al traste con muchas cosas en la madre, que anhelaba calor humano allí donde Casandra solo ofrecía una tímida reserva. Cuanto más la madre, por falta de entendimiento, evitaba la confianza de Casandra, tanto mayor era la frecuencia con que se repetían esos períodos de reserva de la muchacha, y ambos factores fue ensanchando cada vez más el abismo entre las dos mujeres. Ambas eran bien pasionales. Mientras Hécuba encerraba esta pasión en su interior, creyendo poder ahogarla así, Casandra le daba rienda suelta y la dejaba fluir a través del abundante vivenciar de su alma, la cual, sirviéndose de los dones del espíritu, le hacía arrojar frutos cada vez más espléndidos.

Con el cada vez más vivo despertar de su espíritu, la joven había devenido en resplandeciente cáliz que bebía de las fuentes sin cesar y buscaba dispensar lo que tan bienaventuradamente había recibido.

La madre, empero, le ponía trabas a este maravilloso ritmo vital. En lugar de abrirse a la desbordante bendición que, nacida de la comprensión ganada por la hija, buscaba llegar a ella también, lo que hacía era crearse envolturas y levantarse muros a sí misma que las separaban para siempre.

La fuerza luminosa del Todopoderoso, empero, no se dejaba encadenar, y con cada vez más intensidad se vertía Su bendición sobre Casandra. No obstante, la joven fue perdiendo cada vez más su alegría en la existencia terrenal, esa alegría que en un principio era prácticamente ley para su manera de ser. Adondequiera que iba encontraba barreras que se veía obligada a echar abajo si no quería acabar encadenada. Poco a poco, la vida se le fue haciendo una carga onerosa.

Lo único que le ofrecía consuelo y libertad era el trabajo; una tarea en particular que Casandra había asumido era la organización de la atención a los enfermos. Su abundante conocimiento sobre hierbas curativas y sobre la preparación de los cocimientos resultó de gran ayuda, y una vez más se dio el caso que la abundancia de sus dones trajo resultados pasmosos y jamás vistos. Sus queridos animales le servían para experimentar con aquello que habría de traerles sanación a los hombres, y de buen gusto y llenos de confianza aceptaban de sus puras manos estos amigos sustanciales lo que los hombres no entendían.

Con el tiempo –de una manera imperceptible al principio, pero con el aumento de las preocupaciones y conflictos terrenales, de forma cada vez más notable después– se formaron  dentro de los muros de Troya dos grupos: uno a favor de Casandra y el otro en contra.

Poco a poco fue llegando a oídos del pueblo cuán grande y opimo era su saber sobre las fuerzas secretas de la naturaleza, y sobre cuerpo y alma. Había también quienes decían que la joven a veces tenía coloquios con seres invisibles en los jardines y florestas.

Desde la vez que el sol se había oscurecido, se habían vuelto supersticiosos. La gente asociaba a Casandra con este suceso cósmico en el que creían ver la ira de Apolo. De dónde la gente había sacado esta suposición, nadie sabía decir, pero mucho que se hablaba de ello en conversaciones a media voz.

A Casandra le daba igual lo que la gente dijera, además de que eran pocas las veces que algo de ello llegaba a sus oídos, pero tanto más le molestaba esto a Hécuba, para quien era un fastidio el oír hablar del saber de la hija; de manera cada vez más cargante e importuna interferían las advertencias de la joven en su existencia y en cada vez mayor medida inquietaban aquellas el ánimo de sus hermanos y hermanas y de los demás cohabitantes de la casa.

Lo curioso era que, ya hablara o callara, todos se preguntaban en secreto: ¿qué opinará Casandra al respecto? Sin embargo, era poco el caso que le hacían a sus bienintencionados consejos, que siempre eran sensatos, simples y naturales. Mas, cuando no tomaban en cuenta sus recomendaciones, lo que decidían hacer siempre les salía mal. En tales casos, empero, se negaban a reconocer aun así la veracidad de lo que Casandra les había dicho.

¡Qué rara le parecía la gente a la joven! Ya prácticamente ni sentía pena por ellos cuando las cosas les salían mal. Tampoco le extrañaban ya sus injusticias; solo se alegraba como una niña cuando conocía a alguien que era diferente.

Esta alegría, empero, la fue experimentando cada vez menos; ya que a medida que aumentaban las penas y los sufrimientos, se incrementaban también los malos atributos de los hombres, llegando a culminar en los más vehementes arrebatos pasionales. Y siempre era Casandra la que daba a lugar a estos exabruptos, muchas veces con tan solo una palabra, otras con su sola presencia. Era tan intensa la manera en que a través de ella se manifestaba la fuerza de la Luz que, tan pronto ella hacía acto de presencia, todo lo abominable y lo que estaba mal se encrespaba y se ponía en evidencia.

Atónito observaba Príamo la naturaleza peculiar de esta hija que, con su regia templanza, parecía tan simple y pura e inaccesible a la vez. Con todo lo conmovedora que resultaba con su mansa feminidad, así y todo eran muchas las tormentas que desataba con su presencia, generando así muchas situaciones que después él tenía que apaciguar. Hécuba a veces se comportaba como una verdadera furia.

Las tormentas habían cesado y el mar estaba en calma, una calma sepulcral. En las noches un astro grande y flamígero brillaba sobre el mar: Marte estaba particularmente cerca de la Tierra.

Entre las personas más eminentes del país se había desatado una disputa respecto a si Paris debía embarcarse con Helena. Casandra les reclamó amenazante, presagiándoles el hundimiento. Burlas y recriminaciones fueron la única respuesta que recibió.

El ponto estaba tan calmo que era impensable echarse a la mar. La gente decidió preguntarle al oráculo, y mandaron a buscar a los sacerdotes.

Pero el oráculo no tenía nada que decir, como tampoco los videntes, desde que Casandra había abierto la boca.

Hécuba montó en cólera y se puso a insultar a la hija delante de la servidumbre, diciéndole que había empañado el oráculo. Mientras la madre decía todo esto, Casandra vio una perra negra que, mostrando los dientes, pasó rápidamente por sobre la reina, y lo que hizo la joven entonces fue retirarse, las manos encrispadas.

A partir de ese momento, Casandra siempre veía el rostro de la madre con los ojos vendados. Al principio, esto la entristecía, mas después se acostumbró a aguantarlo con resignación. La joven se esforzó por hablar cada vez menos y dejar que la gente hiciera aquello a lo que, a fin de cuentas, no querían renunciar. Su espíritu encontró un hilo luminoso que en todo momento la sostenía y nutría y la llevaba cada vez más alto, a regiones de una claridad cada vez más beatífica. Estaba segura de que ahí moraban sus iguales, su segundo yo.

En momentos de sagrado ensimismamiento descendía hasta ella en una potente corriente de fuerza una paloma blanca, y recibía además el saber de todas las cosas y el saber del Dios único. De ahí también recibía el saber de las leyes y de la Palabra, y todo lo que ocupaba sus pensamientos se encontraba en Él. Él, empero, estaba solo, y era más sublime que Zeus.

Estos eran los momentos del cumplimiento, momentos en que Casandra entraba en conexión con la fuente de su origen para, ya pertrechada una vez más, volver a su camino terrenal a fin de seguir acumulando experiencias. En cada una de estas ocasiones se incrementaba la fuerza de su espíritu, y su cuerpo, tratando de ajustarse al espíritu como la envoltura que era, se desarrollaba de una manera que no podía pasar desapercibida. Madura y fortalecida y aventajando por mucho a sus contemporáneos, Casandra tenía el aspecto de una mujer hecha y derecha y al mismo tiempo contaba con la floreciente juventud, su fuerza y su belleza. Cada vez era menos lo que abría la boca para decir algo, pero tanto más certeras e inolvidables eran sus palabras. Y así fue ganando sobremanera en talla espiritual.

Los barcos ya estaban aparejados. Ocultos a las miradas de posibles exploradores enemigos, tripulados por diestros guerreros y acaudillados por los más valientes héroes, aguardaban la partida para su propio viaje exploratorio. Príamo, Héctor y Paris, por su parte, habrían de permanecer en tierra. Así esperaban por vientos favorables.

En las noches se oía, amenazante, el gañir de los halcones, y Hécuba daba vueltas en el lecho, presa del desasosiego. Desde que había ultrajado a su hija, su alma no encontraba paz. Rostros sombríos de mirada fúlgida y errática no apartaban los ojos de ella. Sombras venían a hacerle compañía, atraídas por sus lúgubres pensamientos, y después no había manera de que se marcharan. Con el amor que teme por un ser querido, la mujer se aferraba angustiosamente a sus hijos varones. En su interior despertó un barrunto de los peligros que amenazaban y un pasional amor de madre se apoderó de ella.

Sin embargo, cuanto más este amor temía por los hijos, tanto más crecía el resentimiento en secreto que la mujer sentía hacia Casandra, y la soberana no tardó en comenzar a temerle a la mirada serena, diáfana, sapiente y, al mismo tiempo, incómoda de la hija. Fue así como acabó cerrándole su corazón del todo y, por último, las puertas de su aposento.

Casandra, por su parte, no se permitía un minuto de descanso. Mientras más se fue dando cuenta del lamentable estado de Hécuba, más velaba por el bienestar de la casa y hacienda y de los suyos. Nadie debía llevarse la impresión de que en esos tiempos difíciles y de gran peligro, la guardiana de la casa se sumía en un marasmo. De manera callada y desapercibida llevaba a cabo la joven su labor, y de esa misma manera se retiraba allí donde la madre tomaba cartas en el asunto.

Todos percibían la bendición de sus laboriosas manos, pero nadie lograba entender la simple grandeza de su ser. Al contrario, la gente le hacían sus caminos aún más espinosos con la terquedad y el egoísmo que tenían para con ella. Fue así como su vida se convirtió en una dura lucha.

El viento había cambiado y ahora soplaba en dirección contraria y con más fuerza, cosa que aprovecharon los barcos para zarpar. Desde el torreón se oyó el sonido del cuerno a manera de saludo a las embarcaciones, y un segundo saludo se dejó escuchar desde el mar. Una vez que cogieron mejor viento, las naves surcaban el agua rápidas como flechas y los remeros no tenían necesidad de esforzarse en absoluto. Bien armados y equipados, y provistos, además, de abundante alimento: así partieron los hombres. Festivo ondeaba en el viento el gallardete de la flota.

La playa estaba vigilada, armados los hombres, aseguradas las puertas; intenso era el brillo que despedían las armas a la luz del sol. Preparada para una fiesta, eso parecía estar Troya.

Hinchose el mar y los vientos llevaron los barcos hacia Grecia por la vía más corta. El agua golpeaba contra las tablas de las embarcaciones y las velas eran constantemente salpicadas por las olas. La tormenta dispersó la flota, pero las naves acabaron juntándose de nuevo. Los hombres sintieron como si navegaran unidos como nunca antes. A la cabeza del velero más rápido brillaba a ratos una luz blanca y espectral en forma de ave en vuelo rodeada de un círculo resplandeciente. Esta forma aparecía siempre en momentos de peligro, de modo que los guerreros no abrigaban temor, toda vez que se sabían bajo la protección del Eterno.

Era tal la atmósfera creada por las olas, la niebla y la espuma del mar que uno apenas veía un palmo por delante de su nariz. A ratos, entre el bramar de los elementos se escuchaba un sonido como el del tono quejumbroso de un cuerno. Las embarcaciones navegaban en dirección a este sonido. Pero tan cerca no querían aventurarse, no fuera que les cortaran la retirada.

Llegando el amanecer, el mar, de repente, se tornó calmo, y al cabo de unas horas se despejó el panorama. Fue entonces que a lo lejos vieron diez bajeles griegos dispersos que trataban de juntarse de nuevo. En el más rápido de ellos se veía la imagen de un dragón. Debía de tratarse de embarcaciones inmensas, muy superiores en tamaño a las de los troyanos.

De ahí que los hombres no se atrevieran a entablar combate en mar abierto y decidieran emprender el regreso. El viento estaba flojo, de suerte que con sus embarcaciones, más ligeras que las de los griegos, avanzarían más rápido que éstos. Así, la distancia entre ambas flotas fue aumentando con rapidez, y una vez más tuvieron la impresión de que los dioses les eran propicios.

Casandra conocía la situación. La joven había subido a la atalaya que ofrecía la visión más panorámica del mar abierto y desde allí reconoció el lugar en que los suyos habrían de esperar a los griegos. Armada de este saber fue a ver a Príamo, quien de inmediato dispuso que, bajo el mando de Héctor, partiera una flota a socorrer a los troyanos.

En el país reinaba una calma expectante, y era como si el mar berreara en voz baja. Llegando el mediodía, el cielo se oscureció y el aire bramaba; negruzcas rompían las olas en la playa de Troya. Casandra sentía en su interior una atenazante desazón y estaba lista para recibir nuevos mensajes. Fue entonces que a las costas arribó un pequeño velero portando noticias de los barcos.

Casandra había tenido razón. Sin atinar a decir palabra, los hermanos le dirigieron miradas de admiración, y Polidoro en particular le estrechó firmemente la mano. Príamo, por su parte, dio gracias para sus adentros a los dioses.

Casandra quedó felizmente conmovida ante el cambio de los suyos, y de hecho, tenía más buenas noticias que darles. Los griegos habían sido dispersados y los barcos troyanos consiguieron hundir fácilmente un bajel enemigo. Arrojándole aros de fuego, lanzas y venablos, no tardaron en batir la nave, hundiéndola con todo lo que llevaba.

Esta noticia también fue llevada enseguida por un mensajero a Troya, y la ciudad se llenó del júbilo propio de la victoria. Ya todos se hacían idea de que sería cosa fácil el obligar a los griegos a retirarse. La gente se puso a hacer grandes ofrendas de gratitud y a encender fogatas; las mujeres tejían coronas de flores y con estas adornaban los altares y las imágenes de los dioses. Sacrificose animales, los cuales fueron entregados a los sacerdotes. En Troya resonaba un júbilo total; la gente era presa de un éxtasis de gozo.

En la plaza más grande, allí donde tenían sus puestos los vendedores y por donde pasaban las mujeres que se dirigían al templo a poner ofrendas y orar, allí donde se encontraba el gran pabellón de los ancianos y se apostaban, en las gradas del templo, los curiosos, la multitud formó un cuello de botella, acabando por detenerse por completo. Habían avistado a Casandra de pie en la atalaya, y, alborozados, aclamaban con gritos y expresiones de júbilo a la anunciadora de tantas alegrías; la llamaban su protectora, la favorita de los dioses.

Mas ello no fue motivo de alegría para Casandra.

«Así como hoy me vitorean, del mismo modo me apedrearán mañana», le dijo al guarda del torreón, que estaba de pie a junto a ella. Aquel se quedó mirándola pasmado.

«Te lo puedo demostrar», le dijo ella al ver su incredulidad. «No tengo más que bajar y decirles que su júbilo es prematuro y absurdo, y que sería mejor que se guardaran sus esperanzas para sí mismos y que cada cual se concentrara en cumplir el deber que le toca, y que no se pusieran a sacrificar por cientos y cientos esos animales que van a necesitar más adelante para poder llevarse algo a la boca, y que no arrojen al fuego el pan y el grano, que tan valiosos son. Créeme que los dioses se regocijan mucho más por un sincero sentimiento de gratitud que establezca conexión con ellos que por esas orgías de gozo que no dimanan sino de los bajos instintos y no hacen más que despilfarrar en desatinado proceder los bienes que Dios nos da».

Y la joven fue a donde Príamo para pedirle que prohibiera ese descabellado obrar. Hécuba se le quedó mirando con burla y, cual serpiente que escupe veneno, le dijo:

«¡Qué!; ¿quieres privarlos de la poca alegría que les queda, después de que todo el tiempo nos has estado sumiendo en la preocupación y el pesar con tus calamitosas visiones? Tu presunción ya te tiene delirando».

Príamo, en cambio, salió muy callado y en la soledad sopesó las sabias palabras de su hija.–

En la noche tocaron a la puerta, y Casandra, en un instante, se levantó del lecho de un salto y en un momento ya estaba vestida frente al mensajero del atalayero.

«Dice Diodoros que ya es hora», fueron las palabras del hombre para la joven y, armado de un faro, marchó delante de esta, iluminándole el camino.

En los pasillos resonaban las pisadas de los dos madrugadores, hasta que llegaron a una empinada escalera que conducía a la azotea. Una vez en esta, se sirvieron de una puerta que daba acceso a la torre y emprendieron la subida de los muchos escalones, pasando por al lado de troneras, de recámaras bien pertrechadas de proyectiles y flechas, y de baúles llenos de faroles de brea y recipientes de aceite. Todo el trayecto hasta la habitación del atalayador Casandra lo recorrió a paso ligero; la joven ya no conocía el cansancio.

Su mirada aguzada se puso a escudriñar el mar. Todo se veía tranquilo aún, pero bien lejos en dirección nordeste, la niebla adquiría el color de un rojo brillante. Eso no podía ser el sol (?).

Pronto la joven tuvo la impresión de estar sintiendo un olor a quemado; un ligero templor producto de la excitación recorrió su cuerpo y el frío viento de la madrugada la hizo tiritar.

¿No era acaso ese el sonido de un cuerno foráneo en la distancia? Los músculos tensos, Casandra permaneció a la escucha por largo tiempo. Ahora el viento, proveniente del este, comenzó a soplar con más fuerza. En eso Casandra tuvo la impresión de estar a bordo de un enorme bajel que tenía poderosas velas rojas, izadas todas ellas. Los mástiles eran de un marrón oscuro, como también lo era el casco de la embarcación. Fuertes sogas sostenían las velas y en la proa del barco se podía ver la imagen de un dragón. En el lugar un tanto elevado del capitán se erguía frente a ella la grande y heroica figura de un hombre de ojos radiantes. El hombre era sumamente bello; parecía una réplica terrenal del dios Ares. Todo él estaba rodeado de un aura radiante de heroico coraje y fuerza inusual. Sus ojos de un castaño dorado despedían el flagrante brillo del deseo de aventura, mientras que su yelmo resplandecía a causa del reflejo de un fuego que ardía en la cercanía. Siguiendo un acompasado ritmo, los remos se hundían en el agua, donde crujían y se doblaban bajo la fuerza de las olas. Un viento estridente azotaba, implacable, los mástiles de la nave, la cual temblaba ante el embate de las aguas cuya resistencia trataba de vencer.

De repente, el capitán divisó a Casandra:

«¿Quién eres, bella doncella?; ¿acaso una nereida?», se dejó oír de la boca sonriente del hombre. «Seguramente, me traes buenos presagios. Vienes a darme la noticia de que la victoria está cerca».

Quien así hablaba era Odiseo, el rey de Ítaca, quien le había prometido ayuda a Menelao contra el ladrón de Paris. Casandra lo había visto, había escuchado su voz y reconocido su ser interior. Ahora sabía que se trataba del más astuto de todos los enemigos y le temía a su fuerza.

Su espíritu se había adelantado a los acontecimientos, y en la proximidad del enemigo, incluso visible a éste a ratos, había presenciado el combate de Odiseo contra la flota troyana. De una de las embarcaciones troyanas salía fuego, mientras que una de las griegas había zozobrado. Las naves troyanas habían emprendido la retirada, y a lo lejos se veían los auxiliadores de Odiseo.

De regreso de su visión, la joven se encontró en la atalaya. Su mantilla agitada por el viento y su cuerpo completamente inclinado hacia adelante, Casandra escudriñaba el mar sin cesar. Un humo negro se veía a lo lejos sobre el vasto ponto, que comenzaba a reflejar los primeros rayos de luz del sol naciente. En torno al humo vibraba en un rojizo resplandor el caliente hálito de las llamas. Los barcos incendiados, empero, no se veían. Sin embargo, había algo de lo que a Casandra no le quedaba duda: antes del anochecer, su gente iba a tener que salir a socorrer a las avanzadillas; de lo contrario, ya no habría nada que hacer. Presurosa, abandonó su puesto la joven.

En esos días el pueblo seguía con vivo interés lo que acontecía. Preguntas y conjeturas circulaban por la ciudad. Ahora, en torno a lo que más giraban las conversaciones de la gente eran las profecías de Casandra y los rumores que sobre estas iban de boca en boca, cosa que incomodaba muchísimo a los sacerdotes. El amor y la veneración que la gente le ofrecía a la joven como lo más natural del mundo no eran sino los efectos recíprocos del amor que ella tan abundantemente dispensaba. Mas ello era algo que los sacerdotes no sabían, y estos la acusaban en privado de hacer uso de la magia negra. Así, se convirtieron en sus enemigos.

Sin embargo, todo aquello en Troya que en ese tiempo se viró contra Casandra era retenido por los delicados hilos que constituían las transiciones a los planos espirituales. Las personas mismas o bien se excluían del flujo del acontecer, anquilosándose de ese modo, o se abrían al puro tejer del natural y legítimo operar del Amor, tomando con ello el camino a Dios.

De ahí que se produjera un encrespamiento en las regiones tenebrosas de lo etéreo, con los excitados espíritus de baja condición disparando sus oscuras flechas.–

Casandra había alertado al padre y lo había llamado a la lucha. Grande era el júbilo y regocijo de los héroes. Embargadas por el pesar, las mujeres preparaban la cena y se encargaban de los últimos detalles en lo relativo a las ropas y las armas que sus esposos habrían de llevar.

La blanca llama de las antorchas iluminaba la gran sala, en la cual se movían los sirvientes de un lado a otro, llevando en sus manos los relucientes trastos llenos de delicioso vino para la cena.

Transcurrido poco tiempo, empero, fueron aseguradas las puertas de la ciudad. Ya habían salido de ella las últimas tropas a fin de ocupar los puestos de vigilancia más distanciados de la urbe.

Las naves ya estaban equipadas, y tan solo aguardaban la señal para partir. El silencio se apoderó de Troya, y se dio la orden de apagar todas las luces. El enemigo debía encontrarse con la ciudad a oscuras, para que se sintiera inseguro.

En los templos los sacerdotes entonaban sus cánticos y le preguntaban al oráculo, mas no obtenían respuesta. Los dioses callaban, y Troya quedó embargada de un silencio sordo y desolado preñado de una angustiosa tensión. Casandra le había informado al padre del combate con Odiseo; más nadie sabía cómo estaba la situación.

Todo el mundo ya se había ido a dormir cuando un movimiento se produjo en la playa. Las embarcaciones partían en silencio y sin ninguna iluminación; iban a socorrer a los suyos. Escudriñando las aguas con la mirada y procediendo con cautela, se mantenían cerca unas de otras. En silencio surcaban las aguas hacia su destino, y los remos eran manejados evitando causar el menor ruido. Casandra asintió complacida.

Por lo pronto, ya no había mucho que hacer para ella, así que la joven trató de controlar su inquietud interior tocando su lira. Con gran arte entonó una canción, y las estrofas manaban de su boca con la misma facilidad con que los tonos salían de las cuerdas del instrumento en sus manos. Casandra había sido generosamente dotada con el arte del canto.

Antes de la luna nueva ya los barcos estaban de vuelta, y con ellos traían la noticia de que Odiseo los seguía con otras naves. Apenas arribaron a la playa de su patria, y ya oían el retumbar de los cuernos anunciándoles el combate. Héctor salió conjuntamente con otros tres héroes y sus sirvientes. Príamo, por su parte, se quedó a proteger el país.

Fue así como comenzó el trágico destino de Troya. Una detrás de otra se sucedían las batallas, se sucedían los combates a fuego y espada y con el empleo de terribles proyectiles. Bravos como leones combatieron los troyanos, llenos de noble coraje, mas los griegos eran contendientes de noble hidalguía.

En los primeros años fue un noble medir de fuerzas, una guerra animada de espíritu e ingenio. Mucha fue la sangre que hubo de correr; muchas también las madres que lloraron a sus hijos y las mujeres que lloraron a sus maridos. Muchas fueron las embarcaciones que se perdieron, y la gravedad de los tiempos comenzó a roer en las almas de los hombres.

Poco a poco fue creciendo la exasperación, fue aumentando el odio. Las erinias recorrían el país atizando la ira con sus antorchas y látigos, y las tinieblas siseaban y bullían por toda la Tierra, azuzadas por las diosas de la venganza. Una y otra vez rechazaban los troyanos las embestidas de los bajeles griegos; tanto más numerosos y furibundos, empero, se volvieron estos ataques.

Muchos fueron los héroes gravemente heridos que hubieron de ser llevados intramuros. Casandra asumió su cuidado con la ayuda de sabios galenos y diligentes mujeres. Sanador era el efecto de sus palabras; sanador también resultaba el contacto de sus manos; todo aquel al que ella veía se sentía lleno de nuevas energías. Su campo de acción se fue haciendo cada vez mayor, y mayor también se hizo el círculo de su influencia espiritual. Los mejores y más puros querían prestarle su ayuda y servirle de ese modo, felices de poder estar en su cercanía. Grande era la paz que emanaba la joven.

Las palabras de Hécuba ya no le llegaban.– Casandra seguía su propio camino, un derrotero determinado por excelsas leyes.

Sobre las aguas del vasto ponto se oía el intenso fragor de la batalla: los gritos y bramidos se entremezclaban con el resonar de los cuernos y el estridente silbido de los proyectiles. Hachas golpeaban, amenazantes, las tablas de las naves y el vapor del mar hirviente se mezclaba con el martirizante y asfixiante humo negro de vigas carbonizadas. Hechas jirones, flotaban en el agua, ardiendo cual antorchas, velas impregnadas de aceite caliente. Luces espeluznantes iluminaban terribles escenas de horror. El denso humo negro que dimanaba de las naves en llamas se extendía por varias millas a la redonda, impidiéndole al espectador cualquier visión del panorama.

Grande era la preocupación en Troya por lo que pudiese estar ocurriendo allá en el mar. Los griegos habían recibido numerosos refuerzos: eso, por lo menos, sabía la gente. Pero ya el combate se había extendido por días sin que llegaran noticias a tierra. La población estaba sumamente inquieta.

Poco a poco la gente había abandonado la esperanza de que el enemigo acabaría emprendiendo la retirada, y la cercanía de la flota de los aqueos causaba gran pesar en los ánimos de todos. Horrorizada, la gente veía que, pese a todas las bajas sufridas, el enemigo no hacía sino fortalecerse cada vez más. Constantemente les llegaban nuevos refuerzos, gracias al acaudalado Agamenón, quien había asumido la dirección de la campaña bélica.

En momentos en que nadie la observaba, Casandra se frotaba las manos nerviosamente. Ya no debía intervenir con su saber; así se lo ordenaba el Espíritu de la Luz. Muda y triste andaba la joven de un lado a otro, presa del desasosiego y la preocupación por los suyos, por la ciudad, por su gente. ¿Quién iba a vigilar, quién iba a prevenirlos? Al fin y al cabo, todos estaban ciegos y sordos, poseídos por su egoísmo y sus pasiones. El miedo despertaba en los hombres sus malos instintos. Así, se habían excluido a sí mismos de la conexión con las ayudas puras, y las tinieblas no cejaban en su empeño, generando todo el tiempo nuevas formas espantosas, tanto sobre Troya como sobre Grecia.

Enojadísima erguíase Palas Atenea en toda su estatura sobre ambas tierras. La diosa sostenía a manera de escudo ante su rostro radiante la terrible cabeza viperina de Medusa, y esta le mostraba a los hombres su risa sardónica y desprovista de toda piedad. La crueldad y la voluptuosidad alcanzaron proporciones que iban mucho más allá de lo que el hombre de hoy se pueda imaginar. Las que más degeneraron fueron las mujeres. Las bárbaras vivencias de la guerra y la separación de los maridos crearon en las ciudades helenas un espantoso estado de cosas. Las mujeres caían cada vez más bajo. El culto a los dioses devino en idolatría y los semidioses fueron exaltados al nivel de santos patronos de orgiásticos festivales. Grecia en especial se había convertido en una total abominación.

A Casandra el amor del Padre Eterno le puso un velo alrededor de su clarividencia, no fuera la joven a perecer prematuramente por el dolor causado por la perdición de la raza humana. Pero tan pronto como ella calló y, súbitamente, dejó de intervenir en el obrar de los hombres, igual de pronto perdieron estos lo que ella les había dispensado. ¡Qué rapido olvidaban lo que la joven les había enseñado!; ¡qué rápido se esfumaban el respeto y el amor que hasta hacía no mucho habían tenido para con ella! Casandra, que toda una vida había estado sola, ahora era despreciada también. Y en noches llenas de dolor, cuando yacía en la oscuridad y anhelaba la luz de su patria, del corazón se le escapaba un ruego:

«¡Oh, Eterno y Omnímodo, qué te hecho para que me castigues así! ¡Aparta de mí esta amarga copa; pero que se haga Tu voluntad, y no la mía!».

En eso se escuchó un intenso bramar que atravesaba muros y paredes; la casa temblaba, y el cuarto se vio inundado de una luz en la que cobró forma una cruz. Y entonces se oyó una voz:

«¡Escucha, María, YO SOY quien te ha llamado!; ¡aguanta! Tuyo es el Reino y el Amor; portadora de este eres. Yo soy uno con el Padre y tú eres parte de Mí. ¡Toma tu Cruz y sígueme!».

En la luz había cobrado forma un rostro con la blanca pureza de un ángel, la perfecta belleza de un dios y la gran severidad y bondad de un rey. El ojo de este rostro estaba completamente permeado de la Luz de la Vida.

Ahora Casandra sabía por qué se le había retirado el don de la clarividadencia: fue por amor y en aras de su coronación.

En sus manos cerradas la joven sostenía una piedrecita de un blanco reluciente; seguramente, el Espíritu de Dios se la había traído. Desde ese momento llevó siempre la piedra consigo en un lienzo que llevaba en su pecho.

Esta fue la preparación de Casandra para la parte más difícil de su existencia terrenal.

Y como parte del Juicio de Dios descendieron años terribles sobre Troya.

En el mar se sufrió una fuerte derrota. Más de la mitad de los barcos habían sucumbido a las llamas y con ellos habían acabado en el fondo del mar también la mayor parte de los mejores hombres. Afortunadamente, Héctor, conjuntamente con su selecta tropa y muchos barcos, pudo arribar a las costas de la patria y salvar el pellejo. Adustos y malhumorados, cansados de tanto pelear, sucios de hollín y sangre: ese fue el estado en que llegaron. Ello trajo mucho quehacer en la ciudadela y una vida llena de agitación.

Mas el enemigo no se detuvo en su empresa y, llevando el combate hasta las costas, obligó a los troyanos a desembarcar y a dejar su flota en manos de los aqueos. El fragor del combate se volvió constante, y los barcos aqueos se extendían formando un arco a lo largo de las costas troyanas.

Tras una corta pausa, los espartanos movilizaron a sus hombres. Infantes y jinetes ocuparon sus posiciones en la playa y montaron sus tiendas de campaña.

Petrificados de espanto, los troyanos observaban desde los muros la gran cantidad de tropas enemigas. Jamás se habían imaginado tan abrumador el ataque de Agamenón. Con gran valentía y tenacidad, empero, defendieron cada palmo de su suelo patrio, y la sangre corrió a mares.

Paris combatió cual joven león. Allí donde se le veía se amontonaban los griegos. Grandes eran las ganas que tenían de echarle mano; a fin de cuentas, la mayor parte de su ira iba dirigida a él, a él y a Héctor, que no perdía de vista al hermano. Odiseo era el más rabioso de sus enemigos.

El semicírculo que formaba el campamento de los griegos en la playa de Troya no tardó en irse cerrando más y más, aproximándose así cada vez más a la ciudad por cada día que pasaba.

Troya necesitó hacer acopio de todas sus fuerzas para hacerle frente a los ataques de los aqueos y a la enorme superioridad numérica de estos, pero sobre todo para defenderse con tal astucia que no perdieran la conexión con el interior del país.

Así pasaron los meses y los años, y muchos fueron los que acabaron en el reino de las sombras; las pilas de leña ardían todos los días. Con la guerra creció una nueva generación. En estos muchachos podía uno constatar la cantidad de años que habían pasado como una eternidad, siempre iguales en cuanto a los típicos altibajos de la caprichosa suerte de la guerra a la que todos habían quedado sujetos. En las filas de los griegos se desató una epidemia. La gente se la atribuía a un supuesto envenenamiento de los pozos. Sobre el campo de batalla revoloteaban chillando los buitres, los primeros nuncios de la muerte a causa de la plaga.

Cerradas a cal y canto, las puertas de la ciudad, con sus anchos y macizos muros y torres, se alzaban desafiantes ante el enemigo. Detrás de aquellas se extendían pasillos erizados de hierro. En las profundidades de la ciudadela, empero, se encontraban apilados en fardos y pacas los tesoros del reino, y los enormes depósitos de vino ofrecían consuelo ante el miedo de padecer sed.

Príamo dirigía al ejército y al pueblo con gran prudencia y fuerza, lo cual le granjeó el amor y la veneración de todo el mundo. Admirado por todos, el senescente monarca era objeto de la lealtad y la gratitud de su gente. Hécuba había cambiado mucho. Un sentimiento de culpa indefinido le roía el alma. Martirizada constantemente por cierta desazón y un miedo terrible a las erinias, andaba en un estado de permanente agitación y tenía a cada rato iracundos exabruptos que aterraban a los demás. De la otrora tan clara y circunspecta mujer ya prácticamente no quedaba ni la sombra. A Casandra ya no le dolía el comportamiento de su madre. Para ella Hécuba estaba enferma, estaba muerta.

Al final los sitiados se vieron obligados a retirarse del todo y buscar refugio tras los muros de la ciudad, quedando así aislados del resto del país, el cual se encontraba totalmente despoblado y asolado por millas a la redonda. Todo aquel que aún vivía en la zona había acabado huyendo a la ciudad, por miedo a las tropas enemigas.

Los griegos abrigaban la esperanza de que a los troyanos no les alcanzaría el alimento por mucho tiempo más; se ve que no contaban con la sabia prevención y la astuta distribución de Príamo. De todas las maneras imaginables hostigaron la ciudad y provocaron a los héroes para que estos salieran. Mas lo que los troyanos tenían de valientes lo tenían también de astutos y no se dejaron engañar. Ellos, por su parte, también lograron causar grandes daños a los griegos.

Fue entonces que los sitiadores se dieron a embestir los muros de la ciudad, los cuales temblaban terriblemente bajo las acometidas enemigas. La ciudad entera se veía sacudida por los golpes de armas de asedio como las inmensas torres y arietes con que los aqueos embestían las murallas. Altas máquinas lanzadoras disparaban enormes pedruscos, y las había que eran capaces de lanzar de forma seguida 20 dardos y hasta más contra los hombres que defendían las murallas.

Muchas de las armas de asedio causaron graves daños en la ciudad, donde se oían estallidos y crujidos bajo la andanada de proyectiles, mas no pudieron hacer mucho contra la fuerte defensa de Troya. Los griegos no se habían imaginado que la empresa sería tan difícil. Además de que sabían que Helena se encontraba tras los muros, de modo que no querían destruir la ciudad por completo. Menelao estaba todo el tiempo ahí para recordárselo y contenerlos. Malhumorados se reunían todas las noches en la tienda de Agamenón a deliberar.

Hacía mucho que ya habían abierto fosos para desviar el curso del agua y destruido los pozos existentes; pero daba la impresión de que en Troya ni los hombres ni las bestias padecían sed. ¿Tendrían acaso un manantial secreto?

La comida escaseaba, mas era repartida de forma sabia y racionada. Príamo implantó una estricta disciplina. Aquel que no se conformaba a ella, era ejecutado. Ciertamente, había sus agitadores solapados entre el pueblo, mas la gente misma los hacía callar.

En medio de las penurias, el amor entre los buenos se propagó con más facilidad que lo que era el caso en los momentos de felicidad. Casandra trabajaba mucho con los enfermos y supervisaba su atención. Con la gente no se mezclaba, ya que le rehuían, lo cual le causaba dolor. Los sacerdotes habían propagado el rumor de que Casandra estaba loca, y como la mayoría de la gente le creía a los sacerdotes, evitaban, temerosos, el contacto con ella.

Con pesar observaba Príamo a esta hija suya, que de tan gran ayuda le resultaba. Para él la joven llevaba una corona luminosa en su cabeza; Príamo la veía como un regalo de las cumbres luminosas. El monarca no entendía por qué la gente la martirizaba de ese modo. A su modo de ver, Casandra jamás había dicho o hecho algo descabellado o necio. ¿Acaso ya estaba demasiado viejo como para entender esas cosas? Casandra nunca se mezclaba con los demás; siempre estaba ocupada con su trabajo, y siempre andaba callada. Mas en torno a ella se iba expandiendo con cada vez más fuerza una clara luz.

Así hasta que llegó el gran día para los griegos. Estos estuvieron trabajando incansablemente, y nadie tenía idea de lo que hacían. En la noche, empero, cundió de repente una calma absoluta alrededor de la ciudad: ni un ataque, ni un solo ladrido de perro, ni un relinchar de los caballos. La calma parecía casi siniestra, mas venía muy bien; muy duras que habían sido para Troya las últimas semanas. El hambre había hecho acto de presencia después de todo; debido a la escasez de agua, todos los animales habían sido sacrificados. El pan también escaseaba, pues dos de los inmensos graneros habían sucumbido a un fuego.

Cual espectros deambulaban a rastras los viejos y los niños, toda vez que había que tener en consideración a los hombres y los adolescentes, de modo que estos recibían más comida. Pero aun así ellos también estaban enjutos y atenazados por el cansancio. La escualidez y las enfermedades se fueron propagando cada vez más. Los médicos apenas podían con todo el trabajo, y los fuegos, que hacían las veces de sepulcro de los fallecidos, ardían día y noche. Las negras aves de la muerte cubrían el cielo de Troya.

Los jóvenes héroes no podían estarse tranquilos: querían lanzar un ataque. Pero Príamo se los prohibió terminantemente. Jamás lo habían visto tan irascible. ¿Qué querría el viejo entonces: condenarlos a todos a morir de hambre y a esperar con las manos cruzadas hasta que llegara el fin? Enojados, hacían conjeturas entre ellos.

El desenlace fue muy diferente a lo que todos esperaban. Al rayar el alba, el guardia apostado en la atalaya hizo sonar el cuerno con gran júbilo. ¿Qué tipo de tonada sería esa? A todos se les heló la sangre. ¿Sería alarma o alegría lo que expresaba? Una vez más se dejó escuchar el sonido de la tuba; cada vez más alto resonaba esta por toda la ciudad en expresión de júbilo. Todos salieron corriendo hacia las torres, los techos y las murallas; Casandra una de las primeras.

El ponto estaba calmo y desolado, liso cual espejo, y en toda su vastedad no se observaba un solo barco. ¿Qué habría sido de los bajeles griegos? ¿Y su campamento? Todavía se veía parte del equipamiento disperso por doquier: armas para embestir las murallas, piedras, lanzapiedras; mas todo parecía inservible. Y ¿qué era eso allí en la playa? ¿Acaso un animal gigantesco?

De aspecto rígido y de burda construcción, se alzaba en el lugar una figura alta y de cuatro patas, la copia de un caballo griego. Casandra, al verla, sintió desazón y zozobra. Todos los demás, empero, exultaban de gozo. Las puertas de la ciudad se abrieron de par en par, y el pueblo salió en masa a la claridad de la luz del sol. ¡Libres por fin, después de la presión de diez años de guerra!; ¡un verdadero regalo de los dioses!

Jubilosos, apenas se conocían a sí mismos de tanta felicidad que sentían; saltando como niños, se abrazaban unos a otros. Tan solo unos pocos, como Héctor y Príamo, se mostraban precavidos y sacudían la cabeza, mas el pueblo se entregaba de lleno a esta alegría. Así, la gente se puso en marcha hacia la playa y, contentos, pasaron por los campamentos abandonados, donde hallaron pan y vino en grandes cantidades. Alegres y llenos de gratitud, se daban tan solo a disfrutar el momento.

De repente, se oyó un clamor en la muchedumbre:

«¡Vamos a llevar el caballo a la ciudadela!».

Y valiéndose de escaleras, subieron al caballo, que era bien alto, y le tejieron coronas y lo engalanaron como si fuera un animal sacrificatorio.

En eso se oyó, proveniente de la atalaya, una voz estridente y amenazante:

«¡Ay, pobres de vosotros, pobre de ti, Troya! ¡No os dejéis tentar y prestad oídos a la advertencia: pegadle fuego al coloso, hasta que de éste no quede más que polvo y cenizas!».

Prodújose un silencio total, el cual vino seguido de un murmurar, voces de protesta cargadas de resentimiento, y carcajadas estridentes y preñadas de burla. Silencio de nuevo.

La multitud procedió a colocar el animal sobre cilindros, para así poderlo mover,  y de nuevo dejose escuchar el llamado de advertencia.

«¡Ay, pobre de Troya!; ¡no paséis por alto la advertencia: reducid el animal a cenizas!».

Y Príamo ordenó que, por lo pronto, dejaran al coloso donde estaba. Fue así como la multitud, malhumorada y maldiciendo a Casandra, regresó a la ciudad.

Todo el día se lo pasó la ciudad sumida en un éxtasis de júbilo y alegría, sus calles llenas del griterío de la gente. Mayor diferencia entre ese día y la jornada anterior no podía uno imaginarse. Engalanada con coronas, agitando pañuelos de abigarrados colores y bailando al sonido de las flautas, así se movía la multitud por las calles de Troya.

En la gran plaza frente al templo encendieron un fuego en el que arrojaban flores y frutos y que mantuvieron vivo hasta la noche. En los templos se entonaron cánticos de gratitud, y ataviados completamente de blanco, movíanse los sacerdotes de un lado a otro, recitando plegarias y propagando aromáticas fragancias. Frente a las casas fulguraban boles en los que ardían llamas multicolores; hubo quienes empinaron volátiles ardientes, y la gente arrojaba flores desde las ventanas de sus moradas. El júbilo no tenía parangón.

Hasta que llegó la noche. Allá en el oeste, donde el cielo se unía con el mar, se veía brillar el último ribete del sol enrojecido; las estrellas ya poblaban con su fulgor la bóveda celeste y sobre Troya brillaba el resplandor de fuegos festivos. En eso salió un grupo por la gran puerta de la ciudad, haciendo caso omiso de las advertencias de Casandra y las órdenes de Príamo.

Allí, frente a las murallas de la ciudad, alzábanse aún, cual siniestro recordatorio de los terribles días de horror vividos hasta hacía muy poco, las amenazantes siluetas del coloso griego y de las potentes armas de asedio. Estas tenían un brillo siniestro bajo el resplandor multicolor de los fuegos que ardían como manifestación del gozo de los habitantes de la ciudad. Los caminos, apisonados y marcados por zanjas, hablaban a las claras de los años sacrificados a la guerra. El suelo había quedado arruinado por largo tiempo, y la sangre de los caídos impregnaba la tierra bien hondo. Sombras merodeaban por el lugar: los caídos que habían quedado atados a lo terrenal y que aguardaban su liberación. Excitados, estos eran un amasijo de cuerpos que se peleaban y discutían entre sí si debían sumarse a los troyanos.

Por las puertas de la ciudad salió toda una procesión de soldados, ciudadanos y labradores que, trastrabillando y tambaleándose, enfilaron hacia la playa. Bailando y saltando de alegría alrededor de aquellos, se sumaron a la caravana en largas filas los caídos en combate. Muchos de estos, empero, hacían llamados de advertencia y, sirviéndose de amenazas, trataban de detener a la multitud. Así, la gente se fue acercando a la playa, donde los aguardaba el engalanado corcel. Una vez allí, se pusieron a bailar con frenesí en torno a él. Hasta que la procesión comenzó a desplazarse hacia la ciudad con la lentitud de una babosa; el colosal animal en medio de ellos.

Por los pasillos de la ciudadela, por los techos, los patios y desde los muros, oíanse clamores de advertencia. Casandra se movía de un lado a otro con pie ligero, los pliegues de su vestido movidos por el viento. Infatigable y sin darse un momento de descanso, llena del fuego abrasador de un terrible saber, fulgurantes los grandes ojos y alzada al cielo la mirada, el rostro cubierto de lágrimas y las manos encrispadas en actitud suplicante: así deambulaba la mujer por salones y florestas, por pasillos y jardines, haciendo caso omiso de la gente, que en parte le rehuía, y en parte se mofaban de ella con carcajadas burlonas.

A cierta distancia le seguía el fiel atalayador y a su lado marchaba el inmenso perro guardián de castaño pelaje. Con una voz que hacía temblar los muros Casandra hacía una y otra vez su admonitorio llamado «¡Ay, Troya, pobre de ti!».

Las piedras temblaban, mas los hombres no hacían caso a la advertencia. En las puertas la mujer hizo retroceder a la boquiabierta muchedumbre. Vestida de blanco, los brazos bien abiertos, así esperó a la multitud, su espíritu enardecido por la voluntad de su convicción; de esa suerte aguardó, solitaria y desafiando a un pueblo entero. Y la procesión se acercaba cada vez más. Ya divisaban a Casandra. La gente se arredró y, haciendo un alto, se pusieron a deliberar. En eso dejose escuchar el estallido de un látigo y acto seguido un grito; varios caballos se abrieron paso a través de la multitud y la bramante jauría se lanzó en tropel contra Casandra.

«¡Abajo con la lunática que nos niega nuestra alegría!», gritó uno.

Saltándole al cuello al tiempo que lanzaba un aullido, embistiole al hombre el perrazo mientras la turba humana proseguía su marcha arrolladora. Un fuerte brazo armado sacó a Casandra de donde estaba y de inmediato viose la mujer rodeada de soldados comandados por un capitán:

«¡Casandra, en nombre de Hécuba te ordeno que me acompañes!».

Y se la llevaron como si fuera una delincuente. Los hombres la condujeron a la planta superior del castillo.

A Hécuba no se le veía por ninguna parte. Era como si nadie supiera de Casandra. Esta fue conducida, como si se tratara de una extraña, a una pieza donde fue encerrada en una cámara a nivel del suelo. Casandra no estaba desesperada, sino más bien estupefacta. Lo único que escuchaba una y otra vez era una voz angelical que le decía:

«¡Toma tu cruz y sígueme, que yo estoy en el Padre y tú eres una parte de Mí!».

Una fuerza sobrenatural, inefable y de callado operar la sostenía.

Así deben de haber pasado unas cuantas horas. Las calles habían quedado sumidas en el silencio y las fogatas estaban prácticamente apagadas. Todo el mundo disfrutaba del sueño liberador, embargados como estaban de esa sensación de libertad que hacía tanto habían olvidado. Todos estaban exhaustos de la agitación en la que habían tomado parte. El único que no dormía era el fiel atalayador. El leal hombre montaba guardia frente a la celda de Casandra. Una luz tenue brillaba por debajo de la puerta del calabozo y arrojaba un resplandor mortecino a través de las rejas que hacían las veces de ventana de la celda. No obstante, era como si la habitación fulgurara con luz propia, una luz blanca y apacible.

En la ciudad reinaba un silencio sepulcral. Solo se escuchaba a ratos el estertor de un perrazo que se arrastraba trabajosamente por el suelo y el ulular estridente y plañidero de un búho proveniente del mar. El enorme can acabó desplomándose frente a las puertas de la ciudadela; había fenecido. De una profunda herida en su cuello brotaba, manaba la roja sangre.

De repente, se escuchó un sonido como de armas. ¿A qué venía ese sonido en plena ciudad y a esta hora?

Sobre el techo de un establo se vio súbitamente el resplandor de un fuego; aves y murciélagos huían espantados. Una roja luminosidad fulgía siniestramente en el techo de un granero. Afuera, del otro lado de los muros, se movía alguien con pisadas rápidas y silenciosas. El chirriar de trancas y el crujir de vigas quebradas hirieron la noche. Cascos de caballo hollaban la tierra y el sonido retumbante que producían iba acompañado del cencerreo del hierro de las armas.

En Troya todo el mundo dormía. En eso rompieron las puertas de la ciudadela y un grupo de griegos armados de antorchas irrumpió en el patio. Una corta tonada del cuerno del atalayador que se extinguió en un estertor fue el único aviso; el ataque sorpresa había resultado exitoso.

«¡Cuánta razón tenía Casandra!», fueron las últimas palabras del fiel hombre.

Pasando como un bólido por al lado de este, Aquiles se lanzó contra los troyanos, que, habiéndose armado a la carrera, salían presurosos de las casas. En pocos minutos la ciudad sumida en la calma del sueño nocturno se había transformado en un mar de llamas y de gritos de desesperación.

El fuego ardía de forma espantosa, y el bramido de los cuernos iba acompañado del aún más fragoroso bramido de los hombres. Las pocas mascotas que habían sido dejadas con vida para los niños de la casa se lanzaban a las llamas, y por los patios cabalgaban caballos sin jinete.

En el medio de la plaza se alzaba el caballo de madera; la negra cavidad de su torso abierta de par en par; la misma les había servido de escondite a los astutos griegos.

Los príncipes se acometían con frenesí. Espantosa era la matanza, en la que el vapor de la sangre se fundía con el resplandor de las llamas. Por doquier veníanse abajo vigas y maderos, y máquinas de asedio embestían parte de las murallas de la ciudad. Los griegos recibían nuevos refuerzos. En la plaza, en torno al caballo, tenía lugar una violenta reyerta; los espartanos, acaudillados por Menelao, se habían apoderado del templo, pues creían que allí se encontraba Helena.

Troya se defendía desesperadamente. De pie sobre una plataforma de su torreón, Príamo impartía órdenes, mas, con tanto desconcierto, era difícil mantener la disciplina entre la gente. Paris y Héctor estaban posicionados en puntos claves; sus hombres, empero, se veían acorralados por fuerzas diez veces superiores en número. Héctor estaba por todas partes, apareciendo ora aquí, ora allá. Su destreza y su coraje brillaban cual estrella de luz sobre sus camaradas.

En eso un terrible alarido hirió el aire. ¿Sería acaso ese grito estridente y desgarrador el de una bestia herida?; ¿o quizás el de una mujer demente? Hasta la frenética batalla se detuvo por unos instantes.

Aquiles había salido al encuentro de Héctor. Como un loco el aqueo había saltado del carro que hasta hace unos momentos había conducido por entre la gente que peleaba a pie, atropellando a todo aquel que no se apartaba del medio. En fiero combate diole muerte a Héctor, cuyo cuerpo inerte cayó al suelo y estuvo a punto de ser atropellado por los caballos. Aquiles, empero, mandó a atar el cadáver a su carro y lo arrastró a velocidad vertiginosa a través de las puertas de la ciudad.

Anegado en sangre, el suelo despedía el vaho del rojo elíxir. Amontonados, formando pilas, los estertóreos heridos eran hollados y aplastados por las despiadadas ruedas de los carros de combate. Hecho una furia y rodeado de las diosas de la venganza, Aquiles conducía su carro por toda la ciudad a velocidad trepidante. Paris vio lo que sucedía y juró no descansar hasta haber vengado al hermano.

El grupo de los troyanos fue reduciéndose cada vez más, la superioridad de los enemigos tornábase cada vez más evidente. Odiseo combatía ahora junto a Filoctetes, a quien había traído consigo no hacía mucho. La presencia de este y la buena afluencia de sus flechas intensivaron de nuevo la combatividad, que ya empezaba a mermar. Los griegos ya estaban masacrando mujeres y niños, y su crueldad aumentaba cuanto más corría la sangre. Los fuegos no hacían sino incrementarse, y viniéndose abajo, los muros de la ciudad acabaron sepultando todo bajo sus escombros.

Las mujeres del castillo estaban todas acuclilladas en un rincón. Un inmenso miedo las invadía, pero a lo que más le temían era a Hécuba, que se comportaba como una demente. La única que podía ofrecer consuelo, el amor servicial personificado, Casandra, no estaba ahí con ellas. Sentada en un rincón profiriendo lamentos y deshecha en llanto, Andrómaca sostenía en los brazos a su pequeño hijo.

Posicionadas en la terraza, las mujeres habían visto desde allí la muerte de Héctor, y Hécuba se había puesto a proferir alaridos como un animal. Temblorosa, sus dedos moviéndose sin cesar, la mirada errática y huidiza: esa era la imagen que ofrecía la mujer, acuclillada como estaba en un rincón del aposento, en el cual ya se sentía el olor a cadáver. El ruido en los pasillos permitía inferir que el castillo ya estaba en manos del enemigo, de modo que el escapar estaba descartado.

Fue entonces que en la puerta de la habitación apareció Príamo a fin de prepararlas para lo peor: la muerte o el cautiverio. En el aposento reinaba una atmósfera gris, mortecina y fría.

En eso resonó un grito, resonó una voz por toda la casa:

«¡Príamo!».

Era la voz de Casandra. Fue entonces que se dieron cuenta de que nadie había tenido idea de dónde estaba la joven, mas esto no les dio vergüenza.

La celda de Casandra se había abierto, y con la frente en alto, la hija del monarca había atravesado los grupos de guerreros envueltos en sangrienta lucha sin que nadie le pusiera un dedo encima. Como por obra de un milagro, los muros, al venirse abajo, en lugar de hacerle daño la habían liberado.

Colocándose ante Hécuba, la joven pronunció estas palabras:

«Héctor ha encontrado la muerte. Acompañada de Príamo, iré a pedir su cadáver. Paris también va a morir, y Troya dejará de existir. Todos vosotros caeréis en las manos del enemigo. Todo eso te lo podemos agradecer a ti, Hécuba; ¿te acuerdas ahora de mis advertencias?».

Príamo se quedó contemplando a la hija, y desgarrado por el dolor, le extendió la mano:

«Vamos», le dijo.

Mas el combate aún proseguía. La noche había dado paso al día y este a la noche de nuevo, y todavía continuaba el ulular de la matanza a través de las ruinas de la ciudad. La carnicería había perdido todo sentido, pero no quería llegar a su fin.

Al cabo de unas horas regresaron Casandra y Príamo con el cadáver mutilado de Héctor y prepararon la pira funeraria, mas no les fue posible encenderla, ya que el combate se había reanudado de nuevo. Sentada junto al cadáver, Andrómaca lloraba a su marido.

Fue entonces que Paris le dio muerte a Aquiles. Un clamor de dolor del enemigo anunció el suceso, y Paris fue alzado en alto sobre su escudo por sus compañeros. En eso lo alcanzó la flecha vengadora de Odiseo, disparada por el arco que Hércules había llevado en su tiempo. Con la flecha aún cimbrando en su cuello, el héroe fue llevado sobre su escudo adonde Príamo. Este prorrumpió en llanto y comenzó a tirarse del cabello. Colocándose ante el enemigo, el viejo caudillo ofreció su pecho descubierto a las huestes de sus adversarios.

Detrás de él se veía a Casandra, y esta divisó a Odiseo por primera vez. Él también la vio a ella y juró capturarla viva. Seguramente,  se había acordado de su visión en el mar.

Una mañana gris y plomiza dio inicio al tercer día. Troya había quedado reducida a un montón de ruinas humeantes. Humo despedían también aquí y allá las piras mortuorias. Las cenizas de los muertos habían sido colocadas en grandes jarrones de piedra y estos, a su vez, en el panteón destinado al efecto. A Príamo también lo habían sepultado.

Troya había quedado sumida en la oscuridad; oscuras también estaban las almas de las prisioneras. Los griegos se dispusieron a abandonar Troya. Menelao había conducido triunfante a Helena a su barco, y muchos lo siguieron. Conjuntamente con Agamenón, Odiseo había determinado cuáles serían los barcos de los prisioneros; Micenas habría de ser el destino de Casandra. A esta la noticia la había fulminado como si se tratara de la muerte misma, incluso peor, mas entonces la mujer elevó al cielo una plegaria en silencio:

«¡Que sea tu voluntad, Señor, y no la mía!».

Troya no era más que un gris amasijo de humeantes escombros, una ciudad sin vida, y los pájaros descendían en picada sobre los cadáveres que habían quedado sin sepultura. La playa estaba desolada y anegada en sangre y en el mar desembocaban pequeños riachuelos del rojo líquido. En el cielo negruzcas nubes anunciaban la inminencia de una tormenta, y, llenos de ira, los Eternos escondían la cabeza. Los bajeles zarparon, y Casandrá lanzó una última mirada a la derruida casa paterna. En un aciago presagio, la tormenta azotaba las velas de los barcos.

Troya había caído y los últimos vástagos de su gran estirpe de héroes se encontraban en alta mar, expuestos al antojo de las olas. El hidalgo Príamo, padre de cincuenta hijos, entre los que se contaban Héctor, Paris y Polidoro, los diamantes en el anillo formado por los héroes troyanos, Príamo ya no estaba. ¡Ay de la soberbia Troya, condenada para siempre!; ¡ay de la ciudad caída, que tan majestuosa había sido creada por el favor de los dioses! Ahora estaba muerta, desangrada y reducida a escombros, y el viento transportaba sobre el mar los lamentos de los abandonados que habían quedado sepultados bajo sus cenizas.

En el mar bramaba la tormenta y los barcos de la imponente flota, cargados de abundantes de tesoros, acabaron desperdigados.

Casandra, la más preciosa de las perlas, brillando como lo hacía en la luz de la Verdad, estaba bajo la custodia de Agamenón. Su mirada, que era capaz de penetrar las profundidades del pasado y de asimismo aprehender la vastedad del futuro, había vuelto a cobrar vida. Mas en lo referente a su propio destino, sus clarividentes ojos permanecían cerrados.

Los días de la travesía y las noches espantosas en las que sus acompañantes no más aguardaban sucumbir a las olas fueron para ella apenas minutos, tan solo segundos, toda vez que una mano atenta y amorosa le había borrado del libro de su vida espiritual todo miedo, todo pavor, grabando en él entonces la confianza y la fe en el futuro. Casandra había regresado a casa, había entrado a una Luz que, con su claridad, le servía de guía en medio de las más espesas tinieblas, de tal suerte que le resultaba imposible perderla.

Mas podía ver el terrible destino de los hombres, la decadencia de los pueblos y de las generaciones y la gran necesidad que los héroes habrían de padecer.

«Agamenón, ¡presta oídos a mi advertencia! Asesinos aguardan por ti, asesinos en tu propia casa. ¡Estate alerta! Una mujer que es más culebra venenosa que otra cosa, bella e igual de peligrosa, vive en tu casa, y un calzonazos totalmente controlado por ella, un hombre ponzoñoso, cobarde y lleno de vicios, es su pareja. Ojalá los vientos nos ahogaran aquí en alta mar, de modo que no tuviéramos que ser testigos del final, el final de soberbios héroes».

Así habló Casandra, y sus palabras eran para Agamenón sombrías noticias.

Mientras los demás prisioneros, que yacían en lo más profundo del vientre del barco, lo pasaban sumamente mal, a Casandra se le permitía con frecuencia permanecer en cubierta, junto a Agamenón. Este disfrutaba contemplar su orgullosa y, al mismo tiempo, apacible y comedida manera de ser. Paz y pureza emanaban de ella, la vencida, la esclava, hacia él, el vencedor, el temido general, el enemigo. No mediaba odio entre ellos, tampoco amor; lo que sí sentían el uno por el otro era un gran respeto, y en realidad, ambos eran dignos de él.

Casandra sentía dolor cuando pensaba en el futuro, pues sabía que una diabla esperaba por ella. Llena de pavor, contemplaba los muros de Micenas y a sus habitantes, y se dio cuenta de que los dioses se habían apartado de este lodazal de pecados. Micenas era como un nido de víboras, cada una de estas llevando una corona de muchas piedras preciosas que no eran sino veneno mortal.

Oscuros eran los muros, oscuros también los salones, llenos como estaban del dolor de los abandonados y la lascivia de los disipadores. Negros del pulular de repugnantes sabandijas: así se mostraban a la mirada perspicaz; y el zumbar del látigo y el veneno y el puñal, los gritos de los esclavos y el cuchichear del pecado asomaban sus rostros de sardónica sonrisa en cada rincón. Hacia allí iba Casandra.

A ratos pensaba en los suyos y ello le desgarraba el corazón. Muchas veces había tratado de averiguar el destino de Andrómaca ‒que había tenido que acompañar al hijo de Aquiles‒, ya que Andrómaca era alguien a quien ella había amado. Mas sus intentos resultaron infructuosos. Demasiado hondo se había hundido aquella en su sufrimiento como para poder obtener conexión con Casandra. Y en su sufrimiento, arrastraba violentamente a la Tierra al espíritu del marido, al llamarlo constantemente a su lado.

Hécuba ya no estaba entre los vivos. En su locura producto de su culpa se había llevado consigo a las puertas de Hades la muerte del cegado Poliméstor y la caída de su casa. Aullando y deambulando erráticamente como una perra, movíase este ser completamente cegado por las tenebrosas honduras, habiendo olvidado completamente el luminoso resplandor que, proveniente de su hija Casandra, quiso en su día mostrarle el camino. Tampoco ella podía encontrar conexión con Casandra, que, cual estrella refulgente, solo atraía almas luminosas, mientras que las tinieblas se encrespaban, hostiles, en su cercanía.

La flota griega había acabado desperdigada en medio de las grandes tormentas. Agamenón, empero, conjuntamente con el resto de sus barcos, abundante botín y muchos esclavos, entre los que se contaba Casandra, había arribado a Argólida sano y salvo.

Adusto y agreste le pareció a Casandra el país; ya que el mismo estaba cubierto de densas sombras negras que solo su ojo veía, sombras en las que se movían seres repulsivos que le mostraban a la mujer de perspicaz mirada la condición de los seres humanos que allí moraban. La tormenta había arrastrado los barcos a tierra inesperadamente, y los marineros tuvieron mucho que hacer para que los bajeles no acabaran sufriendo daños.

Vadeando el trecho que faltaba para llegar a la orilla, los hombres alcanzaron la playa con gran trabajo y buscaron un lugar por donde las mujeres y los niños pudieran salvar la distancia que los separaba de la orilla. Desfigurados por la necesidad y las tribulaciones, desmoronados por el hambre y las enfermedades, los esclavos ofrecían un panorama digno de lástima. Muchos de ellos habían muerto durante la travesía y habían sido arrojados al mar.

Con gran trabajo se formó la caravana de esclavos; estos estaban atados por cadenas unos a otros. Los hombres más fuertes eran obligados a andar bajo una especie de yugo, con el cuello inclinado y las manos atadas a la espalda. Pese a ello, no se podía decir que los hombres de Agamenón hayan sido recios con los prisioneros. Aquellos no hacían más que actuar según lo exigían las costumbres de la época.

La noticia de la llegada de los barcos debe de haberse propagado de alguna forma, puesto que la gente comenzó a acercarse al lugar. Se acercaban llevados por la curiosidad, mas esta se convertía en alegría al ver la gente que su general regresaba triunfador. Pero a Agamenón le llamó de inmediato la atención lo afligida y cerrada que se veía a la gente. Prácticamente, daban la impresión de estarle rehuyendo.

¿Era así como el pueblo recibía a su señor, que había pasado largos años expuesto al peligro y a la necesidad, lejos de su casa y de su tierra? Casandra recordaba el júbilo de la gente cuando su padre y hermanos regresaban de sus viajes. ¡Qué diferente era aquí! ¿Era acaso esa la alegría del vencedor?

Cual pesada presión se depositó en su corazón el panorama que ofrecía esta tierra extraña y sus gentes cerradas y de mirada insegura.

Agamenón había regresado a casa después de todo, cuando tantos videntes habían anunciado que el rey jamás volvería a poner un pie en su país. Todos sentían que habían sido malos administradores y que de esa forma agregaban otra culpa al hecho de que habían presenciado y tolerado la desgracia en la casa real.

Largo y lento antojósele a Casandra el recorrido; el camino era escabroso y polvoriento, deslumbrantes los rayos del sol; y los vientos de la brava tormenta aún soplaban desde el mar. Cada vez más personas se iban sumando a los allí presentes, y unidas en grupos, aguardaban la llegada de la procesión. Hubo quienes les lanzaban piedras a los prisioneros, y algunos de estos fueron blanco de las pedradas en lugares sensibles. Los soldados, empero, trataban de impedirle a la gente estos actos de agresión. Los coches acababan alcanzando a la caravana de esclavos, de modo que estos se veían obligados a apartarse y esperar a que aquellos pasaran. La polvareda del camino era tan densa que uno apenas podía ver a la gente. Jadeando y resollando avanzaban los prisioneros, las cadenas y grilletes dificultándoles la marcha.

Casandra iba entre dos mujeres que antes la habían difamado tremendamente. Una era la supervisora de la casa, una mujer muy fiel a los sacerdotes y que siempre le había temido al saber de Casandra, toda vez que tenía cargo de conciencia. La otra era la nieta de la primera, una joven de unos veinte años. Ahora ninguna de las dos quería separarse de Casandra y trataban de hacerle su dura suerte lo más llevadera posible. Casandra, por su parte, sentía gusto de tener cerca mujeres de la patria. Así avanzaba, camino de Micenas, la procesión de prisioneros, una caravana de seres tristes, cansados y de lento andar.

Lo penoso del recorrido quedó grabado de manera indeleble en el alma de los cautivos; tal era el dolor que cada paso les causaba a las mujeres que era como si recorrieran descalzas un camino lleno de espinas. El gemido de los que, abrumados por la fatiga, caían al suelo les traspasaba el corazón.

A lo lejos se alzaba, soberbia, la bella y próspera ciudad. Sus muros carmelita grisáceos tenían un aspecto amenazante y sombrío, mas tras ellos relucían blancas edificaciones y espléndidos arbolados permitían entrever bellos jardines.

Pero todo se sentía tan diferente a como era en Troya. ¿Dónde estaba la vida lujosa y exquisita que tanto celebraban los poetas?; ¿dónde el buen gobierno de los bienaventurados dioses? Este no era un país que pareciera feliz. Aquí la tierra rezumaba luto, necesidad y descontento, y sobre el pueblo se cernía, amenazante, la Medusa.

Cuando la procesión de esclavos llegó finalmente a la ciudad, esta se encontraba en un estado de gran efervescencia preñada de alegría. La gente estaba feliz: después de todo, esperaban que con el regreso del príncipe la ciudad experimentaría un nuevo ascenso y vendrían mejores tiempos. Al gobierno de Clitemnestra, empero, sí que le temían.

Ataviada de un magnífico vestido, luciendo la corona en la cabeza y forrada de piedras preciosas: así se erguía la figura de Clitemnestra en las gradas que conducían a su puerta. La mujer saludaba la caravana de carros y jinetes que desfilaba junto a sus aposentos. Cerca de ella se veía a Egisto.

En su día el rostro de la reina debía de haber sido bello. Ahora la mujer llevaba en su maquillado semblante las huellas de sus vicios. Su figura alta y, en sus buenos tiempos, bella era como un pecio podrido que con sumo cuidado había sido emperifollado con los más preciosos tesoros del mundo.

El brillo de sus ojos no era el fulgor propio del más sentido gozo por el regreso del anhelado esposo, sino que en ellos destellaba el inconstante centelleo tan típico de la inminente locura o de un temor oculto. Su cuerpo emanaba el mal olor de sus vicios, olor este que ni las fragancias de las más costosas esencias lograban enmascarar, dado que era de otra especie.

El saludo a su esposo se asemejó a una comedia bien ensayada, pues lo que era el arte del disimulo y de las palabras bonitas lo dominaba magistralmente. Agamenón, por su parte, estaba desencantado. A la mente le vinieron las palabras de Casandra, y el rey entendió lo que la prisionera le había querido decir con ellas. Ya estaba sobre aviso. El hombre se vio embargado de una gran amargura, la cual, sin embargo, trató de combatir.

Como una niña, empero, se alegró su hija Electra de su regreso. Con su corpulenta figura la joven se postró a los pies del padre y, exultante de júbilo, le quitó, con su larga cabellera, el polvo del calzado. En este gran gesto se puso de manifiesto toda su lealtad y su devoción presta a servir, así como su alegría por el reencuentro y su dolor por la infancia rota. Palabras la joven no atinó a decir.

Ya los carros y jinetes habían terminado de pasar, así como los soldados de infantería y los arqueros más valientes y que gozaban de protección especial. Ahora se acercaba la procesión de esclavos, a los costados de esta los soldados; estos se colocaban entre los prisioneros y las puertas del castillo a fin de proteger a las mujeres.

Ocupando su lugar entre las otras dos mujeres, Casandra iba con la cabeza gacha. Todos marchaban serenos y callados, si bien estaban embargados hasta el tuétano y completamente exhaustos por lo duro del trayecto. Al Casandra pasar la puerta, fue como si una luz iluminara la penumbra del patio.

La prisionera se detuvo en seco cuando estaba a punto de pasar por al lado de Clitemnestra y, alzando la vista, examinó detenidamente a la reina. La regiamente maquillada mujer, la reina de sombría belleza, se tambaleó ante esta mirada y su rostro palideció aún más bajo la capa de maquillaje, mientras que los ojos daban fe de un gran pasmo.

A la soberana le fue imposible resistir la mirada de esos fulgurantes ojos azul claro; el cuerpo le temblaba tanto que las piedras en su pecho tintineaban; tal era la intensidad con que se manifestaba la agitación en su interior.

«¡Clitemnestra, te encuentras ya en los umbrales del Hades! ¡Acuérdate de esto cuando la víbora sibilante de tus bajos apetitos te susurre en el oído sugerentes imágenes! Aún tienes tiempo; estás al bordo del abismo y una parte del rayo vengador ya pende, amenazante, sobre tu cabeza. ¡Haz ejercicio de introspección, reina, y pregúntate si es correcto lo que te digo!».

El patio quedó sumido en un silencio sepulcral; solo se escuchaba el reverberar en las paredes de la broncínea voz de Casandra.

Clitemnestra se tambaleó, mas su esclava preferida alcanzó a agarrarla. El entorno de la reina estaba estupefacto.

Alzando el brazo, la soberana señaló a Casandra con gesto autoritario y dijo:

«¡Cuidadme bien a esta, so pena de muerte, que bien que lo vale! Arrojadla a un calabozo solitario en la torre. Ciro, te dejo encargado de ello».

Diciendo esto, la reina entró a la casa con pasos tambaleantes. Ni siquiera quiso ver los muchos carros que estaban a punto de pasar transportando el botín de guerra.

El júbilo festivo había sido arruinado. Lo que quedaba de la caravana pasó las puertas con el silencio como acompañante. Electra, por su parte, se separó de las mujeres y, callada y con la cabeza baja, pero con un semblante que denotaba firme resolución, siguió a Casandra y a Ciro. Un rayo de luz había tocado su alma y la joven sentía que en lo adelante no podía menos que seguir a Casandra por toda la eternidad.

Una inmensa sala que terminaba en un largo pasillo le dio acogida a Casandra. Detrás de ella venía Ciro, el guardia, un gigantón de hombre con cara de tonto y rasgos simiescos.

Electra los seguía a cierta distancia, toda vez que quería evitar el molestar a Ciro. La sala, que estaba a nivel del suelo, era de una atmósfera lóbrega y enmohecida; sin embargo, la atmósfera en el largo pasillo que tenían que recorrer era más opresiva aún, y ello pese a que contaba con una serie de arcadas que ofrecían una vista a uno de los grandes patios.

Fue así como llegaron a una esquina del patio, donde, a través de una puerta de dintel bajo, accedieron al interior del macizo torreón, en el que una escalera de cien escalones conducía  a las profundidades de la edificación. La torre salvaba por mucho el resto del castillo y en sus profundidades había una habitación que jamás había visto la luz del sol.

Este cuarto no contenía más que un banco de madera de cruda manufactura y una mesa sobre la que descansaban una jarra de piedra y una llave. Un aire rancio y enmohecido recibió a quienes ahora se aventuraban en el interior de la habitación, la cual de repente cobró vida con el revolotear de murciélagos que tenían este lugar por morada. Copiosas telarañas poblaban las paredes de la mazmorra. Casandra sintió escalofríos.

Ciro se disponía a salir y cerrar la puerta tras de sí, cuando hizo un gesto de perplejidad. Algo parecía haberle llamado la atención. Tras escudriñar a Casandra con la mirada, el hombre reparó en el techo y, acto seguido, inspeccionó hendiduras y grietas. Finalmente, abandonó el cuarto meneando la cabeza y, una vez afuera, pasó la tranca, produciendo un sonido chirriante. Casandra estaba presa.

«Reina, algo raro me acaba de acontecer con la foránea princesa de Troya», le dijo Ciro a su señora cuando le fue a rendir informe. «Mire que conozco a la perfección la oscura habitación del torreón que ya bastantes de tus enemigos ha albergado para no soltar de nuevo. Pero nunca antes me había parecido tan oscura y, después de recibir a esta mujer, tan clara como hoy. Y te puedo asegurar que inspeccioné la habitación a fondo, pero aun así no encontré el origen de esta luz peculiar».

Clitemnestra se le echó a reír en la cara.

«Tonto que eres; ¿no te estarás poniendo viejo, o será que esa te ha deslumbrado a ti también, como a Agamenón?».

No había pasado mucho tiempo de esta conversación cuando algo terrible sucedió en Micenas esa misma noche, en el palacio de Agamenón.

La calma tremebunda que envolvía el lugar se vio de repente quebrantada por un grito estridente, una voz que clamaba:

«¡Lo han matado!; ¡han matado a Agamenón!». Proveniente de las profundidades del castillo, este clamor sacudía la casa y reverberaba por salones y pasillos. Clitemnestra y Egisto, pálidos como la muerte ante este grito, salieron a toda prisa del cuarto de Agamenón. Una vez afuera, empero, la reina simuló estar horrorizada y se puso a tirarse del cabello y a clamar por el esposo asesinado.

Oculta detrás de una columna junto a una cortina de color ocuro, Electra observaba a Clitemnestra con ojos chispeantes.

La noche se le hizo eterna a Casandra, e igual de oscuro el día que le seguió. Acostumbrada a mantenerse activa, la mujer sufría bajo la monótona calma que la rodeaba. De manera febril seguía en espíritu la trama de su vida, y partiendo desde el inicio mismo, no conseguía ver sino cosas tristes, mas nada mal hecho ni ningún acto impuro. Su calvario había sido duro, pero puro; su espíritu no pertenecía a esas esferas que los hombres alcanzaban a entrever. Casandra recordó la guía de Apolo y de la pura Luz, y le quedó claro que su sufrimiento había sido por amor.

La mujer se puso a orar. En eso se abrió la torre en su parte superior y un pilar de luz blanca y enceguecedora descendió sobre ella.

«¡Pronto habrás cumplido y vendrás con el Padre!», fueron las palabras provenientes de lo alto. «¡No temas y aguarda por Mí, que pronto estaré allí!».

En eso sonaron los cerrojos y proveniente del umbral de la celda se escuchó el frufrú de la seda y el tintinear de doradas alhajas. En la puerta apareció Clitemnestra, pálido el rostro, hundidas las mejillas y petrificada la mirada, detrás de ella la figura de Ciro.

«Tienes el don para contar cosas maravillosas», le dijo la reina a la profetisa, «y conoces mucho de costumbres y tradiciones, según me cuenta Agamenón. Quiero que sepas que él desea que tú me ayudes, esclava, pues estoy enferma. Habrás de alejar de mí los espíritus malignos que me martirizan, sobre todo en la noche. Habrás de darme de tus brebajes y pasar tus dedos sanadores por sobre mis adoloridos miembros. Habrás de decirme las estrellas y las piedras que dotan a uno de juventud y poder eternos, ya que tú las conoces».

Casandra contemplaba a la soberana con mirada ecuánime y serena.

«Te voy a decir, reina, lo que debes hacer para curarte. ¿Qué me vas a dar a cambio de que te ayude?».

«Te daré la mitad de mis vestidos y una décima parte de mis joyas. Te daré una esclava y vivirás en mi proximidad, con los honores propios de una princesa».

«Nada de eso me llama, Clitemnestra. No ambiciono tus tesoros, y los honores de tu casa me son repulsivos. Agamenón está muerto. Tú lo has matado; por medio de Egisto, tu amante. Lo sé muy bien. Enmienda tu acción, y las erinias te dejarán tranquila. Yo no puedo hacer nada al respecto. No trates a tus hijos como si fueran los más miserables esclavos de tu casa; dales lo que les corresponde y quedarás satisfecha. Dales amor y recibirás amor. Haz introspección dando cabida en tu interior solo a pensamientos puros, y de pensamientos puros se llenará el medio que te rodea. Destierra de tu casa la ignominia y la lascivia, y verás como entre sus cuatro paredes hacen entrada el honor y la pureza. Dale la espalda al mal, busca los Campos Eliseos del Amor Eterno, y verás como conseguirás llegar a ellos. Pero creo que para ti ya es demasiado tarde, Clitemnestra».

Profiriendo un gemido, la reina se había desplomado, y no conseguía ponerse en pie. Una serpiente salía de su boca.

«Me las vas a pagar, maldita profetisa», salió cual silbido de su pecho jadeante; «¡te voy a enseñar quién soy yo!».

Poniéndose en pie, la monarca tomó, en impetuoso gesto, una daga de su cinturón y arremetió contra Casandra. Mas un rayo luminoso se alzó cual columna entre ella y la prisionera, y la reina no conseguía mover el brazo.

«¡Para que veas quién soy yo!», salió de la boca de Casandra. «¡Ten tu merecido!».

Clitemnestra salió de allí hecha una furia.

Al cabo de unas horas, Casandra escuchó sonidos del otro lado de la puerta. Estaban trayendo piedras y se escuchaba como si estuvieran raspando y rayando la pared. Fue entonces que se percató de lo que sucedía: llevada por su miedo, Clitemnestra quería sepultarla viva. En ningún momento Casandra sintió angustia o desesperación. Su vida había llegado a su fin, y su espíritu había emprendido ya la partida. Llena de entrega hacia la voluntad del Padre, aguardaba el momento en que Él la llamara, que ahí ella seguiría el llamado.

Su partida en modo alguno fue una lucha, como sucede con los seres humanos. Así como en su momento había entrado al receptáculo físico-material, en cumplimiento de la voluntad divina, con la que era una, del mismo modo abandonó aquel.

Las palabras que sus labios atinaron a formar fueron su última promesa a la humanidad:

«¡IMANUEL!»

Las aguas grises que, brotando desde abajo, habrían de intensificar el horror de su muerte no la alcanzaon viva.

De ese modo su cuerpo fue a dar al seno del olvido, mas el poder de su flamante espíritu ha sobrevivido el paso de los siglos.

Publicado en: LUZ

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.