TIEMPOS PASADOS DESPERTANDOSE……./……..MAHOMA UNA REPRODUCCIÓN DE LA VIDA TERRENAL DE ESTE PROFETA ÁRABE DEPURADA DE TODOS LOS ERRORES RECIBIDA GRACIAS AL DON ESPECIAL DE UNA PERSONA AGRACIADA AL EFECTO

Vivir y actuar del precursor en Arabia

Incluso como un niño Mahoma sospecha su tarea. Mahoma voluntariamente se somete a cualquier trabajo, incluso si ello no parecía estar en la dirección de su llamado. Más tarde, en retrospectiva, queda claro cuán necesario era este tipo especial de actividad práctica en la tierra. En su juventud, se acerca a las religiones judía y cristiana. Ninguno de los dos lo experimentará porque su conocimiento interno de Dios se defiende contra el estancamiento y el dogma. Mahoma quiere combinar el judaísmo y el cristianismo en una sola fe viva. Primero, Muhammad no puede aclarar algunos asuntos. Sigue su llamado interior y se interna en la soledad y pasó casi diez años como centinela en las montañas. Sus preguntas se aclaran. Se da cuenta de que debe traer la verdad a los árabes en una nueva forma. Con horror, Mohammed ve, cuando regresa de la soledad, que en la tierra han estallado sangrientas rebeliones, que habían sido cruelmente reprimidas por su visir. Quería unir a Arabia en la fe en Dios, traer la paz y la libertad a los pueblos. A pesar de lo estimulante que es experimentar la maduración, el reconocimiento y el cumplimiento de Mahoma, tanto duelen los múltiples fracasos humanos que se le oponen.

 

MAHOMA

UNA REPRODUCCIÓN DE LA VIDA TERRENAL

 DE ESTE PROFETA ÁRABE DEPURADA

DE TODOS LOS ERRORES

RECIBIDA GRACIAS AL DON ESPECIAL

DE UNA PERSONA AGRACIADA

AL EFECTO

 

Una colorida lámpara ardía en la habitación y hacía resplandecer los ornamentos que colgaban en la pared entre los suntuosos tapices.

Por aquí se veía un collar de perlas, por allá brillaban piedras preciosas. En una mesa artísticamente tallada y puesta descansaba un refulgente cáliz de vidrio lleno de aceite aromático.

Toda la habitación, que no era muy grande, daba la impresión de ser el marco del cuadro que era la bella mujer que se encontraba reclinada con dejadez sobre el mullido diván.

Su pelo negro azuloso, el cual llevaba en largas trenzas y estaba adornado por una malla de hebras doradas, le colgaba de un lado. Sobre amplias vestiduras de seda roja llevaba puesto un pequeño chaleco bordado en oro que le hacía juego con las pantuflas que adornaban sus pequeños pies. Pantalones bombachos de seda azul que terminaban en los tobillos completaban su indumentaria.

Entre los dedos de sus bien cuidadas manos, en las que no se veía ninguna alhaja, se deslizaban las cuentas de un rosario. Mas esto ocurría sin la debida seriedad; los pensamientos de la mujer parecían estar lejos de cualquier devoción o plegaria.

Afuera se oyen pasos. La mujer se apresura a meter el rosario en sus vestiduras y se reclina en los cojines con aún mayor comodidad.

Un sirviente de avanzada edad hace su entrada en la habitación.

Este hombre debía de contarse entre los sirvientes de confianza de la casa; de lo contrario, no hubiera entrado en los aposentos de su señora sin anunciarse. Arrastrando los pies y moviéndose un tanto inclinado hacia adelante, las manos juntas, se acerca el sirviente al sofá y aguarda a que la bella mujer se dirija a él.

La mujer lo observa con ojos entreabiertos. «¡Que espere!», se dice para sus adentros. Todavía no tenía ganas de oír el mensaje que él le traía. Bueno seguro que no era. Finalmente, su curiosidad pudo más.

«¿Qué me traes, Mustafá?», preguntó con dejadez.

«Nuestro señor, Abd al Muttalib, desea hablar con Amina sobre el niño. ¿Va Amina a recibirlo aquí o se va a tomar la molestia de ir a sus aposentos?».

«¿Sabes acaso lo que el viejo quiere con el niño, Mustafá?».

Esta pregunta fue hecha en un tono muy diferente al que la mujer había estado usando hasta ese momento. En las palabras se oía preocupación, preocupación de madre, y esta preocupación le hacía a la mujer olvidarse de toda diferencia de clase.

«Nuestro señor no lo ha dicho», replicó el sirviente, pensativo. «Pero puedo imaginarme de qué se trata: el señor lleva días hablando de que ya va siendo hora de que Mahoma empiece a asistir a la escuela».

«¡Me lo imaginaba!», exclamó Amina con disgusto. «A mí me parece que el niño todavía está demasiado delicado. Pero el abuelo no quiere saber nada de eso. Mientras más pronto entablemos esta lucha, tanto mejor. Dile a Abd al Muttalib que puedo recibirlo en una… no, en dos horas».

El viejo se dio la vuelta y, arrastrando los pies, se dispuso a salir de la habitación cuando Amina lo detuvo con una pregunta:

«¿Sabes dónde está Mahoma, viejo?».

«¿Dónde iba a estar?», repuso el viejo, por su parte, con otra pregunta. «Estoy seguro de que anda metido en la bóveda contando las mercancías con los sirvientes del comercio. No hay nada que le guste más que los majestuosos colores de los tapices y las piedras. Eso le hace olvidarse del hambre y la sed».

«Di que me lo manden para acá enseguida», le pidió Amina con amabilidad.

La mujer estaba consciente de que a Mustafá no podía darle ningún encargo, ya que ella no era su ama. Pero a una petición él siempre se mostraba accesible. Así sucedió en esta ocasión también: Mustafá respondió que él personalmente iba a buscar al muchacho y mandarlo para allá. Alina se quedó a solas.

La mujer suspiró profundamente. No era sin zozobra que aguardaba la conversación con el señor de la casa, su suegro, a cuyo control estaba sujeta desde la muerte de su esposo. Seis largos años habían pasado ya desde entonces.

Poco antes del nacimiento de Mahoma, Abd Allah, que había emprendido un viaje como parte de su ocupación de mercader, fue asaltado en el camino por unos bandidos que lo hirieron de muerte. La gente logró traerlo con vida hasta Meca, pero el moribundo no alcanzó a llegar a la casa de su padre, donde vivía con su joven esposa, antes de haber expirado el último aliento. Al ver la camilla del muerto, Amina se desmoronó.

Largo tiempo estuvo postrada en cama. Fue mientras se encontraba así de enferma que su hijito vio la luz del mundo, prácticamente sin que la madre tomara conciencia de ello.

A ese susto y los llantos de Amina atribuían los doctores el delicado estado de salud del niño, quien, pese a los más esmerados cuidados, no quería crecer y desarrollarse. Su padre había sido un hombre apuesto y bien parecido. Mahoma era un niño pálido, debilucho y sin alegría, un niño que prefería andar solo.

Ahora mismo acababa de entrar en los aposentos de la madre, sin prisa y sin una sonrisa. Casi a regañadientes se acercó al lugar donde descansaba la madre y le preguntó:

«Me mandaste a buscar, Madre. ¿Acaso lo que tenías que decirme apuraba tanto?».

Sin reprenderlo por el tono malcriado en que hizo esta pregunta, Amina le dijo con cariño:

«Siéntate, hijo mío, y escúchame: tu abuelo va a venir aquí para hablar conmigo de ti. Yo sé que lo que él tiene en mente es ponerte en una escuela. ¿No es verdad que tú todavía te sientes indispuesto y cansado?».

«Cansado estoy casi siempre, Madre, pero eso no importa. ¡Déjame ir a la escuela, te lo ruego!».

Horrorizada, Amina repuso:

«Pero ¿qué ideas son esas, Mahoma? La bulla y las malcriadeces de ese montón de niños podría hacerte daño. Se burlarían de ti por tu palidez y tu falta de fuerza. Se…».

Disgustado, el niño la interrumpió:

«Si me quedo en casa, ¡nunca voy a hacerme un hombre! Entre los demás se echarán a ver mis fuerzas. Yo quiero aprender, tengo que aprender. Quiero llegar a ser un hombre inteligente. Le voy a decir al abuelo que con mucho gusto voy a ir a la escuela. Después tú puedes decirle lo que quieras; él me va a hacer caso a mí».

En un gesto burlón, el niño retorció sus gráciles articulaciones y desfiguró el semblante, que en realidad era bonito.

«¿Para qué necesitas esa gran erudición, Mahoma?», quiso saber la madre, que ya estaba al borde del llanto.

Ella llevaba casi un año haciendo todo lo posible por postergar la temida hora de la separación de su hijo, al cual amaba al punto de la idolatría, y ahora era el propio hijo quien pedía asistir a la escuela.

«¿Que para qué quiero aprender, Madre?», preguntó Mahoma y se dejó caer en una de las alfombras que cubrían el piso. «Quiero hacerme mercader, pero no un mercader cualquiera. Quiero ser el mayor mercader de toda Siria y Arabia y de todos los alrededores. Todas las piedras preciosas habrán de pasar por mis manos, toda tela fina habrá de ser examinada por mí. Y para eso tengo que saber leer y escribir, y sobre todo, sacar cuentas. ¡No puedo permitir que nadie me estafe, madre!».

Una mano descorrió con cuidado la cortina que hacía las veces de puerta y una mujer envuelta en carnes y con atuendo de sirvienta entró en la habitación. Madre e hijo dirigieron la mirada a quien acababa de entrar.

Mientras Amina volvió a adoptar con dejadez su posición anterior, Mahoma se incorporó de un salto y se colgó por sorpresa del cuello de la mujer, dejándola prácticamente sin aliento.

«¡Sara, Sara!», gritó el niño de alegría y con la voz totalmente cambiada. «¡Ahora sí: me van a dejar estudiar! Madre me acaba de decir entre lamentos que el abuelo quiere ponerme en la escuela. Como siempre, Madre no logra entenderme».

El niño soltó estas palabras sin ningún miramiento, y no se dio cuenta de cuánto hería así a la madre, para quien él era su única alegría.

Entretanto, Sara, la vieja nodriza, se había librado de los delgados brazos de su niño preferido y lo había puesto en el suelo con delicadeza. Ahora se acercaba a Amina con la confianza propia de los viejos sirvientes:

«¿Acaso no quiere la señora ponerse mejores ropas, por el señor de la casa, cuya visita espera?», le dijo lisonjeramente.

Amina meneó en señal de negación la delicada cabeza con sus gruesas trenzas.

«A él le da igual cómo yo me vista», espetó.

«Ahora la señora está siendo injusta», le corrigió la sirvienta. «Abd al Muttalib jamás escatima en atenciones. Las piedras más preciosas, las perlas más brillosas y las telas más finas que tiene la bóveda son siempre para la viuda de su hijo».

Poco impresionaron estas palabras a la mimada mujer.

«Me quedo como estoy», dijo. «De todas maneras, falta poco para que él llegue. Y son muchas las cosas que todavía hay que conversar. Siéntate con nosotros, Sara».

La sirvienta obedeció sin más: debía de estar acostumbrada a que la señora le pidiera consejos.

«Yo no sabía que Mahoma quisiera ir a la escuela», comenzó diciendo Amina. «A mí particularmente no me agrada la idea, ya que él todavía está demasiado delicado para eso; además de que me gustaría tenerlo conmigo un año más».

«Madre, pero ¿qué ganas con tenerme contigo?, porfió el niño. «Son pocas las alegrías que te doy. Eso lo has dicho tú misma varias veces. ¡Y yo quiero aprender, aprender, aprender!».

«Señora, vas a tener que acostumbrarte a la idea de que el niño ya no es tan niño. Si ha de hacerse un hombre, tiene que salir de los aposentos de las mujeres y pasar al cuidado de manos masculinas».

«Bueno, ya que eso es lo que él quiere, que así sea», suspiró la madre. «Pero, Sara, veo un gran peligro para el niño en la elección de la escuela a la que él ha de asistir. Abd al Muttalib quiere ponerlo en una escuela estatal donde asisten los hijos de los adoradores de fetiches. Y Mahoma todavía no está afianzado en nuestra fe. Va a acabar abandonándola como una ropa vieja».

«¿Y de quién es la culpa, señora?, preguntó Sara con ordinaria familiaridad.

«¿Acaso estás queriendo decir, so fresca, que yo he sido negligente en la necesaria instrucción?», repuso Amina, alterada.

«Enseñar le has enseñado, pero no has predicado con el ejemplo. ¿Cuándo ha podido el niño ver que tu fe te ha servido de sostén, de consuelo, o que te ha espoleado a hacer lo bueno?».

Mahoma, que daba la impresión de no estar escuchando, se dio la vuelta hacia la sirviente, que estaba sentada al lado suyo.

«Tienes razón, Sara», le dijo con ternura. «De Madre no pude aprender nada de eso, pero tú si que me lo has enseñado, buena mujer».

Una vez más el punzante dolor de los celos volvió a partirle el corazón a la madre.

«¿Cómo puedes ser tan desamorado en tu manera de juzgar, hijo mío?», le reprochó. «¿Quién ha orado contigo desde que eras lo bastante grandecito para hacerlo? ¿Quién te ha contado de Jesús el Crucificado?».

«Tú, Madre», se apresuró a responder Mahoma. «Pero mientras tú me hablabas del Portador de la Verdad asesinado, Sara me enseñaba a amar al luminoso Hijo de Dios que por amor vino a los hombres como niño en un pesebre. Mientras tú me enseñaste a decir oraciones en un idioma que ninguno de los dos entendemos, Sara me llevó a los pies de ese niño para depositar allí mis ruegos».

Las palabras no sonaron como una respuesta propia de un niño, pero venían del corazón del muchacho, cosa que sintieron ambas mujeres, a quienes se le humedecieron los ojos.

Tras un corto silencio, Amina retomó la palabra:

«Que sea como sea; lo importante es que creas. Con que ames a Jesús yo me siento satisfecha. Pero dime una cosa, hijo mío, ¿crees que ese amor aguante las burlas y la influencia de tus compañeros de estudios?».

«Ya veremos, Madre. Eso es algo que no puedo saber ahora. Si la fe en Jesús es la Verdad, como decís vosotras dos, entonces saldrá victoriosa sobre todo lo demás. Si no lo es, entonces no hay problemas en que desaparezca».

Para Mahoma esta conversación de cosas serias ya había durado bastante.

Una vez más se incorporó de un salto con sorpresiva agilidad y salió disparado.

Las dos mujeres quedaron mirándose. Ambas amaban a este niño más que a cualquier otra cosa en el mundo. Pero mientras la madre no veía los defectos de su hijo, Sara ponía todo su empeño en erradicarlos.

Amina veía con amargura cómo todo lo que el niño tenía de ternura se lo daba a su vieja nodriza, por la cual muchas veces se olvidaba de la madre. Cada vez que los celos se la comían por dentro, Amina pensaba en despedir a Sara.  Pero no podía imaginarse una vida sin quien la había criado.

Siendo todavía una jovenzuela, Sara entró a la casa de la noble familia Haschi, donde Amina acababa de abrir los ojos al mundo como la menor de seis hijas. Sara protegió y cuidó a la niñita con infatigable lealtad. Fue Sara quien guió sus primeros pasos y quien la cuidó hasta que la niña se convirtió en una encantadora moza.

Entonces llegó el día en que Amina hubo de abandonar el hogar paterno para irse a vivir con su esposo. Abd Allah, el comerciante de joyas que la había pedido como esposa, era un hombre rico.

Al igual que ella, venía de una familia noble: la familia Quraish. Contrario a lo que era costumbre y usanza, se había hecho mercader, y otra cosa más que hizo que el padre de Amina vacilara tanto en dar su consentimiento… Abd Allah era judío.

Alguno de sus antepasados se había convertido a esa fe foránea, a la cual sus descendientes se habían aferrado contumazmente. Toda la familia de Amina, en cambio, adoraba fetiches y se sentían protegidos y felices con esta creencia suya. Las estrictas leyes de los judíos les causaban escalofríos.

Sin embargo, el día en que el padre iba a dar su no definitivo, Amina reconoció entre sollozos que ella hacía mucho tiempo había abdicado de la fe de su padre y se había hecho cristiana.

El padre y el pretendiente quedaron igual de horrorizados. Pero cuando el padre ya iba a renegar de su hija, Abd Allah mantuvo en pie su petición de mano y fue así como le abrió a la cristiana las puertas de su casa y de su corazón. Ahora ya nadie necesitaba enterarse del cambio de fe de la noble doncella. Aliviado, el padre dejó a un lado el pasado y decidió mirar al futuro.

Con Amina abandonó Sara también el palacio de los Haschi para ese mismo día cerrar una unión matrimonial. Entre sollozos Amina habia admitido que había sido Sara quien la había introducido en la nueva fe.

La sirvienta fue expulsada de la casa y quedó así libre de seguir al hombre que desde hace mucho la quería para él. Su hijito murió en el parto, de modo que entonces le fue posible asumir el cuidado del pequeño Mahoma, al que le dio todo el amor y la lealtad de una madre.

Ahora, sirviéndose de halagos, lograba por fin que Amina se levantara del diván y se pusiera mejores ropas por el visitante que estaba por llegar. No bien había terminado Amina de cambiarse y ya Mustafá estaba anunciando a su señor.

Amina se tendió semiacostada en el diván y Sara dejó en la mesa el café preparado a la carrera y se retiró a la parte posterior de la habitación. Hubiera ido contra toda decencia que Amina recibiera a su huésped a solas.

Abd al Muttalib entró a la habitación con gran dignidad. Pese a la majestuosa corpulencia de su figura, se le veía la nobleza de su estirpe. Su andar era lento y mesurado, pero decidido. Su pelo y su barba eran blancos como la nieve y enmarcaban un rostro color ámbar en el que resaltaban unos ojos marrones de mirada escrutadora.

Seda color ámbar y ricamente bordada cubría sus poderosos miembros. Del cinturón le colgaba una espada curva adornada con perlas preciosas. En el dedo índice de su mano derecha brillaba un anillo con una piedra color ámbar insólitamente grande. Abd al Muttalib veía este anillo como un talismán y nunca se lo quitaba.

Los pies los llevaba enfundados en zapatillas de cuero bordadas que estaban forradas de seda y solo eran usadas en la casa.

Su saludo fue conforme a los buenos modales, pero sumamente frío. Abd al Muttalib se había armado de paciencia y firmeza a fin de poder hacerle frente debidamente a las reclamaciones de su nuera.

Después de haber tomado asiento y bebido a sorbos y en silencio la primera tacita del líquido marrón, Abd al Muttalib contempló a Amina con mirada escudriñadora. ¿Sabría ella qué lo traía aquí? Era como si el rostro inmóvil de la mujer estuviese cubierto por una máscara: ni un solo gesto que delatase lo que sucedía en su interior.

El viejo empezó a hablar con lentitud, todo el tiempo preparado para las rápidas objeciones que eran costumbre de su nuera. Sin embargo, nada le impidió exponer con calma su opinión: Amina no dijo una palabra. Una vez que había expresado todo lo que tenía que decir, concluyó:

«Como ves, viuda de mi hijo, ya va siendo hora de que Mahoma comience a ir a la escuela».

La mujer preguntó con tono dejado:

«¿En qué escuela lo has matriculado, padre de mi esposo?».

Sumamente sorprendido, el interrogado contempló a la bella mujer. La pregunta lo había cogido desprevenido, y el viejo no encontró respuesta de inmediato.

«Aquí solo tenemos dos escuelas», dijo finalmente, simulando indiferencia. «A una asisten los muchachos de familias nobles, pero los maestros son adoradores de fetiches y no saben nada; la otra pertenece a nuestro templo, y el rabino Ben Marsoch es un hombre muy instruido. Dado que Mahoma nació en una familia judía, esa habrá de ser su fe también».

«¡Mahoma es cristiano, dado que yo, que soy su madre, profeso esa fe!», lo interrumpió Amina impetuosamente. La mujer resollaba y echaba fuego por los ojos.

Sonriendo serenamente, Abd al Muttalib contempló a la joven mujer.

«Hasta ahora te he dejado hacer con él como estimaras conveniente, consciente de que eran cortos los años en que el niño habría de crecer en los aposentos de las mujeres. Ya ha llegado el momento en que ha de abandonarlos, y su crianza pasa a ser mi responsabilidad. Y yo soy judío».

Estas últimas palabras sonaron duras y altivas. Amina probó un nuevo contraargumento:

«Mahoma ama su fe, y no va a querer abandonarla. Lo que vas a conseguir es provocar inquietud en el alma del muchacho».

«Un niño de seis años no tiene aún criterio propio. Mahoma, con gusto, va a aceptar la fe del padre como la suya. No gastemos más palabras en el tema.

»En un principio tenía pensado que Mahoma comenzara la escuela a principios del noveno mes, pero veo que lo mejor es que os quite a ti y a él cualquier idea equivocada que podáis tener. Así que el niño se va conmigo hoy mismo.

»A partir de hoy Mahoma vivirá en los aposentos que su padre usó antes que él. Una vez al mes podrá visitarte, siempre y cuando estas visitas no den al traste con la crianza que habré de darle».

El hombre de la casa había hablado, y no quedaba más que obedecer.

Si hubiese sido el caso que Mahoma se resistía a ir a la escuela, Amina hubiera luchado por él como una pantera. La mujer hizo un esfuerzo por ocultar las lágrimas que asomaban a sus ojos una y otra vez y aguardó a que Abd al Muttalib dijera lo que le quedaba por comunicarle.

Con el mismo tono hosco, el hombre preguntó si a la viuda de su hijo le faltaba algo, si sus deseos habían sido satisfehos.

La mujer respondió afirmativamente.

Una vez más el viejo la contempló escrutadoramente, como sopesando si era el momento de pasar a hablar de lo que quería decirle. Acto seguido, el hombre vació apresuradamente dos de las tacitas y dijo:

«Todavía eres una mujer joven y muy bella, Amina. No está bien que pases tu vida sola en el diván. Dios te quitó a tu esposo, pero nuestra ley te permite casarte de nuevo.

»Abu Talib, mi hijo menor, pide tu mano por mediación mía. Quiere que seas suya como parte de la herencia de su hermano. Vas a ser rica y respetada, y volverá a haber alegría en tu vida como al comienzo de tu matrimonio».

Abd al Muttalib calló y contempló a Amina con expectación, pero la mujer no respondió. Si bien ella había pensado varias veces en la costumbre consistente en que el hermano menor pide la mano de la viuda del mayor, su esperanza había sido que ella no tuviera que pasar por eso.

Abd Allah fue un hombre apuesto y gallardo; Abu Talib tenía una joroba y cojeaba. Escalofríos recorrían el cuerpo de la mujer de tan solo pensar en un matrimonio con ese engendro. Pero eso no lo podía decir en voz alta. Reportándose rápidamente, Amina dijo con voz queda:

«Padre de mi esposo, te doy las gracias por tu preocupación, a ti y a Abu Talib. Después  de la muerte de Abd Allah, hice la promesa de esperar siete años para casarme de nuevo. Esa promesa la quiero cumplir. Así le muestro a él todo el amor y la veneración que le debo»

De una manera un poco más amigable, el viejo observó a la mujer.

«Esa promesa te honra, Amina. Normalmente, las viudas jóvenes aguardan con impaciencia el momento de poder casarse de nuevo. Le diré a mi hijo que debe esperar doce meses más. Transcurrido ese tiempo, inciaremos los preparativos de la boda. No se va a escatimar en lujo y esplendor».

Tras estas palabras, Abd al Muttalib se puso de pie. Creía haber conseguido todo lo que se había propuesto. Ahora podía regresar a sus asuntos. Pero primero que nada tenía que buscar a Mahoma y llevárselo consigo. Había que evitar que la madre le metiera ideas en la cabeza al muchacho.

Abd al Muttalib no tenía nada de qué preocuparse. Los planes del casamiento con Abu Talib habían eclipsado en Amina todos los demás sentimientos. ¡Qué cosa más terrible! Amina llamó a Sara a su lado y le soltó todas sus quejas a su fiel confidente.

«Mi señora», la consoló esta, «Abu Talib es un buen hombre, y ama a Mahoma como si se tratara de su propio hijo. Muchas veces los he visto juntos tratándose con gran confianza».

Sara no debería haber mencionado esto. Los celos volvieron a despertar en el susceptible corazón de la mujer.

«Quiere poner a mi hijo en contra mía, para que así yo esté más dispuesta a complacer sus deseos, Pero eso no va a pasar. He conseguido un año más de libertad. Y en un año pueden pasar muchas cosas».

Todas las palabras de Sara con el objeto de convencerla cayeron en suelo estéril. La sirvienta decidió no decir más nada y dejárselo todo al tiempo.

Pero «en un año pueden pasar muchas cosas», había dicho Amina. No había pasado siquiera la mitad de ese lapso de tiempo y la bella mujer ya yacía en un féretro. Una de las epidemias que a cada rato azotaban la zona la había sorprendido traicioneramente y le había puesto fin a su vida.

Con gran lealtad, Sara cuidó de ella. Cuando la mujer notó que el alma ya quería abandonar el cuerpo, trajo un crucifijo de hueso como consuelo y sostén para la moribunda.

Después de haberlo contemplado durante largo tiempo, Amina cerró los ojos.

«Cuéntame del niño en Belén, Sara», suplicó con voz débil. «Tengo miedo de morir, y la cruz solo habla de la muerte».

Y Sara habló del misericordioso amor de Dios, de ese inconmensurable amor que lo llevó a enviar a Su propio Hijo para salvar a la corrompida humanidad. Habló de la vida del Hijo de Dios y de Su majestuosa entrada a Jerusalén.

Mas ello no le trajo paz a la moribunda. Presa del desasosiego, esta sacudía la bella cabeza de un lado a otro en la almohada.

De manera imperceptible a las dos mujeres, el anciano Abd al Muttalib entró en la habitación, pese a estar consciente de que allí le aguardaba el contagio.

«Sara, dime algo que me haga más fácil la muerte», suplicó la moribunda.

La sirvienta reflexionó por unos instantes. En eso, empero, retumbaron en la habitación, regias e inspirando paz, las palabras:

«Aunque ande en valles tenebrosos, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo».

Lenta y ceremoniosamente dijo Abd al Muttalib estas palabras, a la vez que mantenía suspendida su mano derecha sobre el lecho de la esposa de su hijo de tal suerte que la piedra color ámbar emitía destellos.

«Padre», murmuró Amina, «por mí está bien si Mahoma se hace judío».

Ella jamás lo había llamado padre. En ese momento, en el que el anciano le traía consuelo al alma amedrentada, dicha palabra brotó de sus labios como lo más natural del mundo.

El viejo siguió rezando un salmo del Rey tras otro hasta que la mujer exhaló el último suspiro y su alma comenzó a separarse del cuerpo.

Sara se desplomó sobre el lecho entre sollozos. Amina, a quien ella amaba como a una hermana, estaba muerta. Mas no era esa la razón por la que lloraba. Sus lágrimas se debían a ese fracaso que habría de traer consecuencias tan graves.

Justo en el momento en que podía haberle demostrado al viejo lo superior que la fe cristiana era para ofrecer consuelo en comparación a las demás, en el momento en que podía haberle enseñado que la creencia en Cristo era mil veces más sublime que cualquier otro credo, no se le ocurrió ni una sola palabra.‒

El cadáver tenía que ser retirado de la casa lo más pronto posible. Abd al Muttalib se encargó de todo lo necesario para proteger su hogar de mayores riesgos.

Mahoma, que se encontraba en la escuela, vino a enterarse del fallecimiento de la madre cuando los restos mortales ya habían sido sepultados en la tumba del peñón, junto al padre.

Mahoma lamentó la pérdida de quien solo le había dado amor, mas su luto fue de corta duración. Ante la ausencia de la madre, el muchacho pronto adquirió la costumbre de aprovechar sus salidas semanales del colegio para ir a visitar a Sara, quien había abandonado la casa de Abd al Muttalib y ahora moraba con su esposo en una linda casita en el centro de la ciudad.

En tales ocasiones, la vieja se esforzaba por resarcir lo que ella veía como un fallo de su parte y le contaba a Mahoma, quien la escuchaba con atención, sobre el niño Jesús.

Mahoma sabía que, en su lecho de muerte, la madre había dado su consentimiento de que él se hiciera judío, mas esto le tenía sin cuidado. Con entusiasmo asimilaba todo lo que podía aprender en la escuela.

Cuando los maestros hablaban del Mesías prometido, una sonrisa poco cándida asomaba a su rostro. Él sabía que este Mesías ya había hecho acto de aparición, solo para ser asesinado por el pueblo. Y era esa misma palabra, «asesinado», la que Mahoma usaba, y ello con énfasis, cada vez que hablaba con Sara.

En tales ocasiones, Sara lo amonestaba y aducía pruebas de que la muerte en la cruz había sido algo que el mismo Dios había querido. Hasta que un día Mahoma le dijo con vehemencia:

«¡Si fuera así como tú dices, Sara, con ello me estarías quitando la fe en Dios también! ¿Qué padre va a hacer que maten a su hijo? Y Dios, tal como me han hablado de Él, es mejor que todos los padres del mundo. ¡Tú, sin embargo, buscas degradarlo!».

Horrorizada, Sara se quedó mirando a este niño que se atrevía a tener una opinión propia, una opinión que difería de todas las demás.

«¡Mahoma, no te apartes de Dios, te lo ruego!», le imploró. «¡Mía es la culpa de que no puedas hacerte cristiano! Pero, por lo menos, ¡sé un buen judío!».

«En cuanto a eso, todavía no sé, Sara», dijo Mahoma con determinación. «Yo no puedo hacerme judío solo por mi madre muerta cuando hay algo en mí que se rebela contra ello. Como tampoco puedo hacerme cristiano por ti, que eres lo que más quiero en el mundo. De hecho, pienso que si uno pudiera unir las dos religiones, ahí tendríamos algo que sería de mi agrado».

Sara sintió zozobra por este niño precoz. “¡¿Qué habría de ser de él?!”

En lo físico Mahoma iba fortaleciéndose bajo la firme crianza masculina. La escuela del templo en Meca no solo se encargaba del cultivo del intelecto de sus alumnos, sino que también tenía entre sus propósitos el fortalecimiento del cuerpo.

Además del rabino Ben Marsoch, había un joven griego que le impartía clases a los niños y los instruía en todo tipo de artes, pero, sobre todo, en juegos y ejercicios corporales. Por esa razón había también padres que pese a no pertenecer a la fe judía, preferían matricular a sus hijos en la escuela del templo.

Debido a ello, empero, se dio cierta separación en la instrucción. No era posible tener en una misma clase a los muchachos que creían en fetiches y a los judíos cuando el tema de enseñanza era la doctrina de Dios, si bien estos dos grupos podían estar juntos en todas las demás clases.

Fue así como los alumnos estrictamente religiosos conformaron un estrecho círculo que disfrutaba del favor especial del rabino Ben Marsoch.

Sin embargo, al cabo del año de haber estado asistiendo a la escuela, Mahoma manifestó el deseo de no seguir perteneciendo a dicho círculo. Con implacable severidad, empero, se le obligó a seguir asistiendo a las horas en comunión de este grupo. De nada le sirvió a Mahoma toda su oposición y su tozudez. Esta actitud rebelde para con los maestros y la instrucción impartida duró cerca de un año sin que el abuelo llegara a enterarse de ello.

Hasta que Mahoma, sin razón aparente, volvió a someterse. De la misma manera inesperada en que un año atrás había anunciado su salida del círculo pedía ahora que se le perdonara su caprichoso proceder y que se le volviera a ver como el alumno dedicado que era. Los maestros se alegraron de este incomprensible cambio de pensar.

Fue Sara quien había logrado hacerle entender al muchacho que con esa actitud rebelde hacia quienes tenían la autoridad se estaba perjudicando a sí mismo más que a nadie.

«¡Aprende lo que se te ofrece, Mahoma!», le había dicho infinidad de veces. «Todo eso te va a servir si lo asimilas como es debido. Ahora, si te resistes a prestar atención a lo que el rabino tiene que decir, ¿cómo vas a poder darte cuenta de lo que está correcto y lo que está mal en su discurso?».

Esa era la forma en que uno podía convencer a Mahoma. Así que el muchacho se sometió y se volvió un alumno aplicado.

Cuando Mahoma había cumplido los ocho años, murió el abuelo. Este se fue a la cama una noche para no despertar de nuevo. Abandonó este mundo callada y tranquilamente, sin ninguna enfermedad previa. Habiendo sobrepasado ya los cien años, su cuerpo, súbitamente, no dio más de sí, mientras que su espíritu aún gozaba de vitalidad.

Mahoma nunca había sentido apego por el abuelo. De hecho, el abuelo era el único ser humano al que él había temido.

Ahora su crianza pasaba a ser responsabilidad de su tío, Abu Talib. Esto fue motivo de alegría para el muchacho. Pese a su innato sentido de la belleza, Mahoma pasaba por alto la deformidad corporal de su tío y solo se fijaba en el alma pura y cándida de este hombre.

Abu Talib lo recibió con gran amor y trató de complementar, mediante la estimulación del espíritu, la educación recibida en la escuela del templo, educación esta que tenía por base un saber netamente intelectual. El hombre siempre estaba disponible para Mahoma cuando éste, en su tiempo libre, visitaba el hogar paterno, del cual había estado alejado durante dos años.

Lo que Abu Talib le ofrecía de tesoros interiores Mahoma lo asimilaba en un estado de constante felicidad interior sin estar consciente de ello. Su manera de ser un tanto nerviosa y mandona se suavizó; en sus ojos y su boca se dibujaba ahora una sonrisa en lugar de la mueca de burla que tan a menudo asomaba a su rostro.

Abu Talib observaba con gran alegría este florecimiento de Mahoma. El hombre intuía abundantes tesoros en el alma del muchacho y centró todo su esfuerzo en desenterrarlos.

Fue en este tiempo que Mahoma, un día, estando en la escuela, fue repentinamente presa de convulsiones inexplicables. Los ojos se le pusieron en blanco y con alaridos bestiales el niño cayó al suelo, lanzando golpes a diestra y siniestra.

Sumamente aterrorizados, sus compañeros se apartaban de él. El rabino Ben Marsoch, quien opinaba que lo que le pasaba a Mahoma era que estaba poseído, oró sobre él, pero nada consiguió. Nadie se atrevía a agarrar al muchacho, que lanzaba golpes a su alrededor de manera cada vez más violenta.

Por fin vino un médico. Este dispuso todo lo necesario para atender al muchacho y concluyó que los calambres eran consecuencia de la delicadeza de su cuerpo. No se debía olvidar que el muchacho aún no se había repuesto del todo de la muerte de su padre.

No se le debía sobrecargar con escuela. El rabino Ben Marsoch no quería aceptar esto. Ahora que Mahoma por fin se había convertido en un alumno brillante, él no estaba dispuesto a excluirlo del aprendizaje.

El médico, entonces, habló con Abu Talib, quien se alarmó mucho y, en su amor, encontró una salida.

«Tengo pensado hacer un viaje a Siria», dijo. «Me voy a llevar al niño conmigo. El cambiar de aires y el ver tantas cosas nuevas le hará bien. Cuando regresemos del viaje, podremos decidir qué hacer entonces».

Al médico le pareció buena idea y al poco tiempo ya estaban emprendiendo el viaje. Abu Talib no era mercader como su padre y su hermano Abd Allah. Mahoma todavía no sabía a qué se dedicaba su tío en realidad, pese a que le hubiera encantado saberlo.

Mahoma le preguntó al tío con qué propósito se emprendía este viaje, pero este último, que, normalmente, respondía cualquier pregunta con la mayor amabilidad, le dijo lacónicamente:

«Tengo asuntos que atender en Siria».

Dado que de esas palabras el curioso muchacho no podía sacar ninguna conclusión, tanto más ocuparon su atención los preparativos del viaje. Un majestuoso número de acompañantes habría de sumárseles. Para cada uno de ellos se encargó un fuerte camello, el cual fue alistado con suntuosos aparejos.

Maravillado, Mahoma corría de un camello a otro. El niño se había fijado en que todas las sillas de montar tenían en la misma esquina un mismo símbolo: una espada curva y, posada sobre ella, un ave de colorido plumaje.

«Y eso, ¿qué es? ¿Qué significa?», quería saber Mahoma. Mustafá le explicó:

Ese, niño, es el símbolo del linaje de vuestra familia, la Quraish. Puedes sentirte orgulloso de que algún día tú también podrás llevarlo».

«¡Pero algún significado habrá de tener!», insistió Mahoma, al tiempo que pasaba sus dedos por el símbolo.

«Desde luego que tiene un significado: cual ave, debéis remontar el vuelo, elevándoos por encima de todos los demás, y tenéis que saber cómo golpear con el filo de vuestra espada. Presta atención, Mahoma, a esto que te voy a decir. No te hagas mercader, como tu padre, sino que trata de seguir los pasos de Abu Talib, y entonces en tus caminos contarás con bendiciones y con los honores de los hombres».

«¿Cuál es la ocupación de mi tío?», se apresuró a preguntar Mahoma, contento de encontrar aquí una oportunidad de resolver esa interrogante tan importante para él.

«¿Ocupación?», repitió el viejo tomándose su tiempo. «Ninguna».

Y con la misma se dio la vuelta hacia el camello en cuyo lomo trataba de ajustar una fastuosa montura.

Molesto, Mahoma dio una patada en el suelo. ¡¿Cómo un sirviente se iba a tomar el atrevimiento de tratarlo así?! Tenía que darle las quejas a Abu Talib… Pero si lo hacía, iba a poner en evidencia su curiosidad. Así que no le quedaba más remedio que no decir nada y aceptar el rechazo.

Como una bala corrió adonde otro sirviente y le preguntó:

«¿En qué camello voy a montar yo?».

«No sé», fue la insatisfactoria respuesta. «El señorito tendrá que preguntárselo a Abu Talib personalmente».

Por fin llegó la mañana de la partida. El sol aún no había salido cuando ya los camellos aguardaban a sus jinetes en el amplio patio que rodeaba el palacete de los Quraish. Un inmenso tren de animales de carga esperaba afuera por los conductores que habían sido contratados para este viaje.

En eso Abu Talib salió de la casa y, con la ayuda de una escalera, subió a su montura. Todos los demás hombres se subían a sus camellos estando estos agachados. Abu Talib era el único que, por razón de su defecto físico, tenía que optar por esta otra vía.

Sin embargo, eso que a Mahoma le hubiera parecido despreciable e incluso risible si se hubiera tratado de cualquier otra persona le hacía ver a Abu Talib como una persona de más lustre aún. Su tío lo hacía todo de manera diferente a los demás.

Y ahora este tío lo estaba llamando: Mahoma también debía usar la escalera y montarse con él. El muchacho se apresuró a obedecer y con orgullo tomó asiento en el puesto que había sido especialmente preparado para él y en el que había de pasar todo el viaje.

¡Qué bueno que no tendría que viajar al lomo de un camello solo y sin ninguna compañía! En tal caso hubiera estado horas y horas sin nadie con quien poder hablar… ¡con todas las preguntas que él quería hacer!

Lentamente, la caravana se puso en marcha. Dado que los animales iban uno detrás de otro, aquélla era sumamente larga. No bien los viajeros habían dejado atrás Meca, los animales fueron instados a andar más rápido.

La ruta seguida corría en dirección nordeste y el camino se caracterizaba por un leve descenso, con lo cual el paso de los animales se hacía cada vez más brioso. Al principio Mahoma tenía cosas de sobra que ver, pero incluso antes de que el sol comenzara a hacerse sentir con toda su intensidad, ya el interés del muchacho había menguado. Ahora se movían por una región desértica y desolada.

La caravana se desplazaba a paso acelerado a lo largo del borde un desierto. Cada vez que soplaba una corriente de aire, esta lanzaba en dirección de los viajeros grandes cantidades de arena. La primera noche cabalgaron sin parar. El niño durmió en la montura. No fue sino a la noche siguiente que vinieron a montar tiendas de campaña.

Con suma atención Mahoma seguía el trajín de la gente en el campamento. Así vio cómo los conductores de los animales de carga fijaron en el suelo un fetiche, una figura horrible hecha de piedras, huesos y harapos, y cómo bailaron alrededor de este ídolo y se regocijaron de poder entregarse al descanso bajo su protección.

«¿Quién hizo esa cosa?», le preguntó Mahoma a su tío, a quien el niño, lleno de todo lo visto, se dirigía con sus inquietudes.

«Probablemente, el fetichista; el sacerdote, podríamos decir, si es que semejante renegador de Dios merece ese nombre».

«En ese caso, esa cosa no puede ser un dios ni tampoco servirle de protección a nadie, cuando ha salido de manos humanas», soltó Mahoma, indignado por tanta necedad. «¡¿Cómo pueden los hombres ser tan tontos de creer en algo así?!».

«No conocen otra cosa. Nadie les ha hablado de Dios», lo tranquilizó Abu Talib.

«¿Por qué nadie les ha hablado de él?», preguntó el niño, indignado.

«¿Para qué? De todas maneras, no lo entenderían», dijo el otro tan pancho.

Mahoma, empero, no podía dejar de pensar en que junto a él había personas que seguían caminos equivocados, y todo porque nadie se había tomado el trabajo de mostrarles los caminos correctos. Él, que jamás había pensado en los demás, sentía dolor cuando pensaba en los fetichistas, a quienes jamás había tenido la oportunidad de observar.

Sus compañeritos de escuela jamás habían hablado de sus ídolos, y él había asumido que «fetiche» era otra designación para Dios. Mahoma se percató también de que estos niños de familias nobles no estaban en absoluto interesados en cuestiones de fe. Eso le había resultado menos antinatural que el conmovedor aferramiento de estos simples hombres a semejantes tradiciones.

Estos nuevos pensamientos no lo dejaban en paz. En la noche Mahoma se levantó de su lecho sigilosamente y salió de la tienda para coger aire fresco.

Sobre él se extendía el firmamento estrellado en su aparente infinitud. Con sus destellos y su titilar, las luces celestiales proclamaban la grandeza de Ese que las había creado.

Todos los pensamientos confusos y descabellados abandonaron al muchacho, quien, en la tranquilidad de la noche, sintió por primera vez que las voces del Universo le hablaban a su alma. Instintivamente, el niño alzó los brazos hacia el resplandor y, sin estar consciente de ello, de su boca brotaron las palabras que había aprendido en la escuela:

«¡Señor, cuán grandes y numerosas son Tus obras, y todas las has dispuesto sabiamente!».

Lo que hasta ese momento había sido algo muerto que había que memorizar cobraba súbitamente vida en su interior. Mahoma sintió su alma ser presa de fuerzas a las que no podía menos que doblegarse.

Después de que ya habían pasado los primeros escalofríos fuertes suscitados por tan intensas emociones, el niño se tendió en la arena, que aún estaba caliente, puso las manos bajo la cabeza y se puso a pensar en qué fue lo que hizo que se sintiera tan constreñido dentro de la tienda.

En eso le vinieron de nuevo a la mente los pobres fetichistas. ¡¿Cómo es posible que esos hombres vieran noche tras noche cosa semejante y, aun así, pudieran creer en sus figuras de paja y harapos?!

Es imperativo que venga alguien y les enseñe algo mejor.

El tío es de la opinión que no serían capaces de entender otra cosa. ¿Habrá alguien hecho el intento ya? Imposible no puede ser el convencer a esa gente.

Aquellos que tienen saber, simplemente, están en el deber de explicarles a los demás. Por mucho tiempo estuvo tendido Mahoma, sin apenas moverse, sumido en sus pensamientos. Hasta que de él brotó el resultado de sus reflexiones:

«¡Señor, Dios de Israel, si nadie está dispuesto a hacerlo, yo puedo hacer el intento tan pronto tenga la edad suficiente! Ayúdame para que lo consiga».

Esa era la primera oración independiente que brotaba del alma del muchacho, y esta oración, suscitada por la preocupación por otras personas, llegó hasta el trono del Altísimo. Mahoma se sintió rodeado de una paz como nunca antes había experimentado; un gozoso optimismo fluyó hacia él en grandes cantidades y una alegría por lo que tenía por delante llenó su corazón.

Esa noche Mahoma la pasó a la intemperie y a la mañana siguiente Abu Talib le vio tal brillo en los ojos que este se preguntaba qué milagro había tenido lugar.

Los días transcurrían monótonamente, pero Mahoma, que, normalmente, no tardaba en aburrirse de todo, sea lo que fuere que había ocupado su atención, se regodeaba en sus pensamientos y mantenía una actitud equilibrada y alegre.

Un buen día se produjo cierta agitación en la caravana. El guía de la misma se acercó a Abu Talib en su camello y le preguntó si no era mejor acampar de una vez: el hombre temía que se acercaba una tormenta de arena. Sin embargo, como en ese lugar estaban igual de desprotegidos, Abu Talib ordenó continuar.

Un aire caliente comenzó a soplar y a azotar las espaldas de los viajeros, trayendo consigo grandes cantidades de arena. Ahora sí que no tenían más remedio que desmontar.

Los camellos se echaron al instante y bajo ellos y entre ellos buscaron protección los hombres. La arena caía a montones y amenazaba con sepultar toda cosa viviente. Mahoma podía oír los latidos de su corazón. No era que tuviera miedo: demasiado ocupado estaba con todo lo que estaba experimentando.

Temblorosos de miedo, los guías de los animales de carga comenzaron súbitamente a entonar una monotóna melodía cuyas palabras Mahoma no conseguía entender. Uno de los hombres se levantó a medias y, arrastrándose hasta el primer camello, sujetó al lomo de este un repugnante fetiche. Los embates del viento inclinaban la figura y la movían, pero en un final esta quedó en posición erecta.

La gente comenzó a regocijarse: su fetiche controlaba la tormenta; nada les pasaría.

En el alma del muchacho se produjo un hervor de emociones. ¿Acaso ese repulsivo ídolo se iba a salir con la suya? Antes de que Abu Talib pudiera darse cuenta, Mahoma salió del escondite que le servía de protección y, arrastrándose cual serpiente hasta el camello, se subió al lomo de este y se paró al lado del fetiche.

Un clamor proferido por muchas gargantas se unió al bramar de la tormenta. Todos regañaban al muchacho diciéndole que regresara a la posición donde estaba seguro y que, de no obedecer, le esperaba una muerte segura. Con ademán prepotente, Mahoma echó la cabeza hacia atrás.

Ahí fue como si la tormenta se detuviera por unos minutos. Mahoma aprovechó esta pausa para, sin que mediara reflexión alguna, gritarles a los hombres lo que se agitaba en su alma:

«¿Por qué no iba a poder ser capaz de mantenerme en pie como vuestro fetiche? Si este no corre peligro, mucho menos lo corro yo. Este fetiche fue hecho por manos humanas; yo, en cambio, he sido creado por Dios. ¡Por Dios, el Altísimo en el cielo y en la Tierra! ¡¿Lo oís bien, oh, hombres?! ¡Soy una hechura de Dios y en Su siervo me convertiré cuando tenga la edad en que Él pueda necesitar mi servicio!».

Los hombres lo contemplaban sin poder dar crédito. ¿Qué estaba diciendo ese muchacho? La tormenta comenzó a bramar de nuevo y Mahoma se vio obligado a callar. Pero se mantuvo en posición erguida. Ni siquiera se estaba sosteniendo de algo.

Orando, extendió los brazos hacia el cielo, como había tomado por costumbre desde la noche de su vivencia. Su esbelta figura se bamboleaba ligeramente por los embates del viento, pero nada le pasó.

Una vez más, la tormenta volvió a cesar, momento en el que Mahoma exclamó extasiado:

«Le he pedido a Dios Todopoderoso que cese la tormenta. Esta va cesar si quitáis el fetiche de aquí. ¿Lo vais a hacer? Ya os ha demostrado de que no sirve para nada. Ahora permitid que se os demuestre lo que Dios el Señor puede hacer».

Como hechizado por estas cándidas palabras, uno de los árabes se levantó de un salto y de un tirón zafó el fetiche. Al hacerlo, empero, se cayó y la figura se le enredó en las piernas, rompiéndose. Sin embargo, lo que normalmente hubiera de seguro sido visto como un mal augurio, les parecía ahora una beatífica prueba del poder divino.

Una última ráfaga de viento se llevó bien lejos los harapos del ídolo y acto seguido cesó la tormenta. El aire se calmó y los animales, respirando aliviados, se levantaron. El mal tiempo había pasado.

En medio de los felices hombres, empero, estaba parado el niño, abrumado por lo ocurrido. Todo había sucedido sin que él tuviera tiempo de pensar, sin que llegara a tomar conciencia del alcance de sus palabras.

Pero ahora tomaba conciencia, estremecido, de la magnitud del suceso. ¡¿Qué grande era Dios, grande y todopoderoso?! Y él, un niño, había tenido la posibilidad de proclamarLo. Ciertamente, Dios se había servido de él. Y ahora él, por esa razón, iba a dedicarLe su vida entera.

Lentamente, el niño se dirigió a su camello y lo montó, acurrucándose involuntariamente contra su tío. Abu Talib entendió lo que estaba ocurriendo en el alma del muchacho. Ni una sola palabra cruzó con él sobre lo ocurrido. Tampoco reciprocó el involuntario gesto de cariño del niño. El hombre dejó que Mahoma recuperara la calma y el equilibrio interior por sí solo.

Vinieron jornadas de viaje tranquilas y llenas de paz. Abu Talib sentía que el muchacho sentado delante de él había sufrido una tranformación interior ante la que toda palabra humana resultaba superflua, así que lo dejó que se entregara a sus pensamientos y solo se aseguró de que el muchacho no se olvidara de comer.

Hasta que un día el paisaje cambió. La caravana se movía ahora ligeramente cuesta arriba. El arenoso desierto había quedado atrás. Adonquiera que uno miraba, se observaban rocas con vegetación y huertos encantadores.

«¿Estamos en Siria?», preguntó Mahoma como quien acaba de despertar de un sueño.

Abu Talib respondió afirmativamente y agregó que el paisaje se volvería cada día más bonito.

«¿A qué parte de Siria vamos? ¿Cómo se llama la ciudad donde nos vamos a quedar?», indagó el muchacho.

Cuál no sería su sorpresa al oír que eso dependía de las noticias que habrían de darle a su tío en la tarde del día siguiente.

«Mañana vamos a llegar a un convento donde nos espera un mensaje. De ese mensaje depende la dirección que habrá de seguir el viaje en lo adelante. En ese convento, Mahoma, viven hombres verdaderamente beatos que son siervos de Dios. Te alegrarás de verlos y de poder hablar con ellos».

«¿Son judíos?», preguntó Mahoma con sumo interés.

«No, son cristianos que afirman que fue uno de los discípulos de Jesús quien fundó esa congregación. Quizás te cuenten sobre ello si se lo pides».

«Me complace el tener la oportunidad de por una vez hablar con cristianos de verdad», expresó el niño. «Aparte de Sara, no he conocido a ninguno».

«Tu madre también fue cristiana. No lo olvides, muchacho», lo amonestó Abu Talib, mas obtuvo por respuesta:

«Sabes qué, yo aún era muy niño cuando mamá estaba viva, pero siempre tuve la impresión de que su fe no era tan importante para ella. De Sara he aprendido más que de ella».

«Pero tu madre fue una buena mujer; aún no estás en condiciones de juzgarla correctamente», repuso Abu Talib, a quien le dolía oír a Mahoma hablar de su madre de esa manera.

Esa ligera amonestación, empero, no impidió que Mahoma siguiera defendiendo su opinión. Y para sus adentros el tío se veía obligado a darle la razón en muchas cosas. Así que decidió que lo mejor era terminar la conversación.

En la tarde del día siguiente llegaron al convento, que se encontraba en una fértil región y estaba rodeado de floridos huertos. Monjes en largas vestiduras de color marrón con una cuerda blanca en la cintura atendían los árboles y las remolachas allí plantados.

Al acercarse la caravana, los monjes alzaron la vista. Dos de ellos se acercaron, entonces, a la puerta ajustada en los bajos muros de color blanco que rodeaban el amplio terreno. Al ser abierta la puerta, el único en entrar fue Abu Talib, mientras que el resto de la caravana, tras despedirse con brevedad, continuó su camino.

Algo asustado, Mahoma siguió con la vista a quienes prosiguieron el viaje.

«¿Adónde van ellos? ¿Nos vamos a quedar aquí solos?», preguntó casi con zozobra.

Abu Talib no tenía tiempo para responder a su pregunta. Con trabajo, se apeó de su montura, que adiestrada y acostumbrada como estaba a su minusválido jinete, aguantaba todo con gran paciencia.

De un ágil salto Mahoma desmontó y, ya ante los monjes, miró a su alrededor con asombro. Un hermano que acababa de llegar adonde el grupo tomó las riendas del animal y se lo llevó. Al desaparecer el animal también, Mahoma se vio invadido de una sensación de desazón. Agarrando la mano de Abu Talib, le dijo a este de forma autoritaria:

«Pero ¡tú sí que te quedas aquí!».

Esto hizo que los monjes se fijaran en el joven huésped. Sus facciones revelaban asombro. Mas no hicieron ninguna pregunta, sino que condujeron a los huéspedes al interior del convento, donde ya había preparado un cuarto para recibir a Abu Talib.

Rápidamente fue preparado un lecho para el muchacho también y a ambos se les llevó un tentempié. Acto seguido, los hermanos se retiraron para que el tío y el muchacho pudieran descansar hasta el día siguiente:

Había muchas cosas que Mahoma quería saber: por qué llevaban los monjes esas ropas largas, por qué no llevaban un cinturón cosido y, en su lugar, llevaban esas feas cuerdas con sus muchos nudos.

Abu Talib le explicó tan bien como pudo. Sin embargo, la pregunta que él estaba más seguro que Mahoma le iba a hacer nunca llegó. Así que él mismo la hizo, aunque él personalmente no tenía ni idea de cuál podía ser la respuesta.

«¿Te has percatado, Mahoma, de que todos estos hombres se han rapado en la misma parte de la cabeza? ¿Sabes por qué lo han hecho?».

Sin vacilar, el muchacho respondió:

«Me imagino que se han quitado el pelo para que la fuerza proveniente de lo alto les pueda entrar mejor».

«¿La fuerza proveniente de lo alto?», preguntó Abu Talib, atónito. «¿Qué sabes tú de eso?».

«Yo mismo la he sentido», replicó el muchacho con modestia y sin nada de alarde.

Un monje entró en la habitación con un mensaje para el tío de Mahoma, el cual se sumió en los papeles y le dijo a Mahoma que se fuera preparando para acostarse.

A este último se le hacía difícil el no poder orar a la intemperie, como hacía poco se había vuelto su costumbre. Pero antes de que llegara a decidir si lo mejor era pedir permiso para que lo dejaran salir al patio, Abu Talib se levantó y abandonó la habitación. Ahí el muchacho oró de pie frente a su cama y, acto seguido, se acostó, durmiéndose de inmediato.

A la mañana siguiente, el tío de Mahoma llevó a este ante el superior del convento. El abad Pablo era un hombre aún joven de mirada intensa y rostro anguloso que contemplaba a Mahoma escrutadoramente.

«Es como suponíamos», dijo por fin, volteándose hacia Abu Talib, «pero, de todos modos, voy a mandar a buscar al padre Benjamín. Él podrá ver mejor que yo lo que hay que ver».

Los hombres aguardaron en silencio mientras se mandó a llamar al padre, y Mahoma, que se sentía oprimido por algo indefinible, apenas se atrevía a alzar del suelo su tan curiosa mirada.

En eso hizo su entrada en la habitación, arrastrando los pies, un hombre bien mayor que, al llamado del abad, se sentó al lado de este y le habló a Mahoma:

«¿Cuál es tu creencia, hijo mío?».

Mahoma alzó la vista de inmediato y, sin pensarlo dos veces, replicó:

«Mi creencia es que hay que ayudar a los fetichistas».

El abad y el padre intercambiaron una rápida mirada. Abu Talib, empero, avergonzado por la respuesta del muchacho, se volteó hacia este con el fin de aclararle:

«No has entendido bien la respuesta del padre. El quiere saber a qué credo perteneces, si eres gentil, judío o cristiano».

Mahoma miró de lleno al padre:

«No soy nada», respondió con indiferencia.

Abu Talib se alarmó mucho más aún por esta respuesta y ya iba a aclararle a Mahoma cuando el abad lo interrumpió:

«Pero habrás nacido en el seno de alguna religión y sido instruido en ella. Y en tal caso, perteneces a esta religión; ¿no es así, hijo mío?».

Mahoma sacudió la cabeza con un asomo de su antigua manera de ser.

«Yo nací cristiano, pero aún no he conocido a cristianos de verdad. Crecí con judíos y fui instruido por judíos, pero conjuntamente con fetichistas. Cristiano no soy; judío no quiero ser, ya que esa es una fe rota que se ha quedado estancada. Al final, encontré a Dios yo solo. Así que ahora lo único que puedo decir es que soy Mahoma el que cree en Dios».

El bochorno de Abu Talib aumentó todavía más. El abad, sin embargo, miró a Mahoma con bondad y le dijo:

«Si eres eso que dices ser con todas tus fuerzas y de todo corazón, está bien así. Sigue siendo Mahoma el que cree en Dios hasta que encuentres algo mejor».

El padre Benjamín volvió a dirijirse al muchacho:

«¿Cómo te diste cuenta de que ese que has encontrado verdaderamente es Dios?».

La respuesta vino rápida como un rayo:

«Por Su grandeza y omnipotencia».

Al decir estas palabras, Mahoma sintió como si lo levantaran en peso. La cabeza le daba vueltas y el muchacho vio abrirse ante sí extensos planos, al tiempo que la gloria lo rodeaba a mares.

Esto duró tan solo unos segundos. Al poco rato, ya Mahoma era el mismo, mas una gran sensación de felicidad interior colmaba su ser.

Un joven padre hizo su entrada en la habitación y recibió la encomienda de mostrarle a Mahoma el jardín del convento. Cuando los dos abandonaron la habitación, el padre Benjamín dijo, pensativo:

«Es como esperábamos guiados por las noticias que hemos recibido: ese muchacho es especial. Dios lo ha elegido para llevar el saber de Él a lejanos confines. Ese niño habrá de convertirse en un portador de la Verdad, no solo para su pueblo, sino para incontables seres humanos de la Tierra».

«¿Por qué no nos dejas al muchacho, Abu Talib?, preguntó el abad. «Será un placer para nosotros el amoldar su alma. Ciertamente, jamás hemos tenido un discípulo tan joven en este convento, pero tampoco nos habíamos topado jamás con alguien especial».

Tras una corta conversación, el tío dio su consentimiento y entonces mandaron a buscar a Mahoma:

«¡Escucha, Mahoma!», hizo uso de la palabra el abad una vez que tuvo ante sí al expectante muchacho. «Tu tío ha recibido noticias que lo llaman a regiones lejanas adonde no te puede llevar. Como nos estuviste diciendo que nunca has tenido ocasión de conocer a verdaderos cristianos, queremos ofrecerte esa posibilidad. Quédate en nuestro convento hasta que Abu Talib regrese. Vas a tener la oportunidad de aprender lo que nosotros sabemos».

Inseguro, Mahoma miró a Abu Talib. ¿Estaría el tío de acuerdo? Era mejor asegurarse al respecto antes de responder.

«¿Estás de acuerdo en que yo me quede?», preguntó el muchacho. Abu Talib asintió con la cabeza.

«En ese caso, con gusto me quedo en vuestro convento; pues me siento a gusto aquí. Pero para que no tengáis que arrepentiros de haberme acogido, me gustaría deciros ya desde ahora que siempre he hecho lo que he querido».

El abad iba a decir algo, pero Mahoma no le dio oportunidad. Antes de que el otro hablara, el muchacho agregó:

«Aquí yo voy a ser obediente, pero no siempre lo voy a conseguir de inmediato; por eso es que lo digo de antemano».

La manera en que Mahoma dijo estas palabras fue tan cándida que con ello se ganó el corazón del padre y del abad. Estos le aseguraron que tendrían paciencia con él y que, de cualquier modo, la simple y reglamentada vida del convento sofocaba cualquier voluntad terca.

Después de esto todo sucedió tan rápido que el muchacho apenas tuvo tiempo de asimilar lo que acababa de ocurrir. Abu Talib continuó su viaje y Mahoma se vio en una pequeña celda que en lo adelante habría de ser su morada. Y todavía no había averiguado cuál era la ocupación de su tío. Esto ocupaba sobremanera sus pensamientos.

Al niño se le permitió comer con los discípulos más jóvenes del convento, como también le fue dado tomar parte en su instrucción, toda vez que una prueba había mostrado que el muchacho había recibido una magnífica educación en la escuela del templo de Meca.

Pronto la gente comenzó a llamarlo el «pequeño letrado», expresión esta que causaba desagrado en Mahoma. No era un letrado lo que él quería ser; «erudito de la vida» le parecía mejor.

Como le sobraban horas del día durante las cuales los demás tenían que bregar adquiriendo un saber que él ya poseía, se tomó la decisión de que el muchacho ayudara al jardinero en ese tiempo libre.

Esto fue una gran alegría para el niño, quien estaba tan ligado a la naturaleza. Mahoma escatimaba con el sueño con tal de poder pasar en el jardín el mayor tiempo posible. Fueron muchas las tareas que le tocó desempeñar, tareas estas para las cuales sus manos de niño poseían especial habilidad, y lo que el muchacho acometía, progresaba.

Ahora, cuando la lluvia era demasiado fuerte como para que él pudiera estar a la intemperie, entonces se ponía a trabajar en su celda en una tarea que él mismo se había impuesto: el muchacho estaba escribiendo las doctrinas de fe judías que le parecían ya cumplidas por medio de las doctrinas cristianas. Al poco tiempo se dio entonces a la tarea de encontrar contradicciones entre ellas.

A Mahoma se le había dado permiso de preguntar sobre todo lo que no le pareciera claro. Una de las preguntas que el niño hizo fue con respecto a la muerte de Cristo en la cruz.

«¿Por que Dios Todopoderoso permitió que Su Hijo fuera asesinado?», preguntó imperiosamente.

Los monjes se miraron y fueron presa del desconcierto. Uno de ellos le reprendió esa manera de pensar:

«No debes hablar de asesinato en este caso», le dijo. «Jesucristo murió para traerle a la humanidad la redención de su culpa».

«Yo no lo creo así», repuso el muchacho enfáticamente. «El Hijo de Dios trajo la salvación con Su existencia y Su palabra. Su muerte no hizo más que multiplicar inmensamente la culpa de los hombres. Que Dios no haya querido apartar a los hombres del abismo, lo puedo entender. Los seres humanos Le parecieron demasiado malos. Pero que Él hiciera sacrificar a Su Hijo se me hace incomprensible e incompatible con Su Ser».

«Hay muchas cosas que no puedes entender», fue la insatisfactoria respuesta del abad.

Pero semejantes palabras no le sirvieron de nada al niño y este trató de encontrar una respuesta por su cuenta. A veces se hacía sentir la tentación:

«¡No caviles! Echa a un lado todo lo incomprensible. Vive con desenfado y alegría cada día, tal como viene, y no lo nubles con reflexiones para las cuales eres demasiado niño aún».

Mahoma casi que cede a las instancias de estas apremiantes voces interiores, mas su vivencia todavía resplandecía ante los ojos de su alma con demasiada fuerza y vida. No, tenía que seguir investigando.

Unas palabras de un joven padre arrojaron algo de luz en la avalancha de pensamientos que le sobrevenían al muchacho. Este joven maestro le explicó un día a los discípulos la necesidad de la disciplina del convento. Sin dicha disciplina, cada uno haría lo que quisiese; toda vez que si bien Dios les ha dado a los hombres la libre determinación para hacer lo que se les antoje, estos no saben qué hacer con ello; de ahí que el hombre tenga que estar bajo una disciplina terrenal.

Fue como si las palabras «libre determinación» encendieran algo en Mahoma. El muchacho hizo el esfuerzo por no preguntar ahí mismo, durante la clase. Mas, terminada esta, buscó al padre y le planteó su interrogante, la cual daba fe de una despierta vida interior.

El monje hizo un esfuerzo sincero por traer calma al alma del muchacho. Ciertamente, jamás se había entregado a semejantes reflexiones, pero, no obstante, fue capaz de entender la manera de pensar de Mahoma.

«¡Ponte a pensar, padre!», exclamó Mahoma con sumo entusiasmo, «que el libre albedrío es uno de los más grandes regalos que Dios le ha dado a la humanidad. Si lo usamos bien, podemos remontarnos a las alturas, mientras que con un mal uso siempre permaneceremos atados».

El maestro no respondió. Demasiado alto volaban los pensamientos del muchacho. Este, empero, añadió:

«Así, Dios no intervino cuando Cristo fue asesinado porque Él quería que los hombres experimentaran los efectos de su libre albedrío. La verdad es que Su grandeza va más allá de lo que cualquier ser humano es capaz de imaginarse. Y yo, de necio, quería reprocharle justo eso».

«Muchacho, fíjate en lo que estás diciendo: ¡¿cómo puedes tomarte la libertad de hablar así del Altísimo?!», le dijo el maestro, enojado por no poder entender los pensamientos de este jovencito.

«Pero sí solo me estoy arrepentiendo de cómo pensaba antes», se defendió Mahoma.

Y no dijo una palabra más. Era tanto lo que se agitaba en su ser producto de la comprensión ganada que apenas podía digerirlo.

El padre, empero, fue a ver al abad para informarle de su conversación sobre el muchacho.

«Ya te había dicho, padre Jacobo», sonrió el líder del convento, «que Mahoma es un niño especial. No puedes esperar que el espíritu del niño asimile cosas grandes como lo haría un hombre maduro. No lo desalientes; de lo contrario, perdiría la confianza en ti, en todos nosotros. Y eso no sería bueno, ya que entonces no podríamos saber lo que pasa en su interior».

A raíz de esta conversación, empero, el abad decidió asumir personalmente la educación y formación del muchacho. Todos los días le concedía a este una hora para que trabajara junto a él en silencio o le hiciera las preguntas que quisiese.

Esta idea fue del agrado de Mahoma, que aprovechó al máximo la oportunidad ofrecida. Cuanto más paciencia tenía el abad con él, mas osadas se volvían las preguntas que salían del alma del muchacho.

El abad Pablo jamás le recriminaba por su osadía al expresarse, pero tampoco reconocía en ningún momento que le era imposible seguir el alto vuelo del discípulo.

Hacía mucho que ya había podido echar un vistazo a los escritos de Mahoma y le resultaba pasmosa la claridad con que el muchacho había descubierto las diferencias entre ambos credos.

De esa manera había transcurrido un año. En el magnífico aire de Siria Mahoma crecía de lo más bien. Los peligrosos ataques y convulsiones, si bien se habían repetido varias veces, hacía ya unos meses que no se presentaban.

Los monjes hacían todo lo posible por fortalecer el cuerpo; por el espíritu no era mucho lo que podían hacer. Ellos enseñaban lo que sabían, y en muchas ocasiones tenían que ver cómo su discípulo, con unas pocas palabras, derribaba algún edificio de su saber artificialmente levantado.

Un día el abad Pablo le preguntó:

«Bueno, Mahoma, ya has conocido a cristianos creyentes y has comparado nuestra doctrina con la de los judíos. Por cuál de las dos te sientes atraído: ¿te gustaría ser judío o cristiano?».

«Ninguna de las dos cosas», dijo Mahoma sin tapujos. «El judaísmo comenzó magníficamente, hasta que los hombres lo distorsionaron, y ahora se ha quedado estancado porque los muy ingenuos todavía aguardan al Mesías, en lugar de darse cuenta de que Este ya estuvo en la Tierra. Así que el judaísmo ya no va avanzar más, dado que se ha privado de vida».

«¿Y el cristianismo?», lo animó el abad, a quien le agradaban las explicaciones del jovencito. «¿Cómo ves el cristianismo?».

«El cristianismo viene siendo la continuación del judaísmo», dijo Mahoma, pensativo; «el cristianismo reconoció al Mesías, pero no hace de esta comprensión el uso debido»

«Muchacho, ¿qué quieres decir con eso?», preguntó el abad, horrorizado.

Mientras el muchacho habló en términos negativos de la fe de los judíos, le fue posible escuchar con cierto entretenimiento. Pero ahora que Mahoma hacía lo mismo con el crsitianismo, le resultaba imposible callar. Mahoma, empero, respondió como si nada:

«Vosotros habéis reconocido a Cristo como el Hijo de Dios que trae la salvación. Pero ahora os enfrascáis en discusiones sobre quién de vosotros Lo ha visto correctamente. Hacéis de esta comprensión una cuestión del intelecto, y no del espíritu. En lugar de ir en busca de las alturas con ayuda de la Verdad que Él trajo, os quedáis detenidos en el mismo lugar y dejáis escapar entre las manos esa Verdad hasta que la misma se haya escurrido por completo».

Las palabras y la manera de expresión ya no eran las de un niño.

Atónito, el abad se quedó mirando a este muchachito que se atrevía a decirle esas cosas. ¿Cómo era posible? En ningún momento al hombre le pasó por la mente que si Mahoma era un portador de la Verdad, en ese caso debía ser capaz de traerle luz y verdad también a él, el inteligente abad. El prelado tenía interés de oír más, así que preguntó:

«¿Cómo te imaginas entonces la fe verdadera, si rechazas tanto el judaísmo como el cristianismo?».

«Al respecto ya he pensado muchas veces», fue la sorpresiva respuesta. «Se debería conducir el judaísmo al cristianismo, pero al mismo tiempo espiritualizar este último; toda vez que la fe es una cuestión del espíritu, y no del intelecto».

Fuera de sí, el abad miraba fijamente al muchacho, al que a duras penas podía entender.

«¡Eso no viene de ti, muchacho!», exclamó el hombre. «¿Quién te ha dicho todo eso? ¿Quién te ha enseñado a pensar así?».

«Es algo que despierta en mi interior por las noches, cuando he orado, y yo lo retengo, pues siento que es la verdad. Cuando sea mayor, le pediré a Dios que me ayude a encontrar la fe verdadera, para enseñársela a los hombres. Esta fe tendrá entonces la fuerza para conquistar el mundo y obligar a los hombres a postrarse ante Dios de veneración y agradecimiento».

Estremecido, el muchacho guardó silencio. El abad, empero, en lugar de abrirse a esta verdad, que no era de la Tierra, quiso saber:

«¿A quién le has hablado de esto, Mahoma?».

«Tú eres el primero,», fue la respuesta, «y ya me arrepiento de haberlo hecho, ya que no recibes lo que he dicho tal como me fue dado. Todo lo quieres evaluar tomando tu cristianismo como rasero, en lugar de darte cuenta de que Dios, con esto, te está ofreciendo algo mejor. Pero si, a la hora de la comida, no vacías tu escudilla de los alimentos del día anterior, ¿cómo va a haber espacio para lo nuevo?».

El rostro del muchacho se vio surcado por contracciones. La excitación y la tensión habían sido demasiado para él. Las convulsiones volvieron a hacer acto de aparición. Aun así, Mahoma continuó hablando, llevado por un profundo impulso interior que había cobrado gran fuerza en su ser:

«Abad Pablo, ¿por qué crees que fui enviado a tu convento? Para hacerte ver esto. A veces Dios se sirve de un insignificante instrumento para hacer algo grande. Hazme caso; ya que yo sé que Dios te manda a decir esto a través de mí: saca el cristianismo intelectual de tu corazón, de tu convento, y recibe lo que el espíritu te ofrece».

Más no pudo decir, ya que la desagradable enfermedad se apoderó de él con gran fuerza. El abad contemplaba con desprecio este frágil instrumento de Dios.

«Muchacho, ¿quién te ha dado el coraje para hablarme así? Tu presunción y arrogancia merece un castigo. En lo adelante te voy a mantener bajo control», murmuró, al tiempo que abandonaba la habitación para llamar a un hermano sirviente que atendiera al muchacho.

Esa noche, empero, Mahoma oyó bien alto una voz que lo llamaba por su nombre. El muchacho se dio cuenta de que no se trataba de una voz terrenal y respondió de inmediato.

La voz le ordenó que antes del amanecer abandonara el convento. Si caminaba en dirección de la salida del sol, llegaría a una ciudad. Allí debía preguntar por el hermano Cirilo.

«¡Señor, soy tu instrumento y haré lo que me mandes a decir!», oró Mahoma.

Acto seguido hizo un bulto con sus pocas pertenencias y salió a hurtadillas al patio del convento. Tras hacer un reconocimiento con ojos y oídos bien abiertos, Mahoma vio que una de las puertecillas laterales no había sido cerrada y consiguió salir por el espacio disponible. Una vez que se vio del otro lado del muro, respiró aliviado.

«Todos creerán que sentí miedo del castigo del abad», susurró una voz en él.

El muchacho se sobresaltó y se quedó pensando. ¿Acaso no era más corajudo el regresar y aceptar lo que fueran a imponerle? Pero no bien pensó esto y ya había superado la tentación.

«¡Lo que estoy haciendo lo hago por orden de Dios!», dijo en voz alta. «Y en tal caso no debe importarme lo que los hombres puedan pensar y decir. ¡Yo soy Mahoma, el instrumento de Dios! ¡Vosotros los hombres me tenéis sin cuidado!».

El muchacho miró un momento a su alrededor, a fin de ver con claridad la dirección que habría de seguir y, acto seguido, echó a andar briosamente. Normalmente, los ataques lo confinaban a la cama por dos o tres días, lo cual, sin embargo, no fue el caso esta vez. No había dudas de que ahí estaba la Mano de Dios.

Al salir el sol, Mahoma sintió hambre. El muchacho no se había llevado nada de comer consigo y los higos que colgaban de los numerosos árboles y arbustos aún no se podían comer. Mahoma se rio del hambre. Ese Dios que le había dado a sus débiles miembros las fuerzas para su caminata también podría ayudarlo a conseguir algo de comer.

En su andar el jovencito pasó por una pequeña granja a la que apenas le dedicó una mirada. En eso se oyó una voz de mujer:

«Muchacho, ¿quieres ganarte un bocado mañanero?».

Raudo y veloz, Mahoma se dio la vuelta y respondió afirmativamente. La mujer, entonces, le pidió que le alcanzara un pedazo de valiosa seda que el viento nocturno había llevado hasta lo alto de un árbol.

«Tú tienes la esbeltez necesaria para este tipo de tarea», le dijo la mujer al tiempo que examinaba la delgada figura del muchacho.

Sin perder un segundo, Mahoma empezó a subir el árbol. Con la gran agilidad con que hacía todo, desenredó la seda de las ramas y se la trajo intacta a la feliz mujer, que no escatimó en elogios.

Fue tanto lo que le dio a Mahoma de comer y beber que el muchacho incluso pudo dejar algo y llevárselo para más tarde.

Al seguir su camino, Mahoma le dio las gracias a Dios desde el fondo de su corazón y le dio a sus palabras de gratitud la forma de los salmos, convirtiéndolas en una alabanza:

«¡Grande es Jehová el Señor!

¡Inconmensurablemente grande y sublime es Dios!

Y aun así nada le es demasiado insignificante

como para hacer de ello un instrumento

si ese algo está dispuesto.

¡Grande y sublime es el Señor!

Y aun así piensa en lo insignificante

y ayuda incluso en el más pequeño apuro.

Antes de que uno pida, ya Él concede,

pues su misericordia no conoce límites.

¡AlabadLo vosotras todas las criaturas que Él ha creado!

Todo vuestro obrar tiene que ser un canto de alabanza al Altísimo.

Demasiado insignificantes sois como para poder pensar en vosotras mismas.

¡Pensad en Dios y dadLe las gracias!».

Mahoma entonaba su salmo, que tanto gozo le traía, una y otra vez. En eso pasó un hombre que llevaba un burro que se veía bien alimentado.

«Pequeño cantor, ¿adónde quieres ir?». La pregunta fue hecha tan amablemente que Mahoma respondió:

«¡A la primera ciudad siguiendo la dirección de la salida del sol!».

«Sube entonces, que mi burro te puede llevar sin problemas y tu canto me puede hacer más corto el camino. Vuelve a cantar la tonada que estabas cantando hace un instante».

«¡Dios, Te doy las gracias!», exclamó el muchacho con entusiasmo. «Ya estaba cansado, pero no quería decírtelo cuando acababas de llenar mi estómago. Una vez más vuelves a dar antes de que yo pida».

Y con entusiasmo entonó enseguida su cántico de alabanza dos ves más, lleno de gratitud y felicidad.

Al conductor del burro le simpatizó el despierto muchacho y le hubiera gustado que este se quedara con él. Quizás el niño estaba buscando que hacer, y en tal caso, los dos saldrían beneficiados si él lo acogía en su servicio.

«¿A quién buscas en la ciudad?», indagó. «Conozco el lugar muy bien y te puedo llevar de inmediato al sitio indicado».

Mahoma se quedó pensativo por unos instantes. ¿Estaría bien que dijera a quién buscaba? Pero, a fin de cuentas, a alguien tendría que preguntarle; ¿por qué no a este hombre tan afable? Así que dijo tranquilamente:

«Voy adonde el piadoso hermano Cirilo».

«¿Adonde el hermano Cirilo? A él desde luego que lo conozco», afirmó el hombre, que vio desaparecer sus esperanzas. «¿Y que para qué quieres ir a verlo?».

«Me han mandado a verlo, y él sabe la razón».

Al hombre eso le pareció muy misterioso, y le hizo otra pregunta al muchacho:

«¿Y de dónde vienes?».

Sin ningún temor, Mahoma le dio el nombre del convento. Con ello el hombre quedó seguro de que el muchacho debía de ser un discípulo del convento que había emprendido el viaje por encomienda de su abad. A alguien así no se le debía tratar de desviar de su camino.

El hombre siguió charlando con Mahoma amistosamente, le mostró la ciudad cuando esta apareció en el horizonte y lo condujo sano y salvo a ella, llegando allí al atardecer. Acto seguido, le describió cómo se llegaba a casa del beato hermano y se despidió de él.

A Mahoma le agradó mucho el poder estirar las piernas después de tanto tiempo cabalgando. De muy buen ánimo recorrió calles y callejuelas hasta llegar al portón que el conductor del burro le había descrito. Una vez allí, tocó varias veces, pero en vano. El muchacho trató entonces de abrir el portón, pero este estaba cerrado.

«Dios no me ha enviado aquí para dejarme parado frente a una puerta cerrada», dijo el muchacho a media voz.

En eso le gritó una voz en tono amistoso:

«¿Qué haces ahí en el lugar de descanso de los muertos, muchacho?». Mahoma se asustó. No había sido su intención el molestar a los muertos.

«Estoy buscando al beato hermano Cirilo», dijo, algo apocado.

«En ese caso, ven para este lado de la calle», dijo la voz, al tiempo que de una humilde casita salía un anciano fornido de ojos amigables.

«Esta casita sería imposible de encontrar si no estuviera en la cercanía de esa majestuosa puerta», aclaró el viejo. «Cuando algún forastero pregunta por mí, la gente siempre le explica cómo llegar a esa puerta. Con eso es suficiente».

«Así que tú eres el piadoso hermano Cirilo», se cercioró Mahoma, que sintió confianza hacia el hombre.

«Soy yo, y tú debes ser Mahoma, mi nuevo discípulo, que me fue prometido por Dios».

Tan embargado estaba el muchacho de todo lo vivido que, en lugar de responder, entonó su salmo de agradecimiento. Al terminar de cantar, Mahoma se le acercó al hermano y esperó a ver que dispondría este último.

Cirilo, empero, sonreía satisfecho:

«Ya veo que a mi casa ha entrado un alegre pajarillo cantor. ¡Bienvenido, Mahoma! Si siempre cantas y das loas de esa manera, nos vamos a llevar bien».

Dicho esto, el viejo lo condujo a su casa y lo instruyó con amor y bondad durante cinco años. No había pregunta de Mahoma que Cirilo no tratara de resolver conjuntamente con su discípulo. Muchas veces se veían obligados a cavilar durante largo tiempo o a invocar la ayuda de Dios, pero siempre le encontraban respuesta a sus interrogantes y así ganaban los dos.

En el primer año, Mahoma, a instancias de Cirilo, le había relatado a este su vida. Al hacerlo, el muchacho cayó en cuenta de que Abu Talib debía de estar consternado por la desaparición de su sobrino. Mas enseguida se consoló con el pensamiento:

«Dios mismo me ha enviado hasta aquí. Ya Él encontrará los medios y la vía de hacerle saber a Abu Talib sobre mi paradero cuando este haya de saberlo».

Cuando el quinto año se estaba acercando a su fin, Cirilo le pidió al muchacho, que ya estaba hecho un mozo, que lo acompañara en un corto viaje.

En una ciudad a orillas del mar habría de tener lugar una reunión en la que si bien se iban a discutir cosas de la comunidad, Cirilo, aun así, creyó prudente y necesario que el joven tomara parte.

Tras una vigorosa caminata, llegaron con tan buen tiempo a la ciudad de Halef que el joven pudo primero contemplar el mar y acostumbrarse al magnífico espectáculo. Cirilo había acertado al imaginarse que el muchacho no estaría receptivo a nada más hasta que no hubiera visto el mar.

El día de la reunión se dirigieron bien temprano al lugar destinado a la misma, lugar este en el que se ya agitaba una mezcla variopinta. Daba la impresión de que allí había gentes de todos los países y personas de todas las tribus.

Cirilo le preguntó a uno de los presentes quién le iba a hablar al pueblo hoy. La respuesta: el árabe Talib ibn Muttalib, el mejor amigo de todas las tribus. El buen hermano se alegró de que Mahoma fuera a tener la oportunidad de oír a uno de los grandes de verdad el mismo primer día. El nombre del orador, empero, no le decía nada al viejo.

Este escogió un lugar desde donde no solo se pudiera ver, sino también oír. Dada la popularidad de la que el viejo gozaba en esa región, nadie le disputó el puesto ni a él ni a su protegido.

Un fragoroso júbilo anunció la llegada de aquel a quien todos esperaban. La multitud se dividió a fin de permitirle llegar al lugar bien levantado desde donde habría de hablar.

Llevado por la curiosidad, Mahoma dirigió su vista hacia allí y de repente vio ante sí a su tío.

Conque esa era la ocupación de Abu Talib tan mantenida en secreto. Así que orador del pueblo. ¿Qué tendría que decirle a la multitud? Pálido de la agitación interior, el joven escuchaba con atención.

Quería captarlo todo, absolutamente todo, no solo las palabras dichas, sino, más que nada, el significado y la connotación de las mismas.

Mahoma estaba atónito. El Abu Talib que estaba viendo era un Abu Talib totalmente diferente al que él conocía. Toda conducta torpe había quedado atrás. Uno se olvidaba de su defecto al percibir el poder de soberano innato que le rodeaba.

Ni una de las palabras dichas por el hombre resultaba superflua. Todas tenían significado e importancia; cada una de ellas tenía una fuerza que cautivaba a los oyentes y les infundía un entusiasmo arrollador. Abu Talib no se servía de gestos, como era costumbre entre los oradores. Mientras hablaba, se mostraba sereno, mas sus ojos flameaban, echaban chispas o se velaban. Era como si hablaran su propio lenguaje.

Mahoma se abrió a todo esto antes de poder escuchar las palabras como tales. Abu Talib les decía a los hombres que en todas las regiones más allá de las fronteras de Arabia vivían árabes que se veían obligados a someterse a un poder extranjero.

Gritos y clamores lo interrumpían. Ahí Abu Talib guardaba silencio por unos instantes y después continuaba de la misma manera, tratando de convencer a la gente de que esos árabes debían unirse y formar un todo, pues así serían grandes y poderosos.

Esa era la esencia de su discurso, el cual iba adornado de muchos ejemplos e imágenes capaces de causar impresión.

Abu Talib pasó entonces a exhortar a los oyentes a expresar qué pensaban sobre lo que habían escuchado. Toda objeción fue refutada por él de manera acertada y certera. Hasta que un distinguido hombre le dijo:

«Aquí en Siria más de la mitad de los habitantes son árabes. Si nos uniéramos con la madre patria, Siria dejaría de existir».

«¿Y acaso se perdería algo con ello?», preguntó Abu Talib.

Sus palabras tuvieron el efecto de un latigazo. Enseguida se armó una tempestad en la multitud.

«¿Acaso quieres decir, Talib ibn Muttalib», le dijeron los hombres, «que debemos ocupar territorios sin hacer la guerra, que simplemente nos traguemos los países colindantes?».

«Si es por el bien de nuestro país, por supuesto que sí», replicó el orador.

«¡No le creáis a ese judío!», se le oyó de repente decir a una voz chillona.

Todo el mundo se volteó en la dirección de donde venían las palabras. Allí estaba parado, con el rostro desencajado por la pasión, un sacerdote de fetichistas.

«Ese quiere ganar todos los pueblos para su dios y someterlos a este. Y no lo podemos permitir. Yo soy un verdadero hijo de Arabia, pero justo por eso no quiero entregársela a los judíos».

«Te equivocas, sacerdote», respondió la serena voz de Abu Talib. «Cierto es que nací de padres judíos, pero me he dado cuenta de que es más importante ayudar al pueblo en la Tierra a que alcance grandeza y felicidad, a que se vuelva un pueblo unido y fuerte, que adorar a un Dios invisible al que quizás ni en el más allá podremos ver».

«¡No digas más, blasfemo!».

Estas palabras chillonas resonaron en toda la plaza. Todos debían de haberlas escuchado.

El orador palideció. Ante sí tenía al sobrino que creía muerto y que entretanto se había convertido en un mozo, el mismo sobrino del que los monjes le habían dicho que estaba destinado a ser un portador de la Verdad. El hombre se estremeció.

Cuando Abu Talib, en su viaje de regreso, quiso ver cómo estaba su sobrino, el abad le había dicho que el muchacho había sucumbido a una terrible enfermedad. Esto le había dado al tío mucho que pensar. Si Dios permitía que un portador de la Verdad muriera, entonces Él no tenía interés en que la Verdad fuera proclamada.

Ese fue el comienzo del deterioro de su fe. Abu Talib caviló y fue presa de las dudas por mucho tiempo, hasta que acabó desechando toda idea de la existencia de un Dios y de lo divino. Desde entonces se le había hecho más fácil hablarle al pueblo. Nunca le había ocurrido algo como lo de hoy.

Mahoma, empero, continuó:

«El Dios invisible que Abu Talib niega, pese a que él lo ha adorado, se encuentra entre nosotros. Ese Dios es quien nos ha creado a todos; por tanto, es nuestro Señor. De forma maravillosa Él guía a las personas que creen en Él. Yo lo sé, pues yo mismo lo he vivido»

En eso se armó un gran alboroto.

«¿Quién es ese jovenzuelo que se atreve a hablar en una reunión de hombres?», gritaban algunos, exasperados, mientras que otros manifestaban su aprobación con respecto a lo que Mahoma había dicho.

Los ánimos, que ya de por sí estaban acalorados, se caldearon aún más. La cosa no quedó en mero intercambio de palabras y toda la reunión desembocó en las más violentas disputas, de modo que personal armado proveniente de la ciudad tuvo que desplazarse hasta el lugar e intervenir en la reyerta, en la que ya se hacía uso de cuchillos.

Abu Talib había desaparecido conjuntamente con algunos adeptos antes de que se armara la riña propiamente dicha. Cirilo obligó a Mahoma a abandonar el lugar de inmediato. El joven se dio cuenta de que aquí ya no podía hacer más nada. Había quedado conmovido por lo ocurrido y temblaba del dolor que le causaba que su tío, hacia quien su alma había sentido tanto apego, se hubiera vuelto una persona de tan mala condición.

Cirilo era de la opinión de que hubiese sido mejor que Mahoma no hubiese dicho nada, pero tampoco podía reprender al joven. Por consiguiente, no dijo ni una sola palabra y dejó a Mahoma con el torbellino de pensamientos que llenaban su mente. Mahoma percibía la desaprobación del hermano y, por su parte, evitó hablarle a este.

Tras llevar algunos días con este silencio, ambos se acostumbraron a él, pero al mismo tiempo los dos sentían que era impensable el seguir viviendo juntos de esa manera.

Mientras Cirilo pensaba en cómo acercársele de nuevo al jovenzuelo sin tener que disculparse por nada, Mahoma vio una rápida separación como la única solución. A fin de cuentas, ¿para qué iba a seguir viviendo ahí? Ya había aprendido todo lo que Cirilo podía enseñarle.

Él quería salir al mundo y ganarse su sustento hasta que llegara el momento de desempeñarse como instrumento de Dios.

Anteriormente, siempre había supuesto que una vez que transcurriera un cierto período de aprendizaje, podría regresar a la opulenta vida del palacio paterno, ya que él era el heredero, y no el tío, a quien, como segundo hijo, le correspondía bien poco. Después de lo que había vivido hacía poco, veía como algo imposible el poder ver a su tío una vez más. Así que tenía que valerse por sí mismo y depender de sus propios recursos. Seguro que eso también era voluntad de Dios.

Por la noche le manifestó a Cirilo lo que había decidido. Este no quería asentir, pero Mahoma no se dejó desviar de su intención y le dijo al viejo que ya estaba decidido a marcharse en la mañana del día siguiente. El joven le dio las gracias al hermano por todo lo que este le había dado tanto espiritual como terrenalmente, y al expresar esta gratitud, se enterneció. El antiguo afecto por su maestro despertó de nuevo e hizo que la separación fuera en paz.

En la noche Mahoma tuvo una visión. El mozo vio a Abu Talib caminar por una calle estrecha de la ciudad de Halef y desaparecer en el interior de una casa ruinosa. Al mismo tiempo, oyó una voz clamar:

«¡Mahoma, busca a tu tío, que te necesita!».

Cierta rebeldía se agitó en el alma del jovenzuelo. ¡Ahora debía caerle atrás al apóstata! Pero cuando tomó en cuenta de que esa había sido la voz de un mensajero de Dios, su bullir interior amainó y el joven se sometió. Aunque no conocía la calle que le fue mostrada en imágenes, confió en la guía y emprendió la marcha hacia Halef.

Ocupado como estaba con sus pensamientos, el camino no le pareció largo. Antes de lo que imaginaba, llegó a las primeras casas de la ciudad y se encontró allí a un niño llorando amargamente. El pequeño había pisado un afilado pedazo de vidrio y se había hecho una herida bien fea que le impedía dar un paso siquiera. Mahoma vendó la herida y, acto seguido, cargó al niño.

«¿Puedes enseñarme dónde es que vives?», le preguntó al niño, quien iba tomándole más confianza a Mahoma.

«Claro, siempre puedo decirte en qué esquina tienes que doblar. Así podremos llegar a nuestra casa. ¡Qué contenta se va a poner Madre cuando por fin regrese a casa!».

Resulta que el niño había pasado la noche entera a la intemperie. Sus repetidos intentos de caminar no habían hecho más que empeorar la herida.

«Ya estamos cerca de nuestra casa», dijo de repente el pequeño.

Mahoma miró a su alrededor y reconoció la calle que había visto en la noche. Una vez más, al darse cuenta de la firme guía bajo la que se encontraba, se apoderó de él tal sentimiento de gratitud que el joven se vio obligado a abrir su corazón.

Mahoma puso al niño seriamente lastimado en el suelo, alzó las manos y dio gracias a Dios desde lo más hondo de su corazón. Después de esto, volvió a tomar a su protegido en los brazos y no se sintió en absoluto extrañado de que las indicaciones de este lo hubieran conducido a la casa que ya le era conocida.

Una mujer con el rostro lloroso salió de la casa como un bólido y tomó en sus brazos al niño, al que ya había llorado y dado por muerto, y le pidió a Mahoma que entrara y fuera su huésped. Fue así como Mahoma accedió sin ninguna dificultad al interior de la casa a la que él quería entrar. El joven, una vez más, dijo desde lo hondo de su alma:

«¡Te doy las gracias, Dios de Israel!».

Al muchacho lo acostaron en un lecho y la madre lo atendió amorosamente. Después esta dedicó su atención a su huésped y auxiliador, al que le dio las gracias y algo de comer. Y mientras saciaba su hambre, Mahoma le preguntó a la mujer si bajo su techo moraba otro huésped.

La mujer dijo que no. La mirada penetrante de Mahoma, empero, la hizo ruborizarse y, entonces, dijo:

«Hace poco le di acogida a un pariente enfermo».

«Bueno, en ese caso, nosotros también somos parientes», replicó Mahoma con una sonrisa, «puesto que Abu Talib es mi tío».

Aterrada, la mujer miró el rostro sonriente de Mahoma.

«¡No menciones ese nombre, huesped mío!», le reclamó. «Ese de quien hablas está siendo buscado por esbirros. Por eso se ha escondido aquí, en una de las más pobres moradas, un lugar donde a nadie se le ocurriría buscarlo. ¿Cómo sabes que él está aquí?».

«Simplemente, lo sé», respondió Mahoma, «y tengo que hablar con él. Él mismo va a querer hablar conmigo cuando le digas que Mahoma de Meca está aquí».

La mujer salió a toda prisa y regresó al poco tiempo, indicándole al huésped que la siguiera. Ambos subieron una abominable escalera y se detuvieron ante una puerta. La mujer le indicó a Mahoma que pidiera que le dejaran entrar y se apresuró a bajar la escalera de nuevo.

El joven entró sin hacerse notar. En un lecho miserable encontró a su tío, quien realmente se veía enfermo y desmejorado. Cuando este vio a quien había creído muerto, el miedo le hizo temblar.

«¿Que quieres de mí, Mahoma, mensajero de Dios Todopoderoso, contra quien yo he atestiguado», preguntó temblando.

Toda ira abandonó al joven y este se acercó al lecho lleno de compasión y le dijo al enfermo:

«Dios me dio la orden de buscarte, diciéndome que me necesitabas».

Abu Talib se echó a llorar.

«¡Qué bueno es Dios conmigo, cuando no me lo merezco!», exclamó varias veces. Abu Talib no podía creer que tanta compasión fuese posible.

Mahoma, en un principio, no hizo nada por facilitarle esta creencia. El joven comenzó por encargarse de las necesidades terrenales del tío. En el bolsillo de la ropa encontró dinero con que hacer compras, despues mejoró el lecho y preparó una bebida para dormir.

Cuando Abu Talib se durmió, el joven fue a ver al niño herido, al que encontró descansando muy cómodamente en su cama.

«¡Canta una vez más la bella canción que cantaste en la calle!», le pidió el pequeño. «A madre le gustaría oírla».

Y Mahoma cantó un salmo, sintiéndose alegre de poder hacerlo. Lágrimas corrían por las mejillas de la mujer.

«¿Acaso eres judío, huésped mío?», preguntó esta.

Antes de que Mahoma pudiera responder, la mujer contó que era judía, pero que se había casado con un fetichista. Al principio le había dado igual, pero ahora anhelaba volver a oír de Dios.

Y Mahoma contó lo que sabía del Dios de los judíos. Los tres se olvidaron del tiempo y se sumieron totalmente en la conversación. Y Mahoma habló del Mesías, que ya había venido y que había sido reconocido solo por unos pocos, mientras que los demás acabaron asesinándolo. Como siempre que él hablaba del tema, su corazón se llenó de amargura. El sufrimiento por el asesinado Hijo de Dios le oprimía el pecho.

La puerta se abrió en silencio. Abu Talib, quien ya había despertado de su sueño reparador, había entrado a la habitación justo en el momento en que Mahoma comenzaba a hablar del Mesías. Sin ser visto por los demás, se había sentado en el suelo junto a la puerta y escuchaba lo que su sobrino proclamaba con elocuentes palabras.

Lo que escuchaba suscitó en él una sentimiento tan abrumador que el hombre se puso a sollozar. Ahí los otros se percataron de su presencia y, tras conducirlo a un cómodo asiento, le hablaron. El hombre, empero, reconoció su gran culpa para con Dios.

«Esa culpa la puedas resarcir, Abu Talib», le dijo Mahoma con entusiasmo. «Vuélvete alguien que proclama a Dios como mismo estuviste negándoLo».

«La gente ya no va a querer oírme, después de que tú rompiste mi reunión», suspiró el tío.

«Si ya no puedes hablarle a grandes multitudes, empieza desde cero, poco a poco», replicó Mahoma, sin preocuparse por la objeción de Abu Talib. «Créeme que aún no es hora de implementar tus planes. Primero tenemos que ser capaces de ofrecerle a la gente algo nuevo y bueno antes de instarlos a abandonar lo viejo, que es algo seguro para ellos».

«¿Y cuándo seremos capaces de ofrecer ese algo? ¿Cómo se haría posible?», preguntó Abu Talib, desalentado.

«Tan pronto como yo sea lo bastante grande para ser un instrumento de Dios», fue la respuesta de Mahoma.

Después de hablar de esto y aquello, se dirigieron al refugio de Abu Talib para pasar allí la noche. Al día siguiente el tío le preguntó a Mahoma qué tenía pensado para el futuro inmediato.

«Tengo pensado llevarte a Meca», le prometió el jovenzuelo, lleno de confianza. «Allí estarás a salvo de persecuciones».

«Eso pienso yo también», manifestó el otro. «Es solo en el camino y aquí en la ciudad donde corro peligro».

«¡Y esos peligros los vamos a vencer!», exclamó Mahoma, estimulado por la aventura.

Tras consultar con la mujer de la casa, Mahoma alquiló un fuerte asno con una cómoda montura, del tipo que usan las mujeres para cabalgar. Abu Talib tuvo que ponerse ropas de la mujer y colocarse un velo.

Mahoma conducía el asno. Así, salieron de la ciudad sin impedimentos y en todo el viaje no se les presentó ningún contratiempo tampoco. No fue sino ya cerca de Meca que Abu Talib se vino a cambiar de ropa. Al hombre le hubiera parecido sumamente ignominioso el entrar al palacio de su padre vestido de mujer.

Mahoma se alegró de volver a ver el lugar de su niñez, en el cual lo recibieron con alegría los antiguos sirvientes, sobre todo, Mustafá. Todos lo veían como el señor y heredero. Mahoma preguntó por Sara y recibió la noticia de que la mujer ya no se encontraba entre los vivos.

Tras tomarse un descanso de unos días, Mahoma fue adonde Abu Talib y le manifestó que en lo adelante tenía por intención ganarse su propio sustento. El joven había esperado que el tío le dijera que no tenía necesidad de hacer eso, ya que toda la riqueza de su padre le pertenecía a él. El joven se había preparado interiormente para refutar esta objecion, mas ello no fue necesario.

Abu Talib le pidió que se quedara en el palacio como su huésped. El patrimonio disponible era suficiente como para que los dos pudieran vivir de él.

Esta manera de pensar fortaleció en Mahoma aún más la determinación de liberarse de todo lo disponible. Él estaba consciente de que debía valerse por sí mismo para cuando recibiera el llamado de Dios.

«¿Y qué tienes pensado hacer?», preguntó Abu Talib, inconscientemente alegre de que Mahoma le facilitara tanto el permanecer en posesión de las adoradas riquezas.

«Quiero hacerme mercader, como lo fue mi padre también», respondió el joven. «Mi trato con los sirvientes del almacén y los conocimientos que de niño adquirí en las bóvedas me van a facilitar el familiarizarme con la ocupación. A fin de cuentas, se trata de una mera transición», concluyó el joven.

Al día siguiente Mahoma ya estaba abandonando el palacio paterno para encontrar empleo. El joven fue a ver a un amigo de su padre, quien lo recibió con regocijo y lo asesoró.

El hombre supo enseguida donde Mahoma podía preguntar si su idea de hacerse mercader iba en serio. No hacía mucho había muerto un comerciante de joyas, y su joven viuda deseaba continuar con el negocio. La mujer estaba buscando un joven de buenas maneras como ayudante de los empleados del almacén. Ese era el lugar indicado para Mahoma.

«¿No estaré poco preparado para esa posición?», quiso saber el joven.

El otro disipó su inquietud. Jadiya, la viuda, está buscando justo a alguien a quien ella misma pueda instruir en las particularidades de su negocio. Ella entiende muchísimo de comercio, ya que siempre estuvo ayudando a su esposo en el negocio. No tiene hijos y puede dedicarle todo el tiempo a las alhajas.

«¿Es judía?», quiso saber Mahoma.

Al respecto el amigo no pudo darle ninguna información.

Pero como el hombre animó a Mahoma, éste decidió ir de inmediato a ver a la viuda del mercader. Ahí ya vería cómo y qué tipo de persona era ella.

La bóveda y el pabellón de venta se encontraban en la misma casa en una de las mejores calles de Meca. Como el pabellón de su padre no se encontraba en el palacio, sino en el otro extremo de la ciudad, Mahoma había estado ahí muy pocas veces.

No obstante a eso, apenas entró en este pabellón, el joven notó una gran diferencia. Aquí primaba el espíritu de mercader que dimana del deseo de ganar dinero; allá el vender no era lo más importante, sino que lo principal era que la mercancía se constituyera solo de objetos preciosos. Abd Allah solo había comerciado con piedras selectas y artículos exquisitos. Aquí también había de estos, mas estaban sepultados bajo la gran pila de artículos baratos y de mala calidad.

Involuntariamente, Mahoma pensó:

«¿El alma de la mujer no será como este pabellón? Y en caso de serlo, ¿valdrá la pena buscar en ambos las perlas preciosas?».

Él mismo se extrañó de estos pensamientos, que parecían haberle llegado de la nada.

Tras haberle dicho de su deseo de ver a la señora Jadiya a un empleado del almacén que pasó a toda prisa, recibió la indicación de esperar un rato.

Mientras el joven, parado con humildad junto a una mesa, recorría con la mirada los artículos en exposición, sintió que unos ojos lo miraban intensamente. No podía ver quién lo estaba observando, hasta que se percató de un tapiz al fondo que estaba ligeramente descorrido.

Esta observación a hurtadillas le pareción tan rara que no pudo menos que reírse en voz baja.

En eso se corrió el tapiz y una mujer aún joven y envuelta en carnes entró al pabellón. Con cierto contoneo se acercó al joven, cuyas facciones ya habían vuelto a adquirir su acostumbrado aire serio.

«¿Por qué te estabas riendo ahora mismo?», preguntó Jadiya en lugar de saludar.

Ello, empero, trajo una sonrisa al rostro del joven parado ante ella.

«Me estaba imaginando cómo alguien escondido detrás del tapiz trataba de ver si yo era una persona honesta».

Las excesivamente maquilladas y polvoreadas mejillas de la mujer se sonrojaron tremendamente. La mujer, empero, quiso aparentar que el comentario no le había afectado y dijo:

«No te preocupes, que cuando vengas a ayudarme en mi negocio, tú también te ocultarás muchas veces detrás del tapiz para vigilar a los compradores».

Mahoma no dijo nada. ¿Qué podía responder a ese comentario? La mujer lo repelía y lo atraía al mismo tiempo. Debía de tener unos veinticuatro años, o sea, casi diez años más que él, y aun así, él se sentía superior a ella.

Como el joven permaneció callado, la mujer volvió a tomar la palabra.

«¿Te gustaría empezar a trabajar en mi negocio ayudándome con la compra y venta?».

«Eso fue lo que vine a pedirte», replicó Mahoma, vacilante. Los empleados del almacén se habían retirado a la bóveda, así que los dos estaban solos. Mahoma, entonces, agregó:

«Iba a decirte que en realidad no cuento con ningún concimiento de comercio, pese a que mi padre fue comerciante. Pero ahora creo que lo mejor es decirte que no estoy acostumbrado a la manera en que este pabellón es manejado, así que me resultaría difícil trabajar aquí».

La mujer escuchó estas palabras con sorpresa.

«Sabes que en estos últimos días he rechazado a casi treinta jóvenes que me rogaron que los dejara trabajar aquí, y tú, probablemente el más joven de todos, te atreves a decirme que no te gusta la manera en que conduzco el negocio. Yo no te he llamado, así que puedes irte por donde viniste».

Sin decir palabra, Mahoma se dio la vuelta, dispuesto a abandonar el lugar. Mas eso no era lo que la mujer quería. Ella había esperado súplicas y ruegos que estaba dispuesta a conceder, dado que el joven le simpatizaba. Había algo en su apariencia y su actitud que la atraía. Si no quería perderlo, empero, tenía que actuar rápido. El joven estaba a tan solo unos pasos de la calle.

«¡Escucha!», le gritó, más alto de lo necesario. «Todavía no me has dicho quién eres y de dónde vienes».

«Como me has dicho que me vaya, no es necesario que te dé esa información», repuso Mahoma y continuó en dirección a la salida.

«¿Quién dice que te he dicho que te marches?», se enfadó la mujer. «En mi negocio se pesan las piedras preciosas, y no las palabras. Alguien tan joven como tú no debe ser tan tardo para darse cuenta de las cosas».

«Debería haberme dado cuenta de que tus palabras no siempre compaginan con lo que piensas», se le escapó a Mahoma.

«¿En qué podrías notar eso?», preguntó la mujer, atraída en contra de su voluntad.

Mahoma vaciló unos instantes, y entonces echó la cabeza hacia atrás en un gesto propio de él en momentos decisivos y repuso:

«Quien cubre el rostro que Dios le ha dado también emboza los pensamientos que su alma alberga».

Una vez más las palabras de Mahoma causaban disgusto en la mujer; no obstante, este joven era diferente de todos los que había conocido. Si siempre hablaba así, podría ser entretenido el tenerlo cerca.

«Puedes quedarte a trabajar en mi negocio», concedió la mujer benignamente y se preparó para oír palabras de gozosa gratitud.

Mahoma, empero, vaciló unos instantes en los que buscó recuperar la compostura de su alma a través de la oración y entonces dijo:

«Veré si puedo soportarte a ti y a tu pabellón. ¡Ambos son falsos!».

La mujer se arrepintió de haber dado su aprobación. Ya estaba dispuesta a retirarla cuando en eso entró a la habitación un comprador y Jadiya tuvo que dedicarle toda su atención. El hombre resultó difícil de complacer. De todas partes había que estar trayendo cosas.

Con un rápido vistazo, Mahoma comprendió qué era lo que el hombre quería, fue a buscarlo y se lo trajo a Jadiya con tal naturalidad que daba la impresión de que el pabellón era de él. El hombre compró más que la cantidad que había pedido al principio, y la mujer se dio cuenta de que había encontrado un asistente muy valioso.

En su alegría por la buena venta ya se había olvidado de las ofensivas palabras. Bien animada, se volteó hacia Mahoma y le preguntó:

«¿Cómo te he de llamar? ¿De dónde vienes?».

«Soy Muhammad ibn Abd Allah. Mi padre fue comerciante de joyas».

La mujer se le quedó mirando, completamente pasmada. ¡Un hijo de la más respetable tribu había venido a trabajar en su negocio como asistente! ¿Sería posible? Al Mahoma darse cuenta de su asombro y su incredulidad, le dijo:

«Puedes preguntarle a Ibrahim ibn Jusuf. Él fue quien me mandó para acá».

«No hace falta», se escuchó la voz grave de aquel cuyo nombre acababan de mencionar y que justo en ese momento entraba al pabellón.

El hombre se alegró de que los dos se hubieran podido entender. Acto seguido, propuso que Mahoma mandara a uno de los sirvientes a traerle sus efectos personales, en todo caso, aquellos que él considerara necesarios. El joven se dio cuenta de que su amigo deseaba quedarse a solas con la viuda y se apresuró a salir.

Cuando el mozo había abandonado el lugar, Ibrahim le preguntó a la mujer qué tal le había parecido su nuevo asistente. Esta respondió que no sabía qué opinión formarse de él. El joven era sumamente educado, pero al mismo tiempo no se andaba para nada con pelos en la lengua.

Apenas había dicho estas palabras, a la mujer le vino a la mente la comparación que Mahoma había hecho. Ello hizo que casi se arrepintiera de nuevo de haber empleado a este perspicaz observador. Ibrahim la convenció de que solo tenía motivos para alegrarse. Un mejor ayudante no iba a poder encontrar.

Que el jovenzuelo hubiera preferido renunciar a lo que por justicia le correspondía y optara por hacerse independiente antes que poner de patitas en la calle a su tío lisiado, lo honraba. Eso además de que de Mahoma solo había escuchado las mejores cosas; seguramente que el muchacho pronto se convertiría en un gran apoyo para ella.

De modo que el joven se quedó con la viuda y se acostumbró a la ocupación de mercader. Sus deberes los tomaba muy en serio. A Mahoma le resultó muy provechoso el haber recibido una educación tan excelente en la escuela del templo; es de destacar que en hacer cálculos era incluso mejor que su patrona.

Esta, muy pronto, pudo dejarlo a cargo de la compra de artículos, mas de esa manera se vio obligada a presenciar todo tipo de cambios. A la mujer le había llamado la atención que el joven elogiaba y vendía con verdadero entusiasmo los artículos baratos y las imitaciones. ¿Acaso se habría acostumbrado a las imitaciones y habría aprendido a apreciarlas?

Una tarde le preguntó al respecto medio en broma, tras darse cuenta de que Mahoma había vendido muchísimos objetos de este tipo.

«¿Aprender a apreciar esos cachivaches?», preguntó el joven con desdén. «No, Jadiya. Simplemente, me he desecho de ellos a fin de tener espacio para cosas mejores».

«Entonces, ¿ya no vas a reponer las mercancías vendidas con artículos del mismo tipo?», preguntó la mujer, preocupada. «Mi esposo siempre decía que los artículos baratos atraían compradores».

«De esos compradores que se dejan atraer por ello podemos prescindir. Créeme, Jadiya: tu pabellón va a ser mejor valorado y va a ser visitado por compradores más distinguidos si solo ofreces cosas auténticas y de valor».

Muy, pero que muy lentamente a Mahoma se le hizo posible ir convenciendo a la mujer, pero al final lo consiguió.

Quien al cabo de tres años echaba un vistazo en el interior del pabellón, lo encontraba totalmente cambiado. Objetos finos eran ofrecidos en venta, mientras que toda imitación había desaparecido.

El mayor cambio, empero, se había dado en la propia dueña. Esta prescindía de todo tipo de polvo y maquillaje para su rostro. Su ropa era de una modesta elegancia. Sus movimientos bruscos y torpes eran lo único que seguía delatando que Jadiya no era de noble cuna. Asimismo, su voz, a veces, adquiría un tono chillón cuando algo la alteraba.

Su relación con su asistente, quien aún no cumplía los dieciocho, era de una naturaleza peculiar. A veces daba la impresión de que le temía a su censura expresada abiertamente y sin tapujos. El joven era el jefe absoluto de todo el negocio; lo que él decía, se hacía. Los empleados del almacén veneraban a este muchacho que, siendo mucho más joven que ellos, era semejante dechado de honorabilidad, lealtad y amabilidad.

Al mismo tiempo, su vista había ganado en perspicacia. En su primer año hubo un comprador que fue atendido por la propia señora, mientras que Mahoma le traía los artículos a esta. De repente, el jovenzuelo agarró al hombre por la muñeca y le dijo a media voz, pero con firmeza:

«¡Pon de vuelta en la mesa las perlas que acabas de coger!».

Jadiya se asustó. ¡¿Cómo podía Mahoma decir algo así cuando él había estado parado en lo último del almacén y no podía haberse dado cuenta de nada?!

El hombre montó en cólera:

«¡Me sueltas de inmediato! ¡¿Cómo te atreves a tocarme?!».

«Te suelto cuando las perlas estén en manos de Jadiya».

«Yo no tengo ninguna perla».

Mahoma, entonces, metió la mano en la parte de alante de la ropa del hombre y sacó un saquito habilidosamente cocido que, además de las perlas recién robadas, contenía todo tipo de cosas. El hombre, al verse descubierto, opuso resistencia. Jadiya, empero, mandó a buscar a los guardias, que sometieron al hombre y se lo llevaron.

Y mientras la excitada mujer no podía dejar de hablar de lo ocurrido, Mahoma se limitó a decirle:

«Ya ves que no necesito un hueco en el tapiz».

Con la misma diligencia que Mahoma, durante las horas en que el pabellón estaba abierto, se aplicaba por la prosperidad del negocio, con esa misma diligencia se retiraba el joven a su habitación una vez que el pabellón cerraba sus puertas. Todas las invitaciones de la mujer para que comiera con ella o la acompañara a hacer visitas eran rechazadas por él.

«En las familias en las que crecí los hombres siempre se mantenían aparte de las mujeres», le decía el joven en tono serio. «No porque se creyeran mejores que ellas, sino porque respetan la más delicada constitución de la mujer. Y yo no quiero romper con eso».

A ella le hubiera gustado saber qué hacía él en sus horas de ocio, mas el joven no hablaba de ello, por mucho que se le preguntara.

Hasta que un día Mahoma fue mandado a buscar con premura por su tío, que tenía algo importante que decirle. Tan urgente fue el mensaje que Mahoma abandonó su habitación sin guardar antes aquello en lo que había estado trabajando.

Jadiya entró a hurtadillas en el cuarto, solo para llevarse una amarga decepción al ver no más que papeles llenos de trazos que le resultaban imposibles de descifrar, ya que era hebreo. Pero ahora por lo menos sabía que el joven se dedicaba a algún tipo de estudio.

Bueno, el muchacho todavía era joven, así que podía seguir haciendo eso por unos años más.

Cuando Mahoma llegó adonde Abu Talib, encontró a este en un estado de gran excitación. El tío había pedido la mano de una viuda bien acaudalada y había recibido el sí. Él, el lisiado, iba, después de todo, a poder disfrutar de una felicidad que él había considerado descartada para siempre.

Según lo dispuesto por la ley, empero, Mahoma era el cabeza de familia y tenía que dar su consentimiento al matrimonio; de lo contrario, este no tendría validez. Abu Talib estaba que temblaba: Mahoma podía ahora descubrir que él lo había estado privando de su herencia paterna.

Si el joven ahora exigía su herencia, el caudal que entonces quedaba resultaba poco apetecible. Con ello, empero, era probable que el matrimonio no se llegara a realizar.

Para Mahoma fue como si estuviera viendo a través de un cristal el corazón de su tío, y al ver cuán desesperadamente este se aferraba al dinero, sintió pena por él. Sin embargo, hubiera considerado injusto el no decir nada en absoluto, además de que la incertidumbre de Abu Talib no tendría para cuando acabar. Así que el joven dijo serenamente:

«Con gusto doy mi consentimiento a tu casamiento, pues tú sabrás si este significa tu felicidad. Y como regalo de bodas te doy todo lo que hasta ahora has visto como tu propiedad y has temido perder. Para mí solo voy a exigir este palacio con todo lo que forma parte de él. Esto es infinitamente poco en comparación con la riqueza que a partir de hoy pasa a ser tuya por ley. Eso sí, te ruego que no metas a tu viuda en esta casa».

«Ella tiene un bello palacio en el que de todos modos pensábamos vivir, Mahoma. Así que cuando ya yo, el mes que viene, me haya mudado, podrás hacer aquí lo que te plazca sin que nadie te moleste».

Ni una palabra sobre el generoso regalo. Nada de vergüenza por que Mahoma se diera cuenta del tipo de persona que él era. Solo alivio de haber salido tan bien librado. A Mahoma le costó olvidar la impresión que le causó el ver tanta avaricia. Era como si Abu Talib tuviera dos almas, una mala y una muy buena. ¿Cuál acabaría imponiéndose?

Tras el casamiento de Abu Talib, Mahoma volvió a ocupar su palacio paternal y residió allí rodeado de un cuerpo de sirvientes bajo las órdenes de Mustafá, el fiel anciano que amaba a su joven amo más que nada en el mundo.

Durante el día el joven trabajaba en el pabellón de Jadiya. Tan pronto los salones de venta cerraban sus puertas, se retiraba a su dominio. Rara vez tenía trato con personas de su edad. No sentía la necesidad de tener compañía.

Un día, empero, despertaron en él las ganas de viajar. Las reservas de perlas y de piedras preciosas se habían agotado y había que conseguir más. Mahoma le pidió a la viuda que lo dejara a él hacer la compra. La viuda reconoció que la cuestión no podía estar en mejores manos si se la encargaba a él y accedió.

Mahoma abandonó la ciudad de la manera más discreta posible, acompañado solo de dos fieles sirvientes. El joven tenía pensado cabalgar primero hacia la ciudad de Yatrib, ubicada al norte de Meca. Dicha ciudad habría de ser la más importante ciudad comercial de toda Arabia. Se decía que en determinadas fechas venían comerciantes de todas partes para comprar y vender. Esto atraía a Mahoma.

El joven llegó a la hora oportuna. Un animado ajetreo colmaba los amplios pabellones que la ciudad había construido al efecto y que solo abrían sus puertas para estas congregaciones de comerciantes tres veces al año.

Vestido sencillamente, Mahoma, tras haber tenido que mostrar su identificación en la puerta, se fundió con la masa de personas presentes en el lugar.

El colorido panorama que se le ofrecía a la vista ocupaba tanto su atención y sus pensamientos que casi olvida a qué había venido. Mas entonces las transacciones y las pujas, el incremento de estas pujas y el regateo lo estimularon. El joven se sumó y cerró muy buenos negocios. Después indicó a sus sirvientes que con cuidado se llevaran los bienes adquiridos.

Pese a que él, en realidad, ya había terminado sus asuntos, se le antojó quedarse hasta que se anunciara la conclusión de las ventas. Muchos mercaderes mayores que él le habían hablado de ello y lo habían animado a participar en las festividades que constituían la clausura.

En la noche del cierre Mahoma se encontró con que en el gran pabellón había mesas puestas, y alrededor de estas, gruesas esteras. Los hombres se sentaron en círculo y se sirvió una comida festiva. Durante la comida se repartió también un jugo de uvas fermentado que le gustó mucho a Mahoma. Pero ya con los primeros sorbos el joven sintió su efecto embriagador y no tomó más. Todos los demás tomaron sin excepción, aunque muchos con prudente moderación.

Cuando ya los alimentos habían sido devorados y se había servido el café fuerte, con su color marrón, todos los presentes miraron expectantes a Mahoma. El joven no sabía por qué hacían esto, pero decidió no preguntar nada y esperar a que ellos mismos se lo dijeran. Y los hombres iban a tener que hacerlo si es que querían que Mahoma hablase.

«¡Escucha, amigo!», le dijo uno de los comerciantes ya de cierta edad. «Tú eres el más joven entre nosotros. Y entre nosotros es siempre uso y costumbre que el más joven nos cuente algo a todos los aquí reunidos. Puede ser algo inventado o vivido personalmente; lo que sí no puede ser es algo leído».

«¿Por qué no me lo habéis dicho antes?», preguntó Mahoma, sorprendido. «Ahí podría haber inventado algo».

«Eso precisamente es lo más bello de esta costumbre: que el narrador no tiene ni idea», recibió por respuesta. «La sorpresa de la víctima resulta bien divertida, y a menudo uno oye, así, las historias más increíbles».

Mahoma tenía claro que algo tendría que contar. Pero ¿qué le iba a contar a estos hombres, entre los cuales algunos ya no estaban sobrios? Mientras aún estaba pensando, le dijeron algunos:

«¡Cuéntanos de mujeres! Eso, al fin y al cabo, es lo más bello».

«Que os cuente de mujeres(?)», dijo Mahoma, haciendo énfasis en la palabra “mujeres”.

Algunos de los hombres de mayor edad sintieron vergüenza. Mahoma, empero, hizo acopio de todas las fuerzas de su ser y pidió ayuda. Ahí se le apareció un cuadro, y otro, y otro más. Con la misma rapidez que pasaron ante el ojo de su alma, igual de rápido le revelaron lo que debía decir.

El joven se sentó recto y, tras agarrar una rosa que había en la mesa, comenzó:

«Este mundo, cuando fue creado, era perfecto, como todo lo que sale de la Mano del Altísimo».

Un grito lo interrumpió:

«¿Eres cristiano o judío?».

«¡Soy un ser humano!», fue la respuesta de Mahoma. «¡Dejadme continuar!».

«Todo en el mundo había sido pensado de la mejor manera. Altas se alzaban las montañas y entre ellas se extendía la verde alfombra de fértiles valles. Los ríos llevaban sus aguas hacia el mar y servían a los peces de morada. Los árboles mecían sus ramas bajo los rayos del sol y las aves cantaban entre las hojas, allí donde maduraban los frutos. Y los hombres, que dotaban de vida a esta Tierra, se complacían en ella. Estos capturaban peces y cazaban animales salvajes, como también criaban animales domésticos y cultivaban frutas.

»Y por el cielo se movía el amor divino y contemplaba la Tierra. Este amor también se alegraba de que todo hubiera sido organizado de manera tan práctica. Sin embargo, sentía que faltaba algo. Así, miró lo creado y se quedó pensando… Ya lo tenía: faltaba la belleza. Si bien había belleza en todo lo que se extendía bajo él, al tratarse de algo recién creado, aun así, la belleza de los jardines celestiales era diferente.

»Y la reina del Amor tomó uno de las rosas rojas que florecían a su alrededor y la dejó caer suavemente en la Tierra. ¡Cuán atónitos quedaron los hombres cuando llegó a la Tierra esa maravilla de belleza, color y fragancia! Sus almas comenzaron a recordar algo que una vez ya habían podido ver. “Rosa celestial”, llamaron a la bella flor, y la guardaron y cuidaron para que el cáliz diera semillas pese a que la flor había sido separada del tallo. Y allí donde estas semillas eran plantadas, florecían rosas, trayendo consigo su fragancia».

Lentamente, Mahoma, en un gesto involuntario, alzó la roja flor que tenía en sus manos. Los hombres escuchaban fascinados. ¡Eso sí que era una fábula maravillosa! Ya no había quien pensase en interrumpir al joven.

Y este continuó:

«Desde los jardínes celestiales, empero, observaba la bella Reina del Amor y se complacía en las muchas cosas bellas que su regalo había traído a la Tierra.

»En eso se le acercó una sublime figura femenina, la blanca Reina de la Pureza. Y el amor le mostró lo que había creado y la animó a que ella también mandara sus maravillosas flores blancas. A lo cual la Reina dijo:

»“Mis flores no sirven de nada en las manos de los hombres. Si hubiera de mandarlas a la Tierra, tendríamos primero que perdirLe al Creador que despierte guardianas para ellas, guardianas tan bellas y puras como las blancas flores”.

»Y fueron adonde el Creador y se lo pidieron. Este, por su parte, accedió y creó a la mujer.

«Bella y pura es como ha sido creada la mujer; procedente de cumbres celestiales, bajó esta a la Tierra a fin de ser una protectora para la pureza. Aquel que hable frívolamente de ella, aquel que coquetee con ella estará deshojando la blanca flor de la reina celestial de la pureza».

Mahoma había concluido su relato con voz conmovida pero seria. Los hombres estaban fascinados. Ninguno se atrevía a decir una sola palabra. Era como si todos se hubieran quedado pensando en cuántas flores maravillosas ya habían deshojado.

Mahoma se levantó de su asiento y, tras despedirse afablemente, abandonó el pabellón. Al marcharse el joven, se armó una gran alteración. Unos preguntaban:

«¿Que habrá querido decir él con ese relato? ¿Acaso no debemos seguir complaciéndonos en las mujeres?».

Había otros que, por su parte, exclamaban:

«¡Qué relato más maravilloso! ¿Quién será ese joven?». Hasta que un hombre mayor de blanca cabellera se levantó de su asiento y dijo:

«Marchémonos a casa y reflexionemos sobre lo que hemos oído aquí. Podemos complacernos en las mujeres mientras no dejemos de verlas como algo sagrado. Después de todo, uno puede complacerse también en las flores sin necesidad de arrancarlas».

Después se marcharon todos y muchos de ellos se llevaron algo para toda su vida.

Después de que Mahoma había regresado de Yatrib y se había cerciorado de que todos los objetos de valor adquiridos habían llegado bien, le entró una gran inquietud interior.

Tras años de haber vivido recluido, había probado la libertad, había probado el respirar aire puro, y ahora la vida fuera de las cuatro paredes de una casa lo llamaba de manera irresistible. Tan a menudo como podía, Mahoma paseaba por los alredores, mas esto no lo satisfacía del todo.

Al principio el joven no sabía qué era lo que se agitaba en su interior, hasta que una noche vio con toda claridad que no se trataba más que del anhelo de algo grande y libre.

Ahí Mahoma se acordó de las ayudas de Dios en su temprana juventud, se acordó de cómo sus peticiones más insignificantes habían sido escuchadas misericordiosamente, y con cándida fe volcó toda su preocupación a los pies del Altísimo.

«Señor», dijo Mahoma, después de haber revestido su anhelo en palabras, «estoy dispuesto a seguir trabajando en el pabellón y la bóveda si esa es Tu santa voluntad, pero si Te da igual dónde esté activo hasta que Tú puedas necesitarme, entonces permíteme salir al mundo».

Tras esta plegaria, su alma se vio colmada de gran serenidad y confianza. Mahoma sabía que ahora Dios hablaría y le mostraría lo que él debía hacer. Ya no estaba afligido.

Así, no se extrañó cuando a la mañana siguiente Jadiya le comunicó que le había prometido a un pariente ‒Waraka era su nombre‒ darle la posibilidad de, bajo la supervisión de Mahoma, aprender el oficio de comerciante.

Eso era ya un empezar en el camino a darle más libertad de movimiento a Mahoma. Si Waraka aprendía bien el oficio, entonces él, Mahoma, se volvería prescindible.

Así que Mahoma accedió con alegría a instruir al joven, que era unos quince años mayor que él.

Waraka vino y le cayó de lo más bien a Mahoma. De mirada diáfana y carácter reflexivo, el joven parecía estar interesado en otras cosas también y no solo en cuestiones relacionadas con el negocio. Las cosas nobles le daban tanto gozo como a Mahoma y las imitaciones y lo falso le resultaban igual de horribles que a este último. Era de esperar que dos individuos tan parecidos se hicieran amigos.

Un día Waraka le preguntó al amigo qué fe profesaba. Este, en lugar de responder a su pregunta, le preguntó, por su parte, en qué creía.

«Me resulta imposible creer en algo o en alguien», dijo el preguntado. «Justo por esa razón quería saber qué credo has escogido, para yo, entonces, hacer lo mismo».

«Pero ¡eso está mal, Waraka!», lo reprobó Mahoma. «Uno no puede escoger una fe por causa de un ser humano. Si pudieras aceptar un credo a tu antojo y abdicar de él cuando estimes conveniente, entonces es imposible que ese credo sea genuino. Fe es convicción, es vivenciar de lo íntimo del alma. Algo así no se puede cambiar como uno se cambia de ropa. Pero tampoco puede ser encerrado en fórmulas humanas».

Waraka reflexionó al respecto y acabó dándole la razón al amigo.

«Después de haber oído tu explicación, tengo que decir que sí que tengo una fe, pues creo en Dios el Señor, del que me has estado hablando. Al culto fetichista ya he renunciado, pues nunca fue sagrado para mí».

«Yo también creo en Dios mi Señor», dijo Mahoma, serio. «Igualmente creo en Jesús, Su Santo Hijo, que vino a la Tierra para prender de nuevo la Luz de la cual prácticamente no quedaba más que humo».

«Entonces, ¡eres cristiano!», dijo Waraka, atónito.

«¡No, cristiano no soy!», negó Mahoma casi vehementemente. «No creo que Cristo haya muerto por nuestros pecados, sino por causa de nuestros pecados. Ahí hay una diferencia elemental. Pero tampoco creo que Cristo haya podido cumplir Su santa misión. Los pecados y la ingratitud de los hombres se lo impidieron.

»Estoy seguro de que Él vendrá de nuevo. Pero esta vez hará acto de aparición de otra manera: vendrá rodeado de gloria y juzgará al mundo entero».

«De eso tienes que contarme más, para yo poder captarlo y entenderlo», pidió Waraka. «Pero primero dime una cosa: ¿qué quieres decir con eso de que Cristo murió por causa de nuestros pecados? ¡Cuando eso sucedió, nosotros ni siquiera estábamos aquí en la Tierra!».

«¿Y cómo puedes estar tan seguro de eso?», le dijo Mahoma burlona y apasionadamente. «Yo te digo que por lo menos yo estuve en la Tierra en aquel entonces. Yo veo a Cristo recorrer Su camino, a Él, el más bello de todos los hijos humanos, pero no a ese Cristo que describen los sacerdotes cristianos, un Cristo blandengue y que con omnímodo amor todo lo perdona, sino al Cristo de viril severidad que al mismo tiempo despide amor y compasión.

»Yo veo a Cristo alzar Sus santas manos para ofrecer bendiciones y ayuda; Lo veo apartar con disgusto su mirada de aquellos que se acercaban a Él indignamente.

»Oigo Su voz, que era tan eufónica que con omnímoda fuerza Le ganaba los corazones, y que podía rugir como trueno de tal manera que hacía estremecer los corazones de los pecadores.

»Veo a Cristo, el Hijo de Dios, lo más santo que ha pisado la Tierra, clavado a la cruz, sanguinolento, víctima de un asesinato».

Mahoma prorrumpió en amargo llanto. Fue como si algo reprimido hacía mucho tiempo buscara liberarse violentamente. Con gran trabajo, el joven recuperó la compostura y se volteó hacia su amigo, quien había escuchado sus palabras conmovido.

«Yo veo, oigo y siento a Jesús bien cerca de mí y estoy seguro de que en aquel entonces me fue dado estar cerca de Él. Sin embargo, cuando quiero escuchar en mi interior con mayor atención, cuando siento el deseo de saber quién fui en la Tierra en ese tiempo, se interpone un velo entre mis recuerdos y yo, y no se me permite el saberlo».

«¿De qué te podría servir el saberlo?», le preguntó Waraka, pensativo.

«Quizás ahí podría enmendar el fallo que cometí entonces y podría servir al Hijo de Dios con mayor conocimiento de causa».

«¡Eso está mal, Mahoma!», replicó Waraka. «Todo eso lo puedes hacer también sin contar con ese saber. Hazte la idea de que fuiste un gran pecador y trata de expiar esa culpa. Creo que eso debería ayudarte a servir conscientemente».

«Seguramente, tienes razón», concedió Mahoma. «Supongo que no se trata más que de vana curiosidad y que, por eso, Dios no le ha hecho caso».‒

Waraka llevaba ya cerca de un año trabajando en el negocio y Mahoma no se podía cerrar a lo que le resultaba obvio, que en el pabellón no había suficiente trabajo para los dos.

Uno de los dos tendría que buscar empleo en otro lugar. Y lo más lógico era que el familiar se quedara y el extraño se marchara. Ese era también el deseo de Mahoma. No obstante, él prefería no precipitar nada y esperar las instrucciones de Dios.

Quizás podía orar por eso también(?). Pero el orar por ello no daría la impresión de que él creía que Dios lo había olvidado(?). Mientras le daba vueltas al asunto sin llegar a una conclusión, le salió:

«¡Altísimo, mi Dios y Señor, estoy a la espera!».

¡Caramba!, eso había sido una plegaria, pero al mismo tiempo una amonestación. Mahoma se alarmó. ¿Iría Dios a enojarse con él? Mahoma se avergonzó de lo dicho y sintió gran humildad.

Sus ruegos fueron oídos. En la noche el Señor le mandó a decir que podía prepararse para emprender la marcha. Podrían pasar hasta dos años antes de que él volviera a poner un pie en Meca. En cuanto a la destinación del viaje y a su propósito, Mahoma no recibió ninguna información. Pero el hecho de que ya tuviera una decisión lo colmó de gran alegría, alegría esta a la que dio expresión con loas y alabanzas.

Al mismo día siguiente Jadiya vino al pabellón de venta, donde ya apenas se le veía el pelo, y le comunicó a los dos amigos que le había llegado noticia de que en Halef había muerto un deudor de su esposo. Uno de los dos jóvenes debía ir allá para cobrar la deuda de la herencia dejada por el fallecido.

Semejante motivo para emprender un viaje le resultaba tan desagradable a Mahoma que este, con toda seguridad, hubiera enviado a Waraka si no se le hubiera comunicado la noche anterior la voluntad de Dios. Así, Mahoma se ofreció tranquilamente a acometer el viaje y cumplir la encomienda lo mejor posible.

También Jadiya hubiera preferido que hubiese sido su primo quien asumiera la gestión, pero comprendía que Mahoma, con su gran inteligencia, era mucho más idóneo para la tarea.

Con gran ecuanimidad, Mahoma comenzó a hacer los preparativos de su viaje y le cedió a Waraka la supervisión de todo el negocio. El ofrecimiento de Jadiya de darle sirvientes no lo aceptó. Mahoma prefería ir acompañado de sus propios sirvientes, que le eran totalmente leales. En cambio, sí tomó de las ganancias del pabellón el dinero necesario para el viaje, cosa que le correspondía hacer, dado que iba a hacer un trabajo por encargo de Jadiya.

No bien había dejado Meca atrás, la alegría por el viaje lo embargó. Vívidamente se acordó de la primera vez, cuando, siendo un niño, recorrió con el tío ese mismo camino.

Esta vez cabalgaba al lomo de un noble corcel que era suyo propio, y que provenía del establo de su padre. Si bien en aquella ocasión había encontrado desolado y aburrido el camino que corría a lo largo del borde del desierto, esta vez le daba mucho que pensar.

Constantemente se veía obligado a trazar comparaciones con la vida humana. Así de cubierto de arena como estaba lo que una vez fuera un suelo fértil, igual de sepultado estaba lo bueno en los corazones de los hombres. Así como la arena entraba por todas partes, incluso por las más pequeñas hendijas, del mismo modo entraban los pecados y los malos pensamientos en las almas humanas tan pronto los hombres daban pie a ello con sus acciones.

Mahoma vio al borde del camino una plantita que, pese a lo estéril del suelo, se esforzaba por dar flores y frutos. El joven se apeó del caballo de un salto y le echó agua a la fatigada planta. Sus acompañantes se rieron:

«No le servirá de mucho: con este calor es poco lo que va a durar».

«Si todo el que pasara por aquí hiciera lo mismo, la planta se salvaría», repuso Mahoma. Y así ello, para la planta, haya sido no más que un solaz de corta duración, estuvo bien el hacerlo».

Esta pequeña vivencia también se convirtió en una parábola para él.

El camino casi que fue demasiado corto para todo lo que fluía en su alma. Antes de lo que él esperaba, arribaron a Halef. Ni siquiera se llegó a fijar en el convento donde una vez estuvo, cosa de la que se vino a dar cuenta cuando divisaron las primeras casas de Halef. Su intención había sido entrar al lugar, pero ahora no lamentaba el no haber podido realizar su propósito. ¿Qué iba a hacer ahí? Más adelante, cuando ya fuera un instrumento de Dios, seguro que le sería dado el hablarles a los hermanos. Ahora sería demasiado pronto.

Halef había cambiado bien poco. Seguía siendo la misma ciudad compacta con sus calles estrechas y su vida definida totalmente por el comercio.

En un albergue de carretera el grupo encontró buen alojamiento. Lo primero que hizo Mahoma acto seguido fue ir a ver a las personas que administraban el legado del deudor. Lo que se encontró fue un embrollo prácticamente inextricable en los negocios del finado.

Pese a la mayor voluntad de los herederos, no se había podido traer claridad a los asuntos del fallecido. Mahoma se dio cuenta de que iba a tener que hacer uso de todas sus fuerzas para resolver la tarea que le había sido encomendada.

Enseguida se dejó oír la conocida voz en su interior que siempre se anunciaba cuando había algo que hacer que no era enteramente de su agrado.

«¿Acaso vale la pena que el futuro instrumento de Dios malgaste tiempo y fuerzas en cuestiones de comercio?», murmuró la voz.

Mas Mahoma le hizo callar de inmediato.

«Si Dios hubiera querido otra cosa, entonces ya habría comunicado Su voluntad. Ahora lo que hay que hacer es callarse y ponerse a trabajar».

Ciertas horas del día las destinó a tratar los asuntos que lo habían traído al lugar, y el tiempo sobrante lo pasaba contemplando el mar, el puerto y la ajetreada vida en torno a este, así como también en tranquila introspección.

Para las otras cosas que esa ciudad llena de gente proveniente de cualquier cantidad de países podría haberle ofrecido, Mahoma no tenía ni ojos ni oídos. Esa actitud no dimanaba de alguna resolución ex profeso; más bien era como si él estuviera ciego y sordo a todas las tentaciones a las que los jóvenes, normalmente, sucumben.

Puro y despreocupado pasaba, sumido en sus pensamientos, por la inmundicia y lo oscuro sin que nada de esto encontrara acceso a su alma.

Como es lógico, sus acompañantes se percataron de esto y grande era la alegría que reinaba entre esos fieles por la sabiduría y la virtud de su joven señor.

Un día a Mahoma se le ocurrió visitar la casa en la que en aquel entonces halló a Abu Talib. Como no conocía el nombre de aquellas personas, se le hizo difícil encontrar la casa indicada en el laberinto de casas y callejuelas. Pero de repente Mahoma quedó convencido de que era voluntad de Dios que él fuera allí. Así que seguro que, como en aquella ocasión, ahora también se le mostraría el camino.

Vívidamente le vino a la mente el recuerdo del niñito herido que había llevado en sus brazos y, como aquella vez, lo escuchó decir: «ahora a la derecha», «ahora a la izquierda».

Sin darse cuenta fue siguiendo las instrucciones… y llegó a la calle correcta. Ahora podía ver la casa, que estaba más ruinosa aún.

Sin vacilar entró a la misma y se encontró con un gentío que casi era demasiado grande para la pequeña sala de estar. En medio del grupo se encontraba un niño sumido en llanto y en el cual Mahoma reconoció a su pequeño amigo. Mahoma le habló al niño, pese a que ya no se acordaba de su nombre.

El niño alzó su rostro cubierto de lágrimas y este se le iluminó con el reconocimiento de quién tenía delante de sí.

«¡Señor!», exclamó, «Madre ha muerto. Y ahora me quieren vender. ¡Cómprame tú, te lo ruego, que tú eres bueno!».

Atónitos, los hombres miraban al forastero de suntuoso atavío, el cual parecía ser conocido aquí. Mahoma se le acercó al niño y lo tomó de la mano.

«Gente, ¿es cierto lo que el niño dice?», preguntó. «¿Por qué lo queréis vender como si fuera un objeto?».

«Lo obtenido de la venta de la casa y de los enseres domésticos no alcanza para pagar las deudas del padre muerto y el entierro de la madre. El niño todavía no puede ganar su dinero, así que tendríamos que esperar mucho tiempo para cobrar lo que se nos debe. Pero ahora hay cualquier cantidad de traficantes que compran niños así de pequeños y se los llevan en sus barcos a otros países. El que más dinero ofrezca se lo lleva».

Mahoma fue presa de la indignación. ¡De seguro que cosa semejante no era voluntad de Dios!

Mas se dio cuenta también de que con buenas enseñanzas nada podría hacer aquí para evitar algo así. Además de que se encontraba en Siria, lugar cuyas leyes le eran desconocidas. Así que decidió proceder de otra forma.

«¿Cuánto dinero les falta para cubrir la suma necesaria?», preguntó con la mayor indiferencia posible.

Los hombres mencionaron una cifra bien pequeña. Mahoma volvió a preguntar:

«¿Llegaría lo ofrecido por un comprador a la suma que han mencionado?».

«Señor, ¡¿cómo se le ocurre?!», se indignaron los hombres. «¡¿Pedir tanto dinero por un niño tan flaco y debilucho?! Nos daríamos por satisfechos si alguno de los licitadores nos ofreciera la mitad de esa suma».

Enseguida se alzó un clamor:

«¡¿La mitad?! ¡Consideraos dichosos si recibís una tercera… no, una cuarta parte de la suma!».

Las cifras volaban en gran caos; tal parecía que los hombres competían a ver quién ofrecía menos dinero.

En eso Mahoma gritó la palabra «paz», y puso así fin a la algarabía.

«Hombres, os voy a dar la suma que necesitáis; ya que me sentiría mal si hubierais de salir perjudicados», dijo afablemente. «A cambio, me llevo al niño con lo que tiene puesto. El resto de su ropa y cualquier otra posesión que pueda tener las podéis vender también. ¿Os parece bien?».

¡Que si les parecía bien! Casi se inclinan hasta tocar el suelo con la frente ante este distinguido señor, este benefactor que se merecía la bendición de los dioses.

El niño, por su parte, se acercó a Mahoma y le tomó la mano confiadamente. Ni una sola mirada le echó a su entorno al abandonar la choza en compañía de su protector.

Asidos de la mano, recorrieron las callejuelas hasta llegar a una parte que le era conocida a Mahoma. Una vez allí este pasó a ser el guía y enseguida llegaron al albergue, donde Mahoma puso al pequeño bajo el cuidado de Mustafá. Este debía encargarse de que el niño se aseara y recibiera ropa que ponerse. El alojamiento no sería un problema.

«¿Cómo te llamas?» le preguntó Mahoma antes de regresar al centro comercial.

«Mi madre me llamaba Said», respondió el niño.

«¿Y cuántos años tienes?», quiso saber Mahoma.

El interrogado no tenía la más mínima idea. En eso su protector empezó a sacar cuentas. El niño debía haber tenido tres, cuatro años cuando él lo cargó en sus brazos. ¿Cuánto tiempo hacía desde que él estuvo en Halef esa vez? Habrían pasado cinco años, si acaso más. Así que Said debía de tener de ocho a nueve años.

Mustafa asintió con la cabeza en señal de estar de acuerdo con el cálculo de su señor. Esa era la edad que él también le había echado al niño. Así que debía de estar correcta. Por lo demás, el niño le simpatizaba, con su delgada constitución y sus bonitos ojos. Más no se podía ver aún. Said estaba mugriento, vestido con harapos y se veía temeroso.

«¿Qué ha pensado el señor hacer con el niño? ¿Cómo lo visto?», quiso saber el fiel sirviente.

«No he pensado aún al respecto», reconoció Mahoma. «Vístelo bien, pero simple. Pronto se evidenciará con qué fin ha llegado a mi vida».

Cuando a la noche siguiente Mahoma entró a su habitación, prácticamente, ya se había olvidado del niño. La jornada le había traído mucho trabajo difícil, y también muchos problemas y alteraciones innecesarias.

Como siempre, Mustafá había preparado todo lo necesario para la cena. Cansado, Mahoma se sentó a la mesa. En eso entró un pequeño sirviente ataviado de bonita indumentaria y le ofreció con habilidad y buenos modales una fuente humeante.

Su señor casi no lo reconoció. El buen aseo, los cuidados, la suficiente alimentación y sueño, combinados con la buena ropa, habían, en tan solo dos días, transformado completamente a Said.

Este se alegró del asombro en la mirada de Mahoma y, en su alegría, juntó las manos en un gesto tan cándido y expresivo que daba gusto verlo.

«Pues bien, Said, ¿qué tal te sientes aquí?», preguntó con bondad Mahoma, que mediante la conversación quería conocer la manera de pensar del niño.

«Todo me parece muy bonito, como debe ser en el lugar donde están las almas», dijo el niño, radiante.

Eso le hizo recordar a Mahoma que la madre de este niño había sido judía. Mahoma le preguntó entonces si su madre lo había instruido en cuestiones de fe, a lo cual Said dijo que la madre había orado con él todos los días y le había contado de Dios.

«Pero desde aquella vez que estuviste en nuestra casa, señor, Madre también hablaba del Mesías al que los judíos no habían reconocido y habían terminado asesinando. Ella solía decir que eras tú quien nos había traído ese saber».

El niño nunca había ido a la escuela; no obstante, la madre le había enseñado a leer y escribir y también algo de aritmética.

«¿Estaba tu madre tan bien instruida?», preguntó Mahoma, asombrado.

«Sí, ella recibió una buena educación. Provenía de un noble linaje judío, la tribu Levi. Pero al casarse con mi padre, dejó de ser noble».

«Y tu padre, ¿quién era?», indagó Mahoma, a quien el pequeño le simpatizaba cada vez más.

«Un hombre malo», fue la respuesta. Mahoma se quedó mirando con sorpresa al pequeño.

«¿Fue tu madre quien te dijo eso?».

«No, señor; eso era lo que siempre decían los vecinos, y madre entonces acostumbraba a decir: “ningún ser humano es tan depravado como para que otros puedan tomarse la libertad de juzgarlo”. Yo nunca entendí lo que ella quería decir con esto, pero esas palabras nunca se me han olvidado».

«Más adelante te las explicaré», le prometió Mahoma.

Un poco después, este mandó al pequeño a la cama, pero antes oró con él y dio gracias a Dios por haberle enviado este compañerito.

«¿Tú Le das las gracias a Dios?», dijo Said, asombrado. «Soy yo quien debería dar las gracias por poder estar contigo».

«Lo puedes hacer», lo animó Mahoma. Sin ninguna timidez, el pequeño alzó las manos como había visto hacer a su señor, y dijo:

«¡Oh, Señor, Te doy las gracias por haberme traído a un lugar donde mi alma no necesita pasar hambre. Agradezco tu misericordia».

Conmovido, Mahoma se dijo que este niño le recompensaría enormemente su buena acción.

A partir de ahí, Mahoma comenzó a dedicar un rato de su tiempo libre a instruir al niño, que ponía empeño y voluntad en su aprendizaje y captaba bien lo que se le enseñaba. Mahoma empezó también a llevárselo a menudo consigo en los paseos que hasta ese entonces había hecho a solas y en los que ahora le mostraba al pequeño las maravillas de la naturaleza.

Así, un buen día preguntó el niño:

«¿Quiénes son esos agradables hombrecillos que me saludan y asienten con la cabeza? Ya los había visto muchas veces, pero casi siempre se alejaban a la carrera cuando nos veían venir».

«¿Hombrecillos?», preguntó Mahoma. «Yo no veo ningún hombrecillo. ¿Dónde es que los ves?».

Said señaló un prado en el que había unas cuantas piedras. Mahoma miró con detenimiento, pero no vio ninguna figura. Lo único que le parecía ver eran sombras grises que iban sigilosamente de un lado a otro.

El hombre meneó la cabeza. No tenía ni idea de lo que el niño habría visto y había tomado por hombrecillos. No obstante, no quería avergonzarlo; así que no lo contradijo cuando éste ahora le dijo:

«Quizás vosotros los adultos no podéis ver a los pequeños seres. Madre decía que solo a los niños les es dado ver a los ángeles. A lo mejor, los hombrecillos son algo así como ángeles».

A partir de entonces Said relataba fielmente dónde y cuándo veía a los hombrecillos, de modo que Mahoma acabó familiarizándose con esos seres que no podía ver.

Una de las cosas que más les gustaba a Mahoma hacer con el muchacho eran los paseos en el mar, los cuales realizaban en barcas remadas por pescadores. A Mahoma le gustaban los movimientos balanceantes del barco, y ni siquiera le molestaba cuando el mar se ponía picado y tempestuoso. El niño, por su parte, exultaba en tales ocasiones y recitaba todas las partes de los salmos que tienen que ver con el mar.‒

Los dos años de los que había hablado el mensajero de Dios ya casi habían transcurrido y los complicados asuntos podían quedar totalmente resueltos en unos pocos días. En el alma de Mahoma surgieron entonces pensamientos e interrogantes sobre el futuro inmediato. ¿Cómo habría de transcurrir su vida en lo adelante? ¿Sería aún demasiado temprano para que Dios pudiera necesitarlo?

Ya desde hacía un tiempo, sus oraciones iban mezcladas con peticiones de recibir orientación con respecto al futuro, de recibir instrucciones, órdenes. Pero por mucho que pedía y suplicaba, no se le comunicaba nada.

La última noche antes de su partida, Mahoma creyó ver al hermano Cirilo buscándolo con la vista. ¿Sería eso una señal? Sea como fuera, estaba decidido a desviarse un poco de su ruta para visitar al hermano. Puede que todavía estuviese vivo.

Así que mientras, al día siguiente, su séquito siguió sin desviarse el camino de regreso, él se separó de su gente y cabalgó solo hacia el pueblo.

El elegante jinete era objeto de admiración y asombro, mas sin problemas encontró el «buen lugar de reposo» y, por consiguiente, la casita del piadoso hermano. Atraído por el sonido de los cascos del corcel, Cirilo había salido de la casa y miraba con curiosidad al forastero. Mahoma lo llamó.

La ancianísima figura del hombre se animó. Con alegría, este extendió ambas manos hacia el recién llegado y le dio la bienvenida con palabras también.

«¡Así que me es dado verte de nuevo, hijo mío!», dijo el viejo, emocionado de la alegría. ¡Cuánto he anhelado verte! ¡Y entretanto te has hecho todo un señor!».

Mahoma se apeó del caballo, que fue amarrado donde el vecino, y entró a la casita que conocía tan bien y en la que había pasado cinco años de su vida.

Ahí tuvo que contar y contar; Cirilo quería saberlo todo. Este, por su parte, tenía poco que contar; sin embargo, consejos que dar si tenía bastante, muchos buenos consejos que se le habían ocurrido durante los años de la separación y que le hubiera gustado haberle dado a su discípulo para que se los llevara consigo. Resulta que, despues de todo, sí que iba a poder dárselos.

El viejo casi que no tenía para cuando acabar con sus consejos. Las horas pasaron volando; pero Mahoma quería reunirse con su séquito antes de que cayera la noche. Así que se dispuso a partir, pero en eso el piadoso hermano lo retuvo una vez más.

«¡Mahoma, hijo mío, presta atención a esto que te voy a decir: ¡Tienes que desposar a una mujer! Sin eso jamás podrás ser un verdadero instrumento de Dios. Créeme. Yo he experimentado en mí mismo que el hombre solo no es más que la mitad de un ser humano. Solo cuando llega a tener mujer e hijos, le es posible entonces entender a la humanidad. Y para él mismo es mejor no ir por la vida solo. Créeme, hijo mío. Este consejo que te estoy dando es un buen consejo. ¡Síguelo!».

Ahora sí que se despidieron y, acto seguido, el huésped partió a toda prisa. Bastante tarde fue que llegó al campamento que su séquito, entretanto, había levantado.

«Temimos por ti, señor», dijo uno de los sirvientes. «Pero Said nos aseguró que no te había pasado nada. Era tanta su confianza que nosotros también cobramos ánimo».

«¿Qué fue lo que te dio tanta confianza, muchacho?», preguntó Mahoma medio en broma. La respuesta, empero, lo sorprendió:

«Los pequeños hombrecillos me dijeron que solo te habías retrasado y que no te había ocurrido nada».

«¿Desde cuándo puedes oír lo que dicen los invisibles?», preguntó Mahoma, sumamente sorprendido.

«Señor, desde hoy, después de haber orado por ti».

En el momento justo llegaron a Meca. Al lomo de un pequeño caballo que le compraron en Halef, Said había hecho el viaje como si nada, como si desde siempre hubiera estado acostumbrado a cabalgar.

Asimismo, costaba que algo lo sacara de paso, cosa que Mahoma notó con alegría. Sin embargo, el arribo al palacio de los Quraish fue demasiado para el equilibrio del niño.

Este jamás había visto una casa así, rodeada como estaba de floridos jardines. Apenas se atrevía a entrar en ella. La decoración y el mobiliario de las habitaciones le arrancaban una exclamación de júbilo tras otra. Todos se regocijaban con el niño y competían entre sí por mostrarle algo cada vez más bello.

Al día siguiente, Mahoma se trasladó al pabellón de venta, donde Waraka ya lo esperaba. La noticia de su regreso se había esparcido rápido como la pólvora.

Jadiya también se apareció enseguida para saludar a su delegado, como ella le llamaba. Mahoma pidió que se le permitiera rendir cuentas sin dilación de lo alcanzado por él, y aunque la mujer no parecía tener ningún deseo de hablar de cuestiones de negocio, no le quedó más remedio que someterse a la voluntad más fuerte.

Mahoma había cambiado mucho en los dos últimos años. Los que aguardaban su regreso lo contemplaban con agrado. El joven se había hecho todo un hombre, orgulloso y recto, y al mismo tiempo afable y bondadoso.

Su belleza era aún mayor que cuando niño. Una fina barba negra se ensortijaba en su mentón y mejillas a la vez que un pelo encaracolado y bastante largo enmarcaba su delgado rostro.

Su tendencia a cierta corpulencia parecía haber desaparecido. Su cuerpo era fibroso y su andar, ligero. Nadie hubiera podido adivinar su edad.

La rendición de cuentas tomó varios días. Después Mahoma quiso saber qué había pasado durante su ausencia y Waraka tuvo el placer de, por su parte, poder contarle cosas buenas también.

Ese mismo día Jadiya le pidió a Mahoma que la acompañara a su apartamento, en el cual él nunca había entrado.

Como él antes le había preguntado por unas piedras preciosas que ella guardaba en sus aposentos, como decía ella, él asumió que la mujer querría darle las piedras o al menos enseñárselas.

En lugar de eso, Jadiya lo condujo a una habitación llena de almohadones, cojínes y tapices, y donde los pies se hundían en pura blandura, y le pidió que se sentara donde gustase. El aire, lleno de todo tipo de fragancias, le resultaba opresivo al hombre, pero, aun así, este no se atrevió a a abrir ninguna ventana.

«Quería conversar algo contigo, Mahoma», comenzó Jadiya, tanteando el terreno.

Mahoma la interrumpió antes de que la mujer pudiera continuar:

«¿Y tenía que ser aquí en tus aposentos? ¿No podríamos haberlo hablado abajo, en el pabellón? El aire aquí es tan sofocante y opresivo».

«Lo que tengo que decirte, amigo mío», retomó Jadiya el hilo de su discurso, «tiene poco que ver con el pabellón de ventas. Y cosas así tenemos que hablarlas aquí arriba».

Mahoma esperaba con tensión lo que vendría. La mujer volvió a hablar:

«Hace apenas ocho años que quedé viuda. Tú llevas casi el mismo tiempo de asistente mío. El negocio ha florecido bajo tu cuidado. En ese tiempo te has hecho un hombre. Yo, por mi parte, estoy sola y sin hijos.

»Es cierto que soy mayor que tú, pero toma eso como garantía de que siempre te seré fiel. Ya no quiero seguir soltera. Si me rechazas, le daré mi mano al primero que quiera mi negocio y mi casa y a cambio esté dispuesto a desposarme».

La mujer había dicho más de lo que tenía pensado. Mahoma la contemplaba horrorizado. No se había esperado esto.

«¡No digas más, Jadiya!», le suplicó. «¡No deshojes la blanca flor de la pureza!».

El tono en que estas palabras fueron dichas la tocó. Pero aun así, la mujer lo miró sin entender.

«¿Qué me quieres decir con eso, amigo mío?», le preguntó. «¿En qué afecta mi pureza que yo te pida que seas mi esposo y compañero? Desde hace años eres, como quien dice, el dueño y señor del pabellón de ventas. Todo se ha hecho de acuerdo a tu voluntad. Este, para ti, no es más que un pequeño paso para convertirte en el dueño de verdad.

»Después de todo, algún día te tendrás que casar. Un hombre sin esposa e hijos es un hombre a medias. A mí ya me conoces. Conmigo sabes a quién estás metiendo en tu casa. Piénsalo, amigo mío, pero no me hagas esperar mucho tiempo por tu respuesta».

La mujer, en realidad, tenía pensado añadir que muchísimos hombres estarían felices de recibir semejante proposición, pero sintió que con esas palabras no haría sino espantar al esquivo joven, así que no dijo más.

Mahoma, empero, estaba como privado. Cirilo le había dicho que tenía que casarse. Y ahora la mujer se le ofrecía. ¿Acaso sería esto un resultado de la guía de Dios? El hombre era un torbellino de pensamientos y emociones. Le hubiera gustado salir corriendo para jamás regresar. Pero no podía hacer eso hasta que no hubiera indagado cuál era la voluntad de Dios.

«Mañana te digo, Jadiya», dijo con la mayor amabilidad posible. «Tu ofrecimiento me ha tomado por sorpresa. Hasta ahora siempre he creído que el hombre es quien debe pedir la mano de la mujer. Tú lo estás haciendo a la inversa, cosa que no es de mi agrado. Pero lo voy a pensar. Quizás obtenga una respuesta».

El hombre se marchó a casa sin volver a entrar al pabellón de ventas. Su cabeza era un torbellino de pensamientos. Menos mal que en la tranquilidad de sus aposentos tendría la posibilidad de luchar por obtener claridad.

Said, quien con su innata delicadez de intuición se dio cuenta de que su protector deseaba estar solo, se retiró desapercibidamente. Aun así, Mahoma no consiguió quedarse a solas: Waraka vino a verlo para hablarle de un importante asunto de negocios.

Una vez discutidas las cuestiones de trabajo, el visitante vacilaba en dejar a su amigo. Aquel tenía la sensación de que éste estaba atormentado por pensamientos que aún no lograba dominar, y se imaginaba la esencia de estos pensamientos.

«Estás turbado, Mahoma», comenzó cariñosamente. «Mira, yo soy más viejo y tengo más experiencia de la vida que tú. Cuéntame lo que te pasa y permíteme que te aconseje. Muchas veces las cosas se aclaran cuando uno las expresa en palabras».

Mahoma se quedó mirando a su amigo. Sabía que en él podía confiar. Puede que de verdad le ayudase el hablar con él el engorroso asunto.

En eso Waraka volvió a tomar la palabra:

«Créeme, yo conozco a Jadiya desde que éramos muchachos. Tú mejor que nadie puedes despertar en ella todo lo bueno que dormita en su interior. Es mucho lo que has logrado ya y vas a lograr todavía más, ya que Jadiya te ama».

«¿A mí?», dijo Mahoma, atónito y sin poder dar crédito. «De eso ella nunca ha dicho nada».

A duras penas logró Waraka contener una sonrisa. ¡Qué poco mundo tenía este hombre que tan sabio era en otras cuestiones!

«Muchas razones que puede tener ella para no habértelo dicho, amigo mío», le explicó. Lo que sí te puedo decir sobre ella es que algo de delicada pureza ha logrado preservar, pese a que la vida que se vio obligada a llevar al lado de su marido la obligó a deshacerse de muchas cosas. Bajo tu influencia, Jadiya volverá a ser una mujer de verdad; de eso estoy seguro».

Era verdaderamente amistad lo que le hacía a Waraka hablarle así al amigo. Él sabía que más tarde o más temprano Mahoma habría de casarse; otra cosa no era de esperar teniendo en cuenta toda la disposición y el carácter del joven. Pero de éste nunca saldría el cortejar a la mujer; siempre habría que alentarlo. Y de esa forma podía acabar teniendo experiencias más amargas que lo que pudiera vivir con Jadiya.

En el alma de Mahoma, empero, se liberó algo durante esta conversación. Cuando Waraka se marchó, el joven ya estaba más tranquilo. De una cosa estaba seguro ahora: la cuestión del casamiento era para él algo meramente terrenal. Su alma no se veía afectada por ello, ni lo estaría en el futuro tampoco.

El beato hermano había tenido razón cuando dijo que él debía llegar a conocer todos los aspectos de la vida para poder ser un líder para los demás. A Jadiya él ya la conocía y sabía que tipo de entendimiento podía esperar de ella. Pues bien, echaría mano de la oportunidad que se le ofrecía.

Cuando se disponía a orar, se acordó de que había pensado poner ante el Trono de Dios la pregunta que lo ocupaba. Ahora, sin embargo, opinaba que eso jamás debía suceder. Algo tan terrenal tenía que resolverlo el propio hombre, sin importunar a Dios con ello.

Así que lo que hizo fue darLe las gracias a Dios por haberle dado de inmediato la oportunidad de poner en práctica el consejo del beato hermano.

Al día siguiente, Mahoma fue adonde Jadiya, quien por dentro estaba que temblaba, y con gran serenidad y amabilidad le comunicó que estaba dispuesto a casarse con ella.

La alegría de la mujer fue tan impetuosa que lo asustó. Al darse ella cuenta de esto, se controló. Ahora, empero, quería que su unión, para la cual no existía ningún obstáculo, se realizara sin dilación. Mahoma era el cabeza de familia y, por lo tanto, no necesitaba el permiso de nadie. El joven dejó que la mujer se encargara de disponer todo lo necesario.

Una vez en casa, le informó a Mustafá de los cambios que habrían de tener lugar en su vida. El fiel hombre se abstuvo de hacer cualquier comentario; en su lugar, trajo un manuscrito que Abd al Muttalib le había dado antes de morir para su nieto, todavía pequeño cuando aquello. Este escrito se lo debería dar a Mahoma solo cuando éste estuviera ya a punto de casarse.

«¡Eres un soñador, Mahoma!», escribió el viejo. «Cuando crezcas, serás un necio. Renunciarás al bienestar y la felicidad terrenales con tal de perseguir quimeras.

»Veo con toda claridad tu derrotero terrenal. Dondequiera y en todo momento vas a cederle a otros las ventajas que te corresponden.

»Así, no serás tú quien pida la mano de la mujer, sino que la mujer que te desee te va a proponer matrimonio. Ello puede resultar en infinita desdicha para ti cuando más tarde encuentres la doncella que haga palpitar tu corazón.

»Todo eso lo veo muy claro, hijo mío, ya que yo te amo. Mi amor por ti lo oculté bajo el  manto encubridor de una mala cara, ya que decidí que por lo menos yo no te iba a malcriar. Pero me veo obligado a abandonarte antes de poder verte hacerte un hombre hecho y derecho.

»A fin de por lo menos mitigar los daños en que habrás de incurrir con ese particular carácter tuyo, te voy a dar un consejo y al mismo tiempo la posibilidad exterior de seguirlo.

»¡No vivas del dinero de tu mujer! Déjale a ella lo que es de su posesión; que lo use en ella misma y en sus hijos. Tú, en cambio, mantén tu orgullo y tu independencia y vive junto a ella, pero no con ella. Prométeme eso a mí, el difunto, para que tengas paz en tu vida.

»Ahora bien, para que no tengas que depender de tu mujer ni de su familia, quiero que sepas lo siguiente:

»En la bóveda, en un lugar que solo Mustafá conoce, hay emparedado un considerable tesoro de piedras preciosas y monedas de oro. Es tuyo, pues yo lo he amasado para ti. Nadie más tiene derecho a él. Aun así, es mejor que no hables de ello con nadie que no sea Mustafá.

»Este dinero úsalo en ti y en aquellos de tus hijos que consideres merecedores de ello. A tu mujer, en cambio, no le des nada de él. Tampoco le digas nada. Es mejor así; créeme».

A esas palabras seguían consejos de cómo sacar y usar el tesoro. El escrito terminaba con el sello del abuelo para su nieto.

Mahoma estaba como privado; la carta se le había caído de las manos.

Finalmente, se sobrepuso y le dio las gracias ora a Dios el Señor, ora al pariente fallecido. Esta independencia terrenal era de infinita importancia para él; de eso no tenía dudas.

«¡Señor, si fueras a llamarme ahora para que sea tu instrumento, no tengo necesidad de pensar en lo terrenal ni por un momento!», exclamó con júbilo. «Soy libre de hacer todo aquello que quiero hacer, que debo hacer».

Lo de no hablarle a nadie del tesoro lo cumplió al pie de la letra. Solo con Mustafá habló al respecto. Los dos decidieron ir una de las noches venideras y entre ambos abrir la entrada de la bóveda amurallada a fin de determinar qué tan grande era la inesperada herencia. Después tomarían tan solo un poco y el resto lo volverían a emparedar.

Tras haber hecho esto, Mahoma quedó convencido de que probablemente era el hombre más rico de toda Meca. Esto era motivo de alegría para él, ya que con ello obtenía su libertad.

Entonces fue a hablar con Jadiya. Quería saber cómo ella se imaginaba el futuro del negocio. La mujer le respondió que hasta la fecha él había sido tácitamente el dueño y señor del negocio; ahora habría de pasar a serlo de verdad.

«¿Y qué va a pasar con Waraka?», preguntó él con urgencia. «Yo y él somos demasiado para la envergadura del negocio».

«En ese caso, se puede ir por donde mismo vino», replicó Jadiya sin preocuparse. «Nosotros no lo hemos llamado; tampoco lo vamos a retener».

«Yo no comparto esa opinión», dijo Mahoma, serio. «Todo lo contrario, me gustaría que él asumiera la dirección del negocio, ya que en lo adelante no pienso dedicarme a cuestiones de comercio».

«Parece, amigo mío, que crees que soy lo bastante rica como para que puedas llevar una vida ociosa», le dijo la mujer mordazmente.

Ahí Mahoma se dio cuenta de cuán acertado había sido el juicio del abuelo. ¡Qué feliz estaba de no tener que tomar nada del dinero de la mujer!

«Te equivocas, Jadiya», repuso con ecuanimidad. «No voy a llevar una vida ociosa, sino todo lo contrario, una vida bien llena de trabajo que no me va a dejar tiempo para tu negocio. Y de tu dinero no voy a hacer ningún uso; soy lo bastante pudiente como para sustentarme. Todo lo que te pertenece puedes usarlo para ti».

La mujer se dio cuenta de que se había equivocado en sus cálculos de amoldar un hombre a su gusto y antojo sirviéndose de su riqueza. Le hubiera gustado renunciar al casamiento, pero era como Waraka decía; la mujer amaba de verdad a este hombre mucho más joven que ella.

Ahora quería saber que profesión Mahoma habría de ejercer en el futuro. Éste, empero, le dijo que eso era asunto suyo. Ya ella se enteraría más tarde.

Tampoco es que hubiera podido decirle, puesto que ni él mismo sabía. Algo en la conversación le había obligado a hablar como lo hizo. Ahora tenía que dirigirse al Todopoderoso para que Este le diera instrucciones.

Esa misma noche pudo saber que había actuado bien al liberarse del negocio. Ahora debía aguardar con el corazón sereno. En el momento justo recibiría una oferta que debía aceptar.

Esto le trajo gran serenidad a Mahoma y el joven miró al futuro lleno de confianza. Eso sí, había algo que le inquietaba: la idea de tener que llevar a Jadiya a vivir al palacio del padre. La mujer no encajaba para nada en el noble y sereno esplendor del lugar. A Mahoma ya le parecía estar oyendo su voz chillona resonar por salones y pasillos, y eso le hacía perder el sosiego.

Cómo le hubiera gustado hablar esto con un hombre mayor; sin embargo, al siervo Mustafá no podía confiarle algo así, y Waraka era pariente de Jadiya. El propio Waraka, empero, sacó a colación el tema.

Este le recordó a Mahoma que si bien la costumbre era que uno llevara a la mujer a vivir a su casa, si esta mujer era viuda y tenía su propia casa, el hombre, de acuerdo a la usanza habitual, debía compartir esta casa con la mujer.

¡Así que por eso fue que Abu Talib estuvo tan dispuesto a mudarse del palacio!

Waraka había sido mandado por Jadiya, ya que esta temía que Mahoma insistiera en que ella se mudara al palacio. La mujer, sin embargo, amaba su casa y no quería dejarla por nada del mundo. Ahora a los dos se les había quitado un peso de encima.

Mahoma le comunicó a Mustafá que su casamiento apenas cambiaría en algo la vida en el palacio. Todos los sirvientes iban a seguir desempeñando las mismas labores y Said seguiría viviendo en palacio y asistiendo a la escuela del templo, en la cual su protector lo había puesto hacía unas semanas.

En cuanto al propio Mahoma, él, seguramente, tendría, por períodos, que vivir en casa de Jadiya, pero siempre regresaría al palacio. Esta noticia fue motivo de gran alegría para los viejos sirvientes, los cuales en lo adelante se esforzaron aún más por hacerle placentera la vida al joven.

Dos días antes del casamiento se apareció un mensajero del anciano príncipe para solicitar la presencia de Mahoma en Palacio. El llamado no quiso preguntarle al mensajero cuál era el propósito de su venida. Ya se enteraría por sí mismo.

A la hora fijada, Mahoma se personó en el palacio principesco y compareció ante la presencia del soberano de Arabia, el príncipe Abul Kassim. Éste era un hombre viejo y decrépito al que muy pocos de sus súbditos habían visto alguna vez en su vida. Y sin embargo, había un aura de dignidad alrededor del anciano que Mahoma sintió con claridad.

Este hizo una inclinación y aguardó a que le dirigieran la palabra:

«Muhammad ibn Abd Allah» dijo el príncipe con voz queda, «he oído que eres sabio. Y un hombre sabio es el mejor apoyo con el que un píncipe puede contar cuando esta sabiduría va acompañada de piedad y lealtad.

»Abd al Muttalib era mi amigo. Fue mi consejero y mi intención era nombrarlo mi primer visir, pero él se negó a servirme de otra manera que no fuera en secreto.

»Poco antes de morir, me dijo: “Tengo un nieto que ya está creciendo; a él lo puedes llamar a tu servicio cuando ya tenga la edad suficiente”. Y ese nieto eres tú, Mahoma. He tenido gente siguiendo tu trayectoria. Eres tal como me gustaría que fuera mi ayudante. ¿Aceptas ser mi visir?».

Estupefacto, Mahoma se quedó mirando al príncipe. Él, que nada sabía de cómo gobernar un país, habría de pasar a ser su primer consejero, su representante.

En ese momento se acordó de que Dios le había mandado a decir que debía aceptar una propuesta que le iban a hacer. Así pues, era voluntad de Dios que él siguiera este llamado.

Mahoma echó la cabeza hacia atrás y con mirada diáfana le dijo al preguntador:

«Si tú, príncipe, crees que yo te pueda servir, entonces estoy listo. Acepto este cargo de la mano de Dios. Él me ayudará a desempeñarlo».

«Y yo te acepto como mi consejero de la misma mano», agregó el príncipe. «Así que vamos a trabajar bien juntos».

A Mahoma le hubiera gustado preguntar:

«¿Y qué sabes de Dios?».

Mas no se atrevía a hacerlo. El príncipe, empero, intuyó la pregunta no manifiesta y le dio respuesta:

«Por mi amigo Abd al Muttalib me he convertido al judaísmo, Mahoma. Creo en Dios con todo mi corazón. De ahí que me fuera imposible soportar el tener junto a mí un visir ateo».

Mahoma fue investido de su cargo a la mañana siguiente, pero el príncipe le pidió que por el momento no le dijera nada a nadie de su nuevo puesto. De todos modos, Mahoma no lo habría hecho. Primero tenía que encontrar la calma de nuevo para estar en condiciones de decir una palabra de todo lo que había vivido últimamente.

Mahoma pasó la noche en oración. Tenía tantas cosas en su alma. El joven sintió que tenía que poner ante Dios todas sus peticiones, ya fueran mundanas o espirituales.

A la mañana siguiente, se dirigió al palacio principesco lleno de confianza. El príncipe lo saludó con afabilidad. Su nuevo trabajador le simpatizaba.

Lo primero que hicieron fue hablar de la envergadura exterior de los asuntos de los que Mahoma habría de hacerse cargo y con los cuales tendría tiempo de familiarizarse. Acto seguido, el príncipe le comunicó que entre sus deberes se encontraba también el representar al príncipe cuando lo exigiera la ocasión, dado que éste, por causa de su avanzada edad, ya no podía viajar.

A Mahoma todo esto le resultaba bien tentador. En la noche había recibido fuerza para asumir cualquier tarea. También había ganado el convencimiento de que una vez que se familiarizara con su nuevo puesto, le sería posible justo en este cargo trabajar para Dios. Quizás este era el comienzo de su llamado como instrumento de Dios.

Una vez que ya se habían hablado todas estas cosas, conversación esta en la que el príncipe, con su afabilidad paternal, se ganó el corazón de Mahoma, Abul Kassim pasó a hacerle preguntas de su vida a su nuevo visir.

Así, salió a relucir que Mahoma se iba a casar a la mañana siguiente. Después de que, a instancias del príncipe, Mahoma le había contado todo lo referente a su futura esposa, el anciano meneó la cabeza.

«Ha sido desatinado, Mahoma, que tu elección recayera en esa viuda, que no va con tu categoría», dijo, pensativo.

Mahoma, empero, se apresuró a responder:

«No fue que yo la escogiera; ella me pretendió a mí».

El príncipe entendió enseguida. Después de pensar largo rato, le dijo:

«Y ahora no puedes dejar a esa mujer por causa de tu nuevo cargo un día antes del casamiento. Tu palabra tienes que cumplirla. Pero este cargo tuyo te va a salvar de muchas preocupaciones y disgustos.

»Ordeno que, como mi visir, mantengas tu residencia propiamente dicha en el palacio de tu padre y vayas a casa de tu mujer solo cuando lo desees.

»Asimismo, los hijos que pueda traer vuestra unión habrán de vivir con la mamá, ya que no son de una madre de clase distinguida. Cuando, más adelante, se te ofrezca la oportunidad de pedir la mano de una moza de familia noble, la podrás llevar a vivir a tu palacio.

»Según las leyes del país, esto es admisible, y las leyes judías no hablan en contra de ello».

Como Mahoma, de todas maneras, no tenía pensado dejar de vivir en su palacio, la ordenanza del príncipe le resultó aceptable.

Quedaron de acuerdo en que Mahoma asumiría su cargo dos días después y que ahí le sería presentado a los demás consejeros del príncipe.

Mahoma abandonó el palacio principesco con el convencimiento de haber encontrado en el príncipe Abul Kassim un segundo padre.

Al día siguiente se realizó el casamiento, que de hecho fue en el templo judío. A Jadiya le daba igual dónde se celebrara la ceremonia; pero Mahoma quería contraer la unión bajo los ojos de Dios.

De lo que sí no estaba consciente es de que con ello se estaba dando a conocer oficialmente como judío; de haberlo estado, empero, ello, de todas maneras, no le hubiera impedido dar este paso. Él quería declararse creyente de Dios, sin importar el lugar donde ello fuera posible.

Jadiya había invitado a muchas personas a su casa para celebrar. Ahí Mahoma se reencontró con su tío Abu Talib, que había venido con su mujer.

«Me alegra ver», le dijo Abu Talib, «que hayas encontrado una mujer rica que con su dinero te pueda ayudar a salir adelante en la vida».

«Sin ese dinero también voy a salir adelante, espero yo», le respondió Mahoma.

Después de eso habló con su tío como si nunca hubiera habido una discordancia entre ellos. Ahí se enteró de que Abu Talib tenía un hijito de poco más de dos años, un pequeño que le daba muchas alegrías.

«Tienes que venir a visitarnos y conocer a Ali», exhortó el tío. Mahoma prometió que lo haría.

A la mañana siguiente Mahoma abandonó la casa de Jadiya y se trasladó al palacio del príncipe, donde, tras ser saludado ceremoniosamente por los demás consejeros, comenzó su aprendizaje y su labor, la cual habría de ocuparlo por años.

Se hizo evidente que Mahoma no solo aprendía con rapidez lo que uno le decía o le explicaba, sino que en él habían dormitado virtudes de soberano que ahora despertaban de golpe.

Cuando el príncipe daba a entender algo, Mahoma enseguida se hacía en espíritu una idea abarcadora a partir de la cual le era posible disponer y aconsejar. El joven tenía la facilidad de entender el punto de vista del alma de los demás y trazar sus disposiciones de tal manera que ello le granjeara enseguida la confianza de la gente.

Y al hacerlo jamás esperaba gratitud y reconocimiento para sí mismo, sino que todo lo hacía en nombre del príncipe. Los demás consejeros, que en un principio habían visto con recelo que junto a ellos designaran a alguien para ellos desconocido que provenía de familia judía, no tardaron en darse cuenta de cuán sabia había sido la elección del príncipe.

Los mejores de entre ellos entablaron una estrecha relación con Mahoma, mientras que los demás, que eran los menos, no se atrevían a mostrar su postura abiertamente.

Jadiya, que había pretendido a un hombre solo para al día siguiente perderlo al príncipe y la vida pública, estaba tan orgullosa y contenta por el honor que había recaído en el esposo de su elección que se solazaba en esta gloria y no se sentía privada de nada.

Desde luego que se había había hecho la idea de que en lo adelante sería tomada en cuenta entre las mujeres distinguidas de Meca, pero con bondad y ecuanimidad Mahoma le explicó desde el comienzo mismo el por qué ello no era posible.

Jadiya fue lo bastante inteligente como para aceptarlo y aprovechar las pocas horas que su esposo podía dedicarle para mostrarle solo lo bello y lo que le traía alegrías.

Además de que el poder realizar su más ardiente deseo la había cambiado. Tal como Waraka lo había previsto, Jadiya se había vuelto más femenina.

Como ella hacía todo lo posible por agradarle a Mahoma, era inevitable que también tratara de entender su manera de pensar. No pasó mucho tiempo y ya la mujer le estaba pidiendo a Mahoma que la instruyera en la fe judía.

Ahí Mahoma se dio cuenta de que el casamiento podía devenir en bendición para la mujer sin que resultara un obstáculo para él.

Pasados unos ocho meses, Mahoma tuvo la oportunidad de, por encargo del príncipe, viajar a Jerusalén a fin de concertar acuerdos por los árabes allí afincados. Su regocijo por ver la ciudad en que Cristo había estado activo no tenía límites. Ello casi le hizo olvidar el propósito terrenal de su viaje.

Con un esplendoroso séquito, y él mismo que parecía un príncipe, viajó Mahoma a través del reino árabe en dirección norte. Adondequiera que llegaba era recibido con veneración.

Fueron muchas las peticiones que recibió de resolver disputas o castigar fechorías. Antes de hacer algo de esto, siempre se sumía en sentida oración; después podía tener el convencimiento de que su decisión estaría correcta y siempre armonizaría con las leyes de Dios.

¡Y ahora iba camino de Jerusalén! Al ver la ciudad, se apoderó de él con fuerza omnímoda el saber del Hijo de Dios, saber este que ya muchas veces había intuido.

«¡Yo tengo que haber caminado junto a Él!», exclamó, y lágrimas del más profundo sentir asomaron a sus ojos. «Quizás me fue dado el marchar junto a Él como uno de Sus discípulos».

Al entrar a la ciudad esta sensación se hizo aún más fuerte. Todas y cada una de las callejuelas le resultaban familiares. ¡Cuánto remordimiento le causaba el cabalgar con gran pompa por el mismo lugar donde Cristo había andado a pie con toda simpleza!

Le hubiera gustado traspasar su encargo y sus poderes a otro para entonces seguir calladamente los pasos del Hijo de Dios como Su siervo.

Al día siguiente se vio invadido de emociones diferentes. Allí donde Cristo había sufrido y muerto se peleaban judíos y adoradores de ídolos por un pedazo de tierra. Los cristianos no eran mucho mejores; la única diferencia respecto de los otros era que eran aún más engreídos que estos. Mahoma se vio invadido de una sensación de asco.

Primero que nada, el joven visir trató de resolver lo que se le había encargado. Hubo muchas discusiones con dignatarios que nada querían saber del mensaje del príncipe y del derecho de éste a mandarles a decir algo así.

Pero a la larga no pudieron cerrarse a la sencilla y decidida presentación de pruebas del joven representante. Este acabó ganándose sus corazones y su confianza.

Incluso hubo casos en que le pidieron consejos con respecto a sus propios asuntos, y Mahoma aconsejó allí donde ello no afectara a su príncipe.

Así, llegó un período de espera en que la respuesta al príncipe debía ser elaborada por escrito debidamente, para lo cual los dignatarios foráneos se tomaron su tiempo.

Mahoma se alegró de cada uno de estos días que él podía aprovechar para sí. Ello significaba para él la libertad de hacer lo que se le antojara. El joven visir cambió las suntuosas vestiduras por sencilla indumentaria y recorrió los caminos que tan familiares le resultaban.

Sus pasos lo llevaron al templo, que justo en ese tiempo estaba cerrado porque los judíos y los cristianos se disputaban vehementemente su posesión. El sagrado edificio de los judíos mostraba huellas de sumo deterioro.

Mahoma prefirió ir a los lugares que estaban al aire libre. Sin tener que preguntarle a nadie, encontró el jardín de Getsemaní, y al verlo, prorrumpió en amargo llanto.

¿No habría sido él uno de esos que no aguantó estar en vela una sola hora con el Hijo de Dios? A todos los veía, a todos. Y tomó la decisión de pasar esa noche en vela y orando. Allí donde el grupo de discípulos había esperado por su Señor sumido en oración, Mahoma se hincó de hinojos.

Ni siquiera le pasó por la mente poner sus pies en el lugar en que Cristo se había arrodillado para orar. De repente, Mahoma se sintió obligado a decir «Jesús» en lugar de usar el nombre Cristo, que le era familiar desde su niñez.

«Jesús, sí, ese era el nombre que usábamos», murmuró para sí.

«Maestro», fue la palabra siguiente que se le ocurrió. «Maestro. ¡Quiero ser tu siervo, mi Dios, mi dueño y señor! Quiero hablarles a los hombres de ti, para que todos crean en ti. Así también puedo ser un instrumento de Dios, Tu Padre».

Mahoma oró fervorosamente, y mientras se encontraba sumido en oración, ante sus ojos pasó como una película la vida del Hijo de Dios desde el día en que él lo vio por primera vez. Una vez más volvió a ver a todos los que rodeaban al Señor, a todos menos a uno, y ese uno debía de ser él mismo.

«¡Señor, Jesús, Maestro!», oró, «así que ya una vez fui Tu siervo; ¡permíteme que lo sea de nuevo!».

Ahí se oyó una voz decir:

«Natanael, el Señor te ha concedido tu petición. A partir de ahora vive como Su siervo, como ya habías sido escogido para ser siervo del excelso Dios».

Y Natanael-Mahoma se postró en el suelo y tocó la tierra con la frente como señal de su promesa. Al día siguiente fue solo a Betania.

Durante todo esto estaba viviendo la cristiandad en sí mismo, pero de manera diferente a como los hombres la enseñaban. Un ardiente enfado se apoderaba de él cuando observaba a los cristianos y su fe.

¡Eso tenía que cambiar! Las palabras de Jesús tenían que volver a contar de nuevo, y no las astutas ideas que los hombres habían sacado de ellas. ¡Qué proceder tan osado y merecedor de castigo!

Pero hubo otra cosa que también cobró fuerza en su intuición en este tiempo: había tenido la oportunidad de experimentar en sí mismo que los seres humanos no están en la Tierra una sola vez. Él ya sabía cuándo y bajo qué forma había servido al Hijo de Dios.

Ahí le quedó claro que él no podía consituir una excepción entre los hombres. Si él ya había vivido con anterioridad, entonces los demás seres humanos también habían vivido varias veces. Jamás había oído a alguien opinar algo así, mas para él se había convertido en convicción a través de las vivencias.

Mahoma continuó reflexionando e investigando en sus paseos solitarios, los cuales hacía cada vez más largos a fin de ver lo más que pudiese del país.

De ahí dedujo: las muchas vidas han de tener como único propósito el conseguir o fortalecer lo que una sola no puede lograr. ¿Que querrá la vida de nosotros? ¿Para qué habremos venido al mundo?

De esta pregunta debía partir; si lograba resolverla de verdad, todo lo demás se desprendería de ella.

A Mahoma le hubiera gustado liberarse de la vida de palacio para quedarse a vivir del todo en la tierra judía y continuar con sus investigaciones. Pero el saber que le era dado ser un instrumento de Dios ofrecía un fuerte contrapeso.

Así pasó el tiempo hasta que un buen día ya estaban listas de manera satisfactoria las escrituras que él debía llevarle al príncipe y ya nada le impedía emprender el viaje de regreso. Fue con pesar en el corazón que Mahoma abandonó la ciudad que tanto le había dado.

Mahoma creyó que en ningún otro lugar podría sentir la alegría y la felicidad que había sentido aquí. Pero al cabalgar por el paisaje de Siria, tan verde, florido y lleno de frutos, su corazón rebosaba de gratitud y gozo por tanta belleza.

Esta vez el viaje a caballo por el borde del desierto no le hizo trazar ningún tipo de comparación. Con todo su pensar Mahoma estaba situado en el futuro, planeando y abrigando esperanzas.

Abul Kassim se alegró abiertamente de tener a su consejero de nuevo a su lado. Todo lo que se había propuesto había sido alcanzado. Ahora uno podía dirigir su atención a otras tareas.

En las tardes al príncipe le encantaba conversar con su hombre de confianza todo aquello que ocupaba su alma en ese preciso momento. Mahoma era como un hijo para él; a él le desvelaba sin ninguna reserva hasta los más íntimos dobleces de su ánimo.

El príncipe preveía graves complicaciones en caso de su muerte, la cual no estaba muy distante. No tenía un hijo varón. Sus cinco mujeres le habían regalado solo hijas, las cuales se habían casado con hombres que no servían para gobernar.

«Si al menos tuviera un yerno que pudiera ser mi sucesor», suspiraba a menudo el anciano. «Ahora, sin embargo, los príncipes de las dependencias se van a disputar el derecho de gobernar Arabia, el reino se va a desmoronar y todos mis trascendentes planes de unificar los reinos vecinos con el mío se van a ir al traste».

Mahoma siempre prometía estar pendiente a fin de encontrar al sucesor idóneo. El visir estaba convencido de que Dios lo iba ayudar aquí también, pues, a fin de cuentas, era por el bien de un gran reino cuyos habitantes él esperaba convertir al único Dios verdadero.

En casa le aguardaba una sorpresa. Durante su ausencia, Jadiya había traído al mundo a un bello varón. El niño aún no había sido bendecido por los sacerdotes, pues la madre no había pensado en ello. Esta ahora quería llevarlo al templo.

Mahoma se opuso. Al niño había que darle un bautismo cristiano y ponerle por nombre Natanael.

«A ti no hay quien te entienda, amigo mío», le dijo Jadiya, enfadada. «Te casas como judío, y a tu hijo hay que bautizarlo como cristiano. Me gustaría saber que vas a disponer si Natanael tiene hermanos. ¡Natanael! ¡Qué nombre más horrible! Eli lo voy a llamar yo».

«Ponle el nombre que quieras, Jadiya», autorizó Mahoma, «siempre y cuando él se vuelva un Natanael por dentro y reconozca a su Maestro».

Cuando Mahoma le informó al príncipe del nacimiento del hijo, el anciano dijo:

«Es una pena que no sea de madre noble; de lo contrario, lo podríamos haber casado con alguna de mis numerosas nietas».

Entre este grupo de muchachitas que iba floreciendo en el palacio principesco había una pequeña que se asemejaba a una flor sumamente encantadora. La princesa Alina debía de tener unos cinco años. Se trataba de una niña delicada y de andar ligero cuya risa era la alegría del príncipe.

Cuando encontraba a Mahoma con su abuelo, cosa que sucedía a menudo, la niñita, en un gesto de recato, se ponía ante el rostro su largo pelo ondeado como si se tratase de un velo. Al príncipe esto lo hacía reír. A Mahoma le resultaba conmovedor, ya que para él ello era una prueba de la delicada pureza de esta niña.

Hasta que un día el príncipe le manifestó un pensamiento que lo había despertado varias noches seguidas.

«Mira, Mahoma», dijo con bondad, pero serio, «he encontrado la manera de conseguir  un sucesor legítimo del que sé que va a llevar a cabo de acuerdo a mi idea todo lo que se ha comenzado.

»Tan pronto Alina sea un poco más grande, la voy a casar contigo. Con ello, de acuerdo a nuestras leyes, te conviertes en el sucesor al trono. Y cuando antes de morir te declare además como mi heredero, ello sofocará en germen todas las demandas de los demás, y yo podré abandonar la Tierra en paz».

«¡Alina, esa niñita tan dulce!», exclamó Mahoma, completamente estupefacto. «Pero si yo soy mucho mayor que ella; hasta podría ser su padre».

«Eso no importa», repuso Abul Kassim de buen humor. «Tu primera mujer es mucho mayor que tú; que la segunda compense la diferencia. Puede que la tercera entonces tenga la edad correcta».

Mahoma pidió que por el momento no se hablara más de este plan. Sus ambiciones lo empujaban a aceptar, pero Mahoma quería esperar a ver qué era lo que Dios decidiría hacer con él.

Entretanto, los años fueron pasando en abundante labor y constante investigar. Mahoma hacía mucho que era el gobernador de facto de Arabia, ya que aparentemente de forma no intencional y, aun así, siguiendo un plan bien trazado, el príncipe se iba retirando cada vez más de todos los asuntos del gobierno.

Las iniciativas y su ejecución se las había dejado al primer consejero, en cuyas decisiones descansaba a todas luces la bendición de Dios.

Ya hacía mucho que Mahoma se había visto obligado a establecer su residencia en el palacio del príncipe, a fin de poder estar cerca de Abul Kassim día y noche. Su propio palacio permanecía abandonado; ya que hacía unos años Said también se había cambiado adonde Mahoma. El muchacho tendría ya unos dieceséis o diecisiete y se había convertido en un gallardo jovenzuelo.

Dotado de un intelecto aguzado, Said siempre captaba de inmediato lo que se quería de él; aparte de eso contaba con un rico espíritu y era de una lealtad y fidelidad que uno veía raras veces.

Mahoma lo había hecho su secretario privado y estaba feliz de tener al vivo jovenzuelo consigo.

A Jadiya la visitaba muy raras veces. El ambiente en la casa le resultaba demasiado opresivo y bullicioso y el aire que allí se respiraba le parecía muy diferente al que él estaba acostumbrado. Su mujer no extrañaba su presencia. Cinco niños jugaban a su alrededor y mantenían ocupados por entero sus manos y su corazón.

Así pasó el tiempo hasta que un día a Mahoma lo mandaron a buscar con premura de casa de su mujer. Natanael, que ya tenía casi seis años, se había caído de la escalera y había sufrido lesiones internas de tal gravedad que el médico ya no sabía cómo ayudarlo. Momentos después de que el padre tomó al pequeño sin sentido en sus brazos, el niño abandonó este mundo.

Mahoma entonces comenzó a recriminarse el haberse preocupado tan poco por sus hijos. Desde luego que el accidente fue algo que él no podría haber evitado, pero ¿qué sabía de Natanael? ¿Le habría enseñado alguien de Dios? Cada vez que había pensado en el niño, se decía a sí mismo que para esas cosas ya habría tiempo. Y ahora el niño había abandonado la Tierra. ¿Habrá tenido idea de adónde lo conducía su camino?

Si bien Jadiya, probablemente, era más feliz sin él, toda vez que así ya no había nadie censurando sus acciones, él tenía, no obstante, que ponerle más seriedad a los deberes que como padre tenía respecto de sus hijos.

En los días que siguieron, Mahoma, con el fin de irse acostumbrando a los pequeños, comenzó a contarles de Dios y del niño Jesús.

Habían dos niñas y un niño que tenían poco parecido con él y que daban también la impresión de ser poco activos espiritualmente. La más pequeña de sus hijos, una niña de gran encanto, se le parecía a la imagen que él tenía de su madre cuando ésta le venía a la mente.

Esta pequeña, que tenía por nombre Fátima, era su arrebato. Cuando la niña le sonreía pícaramente, él sentía una gran conexión interior con ella.

Mahoma se esforzó por sentir lo mismo por los otros tres, mas la veleidosa pereza de éstos y su pensar orientado únicamente hacia lo terrenal le hacían desmayar en sus intentos una y otra vez. Pese a ello, continuó puntualmente con la instrucción en que habían acabado convirtiéndose las conversaciones iniciales.

Unos tres meses después de la muerte de Natanael, Meca se vio azotada por una terrible epidemia. Pese al gran esfuerzo de los médicos y a todos los auxilios que se prestaron, la misma agarró a nobles y a pobres en igual medida y fue implacable a la hora de cobrarse sus víctimas.

Mahoma hizo todo lo que estaba en su poder para guardar a los suyos de la plaga. A Jadiya le suplicó que abandonara la ciudad. En un lugar libre de los azotes de la enfermedad, él le había alquilado una encantadora casa de campo donde podían estar a salvo de semejante peligro.

La mujer se negó tozudamente. A la mente le vino el aburrimiento que siempre se apoderaba de ella cada vez que, por los niños, abandonaba la ciudad durante los meses más calurosos. Esta vez no iba a sacrificarse de semejante manera por su propia voluntad.

Al poco tiempo la mujer yacía en cama con fiebre alta, y como ella, los niños también.

Mahoma mandó médicos y enfermeras, y por último vino él mismo para hacer todo lo humanamente posible, mas no consiguió arrebatarle los enfermos a la muerte. Jadiya y tres de sus hijos murieron ese mismo día y tuvieron que ser enterrados fuera, en una de las fosas comunes destinadas a los muertos de la plaga. Fátima fue la única que se recuperó.

Era como si las oraciones del padre hubieran ayudado a sanar a su hija predilecta. Waraka, que había huido a tiempo, regresó a la ciudad cuando todo peligro ya había sido eliminado. Mahoma le entregó casa y negocio, haciéndolo el legítimo dueño de estos. Y a Fátima se la llevó a vivir a su palacio paterno.

Una mujer de clase noble que había perdido a su esposo y a sus hijos se mostró dispuesta a hacerse cargo de la crianza de la pequeña.

En esta niña floreció la primera alegría de Mahoma que dimanaba de la vida familiar. Era a ella a quien buscaba cuando los quehaceres como gobernante lo agotaban, cuando algo lo abrumaba. Las caricias de las manecitas de la niña le apartaban el pelo de la frente y con éste todas las preocupaciones. Su risa siempre encontraba eco en el alma del hombre.

Mahoma se había asegurado de que la educadora de la niña fuera cristiana. También se aseguró de profundizar la fe de esta mujer ya mayor y de reformarla, a fin de que su tesoro no recibiera ninguna idea errónea.

Así pasó el tiempo hasta que un buen día Abul Kassim volvió al plan que abrigaba en secreto: Mahoma había de pedir la mano de Alina. La niña acababa de cumplir los diez años y de esa manera había alcanzado edad de doncella.

Hubiera sido una vergüenza que no se le acercara ningún pretendiente. El príncipe, empero, quería evitar esto. Mahoma debía ser el primero.

Y Mahoma pensó en el país que ahora gobernaba. Si no daba este paso, se vería obligado a dimitir y poner las riendas del gobierno en otras manos.

Pensó en Fátima, que crecía sin compañera de juegos. En lo que era su ser interior, las dos muchachitas se parecían mucho. ¡Qué adolescencia tan rica podrían vivir juntas! Pero primero quería averiguar cuál era la voluntad de Dios. Mahoma pidió unos días para pensarlo y en las noches oró como nunca antes lo había hecho.

Y ahí se le apareció una imagen que lo ayudó a ganar certeza.

Él se vio parado en una elevación inconmensurable, a sus pies se extendían vastas tierras que él sabía que se trataba de Arabia, Siria y la tierra judía.

Mahoma las contemplaba con la alegría y el amor que sentía por su pueblo.

En eso fue como si de estas tierras se elevara un ligero velo que se iba densificando cada vez más. Esta precipitación tomó entonces forma y se convirtió en una bella doncella, la princesa Alina. En su mano derecha, la cual tenía extendida, la joven sostenía una corona de príncipe.

Así fue elevándose lentamente. Desde lo alto, empero, se inclinaba hacia ella una encantadora figura que irradiaba pureza de un modo delicioso y supraterrenal. Esta figura tomó la mano izquierda de la joven y la llevó adonde él.

La imagen desapareció y Mahoma se puso a reflexionar sobre ella. Lo que había visto solo podía tener un significado, si es que la imagen había sido dada desde lo alto y no dimanaba de sus propios deseos.

Sin embargo, fue como si oyera una voz diciéndole:

«Ese es el camino que te va a ayudar a ser un instrumento de Dios».

En la noche siguiente se le mostró otra imagen: Mahoma vio un ser celestial anudar dos hilos luminosos. Una vez que éstos ya estaban firmemente anudados, Mahoma recorrió con la vista estos hilos en dirección descendente y vio que los mismos partían de dos figuras; una era Alina y la otra tenía que ser él. De eso estaba seguro.

Ahí, empero, el ser celestial buscó más abajo aún y allí unió a los tres pueblos, el árabe, el sirio y el judío, en una sólida estructura sobre la cual puso el nudo formado por los hilos luminosos.

Y la voz exclamó:

«¡Has de ser un auxiliador para tu pueblo!».

En la tercera noche Mahoma no vio más nada, pero ahora estaba seguro de que su unión con la princesa Alina era voluntad de Dios. Así que fue a ver a Abul Kassim y le pidió la mano de la princesa.

El anciano príncipe derramó lágrimas de alegría por que ese deseo suyo abrigado durante años se hubiera cumplido. Mahoma quería que primero se le preguntara a la princesa Alina si estaba de acuerdo con el casamiento; mas ello iba en contra de toda costumbre y el príncipe no estuvo dispuesto a acceder.

A la muchachita se le informó que Mahoma había pedido su mano y que el príncipe había dado su aprobación. Acto seguido Abul Kassim les informó a sus consejeros y personas de confianza que se iba a celebrar el casamiento de su nieta predilecta con Mahoma, el príncipe de Meca.

Todos quedaron sorprendidos al oír que al visir se le nombraba con ese título, y el mayor sorprendido fue el nuevo príncipe.

Abul Kassim, empero, le dijo a éste que desde hacía tiempo él había ideado esa elevación de rango, a fin de darle a Mahoma prestigio ante el pueblo. Eso sí, Mahoma no podía decir nada al respecto, para que así todos creyeran que se trataba de un título heredado de sus antepasados y que hacía mucho se había dejado de usar.

Esta vez Mahoma sí quería llevar a su esposa a vivir al palacio de su padre, cosa que se correspondía con las costumbres de la época. La noble y antigua casa fue acondicionada de manera sumamente exquisita. Mahoma tomó a manos llenas del tesoro heredado a fin de colmar a la princesa de perlas y piedras preciosas.

Al príncipe le alegraba que su visir no tuviera que llevarse a la novia a su casa con las manos vacías.

Ahí, empero, se presentó una interrogante difícil de resolver. Dónde y cómo recibirían los dos la bendición para su matrimonio. Alina había crecido sin ningún credo, el príncipe Abul Kassim era en el fondo judío, mas no se interesaba por ningún culto para darle un aspecto exterior a su creencia.

Después de haber sopesado la cuestión por largo tiempo, Mahoma propuso que Abul Kassim reuniera en el Salón del Trono a todos los dignatarios y siervos y en presencia de éstos diera la bendición sobre la pareja en nombre del Dios eterno. Después de eso, los novios vaciarían una copa de vino bendecido y orarían juntos.

Esta sugerencia le gustó al príncipe y fue aceptada. La madre de Alina, empero, puso como condición que, de acuerdo a la usanza del país, la novia se casara abundantemente velada, acto simbólico este del que la mujer no quería prescindir.

Alina, personalmente, estuvo de acuerdo con todo. Nadie podía ver si en su joven corazón había gozo o miedo. La muchachita era amistosa con todos, excepto con Mahoma, al que, de acuerdo a lo dictado por las costumbres del país, no podía hablarle hasta el casamiento.

Tal como estaba pensado, el casamiento tuvo lugar unos pocos días después.

El espacioso salón estaba lleno de gente hasta el último rincón. En el centro había una gruesa alfombra colorida sobre la cual se encontraban de pie el anciano príncipe, Alina y Mahoma. Abul Kassim agarró la mano derecha de cada uno y dijo la bendición de Aarón sobre ellos.

Acto seguido, la joven pareja se arrodilló ante él y Mahoma alzó las manos y dijo en voz alta una plegaria que le salió del fondo de su alma conmovida y llena de gratitud. La oración tocó a todos los presentes y muchos se preguntaron después qué Dios era ese que era tan grande y poderoso.

Después un dignatario trajo una copita de vino dorada que Mahoma recibió de su mano. Cuando el visir ya iba a beber de ella, un recuerdo se apoderó de él con gran fuerza, y, alzando la copa, el hombre dijo en voz alta:

«Maestro, este vino ha de recordarnos la sangre derramada por Ti por culpa nuestra. Tu siervo quiero ser y a Ti me prometo ante todos estos testigos. En memoria Tuya bebo de este vino».

Acto seguido, Mahoma le pasó la copa a Alina al tiempo que decía:

«Bebe de este vino, adorable criatura, para que así tú también consagres a Él tu vida entera. Juntos habremos de buscar el camino que conduce a él, de manera que después podamos mostrárselo a los demás».

En silencio Alina corrió una esquina del velo y tomó un sorbito del vino. Sus facciones, empero, reflejaban una felicidad que no era de este mundo.

La celebración hubiera terminado ahí, pero Abul Kassim tenía otras intenciones. Colocándose frente a la pareja, el anciano tomó la mano de Mahoma.

«Este hombre, a quien quiero como si fuera un hijo, acaba de adquirir derechos de hijo legítimo con su casamiento con mi nieta. De hoy en adelante, ved en él a mi sucesor. Mahoma habrá de quitarme la carga del gobierno, la cual se ha vuelto demasiado pesada para mis viejos hombros, y le traerá la felicidad al país y a su pueblo, a la vez que llevará a feliz término todos los planes ya puestos en marcha.

»Ahora, vosotros habéis de prometerle lealtad y obediencia».

La sala prorrumpió en un júbilo fragoroso y ensordecedor. La noticia había tomado a todos por sorpresa, si bien más de uno ya se había imaginado que tras la muerte de Abul Kassim, Mahoma tomaría las riendas del gobierno. El joven visir si bien tenía gente que lo envidiaba, no contaba con un solo enemigo.

Mahoma, por su parte, no conseguía asimilar lo que este día le había traído. Sus más íntimos deseos se habían cumplido.

Conforme a lo que era costumbre, Mahoma condujo a su copiosamente velada esposa en un suntuoso carruaje al palacio paterno y a los aposentos preparados para ella, donde la muchacha encontró a sus sirvientas de confianza.

Más tarde se encontraron en uno de los salones de gala, donde Mahoma llevó a Fátima adonde su esposa, para pedirle a esta su amistad para la niña cinco años menor que ella y que se había quedado sin madre.

Las dos se abrazaron fuertemente y un firme lazo las unió hasta su muerte. Mahoma, por su parte, se sentó con ellas en un rincón provisto de mullidos cojines y alfombras, y sobre el cual alumbraba con luz suave una colorida lámpara de hermosa manufactura, y les contó de Jesús.

Las dos escuchaban con brillo en los ojos. Apenas se atrevían a respirar, así de sagrado y magnífico era para ellas lo que oían. Finalmente, se armaron de coraje y comenzaron a hacer preguntas. Querían saber de muchos detalles que en el relato habían sido tocados tan solo de manera fugaz.

Mahoma respondía con gusto, contento de que la pura alma de Alina recibiera la información sobre Jesús de manera tan natural.

Así, se hizo costumbre que él todas las noches les contara relatos a las muchachas. Muchas veces el tema giraba alrededor del fratricidio y del diluvio, de José y de Moisés: pero lo que más les gustaba a las niñas era oír de Jesús.

Y a través de estos ratos juntos, en el corazón de Mahoma floreció algo que él no había conocido antes: el amor puro por la mujer pura. Y Mahoma protegió este amor como si se tratara de una perla preciosa, para que ni un hálito de impureza lo mancillara.

Durante el día, sin embargo, Mahoma se la pasaba sumamente ocupado con todo lo que su nueva dignidad le traía. De sus funciones nada había cambiado, pero como soberano debía recibir a muchas personas, sostener conversaciones y oír informes.

Todas estas eran cuestiones que Abul Kassim había estado haciendo hasta el momento. Ahora éste estaba feliz de poder dejar estas cosas también en manos de Mahoma. El anciano se alegraba de ver con qué facilidad su sucesor se ajustaba a su nuevo cargo y cómo todos lo reconocían sin ningún tipo de problema.

Abul Kassim estaba contento de que Mahoma aún lo dejara tomar parte en todo, cosa que el joven soberano hacía contándole todos los días las cosas que se habían presentado y los planes que se habían de poner en práctica. Asimismo, Mahoma siempre se aseguraba de pedir el consejo de Abul Kassim.

La posición de visir había quedado vacante. Por un tiempo Abul Kassim estuvo preguntándose si no sería mejor abolir el cargo.

Pero Mahoma adujo tantas razones para mantenerlo que el anciano príncipe cedió y propuso para el cargo a Abu Bakr, un hombre probado y de buenos sentimientos. Si bien éste era mucho mayor que Mahoma, el anciano no tenía dudas de que el joven príncipe sabría mantener su autoridad.

Mahoma mandó a buscar al nombrado y a primera vista pudo ver que se llevarían bien. Para él fue como si sus almas se saludaran, y con gusto le ofreció al sorprendido hombre el puesto que hasta ese momento él mismo había estado ocupando.

Para Abu Bakr, en cambio, no había nada que pensar: el príncipe lo había llamado a servir a su lado; pues bien, él seguiría el llamado.

En poco tiempo el hombre entendió qué era lo que se esperaba de él y en un final salió a relucir que era capaz de dar más incluso. Era de un pensar muy pragmático y realista, o sea, un buen complemento para Mahoma, que ponía toda su alma en todo cuanto hacía.

Un buen día Abu Talib se apareció ante el nuevo príncipe para pedirle a éste que tomara en su servicio al pequeño Ali, que ya tenía unos nueve años.

«Pero si todavía es un niño y donde debe estar es en la escuela», arguyó Mahoma. «Que estudie bastante y más adelante me lo traes».

Abu Talib se quedó mirándolo malhumorado.

«Son pocos los familiares que tienes, Mahoma», refunfuñó el hombre, «permite que esos pocos puedan tomar parte en tu buena fortuna. Si para ti Ali es aún demasiado pequeño, entonces haz uso de mí… naturalmente que a cambio de la correspondiente remuneración», añadió.

«Abu Talib, te debo gratitud. No me hagas olvidarlo. En mi niñez te tuve cariño y afecto. No sé si entonces estaría ciego a tus defectos, o si lo que pasaba era que éstos aún no habían salido a relucir. Para mí tu eras, después de mi padre, la mejor persona del mundo.

»Eso cambió cuando abrí los ojos a tu desaprensiva codicia».

Abu Talib se estremeció e iba a decir algo, pero Mahoma no lo dejó hablar, sino que agregó con énfasis:

«Tu petición de hoy también trae su origen de esa misma fuente impura, si bien tú me quieres hacer creer que dimana del amor familiar. Si yo te diera el salario de un visir sin exigir de ti el servicio que va con la posición, también te hubiera parecido bien».

Mahoma hizo una pequeña pausa y Abu Talib corroboró sus palabras:

«Por supuesto que me parecería bien. Me encantaría conocer a alguien que piense de otra forma. Todos aceptarían semejante oferta. No juzgues a todo el mundo por tu propia manera de ser».

Mahoma tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la intensa indignación que comenzaba a sentir. No podía ponerse a discutir con esta persona mayor. ¿Quién sabe?; quizás fuera posible hacer uso de su saber y pagarle profusamente por ello.

«Escucha, Abu Talib; aún recuerdo muy bien aquel día en Halef en que, sin quererlo, di al traste con tus planes. Si no recuerdo mal, tu discurso entonces giraba en torno a una unión de todos los árabes. ¿Por encargo de quién estabas actuando?».

El preguntado no sabía bien si responder a la interrogante, pero bajo la mirada ineludible de quien le preguntaba optó por hacerlo:

«Éramos todo un grupo de personas que abrigaban la idea de una gran Arabia. Teníamos pensado sorprender a Abul Kassim con los planes ya hechos realidad y obligarlo a aceptar nuestro obrar».

«Y ¿qué ha sido de esa gente? ¿Todavía tienes contacto con ellos?».

En la pregunta de Mahoma se dejaba oír un tono de urgencia.

«Conozco a la mayor parte de esos hombres», confirmó Abu Talib. «Ahora, no sabría decir si aún piensan como en aquel entonces».

«¿Por qué no vuelves a restablecer esas conexiones y averiguas qué tienen que decir ahora con respecto a los planes de una gran Arabia. No te vas a arrepentir. Por cada información útil cuya veracidad pueda ser corroborada recibirás una suma de dinero cuya cantidad estará determinada por el valor que la información tenga para el país».

A Abu Talib le brillaban los ojos. El príncipe sentía cada vez más repulsión por ese a quien tanto había venerado en su día.

«Ve y trata de conseguir pronto información para mí. En cuanto a Ali, mándamelo mañana para ver qué tal es el muchacho».

Abu Talib se despidió dando efusivas muestras de gratitud. Mahoma sintió escalofríos.

«Mi Dios y Señor, no dejes que me vuelva como éste», oró.

Enseguida se dio cuenta de que esta plegaria se parecía muchísimo a la oración del fariseo de la que Jesús había hablado en una ocasión. Avergonzado, Mahoma le pidió a Dios que amparara al viejo a ver si éste entraba en razones.

El joven príncipe no se había percatado de que durante esta conversación la cortina que daba paso a la habitación contigua, en la cual Said se encontraba escribiendo, no había estado cerrada. Y ahora el muchacho entraba al cuarto. Mahoma siempre se alegraba de verlo. Quería a este muchacho como si fuera un hijo y con él hablaba muchas cosas que no trataba con nadie más.

Dirigiéndose a él, le preguntó:

«¿Oíste lo que estábamos hablando?».

«Era imposible no haberlo hecho, señor», respondió con franqueza Said.

«A mí me convino que lo hicieras; así podemos hablar sobre ello, hijo mío. ¿No te parece terrible que un hombre acaudalado ande tanto detrás del dinero y los bienes?».

«Y lo que es más, él te va a seguir dando mucho trabajo, señor», fue la respuesta de Said.

«¿Trabajo?», dijo Mahoma lentamente. «¿Qué quieres decir con eso? Él lo único que tiene que hacer es entregar información, por la cual se le va a pagar. Si me es posible, trataré de no verlo más. Que Abu Bakr se encargue de lidiar con él».

«Pero no va a ser así, señor», dijo Said con una sonrisa pícara.

Said conservaba la misma sonrisa cautivadora de cuando era niño.

»Mahoma jamás ha abandonado a un ser humano que necesite ayuda. Y Abu Talib necesita de una ayuda poderosa para que su alma no se hunda en el lodazal de la codicia. Tú vas a hablarle bondadosamente, y no increpando ni berreando. Vas a aceptar a Ali y quizás así te ganarás su corazón, de modo que él se deje guiar por ti».

«¡Qué inteligente eres, hijo mío!», dijo Mahoma, mas en sus apalabras no había ni un asomo de burla. «Yo casi temía que acabara siendo así, cosa que me robaría mucho tiempo».

«Tanto mayor será tu júbilo cuando algún día puedas mirar a Abu Talib con la veneración que sentiste por él en tu niñez».

«Ven acá, Said», bromeó Mahoma, «¿eso también te lo dijeron los hombrecillos? ¿Cómo es que me conoces tan bien?».

«Porque te amo, señor», repuso el jovenzuelo, ya serio. «Mis hombrecillos no necesitan decirme lo que yo ya sé. Pero, de otro modo, me cuentan muchas cosas. Fuera de ti, señor, ellos son mis mejores amigos».

«Algún día de estos en que vaya a ver a Alina y a Fátima tengo que llevarte conmigo, para que les cuentes de ellos, Said», dijo Mahoma.

Esta íntima conversación, empero, llegó a su fin. Los consejeros vinieron a ver al soberano, y éste tuvo que dedicar todos sus pensamientos a los deseos de aquellos.

Al día siguiente se apareció Ali, un muchachito pálido y larguirucho cuyo único atractivo eran sus ojos radiantes.

Mahoma lo recibió con amabilidad y entabló con él una simple conversación. Cuál no fue su sorpresa al darse cuenta de que el niño, de unos nueve años, tenía una instrucción y un conocimiento bien elevados para su edad. Y en su caso, su aguzado intelecto parecía estar acompañado de una delicada intuición, como sucedía con Said.

Mahoma llamó a Said y le pidió que se llevara a Ali y le diera alguna tarea pequeña. Al cabo de algunas horas, Mahoma le pidió a Said que viniera para preguntarle. Éste también había quedado impresionado y le simpatizaba grandemente el modo de ser del niño.

«Me gustaría, señor, poder hacer con él lo que tú hiciste conmigo», le suplicó Said. «Permite que el muchacho pase a ser mi asistente; en la escuela del templo ya no tiene más nada que aprender. Además de que me gustaría contarle de Cristo e instruirlo en las cuestiones de la fe, como ya tú has hecho conmigo».

Justo eso era lo que Mahoma quería. Acto seguido se le preguntó a Ali si estaba dispuesto a desempeñar pequeñas tareas para Said. El niño estaba muy agradecido de que Mahoma le diera una oportunidad. Ante el príncipe el muchachito sentía una gran timidez, mientras que a Said le tomó confianza bien rápido.

Así, a Abu Talib se le comunicó que a su hijo se le había dado un puesto de secretario asistente en el palacio del príncipe y que en lo adelante el muchachito viviría allí, en una pequeña habitación al lado de la de Said.

Al recibir este mensaje, Abu Talib se apresuró a presentarse en palacio para dar las gracias. Mahoma lo recibió con amabilidad y, tras escuchar lo que el tío había averiguado entretanto, fijó un precio para toda información que fuera de utilidad.

Unos días después Mahoma entabló una conversación con el anciano príncipe sobre todo lo que Abu Talib le había contado. En el curso de la charla se echó a ver que Abul Kassim siempre había sabido de los esfuerzos de ese grupo y había consentido en silencio su actuación.

«Ya verás que a ti también el llegar a conocer mejor el alma de nuestro pueblo te va a llevar a abrigar la aspiración de unir todo lo que sea de origen árabe. El árabe es muy superior al sirio en carácter. Si aquél tiene que estar bajo el gobierno de éste, siempre va a haber fricciones, con lo cual se despilfarra la mayor parte de las fuerzas. En cambio, si el sirio es puesto bajo la disciplina del árabe, aquel puede desarrollarse de manera insospechada. No olvides esto».

«¿Y los judíos?», preguntó Mahoma con vacilación.

«Los judíos dejaron de ser pueblo cuando clavaron a Cristo en la cruz. Entonces se encontraban bajo el dominio romano en lo puramente exterior, mientras que podían preservar sus usos y costumbres como pueblo sin ser molestados. Ahora están desperdigados por todos los pueblos habidos y por haber. Tú mismo lo pudiste ver en Jerusalén.

»Sería bueno que el pueblo judío volviera a tener a alguien que lo gobernara con mano dura. Si este soberano creyera en Dios, ello constituiría la única salvación para este pueblo que ha perdido su excelso llamado».

Mahoma quedó estupefacto ante la sabiduría que se le revelaba aquí.

«Te asombras de oírme hablar así, Mahoma», le dijo con bondad Abul Kassim. «Te cuento que en mi larga vida he meditado mucho. No había nada que me cautivara más que reflexionar sobre el destino de los pueblos en la medida en que recibía información sobre ellos. En todo caso se me ha dado ver la fuerte guía de Dios mientras un pueblo recorría su camino de forma pura y devota. Una vez que el pueblo en cuestión alcanzaba su auge, se volvía arrogante, creído, seguro de sí mismo y, de esa manera, caía en el camino precipitoso que conduce irremediablemente hacia las profundidades».

«¡Admiro tu sabiduría, mi príncipe!», dijo Mahoma en la manera franca que lo caracterizaba. «Mas no entiendo por qué no uniste a los tres pueblos, cuando estás tan seguro de que para los tres ello sería una bendición».

«Aún no era el momento, hijo mío. Así que he sabido esperar. Eso también lo he aprendido. Antes yo era tan impetuoso como aún lo eres tú. Hasta que me di cuenta de que no era bueno tratar de abrir el botón para que floreciera más rápido. Eso lo que hace es que muera la flor. Así que aprendí a armarme de paciencia.

»Yo sé que tú vas a realizar todos mis planes, los manifiestos y los secretos. Para mí es suficiente el haberte preparado el terreno».

«¡Príncipe, padre!», dijo Mahoma, profundamente conmovido, «¡cuán sabio e iluminado eres! ¡Ayúdame a ser como tú!».

«En eso ningún ser humano puede ayudarte; se trata de algo que la vida misma tiene que enseñarte, como mismo me ha enseñado a mí. Interiormente, nos parecemos mucho. Yo, al igual que tú, quería comerme el mundo. Como tú, me era imposible ver pasivamente a alguien haciendo algo mal. Te voy a decir una cosa: se necesita más amor para dejar que las personas en un inicio tomen un camino falso que para ponerlos a la fuerza en el camino correcto».

«Eso no logro entenderlo», reconoció el joven. «Cuando una persona comete un error, mi deber es señalárselo para que evite equivocarse».

«Ese puede ser tu deber si dicho error representa un gran peligro para otros. De lo contrario, es mejor que tranquilamente dejes a la persona en cuestión actuar erróneamente y aprender de las consecuencias de su acción. Lo que ese sujeto aprende así, no lo va a olvidar tan fácil.

»Permíteme explicártelo con un pequeño ejemplo. Yo vi cómo hace unos días le arrebataste a Ali la tinta que él había puesto sobre los manuscritos que se disponía a llevar en los brazos. Así impediste que el muchacho derramara el líquido. El niño te miró atónito y sin comprender por qué no querías dejarlo llevar el tintero.

»Ayer llegué justo cuando Ali estaba, una vez más, llevando de una habitación a otra los manuscritos con el tintero encima de ellos. Said lo estaba observando y en ningún momento dijo nada, ni siquiera cuando vio que el tintero estaba en una posición precaria. Tranquilamente tomó de una caja varios trapos que al parecer él tenía guardados para eso y aguardó. Pasó lo que tenía que pasar: la tinta se derramó sobre la alfombra, y Said ya estaba estaba junto a Ali para ayudarlo a mitigar los daños.

»Sollozando, el muchacho decía: “Ahora entiendo por qué el príncipe, hace poco, me quitó el tintero. Nunca más lo voy a llevar así”».

»Ya ves. El muchacho aprendió más de la desgracia que de tu prevención».

«Ahora sí te entiendo. Lo tendré presente para cuando el deseo de corregir se apodere de mí. Ahora entiendo también por qué tantas veces me has dejado hacer, cuando una palabra tuya hubiera bastado para evitar que actuara de manera precipitada. ¡Cuántas preocupaciones no te habré causado!».

«La alegría ha sido mayor, hijo mío. Si hay algo que aún me inquieta de ti es tu costumbre de ceder ante los deseos de los demás. El altruismo es bueno, pero no debe convertirse en debilidad.

»Piensa, por ejemplo, en Abu Talib. Si hubieras mantenido una posición firme insistiendo en que como heredero legítimo, era a ti a quien te correspondía la herencia, puede que ello hubiera provocado una ruptura en vuestra relación, pero lo hubiera obligado a él a hacer ejercicio de introspección.

»Otro ejemplo, tu primera mujer, a la que, por no lastimarla, no te atreviste a decirle que no cuando te propuso matrimonio. Tienes que aprender a hacer valer tus derechos, no en afán de mandar, sino actuando en la fuerza».

Mahoma le iba a dar las gracias al viejo, pero este comenzó enseguida a hablar de otras cosas y cortó así toda posibilidad de volver al tema que habían estado discutiendo.

No bien habían transcurrido unos días, Abul Kassim se durmió tranquilamente para no despertar de nuevo y, sin llegar a despedirse de nadie, abandonó este mundo. El pueblo lamentó con el alma la muerte de su buen príncipe, y sin embargo, uno oía a muchos decir:

«Príncipe Mahoma es el mejor y el más grande de los dos. Nos podemos considerar bienaventurados de tenerlo a él como gobernante».

Pese a la gran reverencia que el árabe siente por la edad avanzada, más le atrae la vigorosa juventud. Mahoma, empero, además de su juventud, contaba con la alegre belleza de su apariencia y el brillo radiante que emanaba de sus ojos. El joven príncipe se ganaba enseguida los corazones de la gente.

Dondequiera encontraba amor para con su persona, pero en ningún lugar era ese amor tan profundo y puro como en su hogar.

Bajo la delicada comprensión del esposo, Alina, sin apenas darse cuenta, fue floreciendo hasta convertirse en una encantadora mujer. Desde hacía tiempo ya Mahoma había comenzado a discutir con ella muchas cosas que tenían que ver con el bienestar del pueblo. En su mujer el príncipe tenía una interlocutora que mostraba interés y que aportaba consejos de gran ayuda.

La situación de las mujeres era algo que a ella le interesaba muchísimo. Pese a lo poco que la joven había estado en contacto con las mujeres de su pueblo, aun así intuía que la pureza y la verdad estaban desapareciendo en ellas. Eran muchos los comentarios de sus sirvientas que le daban que pensar.

Hasta que le preguntó a su esposo y oyó de él que sus temores eran justificados. Ahí se pusieron a reflexionar juntos en busca de una manera de mejorar la situación.

«¿No podrías poner una ley que dicte que las mujeres han de permanecer completamente separadas de los hombres mientras no estén casadas?», preguntó la joven.

«Esa ley existe desde hace tiempo, tesoro mío», le dijo Mahoma, «solo que la gente la pasa por alto. Son pocas las mujeres que la acatan. Y la gente se burla y se ríe de ellas».

«En ese caso, ponla de nuevo, esposo mío. En ti la gente cree. Muéstrales el daño que le hacen al pueblo entero al permitir que las mujeres se echen a perder. De las mujeres salen madres», añadió Alina, sonrojándose.

«Ya lo sé, futura mamá», dijo con ternura Mahoma. «Y espero con ilusión el botón que mi flor pura pronto habrá de regalarme».

«¿Te entristecería si no fuera un niño?», quiso saber Alina. Mahoma le aseguró que una segunda Alina lo deleitaría más que un heredero.

Y sí que vino una niñita que era el vivo retrato de su bella madre, la cual le puso por nombre Fahira. ¡Cuánta alegría no le hubiera dado al príncipe Abul Kassim esta niña! Mahoma pensaba en el príncipe más que nunca.

A la hora de bendecir a la niña, los padres se vieron de nuevo ante la interrogante de a quién pedirle que le diera la bendición. Mahoma solucionó este conflicto pidiéndole él mismo a Dios la bendición para su hija.

Después de esto, empero, Mahoma quedó convencido de que no había nada más importante que empezar de una vez a trabajar en la edificación de la doctrina judía.

El joven príncipe vio su tarea en tomar la doctrina judía de Dios y complementarla y perfeccionarla con la fe en Cristo, pero de la manera en que el propio Jesús lo había hecho con Sus discípulos. Jesús había echado abajo los estatutos y mandamientos concebidos por los hombres y había puesto en su lugar lo que provenía de lo alto.

De esa misma manera quería proceder Mahoma. El príncipe se pasó muchas noches en oración para encontrar lo correcto. Todo su trabajo como gobernante estaba sustentado por estos pensamientos; todas sus acciones estaban dictadas por ellos.

Lenta, muy lentamente, Mahoma vio un principio de lo que él buscaba en espíritu. El joven príncipe se dio cuenta de que primero tenía que liberar al judaísmo de la escoria. Pero todo lo que tocaba se desmoronaba. Las tradiciones estaban carcomidas; los estatutos, anquilosados.

Lo que quedaba eran los mandamientos que a Moisés le fue dado traerle a su pueblo y las profecías sobre la venida del Mesías, las cuales Mahoma ya veía como cumplidas con la vida de Jesús en la Tierra, por lo cual las dejó a un lado.

Mahoma sentía grandes deseos de poder hablar de todo esto con algún ser humano, mas ello no podía ser. Solo con Dios podía su alma encontrar lo que necesitaba para sí misma y para los demás. El príncipe le habló de ello en una ocasión a Abu Bakr. Este, empero, respondió:

«Si quieres saber mi consejo, mi príncipe, permíteme decirte que tu éxito depende más que nada de la discordancia entre los pueblos en cuestiones de fe. ¡Guárdate de empezar uniéndolos en lo espiritual! Cuando ya hayas consolidado tu dominio sobre los pueblos colindantes, cuando ya éstos tiemblen ante tu poder, puedes darles todo el alimento espiritual que quieras; ¡antes no!».

Ello le hizo ver a Mahoma que su consejero, en el fondo, no lo entendía, y el joven príncipe le cerró su alma al visir. Esto fue una decepción para Mahoma, mas no pesó mucho; ya que en casa encontraba entendimiento y comprensión.

A menudo Mahoma incluía a Said y a Ali en el círculo hogareño y, así como antes había hablado de Cristo, ahora hablaba de la fe de los judíos y de todo lo que pensaba respecto de ella. El joven príncipe obtenía como gratitud el atento interés de sus oyentes, lo cual le servía de estímulo para seguir buscando.

Estos ratos juntos pusieron en evidencia que en Ali lo más fuerte era el judaísmo. A las leyes más incomprensibles el muchacho le encontraba una explicación que hacía que uno las viera de otra manera.

Si, aun así, al final había que desecharlas, por resultar demasiado humanas, esto se hacía entonces con el saber de que habían sido puestas en buena volición debido a alguna necesidad en un momento dado y que, en la mayoría de los casos, habían sido malinterpretadas más tarde.

Said sabía mucho del judaísmo, mas este no le decía nada a su alma. No se podía decir tampoco que fuera cristiano, sino que, como discípulo de Mahoma, se encontraba entre los dos credos tal como estos habían sido formados por los hombres. El joven ansiaba que su señor trajera por fin el necesario compromiso.

Fátima y Alina, por último, eran en fe fieles siervas de Jesús. Las jóvenes tenían su propia fe, su propia manera de pensar, la cual se basaba por entero en las palabras del Hijo de Dios tal como Mahoma se las había comunicado.

Ellas también esperaban con ilusión que de una vez le fuera dada a la humanidad la «nueva doctrina», como llamaban ellas a lo que ahora habría de cobrar vida.

«Pero no vayas a olvidarte de nosotras las mujeres», oía Mahoma decir a Alina una y otra vez con su voz encantadora.

Y mientras se entregaba con pura volición a lo que su alma lo llevaba a hacer, sin tener idea de que justo eso era la tarea que Dios quería que él cumpliera, Mahoma llevaba las riendas del gobierno con mano firme. No había acontecimiento, por muy insignificante que éste fuera, al que él no le dedicara su atención y analizara sus posibles consecuencias.

La labor de Abu Talib volvió a cobrar gran magnitud. El viejo había vuelto a encontrar placer en hablarle al pueblo e influenciar a otros. Ya había olvidado que había de actuar como emisario del príncipe; como había hecho en el pasado, sus esfuerzos iban dirigidos a ganar algo para su bando, con la idea de después tratar de imponerle ese algo al gobernante.

Con la admonición de Abul Kassim presente, Mahoma permitió esto por un tiempo. Hasta que llegó a la conclusión de que este proceder del tío era una de esas cosas que podía causar daños y a las que, por tanto, había que ponerles un alto a tiempo.

Mahoma mandó a buscar a Abu Talib y lo llamó a contar. El viejo no negó nada; al contrario, reconoció lleno de orgullo haber hecho todo eso que ahora se le recriminaba como un error.

«Espera y verás lo que te vamos a traer, Mahoma», dijo con voz protectora. «Somos más viejos que tú y entendemos mejor cómo piensa el pueblo».

«Puede ser», dijo con paciencia el príncipe, «pero allí donde un pueblo ya tiene un príncipe, éste tiene que gobernar solo. Todos los demás tienen que abstenerse de intervenir si no quieren causar daños. De modo que te pido que pongas fin a tu actividad. Óyeme bien, Abu Talib: te lo ruego. No me lleves a obligarte a hacerlo».

«¿Te acuerdas de cómo acabaste con mi reunión en Halef, sobrino?», dijo el viejo, encolerizado. «Eso es exactamente lo mismo que quieres hacer ahora. De nuevo todo el esfuerzo empleado y el trabajo que se ha hecho han de resultar en vano. Pero esta vez no lo voy a permitir. Si no quieres lo que nosotros, entonces seguiremos sin ti, y ya verás adónde te va a llevar tu autoritarismo».

En ese momento, Ali entró en la habitación. El joven quería retirarse de inmediato una vez que entregó el manuscrito debido al cual había venido, pero Mahoma le pidió que se acercara:

«¿Quieres repetir en presencia de tu hijo, Abu Talib, lo que me estabas diciendo ahora mismo?», preguntó el príncipe.

El viejo se ruborizó, meneó la cabeza y, tras despedirse con brevedad, abandonó la habitación.

«Sería bueno, Ali, que hoy dedicaras tu tiempo a cuidar de tu padre», propuso Mahoma. «Por su cabeza pasan todo tipo de ideas. Quizás tú consigas disiparlas».

Por la noche Ali se presentó en el hogar de Mahoma y le informó a éste que a su padre no se le veía por ninguna parte. Tal parecía que nadie sabía de él. Pero no podía haberle pasado nada, ya que con él habían desaparecido también dos siervos de confianza y muchas cosas.

Por mucho tiempo la cosa quedó ahí. En un principio nadie oyó nada de Abu Talib.

Para Mahoma, empero, llegó el momento de abandonar el palacio de su padre para mudarse al palacio principesco. Como es lógico, Alina y Fahira habrían de acompañarlo. Para Fátima, Mahoma quería acondicionar en su antiguo hogar una pequeña corte.

Mas sus planes encontraron resistencia en su familia. Alina y Fátima no querían separarse. De modo que Mahoma aceptó que su hija se mudara con ellos.

Siguieron años hermosos y llenos de trabajo. Mahoma seguía sin recibir un sucesor; a Fahira se le sumó una hermanita, princesa Yesida, mas la felicidad en el hogar del príncipe era tan grande que éste no podía pedir más.

Abu Bakr insistía en acometer ya la ocupación de Siria y de Palestina. El visir alegaba que estos pueblos ya estaban maduros para la anexión y que la resistencia de los gobernantes de estos países debía ser vencida mediante el uso de la fuerza.

Mahoma no quería saber nada de esto. Ya había preguntado al respecto en oración y había recibido por respuesta que el momento no había llegado aún. Los países en cuestión iban a caer en sus manos como frutos maduros. Pero mientras tanto, debía esperar paciente y tranquilamente.

Llevado por su manera de ser franca y abierta, Mahoma le comunicó este mensaje a Abu Bakr, a quien, a juzgar por su disposición toda, él veía como un creyente. Una vez más, empero, se vio obligado a sufrir una decepción.

El visir se tomó la libertad de reírse a carcajadas cuando el príncipe le dijo que tenía pensado esperar, como le indicaba el mensaje.

«Príncipe, sí que eres tonto», le dijo con la misma franqueza.

A Mahoma le hervía la sangre, pero logró controlarse. Por un momento creyó ver a Abul Kassim exhortándolo a no tolerar algo así. La imagen desapareció tan rápido como había venido.

Indignado, el príncipe se dirigió a su consejero:

«Abu Bakr, no olvides que eres visir», le dijo mordazmente. «El alto cargo que ostentas exige de ti un decoro que ahora mismo has dejado a un lado. Me gustaría que el mensaje que estaba pensando mandar a Yatrib hoy lo lleves tú mismo y que por el camino trates de recuperar tu equilibrio».

El reprendido hervía de la ira. Cuanto más sentía que se había merecido la reprimenda, tanto más crecía su cólera hacia este príncipe mucho más joven que él. Tras despedirse con brevedad, abandonó la habitación y apenas había pasado una hora cuando ya marchaba camino de las puertas de la ciudad acompañado de un fastuoso séquito.

Mahoma, en cambio, respiró aliviado. El joven príncipe se maravillaba de que le hubiera sido tan fácil hacerse valer. Ciertamente, el espíritu transfigurado de Abul Kassim lo había ayudado en ello, y por esto, le estaba agradecido.

Said, que gracias a la cortina a medio correr, había sido testigo involuntario de la conversación, temía que el visir pudiera convertirse en acérrimo enemigo del príncipe. Pero como encontró a su protector de tan buen ánimo, no se atrevió a expresar su recelo y decidió estar el doble de atento en lo adelante.

Mahoma, por su parte, no tardó en olvidar el desagradable incidente, pues en casa le esperaba una novedad. Alina, a quien desde hacía días se le notaba que quería hablar algo con él, viéndose una y otra vez impedida en ello por que no se presentaba la oportunidad, pidió tener una conversación con su esposo.

«Me veo obligada a venir a ver al príncipe, ya que el esposo no tiene tiempo para mí», dijo con picardía la joven.

Acto seguido, ésta le recordó a Mahoma que Fátima hacía mucho que había alcanzado la edad de casarse sin que el padre le hubiera prestado atención a ello. Ya era hora de buscarle a la muchacha un esposo que al mismo tiempo pudiera actuar como sucesor de Mahoma en caso de que el hijo y heredero nunca llegara.

«¿Y dónde voy a encontrar yo a ese esposo?», preguntó Mahoma, verdaderamente asustado. «Son tantas las cosas que tengo que hacer».

Alina no pudo evitar sonreír.

«Por eso, menos mal que hay otros que hacen por ti, mi asendereado príncipe», exclamó la joven de manera casi juguetona. «Fátima y yo ya hemos encontrado la solución del enigma. Lo único que tú tienes que hacer es dar tu consentimiento. Hemos encontrado un joven de noble cuna que ama a Fátima con toda su alma…».

Mahoma la interrumpió.

«¿En qué momento tuvo ese joven ocasión de ver a mi hija? ¡Espero que no haya sido alguien por ahí que los presentó!».

«Tú mismo los presentaste, amigo mío», le respondió tranquilamente Alina. «Aquí no se ha hecho nada sin que tú lo sepas. Pero para que no te vayas a molestar, te voy a decir que se trata de Ali, tu sobrino».

Sumamente sorprendido, Mahoma se quedó mirando de hito en hito a su interlocutora.

«¡¿Ali?!», dijo, atónito. «¡¿Ali?! Pero si él es demasiado feo para nuestra belleza».

«¿Eso es todo lo que tienes que decir en contra de él, amigo mío?», preguntó Alina. «Su apariencia no es lo importante. Su corazón es puro como no hay dos. Y lo que es más importante, Ali te tiene gran devoción y no dudaría en dar la vida por ti».

«¿Y Fátima está dispuesta a ser su compañera?», quiso saber Mahoma, todavía sin poder dar crédito.

«Fátima se casaría con él con gusto», confirmó la princesa. «Y ahí tu podrías darles tu palacio paterno como lugar de residencia, puesto que, como es lógico, Ali no puede llevar a su esposa a vivir en casa de Abu Talib».

«Ali va a tener que cortar todo lazo con su padre si pretende entrar en una relación más estrecha con mi familia», se apresuró a decir Mahoma. «Abu Talib ya no es mi amigo. Está tramando un complot, de eso estoy seguro, si bien hasta ahora no hemos oído nada al respecto».

«Puedes estar seguro de que Ali jamás ha querido a su padre. Así que no le va a ser difícil separarse de él».

Lo mismo aseguró Ali, que de inmediato había sido mandado a llamar por Mahoma. Sumamente feliz de que Fátima fuera suya y de así poder estrechar lazos más fuertes con el príncipe, a quien admiraba más que a nadie, el joven hubiera hecho todo cuanto se le pidiera.

Fue así como tuvo lugar el casamiento de la hija del príncipe con Ali, quien fue ascendido al puesto de consejero. En la familia de Mahoma todo era pura luz, pero en su vida pública el príncipe veía de vez en vez sombras y puntos oscuros, los cuales, en virtud de la frecuencia con que aparecían, daban que pensar.

Abu Bakr llevaba lejos de la corte un tiempo extremadamente largo. Desde hace mucho que debería de haber regresado de Yatrib, pero nadie tenía noticias de él. Mahoma, sin embargo, se resistía a mandar a buscarlo. Estaba convencido de que al visir no le había pasado nada y que eran otras las razones por las que no acababa de regresar.

Ya se tendrían noticias de él.

Entretanto, se comenzaba a echar a ver la influencia de otro. Abu Talib se había apresurado a venir tan pronto se enteró del casamiento de su hijo. El viejo quería solazarse en la gloria de su heredero y lograr por medio de él aquello por lo que había estado luchando sin ningún éxito.

La manera en que se le recibió fue bien fría. Su hijo le dijo que no podía seguir viendo como su padre a un adversario del príncipe y le comunicó, además, que no quería nada de su herencia, pero que a cambio Abu Talib no podía hacerle reclamos respecto de sus derechos de padre.

Lleno de rabia, Abu Talib abandonó el palacio de su padre, en el que tanto le hubiera gustado sentar residencia de nuevo.

El viejo permaneció en Meca, pero en la clandestinidad, y comenzó a agitar en secreto. Toda su elocuencia la empleaba ahora en crear un ambiente hostil al príncipe. Pronto se dio cuenta de que con la gente simple no iba a lograr nada. Las personas llanas se aferraban a Mahoma, en quien veían a su líder por mérito y por derecho.

En un principio, los nobles tampoco se dejaron llevar a a cometer algo contra un hombre que en realidad les venía muy bien.

Fue entonces que Abu Talib centró sus esfuerzos en los numerosos mercaderes que había en la ciudad. Aquí fue sumamente habilidoso.

En Meca había un santuario. Nadie sabía a quién había sido dedicado en su día ni cuánto tiempo tenía de construido. Se trataba de una edificación cuadrada y oblonga que había recibido el nombre de Kaaba y en la que había amurallada una piedra negra que era objeto de adoración.

Según la leyenda, dicha piedra había sido blanca, pero se había vuelto negra como consecuencia de los pecados de los hombres.

El santuario era abierto solo tres veces al año. Todos los años era revestido de suntuosos paños de seda para los cuales los sacerdotes fetichistas, que eran quienes administraban el santuario, se pasaban el año entero recogiendo ofrendas.

Todos los años se le permitía siempre a un mercader diferente ‒tenía que ser un mercader afincado en la ciudad‒ suministrar los paños al efecto y ganar así una considerable suma de dinero.

Como por las dos primeras aberturas del santuario ‒una para los hombres y otra para las mujeres‒ pasaban piadosos creyentes de todas partes del país, el santuario tenía una importancia enorme para la prosperidad de la ciudad.

En ello basó Abu Talib su astuto plan. Con gran habilidad, el viejo dejó caer aquí y allá el rumor de que Mahoma se consideraba a sí mismo un emisario de Dios y que por encargo de Este estaba concibiendo un nuevo culto.

Tan pronto hubiera terminado con esta labor, prohibiría, como es natural, toda idolatría en el país y cerraría la Kaaba para siempre, si es que no la destruía incluso. Ello sería el fin de la prosperidad de Meca. Todo el comercio iría a parar a Yatrib, que como ciudad era más grande que la primera.

Al principio los hombres se reían de esta profecía. Pero Abu Talib no cejó y hablaba de ello una y otra vez. Todo cuanto oía de Mahoma sabía explotarlo habilidosamente para sus fines.

Cuando Abu Bakr fue enviado a Yatrib, el viejo decía:

«Ahí podéis ver lo mucho que ese lugar significa para él. Está mandando al visir en persona. Parece que el mensaje es demasiado importante como para que lo lleve un simple jinete».

De tanto oírlas, las palabras acabaron encontrando acceso en la mente de la gente. Estos las repetían y comenzaron a creer en ellas.

Mahoma empezó a ser recibido con suspicacia o reserva, él, que tan acostumbrado estaba a que todos los corazones se le abrieran incondicionalmente.

Cuando Abu Talib se percató del éxito de sus esfuerzos, no se detuvo ahí, sino que decidió ir más lejos. Ahora se puso a soliviantar a los judíos, entre los cuales habían muchos mercaderes también. A estos les habló del futuro aciago que le aguardaba a la ciudad una vez que dejaran de venir los visitantes, que tanto dinero le traían al lugar.

De paso les reveló que Mahoma estaba tratando de acabar con los estatutos y reemplazarlos con una infusión del cristianismo. Con ello agitó los ánimos tanto de los judíos creyentes como de los no creyentes.

Said fue el primero en averiguar quién estaba detrás de la agitación en la ciudad. Pero todo era tan poco tangible que uno no podía acusar a nadie de deslealtad o de sedición. No quedó más remedio que estar preparado para todo y esperar.

Fue en eso que Abu Bakr regresó. El hombre había estado ausente más de un año. Algo inaudito en el caso de un visir. Mahoma no sabía como debía recibirlo y recurrió al mensajero de Dios en busca de instrucciones.

«Abu Bakr viene arrepentido. No le hagas el regreso más difícil», le aconsejó la voz celestial. «En lo adelante tendrás en él un servidor absolutamente fiel. Y a ti te hace falta el contrapeso que él representa para tu forma de pensar».

Acostumbrado como estaba a obedecer sin falta las instrucciones de lo alto, Mahoma venció su enojo y recibió al retornado con gran inocencia y amabilidad, como si el visir hubiera estado ausente por tan solo unos días.

Conmovido por ello, Abu Bakr, que ya de por sí estaba abrumado de remordimiento, se postró a los pies del príncipe y le pidió perdón. Mahoma lo ayudó a levantarse y le dijo amablemente:

«Yo no tengo nada que perdonarte. Con que Dios te haya perdonado, ya todo está bien entre nosotros».

Resultó que Abu Bakr por lo menos no había estado perdiendo el tiempo. Hasta Yatrib habían llegado los rumores diseminados por Abu Talib; el visir, empero, les había hecho frente tenazmente y había conseguido disipar toda duda en el ánimo de los pobladores del lugar.

Ahora Yatrib le era el doble de fiel a su príncipe.

Esos eran los frutos exteriores de su estancia en el lugar. Los interiores y más valiosos consistían en que su infatigable defensa de los planes y la doctrina de Mahoma lo habían hecho profundizar en ambos.

Ahora el hombre estaba convencido de que lo que en un principio había considerado como sueños sin base por parte del joven era voluntad de Dios. Todo él estaba permeado de la necesidad de la fe en el Dios único.

Con la simpleza que lo caracterizaba, el visir manifestó todo esto, y Mahoma se alegró de que después de todo su alma no se hubiera equivocado al sentir simpatía por Abu Bakr cuando los dos se conocieron.

Preguntado en cuanto a cómo le había ido en el lugar adonde lo llevó su viaje, el visir confesó que hacía unas pocas semanas se había casado con una moza de noble cuna. Esto también fue motivo de alegría para Mahoma, quien exhortó a su visir a presentarle su esposa a Alina tan pronto le fuera posible.

Ahora que de nuevo tenía a su visir a su lado, Mahoma podía dedicarse mejor a darle forma a su doctrina. Trabajando en ello se dio cuenta de que habían muchas interrogantes a las que no conseguía darles solución. Lo que un día le parecía tener claro al otro día estaba envuelto en nebulosa.

Alina, a quien el príncipe le hablaba de esto, le dijo, pensativa:

«Vas a necesitar un tiempo de maduración en la soledad y apartado del trato humano, amigo mío. Acuérdate de Moisés, ¿cuanto tiempo no estuvo él en el desierto para que su espíritu pudiera alcanzar la preparación que le permitiera ser portador de la verdad y auxiliador? Y Cristo también se apartó del pueblo antes de traerle a este la Verdad».

«¿Y cómo voy a disponerlo todo de manera que eso me sea posible, Alina?», preguntó Mahoma, convencido solo a medias. «Mis deberes como príncipe no me permiten ni un solo día libre».

«Y aun así, vas a quedar libre cuando Dios lo quiera», repuso su esposa.

Así como el agua, una vez que ha logrado pasar por una pequeña hendija del dique, no deja de entrar por ese lugar y al mismo tiempo va ampliando la brecha, del mismo modo fue creciendo la insubordinación en Meca, pese a toda la severidad de Abu Bakr. A dos personas que se encontró hablando de manera sediciosa, el visir las mandó a colgar en el acto, ya que sabía que si se le preguntaba a Mahoma, este las iba a perdonar.

La conmoción que este escarmiento produjo en la gente no duró mucho; al poco tiempo, ya se habían olvidado de lo sucedido.

El príncipe aparecía públicamente más que nunca. No en todas partes donde hacía acto de presencia encontraba la confianza total de años anteriores. A veces se daba el caso que al hacer alguna pregunta, recibía una respuesta desafiante y en ocasiones ni siquiera eso.

Creyendo que el problema estaba en algo de su propia conducta, Mahoma le oraba a Dios el Señor para que este le dijera qué tenía que cambiar de su vida.

Pasó largo tiempo sin que obtuviera respuesta, y creyó ver en este silencio que Dios estaba enojado con él. Mahoma siguió orando e implorando con la misma intensidad.

Hasta que de repente, cuando menos él se lo esperaba, se dejó escuchar la voz celestial que se había convertido en su compañera por los caminos de su vida:

«Mahoma, tranquilízate y no te preocupes. No es tuya la culpa de lo que ahora habrá de sobrevenirle a tu ciudad. Son los propios hombres los culpables. Ello, empero, tenía que ocurrir, a fin de que así se creara el suelo propicio para la doctrina que te será dado traerle al pueblo.

»Reúne a los tuyos, y vete con ellos a Yatrib, donde podréis estar a salvo. Eso sí, a Abu Bakr déjalo aquí. En esta ciudad va a estallar una sangrienta revuelta. Los fetichistas van a pelear contra los judíos y éstos contra los cristianos. Y todos van a decir que es por tu causa que lo hacen.

»No los escuches y conserva la calma. De lo que haya de pasar aquí se va a encargar Abu Bakr.

»Después este, acompañado de sus guerreros, irá a reunirse contigo. Y ahí tú lo vas a dejar a cargo del cuidado de todos los tuyos y te vas a retirar a la sierra. Allí el Señor hará que te prepares para que alcances la comprensión de lo que aún permanece oculto a tus ojos».

Mahoma había recibido la respuesta de todo lo que le preocupaba. Y había además recibido instrucciones claras. Rebosante de gratitud, el príncipe alabó la sabia y bondadosa guía de Dios.

A la mañana siguiente le informó a Alina de todo lo que se le había comunicado. Fuera de ella, solo le contó a Mustafá, a Ali y a Said.

Mientras Ali y Said llevaban a un escondite los manuscritos más importantes y hacían todos los preparativos para su viaje y el de los parientes de Ali, Mahoma y Mustafá aprovechaban el silencio de la noche para amurallar todos los tesoros en el lugar secreto del palacio de los Quraish.

Fue tanto el cuidado con el que trabajaron que ni los numerosos sirvientes, ni Ali, que estaba trabajando arriba, en los aposentos de la casa en la que ahora moraba, notaron nada.

Dos días más tarde, ya todo estaba listo. Mahoma mandó a los suyos alante con Ali, Mustafá y los sirvientes más viejos. El pretexto usado fue que en Meca hacía demasiado calor para la salud de las mujeres y los niños. De modo que era mejor que se fueran a la sierra. Si al final la gente se daba cuenta de que se encontraban en Yatrib, ¿quién iba a sospechar algo por ello?

No fue sino entonces que Mahoma habló con Abu Bakr. El príncipe le dijo a su visir que consideraba como lo más seguro abandonar por un tiempo la ciudad en la cual su presencia causaba tanta agitación.

El visir ya había pensado en eso; solo que no se había atrevido a proponerlo por temor a que el príncipe creyera que él estaba tratando de hacerse del primer lugar. Mahoma disipó sus temores y le dio plenos poderes para que en su ausencia actuara como estimara conveniente y necesario una vez que hubiera sometido a debida reflexión la problemática de turno.

Ahora había que buscar una razón aparente para el viaje de Mahoma. Abu Bakr sabía qué decir en este caso también. No hacía mucho habían venido emisarios de Yatrib para pedirle a su soberano que en su ciudad también se construyera un santuario. En primera instancia, Mahoma se había visto obligado a decirles que no, mas les había prometido que después iría a la ciudad en persona para entablar negociaciones con sus habitantes. Eso ahora podía ser usado como pretexto.

De las instrucciones recibidas en la noche, Mahoma no le dijo nada a Abu Bakr. El príncipe había aprendido que era mejor guardar silencio.

A Mahoma se le hizo difícil separarse de su ciudad, a la que le había tomado cariño. ¿En qué condiciones estaría cuando la volviera a ver? Es posible que cuando estallara la rebelión no quedara piedra sobre piedra en el lugar. Bueno, si así pasara, eso también estaría en conformidad con lo dispuesto por la sabia voluntad de Dios.

Acompañado únicamente de Said y dos sirvientes, Mahoma se dirigió a caballo hacia las puertas de la ciudad sin llamar la atención.

No fue sino cuando ya se encontraba en las verdes planicies y pudo dejar trotar su caballo que entonces la seguridad y una alegre audacia inundaron en su corazón. Ahora iba en pos de su tarea. Pero primero Dios el Señor quería hacer pulir su herramienta, a fin de que fuera de verdadera utilidad. Y ello era solo motivo de alegría en él.

En Yatrib encontró a los suyos bien acomodados en el antiguo pero bien conservado palacio que, tras la muerte de su propietario, había pasado a ser propiedad de la ciudad.

La gente recibió al príncipe con gran júbilo. Este, como es natural, no dijo que había huido, sino que dejó a todos creyendo que sus personas allegadas seguirían camino hacia la sierra y que él había querido conocer por fin a sus fieles en Yatrib.

Mahoma les contó que estaba trabajando en función de darle a todo el reino de Arabia una fe buena y uniforme. Después Yatrib también habría de tener un santuario bello y esplendoroso, para que todos los habitantes pudieron adorar a Dios allí.

Había tanto que discutir con los patriarcas de la ciudad, los cuales querían aprovechar al máximo la presencia de su soberano, que los días pasaron volando.

Mandados por Abu Bakr, a la ciudad llegaban mensajeros leales que informaban de cada vez más disturbios en Meca. Hasta que un día los mensajeros también dejaron de venir y Mahoma entonces supo que había sucedido lo inevitable. Ali y Said pidieron regresar para combatir junto a Abu Bakr si ello fuera necesario.

A Mahoma le costó trabajo retenerlos. Su presencia hacía falta aquí, con las mujeres, ya que pronto llegaría el momento en que él tendría que abandonarlos.

Mercaderes de paso trajeron la información de que en Meca había estallado una sangrienta revuelta que había sido reprimida con dura crueldad por Abu Bakr. Después vinieron otros hablando de un incendio que había causado estragos en la bella ciudad.

Hasta que ya no vino más nadie. Yatrib parecía haber quedado aislada del resto del reino en dirección sur. Nadie encontraba la manera de llegar allí y nadie de esos lares se abría camino hasta la ciudad. Ello era voluntad de Dios, quien así quería allanarle el camino a Su portador de la Verdad.

Fue así como una noche Mahoma recibió esta orden:

«Ha llegado el momento, siervo del Altísimo, de que abandones a los tuyos. Sin ir acompañado de nadie, cabalga en dirección a la sierra. Lleva comida suficiente para diez días y doble muda de ropa. Todo eso tu caballo puede llevarlo sin dificultad. Ahora, más de eso no te lleves.

»A los pobladores de la ciudad diles que vas a hacer una excursión; a los tuyos, empero, diles la verdad, que ellos tienen que ser fuertes y mantenerse llenos de confianza. Todo lo demás está arreglado; así que por ello no te preocupes».

Mahoma hizo lo que el mensajero de Dios le había ordenado y nadie de los suyos le hizo difícil la despedida. Alina ya había hablado con ellos y les había mostrado cómo podían ayudar a Mahoma acatando alegremente la orden de Dios.

Así, Mahoma partió siguiendo el camino de Dios en la compañía de Su mensajero y abierto a todo rayo que, proveniente de lo alto, buscara acceder a su alma, en total entrega a la voluntad de su Señor.

Cuando, pasados tres días, el príncipe aún no había regresado de su excursión y la gente comenzaba a inquietarse, Ali les dio a conocer que el soberano se había encontrado por el camino a un mensajero que traía cartas importantes de Siria y que había decidido dirigirse hacia allá de inmediato.

Todo el mundo le creyó. La gente, además, vio lógico que las mujeres quisieran esperar el regreso del príncipe antes de abandonar la ciudad.

Durante ese tiempo Alina y Fátima se volvieron más apegadas aún, si es que eso era posible. Pero al mismo tiempo comenzaron a entablar relación con otras mujeres de noble cuna que con gusto y alegría recibían a las princesas.

De dicha relación que en un principio era de carácter superficial, como era costumbre entre las mujeres entonces, se fue desarrollando con el paso del tiempo una unión más sólida y seria que le trajo bendiciones a toda la población. Mucho antes de que Mahoma regresara, ya las mujeres de Yatrib se habían vuelto siervas de Cristo de conformidad con lo que Alina les enseñaba de Él.

Gracias a ello, las costumbres se fueron atemperando de manera automática, cosa que se hacía palpable por todas partes.

Mahoma, por su parte, se encontraba en la sierra. Siguiendo las instrucciones del mensajero, había encontrado acogida bien alto en las verdes laderas de una montaña, en la morada de un pastor de ovejas que ni se imaginaba a quién había tomado como peón.

Mahoma se hizo llamar Said a fin de no despertar sospechas, pero sin problemas hubiera podido seguir usando su nombre: el pastor sabía tan poco de un príncipe Mahoma como de la existencia de un Dios. Lo único que este hombre conocía eran las montañas, sus ovejas, el hambre, la sed y el sueño.

Pero a Mahoma le podía dar justo lo que este necesitaba además de la guía de las alturas: un techo, comida, bebida y un trabajo que le dejara tiempo para pensar. ¿Acaso Moisés no fue pastor también durante el tiempo de su preparación? Estaba casi seguro de que así había sido.

De buen ánimo cuidaba de las lanudas criaturas a su cargo mientras, tendido en la soleada ladera, observaba el cielo y dejaba que por su alma pasaran pensamientos sobre la eternidad.

Una tras otra se fueron aclarando las muchas interrogantes en su interior. Su alma se abrió a la Luz y en los rayos de esta Luz floreció lo que él habría de traerle al mundo: la Verdad de lo alto en una nueva forma.

De repente, Mahoma supo que hubiera sido un error el recorrer el país enseñando a la gente, como había hecho Jesús. Desde aquel entonces habían pasado ya seiscientos años. Si quería lograr algo, estaba obligado a ordenarle al pueblo que aceptara la fe; solo entonces le sería posible instruir a la gente en ella y hablarle a sus almas.

Los árabes eran diferentes a como habían sido los judíos; así que él tenía que proceder de otra manera con ellos.

El príncipe también se dio cuenta de que no podía, simplemente, rechazar todo lo viejo como algo inservible o hasta perjudicial. Tenía que proceder lentamente, anudando a lo viejo lo nuevo que había de traer, hasta que pudiera desplazar lo viejo con lo nuevo sin que ello le causara dolor al pueblo.

El cabello lo tenía ya bien por debajo de los hombros y la barba le llegaba al pecho. Esto era lo que le indicaba que ya llevaba muchísimo tiempo con las ovejas. Algo con que cortarse el cabello que crecía y crecía, no tenía. El pelo largo, empero, tampoco era un impedimento para él. Más bien era un indicador del tiempo.

Mahoma se había visto obligado a dejar de contar las generaciones de ovejas para guiarse. Que sean los años que sean. Él estaba consciente de que los suyos se encontraban bien protegidos bajo el amparo de Dios, y él, por su parte, estaba aprendiendo y todavía le faltaba por aprender.

El pastor hablaba muy pocas veces con su peón, el cual le inspiraba cierta aversión. Para él, su empleado no estaba bien del todo mentalmente. Pero cuando se dio cuenta de lo puntillosamente que Mahoma seguía sus instrucciones y de cuánto lo querían las ovejas, el pastor se acostumbró a este hombre que a menudo hablaba solo en voz alta. Ahora, necesidad de hablar con él no sentía ninguna. Ninguno de los dos sabía prácticamente nada del otro.

La ropa que Mahoma había traído estaba hecha jirones, pese a que se la llevó nueva y la tela de la que estaba hecha era bien fuerte. Así que, siguiendo el ejemplo del pastor, se hizo una envoltura de piel de oveja con la que cubrirse y que impedía que pasara frío.

Mahoma casi tenía la impresión de que no podía ocurrir nada que interrumpiera la maravillosa tranquilidad y monotonía de su vida actual, nada que no fuera la orden de Dios, por la cual esperaba sin impaciencia. Hasta que se produjo un suceso inesperado: el pastor, que ya estaba entrado en años, murió.

¿Qué iba a hacer con las ovejas?

Ahora tendría que dirigirse al mensajero de Dios para recibir instrucciones. Las ovejas no eran suyas. Además de que tampoco sabía dónde el pastor conseguía las provisiones que saciaban el hambre de los dos. ¿Dónde habría vendido el viejo la lana, las pieles y los corderitos que él a veces se llevaba cuando se ausentaba por días enteros? Mahoma nunca le había preguntado.

Por algunos días, el príncipe siguió viviendo de la misma manera de siempre, hasta que se le acabó el pan y ya no le quedaba sal para sus ovejas. Ahí se atrevió a implorarle a Dios una vez más que le diera instrucciones.

Esta vez si las recibió. Con sumo detalle se le informó del camino que tenía que seguir para llegar al poblado donde conocían al viejo. Una vez allí, debía dirigirse al anciano del lugar y ponerlo al tanto de la muerte del viejo. Al mismo tiempo, debía canjear lana por ropa y, acto seguido, tomar rumbo norte y trasladarse hasta la próxima ciudad para aguardar allí nuevas instrucciones.

Mahoma hizo exactamente como Dios le había mandado a decir. El tener que marcharse no lo alegraba ni lo entristecía; lo único importante para él es que lo estaba haciendo por orden de Dios.

Esa misma noche llegó al poblado, en el que por su lana le dieron ropa buena y resistente. El anciano del lugar llamó a un hombre que resultó ser el hijo del pastor. Este de inmediato emprendió el viaje para hacerse cargo del rebaño abandonado.

A Mahoma se le dio las gracias por el servicio prestado y por haber traído la noticia y se le ofreció que pasara la noche en el lugar. Mas él había recibido orden de pasar la noche en la ciudad, así que tenía que trasladarse hasta allí. Ni siquiera se permitió tiempo para cortarse el pelo. Ya habría tiempo para ello en la ciudad.

Por suerte, esa noche en que se dirigía a la ciudad, la cual no se encontraba muy lejos, era una noche de luna.

Qué magico era caminar sabiéndose bajo la protección de la excelsa guía. Mahoma tenía la impresión de estar caminando en un templo inmenso. Aún no había pasado del atrio, pero el santuario le daba la impresión de encontrarse bien cerca.

En ningún momento se preguntó si lo alcanzaría o no; con el corazón latiéndole bien fuerte, iba en pos de lo que su andar le fuera a deparar.

No fue sino entonces que se apoderó de él la gran alegría de por fin poder trabajar como instrumento de Dios, como siervo de su Maestro. Mahoma se sintió compelido a detenerse, y entonces, alzó los brazos al cielo en señal de gratitud.

En ese momento se abrió la bóveda sobre él y desde lo alto se abrió paso un resplandor cuya irradiación casi parecía tocarlo. En atónita adoración, el viajero se hincó de hinojos. Palabras no logró encontrar para el poderoso sentimiento que lo embargaba, mas todo en él era una sola oración de acción de gracias.

En eso su alma abierta vio una imagen de majestuosidad supraterrenal:

En un amplio salón había un trono de oro puro; y sentado en este, una persona cuyos ojos parecían penetrarlo todo cual lenguas de fuego. Su figura estaba enmarcada por su plateado pelo ondulante y su mano derecha señalaba con el dedo índice. ¿Sería a él, Mahoma, a quien estaba señalando? ¿Sería posible que el Excelso sentado allá arriba en Su trono estuviera fijándose en él, un insignificante hombre terrenal?

Y en eso resonó una voz en él, o quizás fuera de él(?) Mahoma no sabría decir. En todo caso la oyó y la captó en su interior.

«¡Mahoma, siervo de Dios el Excelso y discípulo del Hijo de Dios! Aquí tienes a quien vendrá para juzgar al mundo. Asimila esta imagen en tu interior para que puedas entender lo que se te habrá de comunicar.

»La voluntad de Dios juzgará a la humanidad de manera justa. Esa misma voluntad te acepta como su siervo. A partir de hoy, recorre tu camino en la fuerza del Dios trino y cumple su mandamiento».

La voz dejó de oírse y la imagen se desvaneció. Poco a poco, el resplandor fue disipándose. Mahoma, empero, permaneció arrodillado y se quedó orando hasta que la aurora cubrió el cielo. Ahí se puso de pie, vuelto una persona totalmente diferente a la que había sido hacía tan solo unas pocas horas.

Con paso vigoroso, se dirigió a la ciudad, y una vez allí, se cortó el pelo y la barba. Acto seguido, fue en busca de una posada, donde comió y bebió y después se tendió en uno de los duros lechos allí disponibles. Todo esto lo hizo de manera completamente maquinal; su mente estaba en los acontecimientos de la noche anterior, los cuales repasaba en su alma una y otra vez.

Al final debe haberse quedado dormido; pues tuvo la impresión de estar soñando. Mahoma se vio en la ciudad de Halef hablándole a una gran congregación de personas. También podía oír lo que estaba diciendo.

Estaba hablando de Dios, el único verdadero, y de la necesidad de que todos los pueblos acabaran de comprender la Verdad e hicieran del Señor de todos los mundos su punto focal.

Cuando despertó, Mahoma ya sabía que su próximo paso era dirigirse a Halef para hablarle al pueblo.

Cuando el príncipe salió de la posada, afuera había un hombre con dos camellos. Este lo miró e, iendo adonde estaba él, le preguntó:

«¿Eres tú el viajero que quiere viajar a Halef hoy mismo? ¿Fuiste tú quien alquiló este camello?».

«Sí que me dirijo a Halef, amigo mío», respondió Mahoma, que en el hecho de que estuviera ya lista esta cabalgadura creía ver la guía de Dios, pero que no quería privar a otro de lo que quizás le correpondía. De ahí que dijera: «no recuerdo haber alquilado ningún camello».

«Si puedes pagar por él, es a ti a quien va a llevar», repuso el hombre.

Después de que se habían puesto de acuerdo en cuanto al precio, Mahoma se subió a la paciente bestia, mientras el hombre se acomodaba en el otro camello a fin de servirle de guía.

Por el camino el locuaz guía estuvo relatando lo que había sucedido últimamente en esas tierras. El hombre se extrañó de que su acompañante pareciera no saber absolutamente nada de todo cuanto había ocurrido. Sin embargo, después de que Mahoma le dijera que venía de un lugar lejano y que los últimos años los había pasado fuera del país, el guía, ni corto ni perezoso, se puso a contarle de lo que había pasado, dándole información veraz y también información distorsionada.

De todo ello lo que a Mahoma se le grabó fue que, durante su ausencia, Arabia había sido escenario de una sangrienta guerra civil. Abu Bakr había concentrado sus fuerzas armadas en los alrededores de Yatrib, siempre listo para desplazarse con la mayor rapidez allí donde las llamas de la rebelión aún no estuvieran extinguidas del todo y amenazaran con cobrar vida de nuevo.

«Yo conocía a Abu Bakr», admitió Mahoma, que quería oír más sobre el visir. «Entonces, ¿todavía vive?».

«Nuestro país hubiera acabado muy mal si él no estuviera vivo», dijo con énfasis el hombre. «Desde que nuestro príncipe partió a caballo en dirección a Siria debido a que un mensaje solicitaba su presencia allí, el país hubiera quedado abandonado a su suerte si no hubiese sido porque el visir lo ha administrado con gran lealtad».

«Entonces, ¿ha asumido las riendas del gobierno?», preguntó Mahoma.

Ahora este se daba cuenta de por qué le habían puesto en su camino a este tremendo hablador que en un principio le había resultado fastidioso.

«No; para eso no tiene tiempo. Él visir lo único que hace es extinguir la insurrección matando a los revoltosos», repuso con indiferencia el hombre.

Mahoma sintió escalofríos. Cuán agradecido estaba de que esa no hubiera sido su tarea.

«Un príncipe no tenemos, ya que sabemos que el nuestro volverá a ocupar su puesto tan pronto nos sea posible arrebatárselo a los astutos sirios, que lo tienen prisionero. Abu Bakr está preparando una incursión a Siria con el fin de obligar a esos bribones a poner a nuestro príncipe en libertad.

»Mientras tanto el que lleva las riendas del gobierno es su yerno, Ali, con la ayuda de Said, el hijo adoptivo del príncipe».

«¿Y cuánto tiempo ha pasado desde que se inició esta situación?», preguntó Mahoma, que ya había perdido la cuenta del tiempo».

«Ya han pasado casi diez años desde que estallaron los disturbios», fue la respuesta.

¡Diez años! Muchísimo tiempo cuando uno oía la cifra, indeciblemente poco teniendo en cuenta todo lo que él había vivido.

¡Diez años había durado su preparación!

Diez años había estado lejos de los suyos. Sus hijas Fahira y Jezhida ya no lo iban a conocer. Y el bebé que estaban aguardando en aquel entonces, ¿habrá sido otra niña más?

Durante los largos años que habían pasado, apenas había pensado en aquellos que ahora volverían a formar parte de su vida. Pero ni siquuiera ahora tenía tiempo de pensar en ellos. Con su paso vigoroso, los camellos llegaron a la ciudad de Halef esa misma tarde, y su conductor llevó a Mahoma a una posada apartada pero bien cómoda.

En los días siguientes Mahoma trató de entrar en contacto con los árabes afincados en el lugar. Estos también hablaban de las atrocidades que se habían cometido en Meca y se estremecían al mencionar el nombre de Abu Bakr. Pero al mismo tiempo suponían que detrás de todo estaban las órdenes de Mahoma. Los hombres presumían que el príncipe se encontraba en Yatrib, lugar que éste pretendería elevar al estatus de sede de su gobierno.

Mahoma preguntó por Abu Talib. Nadie sabía de él. O bien había muerto, o se había cambiado el nombre a fin de continuar así con sus hostiles actividades.

Mahoma comenzó entonces a hablar de una unión de todos los árabes, idea esta que encontró alegre acogida. Los hombres le pidieron que se quedara en su ciudad hasta la noche siguiente. Para entonces se había concertado una reunión secreta en la que partciparían muchos árabes. Ahí él podría estar presente y escuchar lo que se habría de decir e incluso hablar si así lo deseaba.

A Mahoma le conmovió que estos hombres le mostraran tanta confianza a él, un desconocido. Tanto estuvo pensando en ello que al final se vio obligado a decirlo.

«Decidme una cosa, amigos. ¿Cómo sabéis que estoy bien dispuesto hacia vosotros y que no os voy a delatar?», preguntó.

Ahí se enteró de que un árabe ya bastante mayor que contaba con el don de la clarividencia les había presagiado ya hacía tres días la venida de un extraño. El viejo había descrito a Mahoma tan claramente que ellos lo reconocieron enseguida.

Y lo que Mussad decía no se ponía en entredicho. El viejo los había aconsejado a acoger bien al extraño. La marca luminosa en su frente había de ser para ellos una señal de que el hombre había sido enviado por Muhammad ibn Abd Allah, el príncipe de los árabes, que también lleva esa señal en la frente.

El día siguiente Mahoma lo pasó en el puerto y allí aprendió todo tipo de cosas que podían resultarle útiles.

Entre otras cosas, se enteró de que se realizaba comercio con países que principalmente querían raíces, incienso, piedras preciosas, alfombras y paños de seda. También querían comprar café, pero los sirios no les vendían, ya que todo el café que cosechaban era destinado al consumo nacional.

«¿Y embarcan también maderas preciosas?», preguntó Mahoma, llevado por su espíritu de mercader, el cual comenzaba a despertar en él.

«Maderas preciosas no tenemos. Pero Palestina sí exporta cedro a países lejanos», obtuvo por respuesta.

Mahoma quiso entonces saber qué era lo que traían en sus barcos a cambio los pueblos extranjeros. «Armas», le dijeron. «Sobre todo espadas de un acero de increíble flexibilidad, las cuales usamos, más que nada, como modelos para mejorar la calidad de la manufactura de nuestras propias armas».

Además, recibían pacas de un suave material blanco obtenido de fibras vegetales, el cual era teñido y procesado para la confección de ropa destinada a mujeres y niños, ropa esta que resultaba ser fresca y flexible.

Cuando empezó a caer la noche, Mahoma fue a ver a sus conocidos, los cuales lo recibieron con amabilidad. Mussad se había pasado todo el día en éxtasis. Hacía más o menos una hora que por fin había recuperado el habla y ahí les había comunicado a sus oyentes que iban a vivir algo grande. El propio Mahoma vendría a prometerles ayuda en su crítica situación.

«¿Dónde vive Mussad?», preguntó Mahoma. «¿Podría verlo?».

Por respuesta se le dijo que el viejo vivía en una de las callejuelas más estrechas, un lugar donde un forastero podía irse olvidando de intentar poner un pie. Además de que después de cada profecía el viejo quedaba tan mal que había que dejarlo descansar. En la noche éste estaría presente en la reunión.

«¿En la noche?», preguntó con asombro Mahoma. «¿Acaso no es de noche ya?».

«Señor, ciertamente, el astro del día ya se ha puesto, pero no podemos reunirnos hasta que los guardias no hayan hecho su última ronda por la ciudad. Hasta entonces ten la amabilidad de tolerar nuestra hospitalidad. El ulular de un buho va a ser la señal de que podemos salir con la seguridad de no toparnos con nadie».

Los hombres fumaban curiosas pipas a la usanza de los sirios. Esto no fue muy del agrado de Mahoma, pero en su condición de huésped no podía decir nada. Si bien las nubecillas de humo que salían de las pipas y de las bocas de quienes la fumaban tenían una agradable fragancia, su color azuloso hacía que todo se viera difuso. Así de difuso sería el interior de estas personas cuando se entregaban al disfrute de semejante placer.

Cuando los hombres notaron la curiosidad de Mahoma por sus pipas, le ofrecieron a este fumar con ellos. Mas el príncipe pensó en todo lo que esa noche habría de traerle y rechazó el ofrecimiento.

Cuando ellos, acto seguido, le preguntaron la razón de su rechazo, Mahoma les dijo con toda franqueza. Los hombres se echaron a reír, pero uno tras otro fueron dejando sus pipas. En su lugar, se sirvió un café negro y espeso que los avivó a todos.

Por fin se escuchó el ulular de un buho.

Los hombres, enseguida, se pusieron en camino. No tuvieron que andar mucho. Justo a las afueras de la ciudad había una edificación que mayormente servía de almacén a mercancía que iba a ser embarcada y que justo el día anterior había quedado vacía.

Dicha construcción contenía un inmenso pabellón; Mahoma quedó de una pieza al ver como este pabellón, enseguida, se llenó de gente hasta el último rincón. Y su asombro creció aún más al reconocer el pabellón como el lugar que se le había mostrado en la imagen de la noche.

De modo que no había errado en su intuición de que en este lugar podría y debería hablar de Dios.

En una plataforma de cajas estaba parado un hombre ya de edad. Este comenzó a hablarle a los allí presentes. El hombre hablaba como probablemente era habitual hacerlo: enumerando una retahíla de vejaciones y actos brutales que los árabes habían tenido que aguantar en Siria. Por cada uno de estos cargos, el orador tenía testigos que corroboraban sus palabras.

«Ese es el acusador público», susurró uno de los conocidos de Mahoma al ver la mirada interrogadora de este. «Pronto va a hablar el orador de hoy».

El viejo bajó con dificultad de las cajas y un hombre más joven se subió a ellas ágilmente. Una vez allí parado, este recibió como bienvenida exclamaciones de júbilo, las cuales él dio la impresión de no oír. Ni un músculo se movió en su serio y pálido rostro.

Sin más, habló enseguida de aquello que era interés de todos: la liberación del yugo de los sirios y la anexión a Arabia.

«¡Amigos míos!», exclamó, «si es cierto que entre nosotros, como dice Mussad, se encuentra un enviado del príncipe Mahoma, que salga este adelante, para que podamos sacar fuerza y coraje de sus palabras. Este es el primer rayo de esperanza en media generación; puesto que lo que anteriormente hemos recibido en la forma de bonitas palabras no ha servido sino para hundirnos.

»No sé si aún os acordáis de Abu Talib. Él hablaba a favor de la anexión a Arabia y al mismo tiempo nos prohibía hacer algo con tal fin. Supuestamente, sus amigos le iban a hablar al príncipe de nuestro asunto. Yo estoy seguro de que nada de eso se llegó a hacer.

»Pero ahora, extraño, vuelvo a hacerte una exhortación: ¡sal al frente, para poder hacerte preguntas!».

Con andar pausado, Mahoma caminó hasta donde se encontraba el orador y se detuvo frente a él de tal modo que quedaron cara a cara. Pese a su vestimenta sumamente simple, toda la figura de Mahoma, todo movimiento rezumaba tanta dignidad y nobleza que ello de por sí infundía ánimo en los corazones de estos seres oprimidos. El forastero debía de ser un funcionario de alto rango; así que seguramente podría responder a las preguntas.

Tras examinar a Mahoma, el orador retomó la palabra:

«No nos has dicho tu nombre, forastero. Pero para nosotros es suficiente que Mussad haya hablado a tu favor; así que confiamos en ti sin nombre también. Dinos una cosa: ¿conoces al príncipe Muhammad ibn Abd Allah?».

Las miradas de los muchos cientos de personas allí presentes se clavaron en el huésped, totalmente en suspenso. Mahoma sonrió. Había tanta bondad y amabilidad en esta sonrisa que un suspiro de alivio recorrió las filas de los allí reunidos.

«Sí que conozco al príncipe de los árabes», dijo la sonora voz de Mahoma, la cual no tenía nada de los sonidos guturales de los árabes, sino que tenía un sonido metálico y claro.

«¿Sabes si él está pendiente de nosotros y del hecho de que aquí llevamos una humillante existencia en la necesidad y la opresión?», rezó la segunda pregunta.

«El príncipe os tiene en su mente y os va a ayudar». Bien alto dijo Mahoma estas palabras.

«El príncipe nos tiene en su mente y nos va ayudar», repitieron muchas voces llenas confianza, de júbilo, de asombro, todo dependiendo de la manera de ser de quien dijera las palabras.

Ese coro conmovió profundamente a Mahoma, de modo que este no esperó la tercera pregunta y en su lugar se dirigió a la multitud y les dijo:

«¡Hermanos, habéis tenido que soportar muchas cosas difíciles a fin de que así pudierais madurar interiormente lo suficiente como para sacar las bendiciones que estos tiempos difíciles encierran para vosotros. Estabais obligados a aprender que lejos de la patria jamás os podrá sonreír la verdadera felicidad.

»Sin embargo, no estaría bien que ahora todos regresarais a esa patria que no conocéis y que ya vuestros antepasados habían abandonado. Este lugar se ha convertido en vuestro hogar. Pero ahora no vayáis a temer que os diga: “quedaos en el extranjero”. No.

»No podéis regresar a Arabia, puesto que no encontraríais allí lugar para vosotros, pero…», Mahoma guardó silencio durante algunos segundos, a la vez que con la mirada recorría la multitud, en la que todos lo miraban como hechizados, «pero Arabia va a venir a vosotros. Vamos a tomar este país que habitáis, y que, pese a toda la opresión que habéis sufrido en él, se ha convertido en vuestra patria, y lo vamos a anexar al nuestro.

»Una gran Arabia habrá de unificar los países en los que los morenos hijos de la madre árabe se ganan el pan. De oprimidos habréis de convertiros en felices pobladores con los mismos derechos de quienes viven junto a vosotros».

«¿Y por qué no en soberanos?», clamaron muchas voces.

«Quizás en soberanos también», concedió Mahoma. «Eso sí, no sería correcto que entonces abrigarais la intención de hacerles a los otros lo que ellos os han hecho a vosotros en su pecaminoso proceder».

Ahí estalló por doquier un gran murmullo. A Mahoma no le era posible diferenciar si el mismo encerraba aceptación o desaprobación, y lo que hizo fue aguardar con serenidad. El príncipe sentía la fuerza que le había sido prometida recorrer su ser interior con gran intensidad.

Mahoma inhaló profundamente, pues la fuerza se le hacía casi demasiado abrumadora. La multitud, empero, interpretó esto como una señal de que él quería continuar con su discurso, y se volvió a hacer silencio.

«Amigos, oíd ahora lo que el príncipe Muhammad ibn Abd Allah os comunica a través de mí.

»Él está dispuesto a liberaros de vuestros opresores; incluso por la fuerza si no queda otra alternativa».

Exclamaciones de júbilo interrumpieron sus palabras y Mahoma no pudo hablar durante varios segundos. Hasta que súbitamente se produjo silencio de nuevo.

«Mas el príncipe os ruega no actuar precipitadamente. Él mismo va a hablar con aquellos de vosotros que hasta ahora han sido vuestros líderes en secreto y conjuntamente con ellos va a definir lo que se habrá de hacer. Cualquier paso irreflexivo puede echarlo todo a perder. ¿Me entendéis?».

«Sí», le respondieron a coro.

«El príncipe Mahoma está bien seguro de que lo que tiene planeado va a salir bien, pues cuenta con un poderoso aliado que es quien le ha encargado dar este paso. Este aliado también va a ayudaros a vosotros si os mostráis dignos de dicha ayuda.

»Se trata de Dios, el Señor de todos los mundos, que es quien os ha creado a vosotros y a mi, las plantas y los animales, y todo lo vivo y lo no vivo. Ese Dios que extiende Su santa mano sobre los hombres para que estos puedan respirar y prosperar y que no quiere que nadie sea oprimido injustamente. Es a este Dios a quien Mahoma obedece y es a Él a quien Mahoma quiere llevar a su pueblo, para que éste disfrute de las bendiciones que resultan de la fe en Dios, de la Verdad».

«¡Hacedle caso!», interrumpió una voz temblorosa y penetrante al mismo tiempo. «Que lo que está diciendo es la pura verdad».

«¡Es Mussad, es Mussad, el vidente!», exclamaban los hombres.

Todos le abrieron paso al anciano, quien, apoyado en un joven, se dirigió hacia la improvisada plataforma. Al llegar adonde Mahoma, extendió su temblorosa mano. El príncipe se dio cuenta de que el viejo estaba ciego. Sus ojos apagados habían perdido todo brillo, y, sin embargo, su rostro irradiaba como si estuviera iluminado por una luz interior.

«¡Dame tu mano derecha, forastero», le pidió el viejo, y Mahoma lo complació.

El príncipe tomó la mano del anciano y envolvió los dedos secos y fríos de este con los suyos llenos de calor vital. El viejo se inclinó y presionó sus mustios labios contra la mano del príncipe.

Un gran asombro recorrió la multitud. Algunos de los presentes, empero, cayeron en cuenta. Ya no hacían falta las palabras de Mussad. Su gesto lo había dicho todo.

«¡Salve, príncipe Muhammad ibn Abd Allah!», retumbó en todo el salón.

La gente olvidó toda discreción. El júbilo colmaba a quienes hasta hace un momento habían estado tan afligidos; la alegría y el coraje les daban nuevas fuerzas. Mahoma quería hablar, pero se le hacía imposible. Los presentes no podían menos que, con repetidas exclamaciones, darle expresión a su bianaventuranza una y otra vez.

Finalmente, el príncipe levantó la mano. Mussad iba a hablar.

Varios hombres subieron al anciano a la plataforma formada por las cajas y lo sostuvieron para que no perdiera el equilibrio. Y entonces la voz del anciano empezó a decirles a los presentes que sí, el príncipe estaba con ellos, como segura garantía de que habría de ayudarlos.

A él, empero, a Mussad, Dios el Señor se le había revelado hacía ya años. Es de ahí de donde han venido todas sus profecías. Él ya sabe que la prosperidad de todo el pueblo solo estriba en la fe que Mahoma ha de traerles por encargo del Señor de todos los mundos.

Deben darle las gracias a Dios por que Él los adopte como Su pueblo. Deben escuchar sobre Él y adorarlo como el Señor y auxiliador.

Después Mahoma le habló a la gente, que lo escuchaban llenos de felicidad. Habló de Dios, que se les reveló a los judíos y que después les prometió sus bendiciones a todos los pueblos que caminaran por Sus senderos.

Mahoma estuvo hablando por largo tiempo, hasta que los que habían sido puestos de vigilantes informaron que estaba rayando la aurora. La asamblea se dispersó con prisa y en silencio. Mahoma recibió invitaciones de todas partes. Mas el príncipe prefirió quedarse hospedado en la posada, aunque sí se fue a la casa de los primeros conocidos a tomar allí el desayuno.

Los días siguientes fueron aprovechados en hacer un reconocimiento de la ciudad y de sus alrededores. Cada vez que a los líderes clandestinos se les hacía posible, el príncipe hablaba con ellos sobre los planes de ellos y los suyos.

Una vez que ya todo eso estaba arreglado, se volvió a llamar a una nueva samblea, en la cual Mahoma habló de Dios.

Después el príncipe se despidió y les prometió que pronto sabrían de él. Quedaron en que él ya no se dirigiría más a los sirios, ya que toda diligencia hecha con el fin de lograr un respiro para los árabes solo había traído una opresión aún mayor.

En la noche Mahoma recibió información de que ya era hora de regresar a Yatrib. Tanto confiaba el príncipe en la guía de lo alto que ni siquiera estuvo buscando alguna cabalgadura para el viaje de regreso.

Y su confianza no lo engañó. Mientras estaba tomando su último desayuno en la ciudad, entró en el lugar el conductor de camellos que lo había llevado allí.

«Oí que todavía estabas aquí. Si te parece bien viajar conmigo a Yatrib, monta no más, señor. El camello que ya tú conoces te está esperando allá afuera».

Por el camino Mahoma dejó que, como la primera vez, el hombre le contara todo lo que había oído entretanto. Meca estaba más tranquila. De la que una vez fuera una floreciente ciudad, solo quedaba un puñado de ruinas que había perdido a la mitad de sus habitantes. Los que quedaban llevaban una existencia llena de temor y miedo.

Otras ciudades también habían tenido que experimentar la retribución de Abu Bakr. Alrededor de Meca había un cordón de poblados destruidos.

«¿Y Yatrib?», preguntó Mahoma.

Yatrib florecía y crecía. Abu Bakr había acampado sus guerreros alrededor de la ciudad, pero estaba de más el proteger a Yatrib. La ciudad estaba protegida por la lealtad de sus habitantes.

«¿Conoces bien Yatrib?», preguntó Mahoma, a quien le hubiera gustado saber de los suyos. Mas el conductor respondió que no.

Tras un viaje de varios días, llegaron por fin al cordón de guerreros armados. Una vez allí, Mahoma le pagó a su conductor, el cual enseguida continuó viaje con sus dos camellos. Mahoma, entonces, preguntó por Abu Bakr. Resulta que se había puesto de suerte. El lugar en que se había apeado estaba justo frente al campamento de tiendas del visir.

Atónitos, los guerreros miraban de arriba a abajo a este hombre de sencilla indumentaria que se atrevía a presentarse ante «Abu el Sanguinario», como le llamaban.

«¿Cómo te llamas y para qué lo quieres?», preguntó el jefe.

«Me llamo Mahoma y soy un viejo conocido del visir», fue la respuesta.

«En ese caso, espera aquí afuera para yo preguntarle si quiere verte. Eso sí, si el visir se incomoda por que lo molesten, su ira habrá de caer sobre tu cabeza, forastero», decidió el jefe.

Después de pasado bastante tiempo, Mahoma oyó la voz de Abu Bakr:

«¿Dónde está el hombre que se atreve a llevar el sagrado nombre de nuestro príncipe?», dijo con voz de trueno el visir tras descorrer de un tirón la cortina que hacía las veces de entrada en su tienda.

«Mahoma es un nombre bien común. Son muchos los que lo llevan», replicó de buen humor Mahoma. «Peor hubiera sido que me hubiera hecho llamar Abu Bakr; porque con ese nombre solo hay uno».

El visir dio unos pasitos rápidos hacia adelante; había reconocido la voz del forastero.

«¡Señor!», balbuceó el hombre y ya se iba a postrar ante el príncipe.

Pero Mahoma se lo impidió murmurándole que por nada del mundo quería ser reconocido.

Abu Bakr se contuvo de inmediato e invitó al huésped a entrar a su tienda, cosa que él también hizo tras haber dado la orden de que trajeran comida y algo de tomar.

Ahora estaban frente a frente los dos hombres, que no se habían visto en diez largos años. Ambos se observaban el uno al otro y estaban asombrados por lo que veían. Mientras Abu Bakr pudo constatar que Mahoma no se veía ni un día más viejo que cuando los dejó, Mahoma no pudo menos que reconocer que Abu Bakr se estaba acercando a la ancianidad.

La facciones de Mahoma, que siempre habían sido nobles y finas, tenían ahora un aire de espiritualidad; en ellas había una luz indescriptible. En cambio, el burdo rostro de Abu Bakr estaba enrojecido, hinchado y marcado por cierta brutalidad.

Tanto que los dos tenían que decirse y, sin embargo, no lograban encontrar palabras. Hasta que por fin el visir rompió el silencio:

«Señor, ¿dónde has estado en todos estos años?».

«En la escuela de Dios», respondió Mahoma con seriedad. «Ya te contaré más adelante».

«Y yo que tenía pensado partir hacia Siria mañana mismo para exigir tu liberación», dijo Abu Bakr, meneando la cabeza.

«A Siria vas a ir, amigo mío, tan pronto hayas oído lo que tengo que decirte. Pero no para exigir mi liberación, sino para liberar a los árabes».

Los dos hombres estuvieron departiendo toda la noche, relatándose lo vivido y haciéndose preguntas. Por deseo del príncipe todos los temas fueron dejados a un lado y solo se habló de los oprimidos árabes, a los que había que ayudar lo más pronto posible.

Por el camino, Mahoma ya había recibido la confirmación de que era voluntad de Dios que Abu Bakr forzara la liberación de los árabes por medio del uso de las armas. De ahí que Mahoma diera ahora la orden de acometer esta empresa, la cual encontró alegre acogida en Abu Bakr.

«Señor, en los diez años de tu ausencia mis guerreros y yo nos hemos acostumbrado tanto a hacer la guerra que nos aburrimos cuando nos vemos obligados a pasar el tiempo en las tiendas de campaña. Es bueno que tengas trabajo para nosotros».

«Pero ahora no veas tu trabajo solo en derramar sangre, amigo mío», le pidió Mahoma. «Perdónales la vida a todos aquellos que estén dispuestos a doblegarse».

El visir hizo una inclinación, pero no respondió nada. En sus pensamientos había algo que luchaba por tomar forma, mas el hombre no lograba hallar las palabras para expresarlo.

Hasta que por fin comenzó a hablar:

«Es bueno, señor, que guardes el incógnito mientras estés con nosotros. Tengo pensado seguir con mi plan original y marchar a Siria a exigir tu liberación. Podemos usar esto como razón para yo entrar con las tropas a nuestro país vecino. Y ello será el detonante para todo lo demás que tenga que pasar.

»Así que no me queda más remedio que pedirte que guardes el secreto por unos días más».

A Mahoma le pareció que bastaba con decirles a los sirios en la frontera que venían para liberar a sus maltratados hermanos.

El visir, empero, le demostró que ello desataría en el interior del país una masacre que él no podría detener. Ahí el príncipe ya no objetó más nada a lo aducido por su fiel visir, que durante diez largos años había cargado con toda la responsabilidad.

Al día siguiente Abu Bakr partió con el grueso de la tropa. Era magnífica la disciplina que exhibían sus guerreros. A Mahoma le daba gusto ver el dominio de los bien pertrechados soldados, hasta que recordó la razón por la que salían.

Atrás, en la ciudad de tiendas, quedó una pequeña tropa bajo las órdenes de un capaz comandante. Y Mahoma se quedó con ellos unos días más sin dar a conocer su verdadera identidad.

Cuando supuso que Abu Bakr ya estaría bien lejos, el príncipe partió hacia Yatrib. A sus anfitriones les pidió que le facilitaran un caballo, cosa que nadie le iba a negar como conocido del visir.

Cuando se estaba acercando a la ciudad y ya comenzaba a divisar algunas edificaciones, se percató de que a la derecha del camino por el que transitaba, se alzaba, sobre un verde altozano, un palacete blanco rodeado de floridos jardines. La casa había sido construida tan livianamente y con tan buen gusto que daba la impresión de flotar entre las palmas y sus coronas que se mecían en el viento.

«Verdaderamente, una maravilla, un dechado de belleza», dijo Mahoma a media voz. «¿Me podrían decir quién vive en ese palacio?», le preguntó a unos hombres que estaban trabajando para mejorar el camino.

Los hombres se miraron y miraron de arriba a abajo al forastero.

«¿De dónde es que vienes que no sabes que esa es la morada de las mujeres puras?», preguntaron ellos por su parte, asombrados de tanta ignorancia.

«¿La mujeres puras?», dijo Mahoma, extrañado. «¿Y esas quiénes son?».

«Así llamamos a la esposa de nuestro príncipe prisionero y a su hija, por la vida tan pura y bienhechora que llevan. Allí es donde viven, acompañadas de sirvientas y mujeres de confianza».

«¿Y Ali y su esposa también viven ahí?», preguntó el príncipe, que en su corazón comenzaba a sentir una gran alegría.

«No. Ali se construyó un poco más allá un palacio en el que vive con su mujer y seis hijos».

¡Seis hijos! Y a él se le había negado el heredero. Seguramente que eso era voluntad de Dios.

Tras dar las gracias por la información, Mahoma hizo a su semental apresurar el paso y al poco tiempo ya estaban frente a la reja exterior de los jardines del palacio. Ya alguien lo había visto: enseguida se apareció un jardinero.

«¿A quién deseas ver, forastero?», preguntó con amabilidad el hombre. «En este lugar a los hombres no les está permitida la entrada. Sigue en aquella dirección y enseguida vas a llegar a la casa que se ve entre las copas de los árboles. Allí vive Ali, el yerno de nuestro príncipe. Allí puedes decir qué es lo que quieres».

«Tengo un recado para la princesa Alina y se lo tengo que dar personalmente», replicó Mahoma.

Mas el jardinero respondió con decisión:

«Si tu recado es verdaderamente urgente, se lo puedes dar a la princesa allá en la otra casa. Ella siempre va a almorzar donde Fátima. Aquí ningún hombre pone sus pies».

El príncipe se dio cuenta de que nada podía hacer. Así diera a conocer su identidad, no era seguro que este fiel jardinero lo dejaría entrar. Daba la impresión de que el hombre no se atrevería a incumplir la orden de Alina.

Así que el príncipe cabalgó hasta el palacio de Ali y allí se encontró con el viejo Mustafá, quien enseguida reconoció a su señor. A Mahoma le costó trabajo impedirle que con gritos y exclamaciones diera expresión a su alegría.

Por fin, el viejo comprendió que Mahoma quería, por el momento, permanecer incógnito. Mustafá hizo entrar a su señor por una puertecilla trasera y le pidió que esperara en una habitación pequeña pero bien bonita, mientras él iba a buscar a Fátima.

Mahoma se quedó solo algunos minutos, y en ese tiempo trató de acostumbrarse al ambiente agradable del que de repente se veía rodeado. Ciertamente, este palacio carecía de fastuosidad y era más bien simple si se le comparaba con el de Meca, mas el príncipe ya no estaba habituado a este tipo de cosas.

Fue entonces que se abrió una puerta y un niño de unos seis años entró con prisa. El asombro que le causó a este ver de repente a un extraño allí le hizo olvidar la razón por la que había venido.

«¿Qué haces aquí, forastero?», preguntó, con clara voz de niño. «¿Quién te ha dejado entrar?».

Mahoma se quedó mirando al niño y de súbito se dio cuenta de que tenía algún tipo de conexión con este ser humano. El muchachito era uno de sus nietos; lo pudo sentir en el amor que de repente brotó en su interior. Y este amor irradiaba de sus ojos, ejerciendo una atracción en el niño.

Lentamente, el muchachito se fue acercando a este hombre que no decía una palabra, y sus ojos se fueron agrandando cada vez más.

«Tú… ¡Tú eres mi abuelo!» exclamó súbitamente con gran júbilo. «¡Por fin, has regresado! Yo soy Muhammad ibn Ali. Bueno, todavía no me conoces. ¿Te alegras de estar con nosotros de nuevo?».

«Muchacho,¿cómo supiste quién era? », quiso saber Mahoma.

«Por tus ojos, abuelo. Y algo dentro de mí me dijo con toda claridad: ese es tu abuelo, al que tanto han esperado».

La puerta se abrió y a la habitación entró Fátima, seguida de Ali. Mustafá no les había dicho quién era el forastero que, supuestamente, traía un recado; el pequeño Mahoma, empero, les dijo con gran alegría a los padres:

«¡El abuelo está aquí y sus ojos son como tú contabas, madre: de un resplandor celestial y llenos de amor por los hombres!».

Después de que la alegría inicial había amainado un poco, acordaron llamar a la princesa Alina, pero no podían dejar que el pequeño Mahoma la viera, no fuera a ser que la asustara al darle la noticia. Incluso un susto de alegría podía hacerle daño a la mujer de tan frágil constitución.

Entretanto, Ali mandó a traer a sus demás hijos, de los cuales el menor tenía apenas unas semanas.

«Mahoma es el que más se parece a ti, mi príncipe», dijo Ali. «El nombre que tiene le queda bien».

Fue entonces que llegó Alina, que por dentro sabía la alegría que le esperaba. La mujer llevaba días con el convencimiento de que su esposo regresaría uno de esos días. La princesa le daba gracias a Dios por haberlo protegido tan bien.

Muchas, pero muchas fueron las cosas que contar, sobre todo cuando Said se unió al grupo. Ali quería enseguida rendir cuentas de lo que había hecho, pero el príncipe le pidió que por el momento dejara las cosas como estaban.

Mahoma quería tomarse su tiempo para adaptarse a su nueva situación. Quizás sería mejor si se hacía una división del trabajo: él, personalmente, prefería limitar su rol al de proclamador de la nueva fe.

Los otros se opusieron decididamente a su propuesta. Estaban convencidos de que el pueblo anhelaba el gobierno de su príncipe. Mahoma tenía que seguir siendo el príncipe; lo que ellos, por su parte, podían hacer era tratar de aliviarle la carga de sus responsabilidades lo mejor posible.

Mahoma se instaló en el ayuntamiento, que en un principio le había servido de residencia a Ali y a su hija.

Pese a que Ali le había pintado un cuadro sumamente lamentable de la otrora floreciente capital, el príncipe seguía con la idea de volver a considerar a Meca su ciudad. De ahí que no quisiera saber nada de la idea de que Yatrib le construyera un palacio.

Todos sus pensamientos giraban alrededor de la nueva fe que podría traerle al pueblo.

Tomando Meca como punto de partida, el príncipe quería desde allí ir propagando esta fe por todo el país en círculos cada vez más amplios. Al ahora tener que admitir que por razón de los hechos que entretanto habían ocurrido en el país, este proceder era imposible, echó mano entonces de otro plan, a saber, introducir a la fuerza la fe en cuestión por medio de poderosas leyes.

Mahoma habló con los suyos al respecto y estos se dieron a la tarea de considerar cómo semejantes leyes serían recibidas. La gran mayoría aceptaría tales leyes, como, por ejemplo, una ley prohibiendo vestir cierto tipo de ropa o una disposición penalizando la tenencia de esclavos, como la que había tenido que ser dictada no hacía mucho.

Los cristianos pondrían el grito en el cielo y, alabando su fe, declararían no estar en condiciones de abdicar de ella. Sin embargo, son los mismos cristianos quienes han malinterpretado a tal grado las palabras del Hijo de Dios y las han reproducido tan erróneamente que Mahoma no lo lamentaría en modo alguno si ellos optaran por emigrar a otro país.

A él le interesaban más los judíos, que fácilmente constituían una tercera parte de la población.

En cuestiones de fe, la mitad de ellos podían ser comparados con los fetichistas, es decir, no se interesaban en Dios. A esos les vendría bien el ser obligados a reflexionar y a hacer ejercicio de introspección.

Ahora, la otra mitad, los creyentes a rajatabla, no harían sino ganar al ver a Cristo como Mesías. Y eso era lo que Mahoma tenía que lograr. Una vez alcanzado esto, sería fácil ganar al pueblo para la nueva fe.

Mahoma, en ningún momento, había tenido otra cosa en mente que no fuera el despojar al judaísmo de todos los preceptos concebidos por los hombres y edificar a partir de lo que quedara.

Ahora el príncipe comenzó a darle formas concretas a lo que tenía en mente; para empezar, en la forma de un «mensaje al pueblo» que habría de ser leído al mismo tiempo en diferentes lugares.

«Un pueblo que, por no tener su mirada puesta en cosas elevadas, se hunda en lo terrenal no tiene ninguna razón de ser.

»Ahora, si nosotros los seres humanos dirigimos nuestra mirada a lo alto, no podremos menos que encontrar a Aquel que lo ha creado todo y que también dirige nuestros destinos: Dios.

»Dios es Dios; o sea, solo hay un Dios, el Altísimo, el Eterno, el Todopoderoso. Ningún ser humano lo puede ver, pero todo ser humano puede sentir Su voluntad.

»Una y otra vez este Dios ha enviado a la Tierra profetas y portadores de la Verdad que tenían por propósito proclamarLo. Cada uno de ellos fue dotado de más fuerza que su antecesor y, no obstante, ninguno de ellos pudo lograr mucho en vista de la testarudez de los pueblos.

»Abrahán fue para su pueblo un ejemplo de vida en la fe. Aún hasta la fecha la gente lo sigue admirando, pero a nadie se le ocurre imitar su ejemplo. Moisés trajo los propios mandamientos de Dios — ¿dónde está la persona que los acata?

»Fue entonces que Dios envió a la Tierra al más majestuoso portador de la Verdad: Cristo Jesús, Su propio Hijo.

»Lo que Él decía era la pura Verdad, era la mismísima Palabra de Dios. Y Él vivió esta Palabra mientras anduvo por la Tierra. Los hombres no Lo entendieron y Lo asesinaron.

»Aún hoy día hablan con gestos piadosos del Mesías, del Enviado de Dios que habrá de venir y al que entonces servirán y obedecerán. No quieren oír que el Mesías ya vino hace seiscientos años; puesto que entonces tendrían que admitir que han pecado contra Él, y ello de manera tan grave que ningún arrepentimiento puede enmendarlo.

»Ahora, vosotros los árabes prestad atención: Cristo es el Hijo de Dios y vino al mundo para que la humanidad se apartara de sus pecados. Este Hijo de Dios quería encender de nuevo todas las llamas de la fe en Dios; luminosos y claros habrían de volverse los corazones, y también el mundo.

»Aferraos a este saber, hasta que se os pueda proclamar más de Él. Ya que yo, Mahoma, también soy un profeta del Altísimo. Mas yo soy el último de ellos, no el más poderoso, sino el último en venir.

»Lo que sí me es dado es proclamar a Dios y a Cristo Jesús, Su Hijo intragénito. Y no solo eso: me es dado también testificar de Aquel que en gloria y justicia vendrá a juzgar al mundo.

»Lo que me es dado proclamaros lo he recibido de lo alto. Dios me guarde de añadir algo de mi propia invención.

»Ahora tengo algo que deciros:

»Como vuestro príncipe, doy el mandamiento de que abandonéis vuestra fe errónea. Todos los templos, las casas de fetiches y las casas de oración habrán de ser cerrados a partir del día en que oigáis esta proclamación. Nuevos templos serán construidos, templos donde solo se habrá de adorar a Dios. En ellos se os hablará de la nueva fe, de la fe verdadera.

»Habréis de quemar todos los ídolos, ya que, para Dios, estos no son más que una abominación. Nadie podrá jamás ver a Dios; así que nadie está en condiciones de hacer una imagen de Él. El propio Dios lo ha prohibido en Sus mandamientos».

Este mensaje fue leído por el propio Mahoma en la gran plaza pública y el príncipe podía ver que había causado impresión en la gente. Pero Yatrib se había vuelto receptiva debido al obrar de las mujeres puras. En otros poblados la cosa iba a ser diferente.

El príncipe abrigaba la esperanza de pronto poder enviar a Ali y a Said a leer su proclamación en otros lugares, mas en el país volvieron a estallar disturbios.

Abu Bakr regresó de Siria, donde, tras una corta operación, había destronado al príncipe y lo había tomado prisionero. Ahora lo traía consigo, para que Mahoma negociara con él si ese era su deseo.

Los árabes y los judíos habían acogido con júbilo a los libertadores y se habían puesto de su lado; pero incluso la mayor parte del pueblo sirio se había sometido por voluntad propia, toda vez que ya se habían hartado de la opresión de la que eran objeto por parte de su príncipe.

El visir había dividido el país en tres regiones, cada una de las cuales fue puesta bajo la administración de un gobernador al que se le dieron los guerreros suficientes como para que pudiera hacer prevalecer su voluntad por la fuerza en caso de que fuera menester. Era poco probable, empero, que ello se hiciera necesario, toda vez que el pueblo tenía muy buena disposición hacia el nuevo gobierno.

Esas eran buenas noticias. Mahoma ni se atrevió a preguntar sobre las pérdidas que este triunfo había exigido.

Lo que sí tuvo ganas de hacer de inmediato fue tener una conversación lo más pronto posible con el príncipe sirio detenido. Así que mandó a que se lo trajeran.

Después de largo tiempo se apareció Abu Bakr con aspecto turbado e informó que el prisionero se había quitado la vida. Al hombre se le había dejado su espada tras hacerle prometer que no la iba a usar contra ningún árabe. El prisionero se había dejado caer sobre ella.

Con la muerte del príncipe había quedado eliminada toda resistencia en el país conquistado. Ahora Mahoma podía concentrarse en trazar de inmediato las leyes para su nueva fe.

Entretanto, los habitantes de Yatrib le recordaron su promesa de mandar a construirles un santuario. Con gran alegría, el príncipe se dio a la tarea de cumplir lo prometido.

La Kaaba en Meca, una oblonga estructura de piedra, no podía en modo alguno ser considerada bella. Mahoma quería construir algo bien especial, así que mandó a buscar maestros de obras de diferentes regiones para que concibieran planes para la casa de Dios.

Hasta que una mañana Alina fue a ver a su esposo y le dijo:

«En la noche me fue dado ver una magnífica construcción. La misma era totalmente redonda y tenía un techo curvo. A través de ventanas multicolores entraba de todos lados la luz, haciendo que en el interior del edificio fuera tan claro como el día».

Mientras la mujer hablaba Mahoma vio ante sí la edificación en cuestión, y ello con tanta claridad como si desde hacía mucho tiempo le hubiera sido familiar. Ahora podría indicarles con toda precisión a los constructores cómo quería que la casa en honor a Dios fuera construida.

Los hombres hicieron los planos y el príncipe quedó bien satisfecho con lo que vio. Su alegría y su entusiasmo contagió a los demás, de modo que la construcción del edificio avanzó a paso enérgico.

Durante ese tiempo, Mahoma siguió haciendo apuntes en sus notas para la nueva fe. Seguramente, acabaría convirtiéndose en un libro, como las santas escrituras de los judíos, pensó el príncipe. Aún no tenía claro qué hacer al respecto, pero la orden que había recibido fue llevar primero al papel todo lo que había aprendido durante su largo período de instrucción.

Y eso era lo que él estaba haciendo, y cuanto más escribía, tanto más luminoso se volvía su espíritu. Lo que hasta ese momento no había estado claro para él ahora se le evidenciaba con tal claridad que lo único que le hacía falta era encontrar las palabras para expresarlo debidamente. Pero esto tampoco se le hizo difícil. Las palabras le llovían literalmente.

Gran dicha experimentaba el príncipe con este trabajo y no se percató de que un pesado anillo se iba ciñiendo en torno suyo. Hasta que un día los ancianos de la ciudad de Yatrib vinieron a verlo para informarle que los habitantes judíos estaban indignados por la construcción de la casa de Dios y en varias ocasiones habían tratado de interrumpir las obras.

La noche anterior habían incluso prendido un fuego que solo pudo ser sofocado a tiempo gracias a la vigilancia de los hombres que habían sido apostados en el lugar.

«Pero ¡si es justo a los judíos a quienes quiero ayudar!», dijo Mahoma, sin poder entender. «Si lo que quiero es demostrarles cuán gravemente han pecado, para que así puedan abandonar sus equivocados caminos».

Los ancianos informaron que les preocupaba grandemente que estos sentimientos de los judíos pudieran traer desgracias en toda Arabia.

«Voy a hablar con ellos. Pedidles que acudan a la gran plaza mañana por la noche. Cuando les explique bien la cuestión, se darán por satisfechos».

Si bien los hombres no esperaban en modo alguno que semejante medida trajera resultados, no quisieron poner objeciones e hicieron lo que se les había ordenado. Mahoma, por su parte, elevó su petición a lo alto y lleno de esperanzas se dirigió, a la noche siguiente, hacia la congregación de judíos.

Por el camino se percató de que una gran cantidad de guerreros habían sido apostados en las calles cercanas a la plaza. ¿Quién lo habría ordenado? Esto no le pareció bien, pero ya no podía hacer nada al respecto.

A la hora señalada, comenzó a hablar. La plaza, que, gracias a la luz de algunas antorchas, solo estaba iluminada en cierta medida, no era el lugar idóneo, toda vez que el príncipe no podía reconocer los rostros de quienes tenía ante sí. Así, le era imposible saber si estaban prestando oídos a sus palabras o si solo aguardaban malhumorados a poder hablar ellos.

Mahoma habló tal como había planeado, de manera sencilla y cordial. Al principio, le escuchaban en silencio, casi conteniendo la respiración, pero cuando el orador mencionó al Mesías se pudieron oír exclamaciones contenidas.

«¡¿Qué puede saber un árabe del Mesías?!», exclamó una voz que se dejó oír por encima de las demás.

«No olvidéis que mis padres eran judíos», aclaró Mahoma. «Amo la fe judía y me gustaría ayudarla a salir de su estancamiento».

Un rezongar fue la respuesta.

Sin turbarse, Mahoma continuó su discurso. El príncipe dijo que la nueva casa de Dios sería consagrada al Dios que todos ellos adoraban, el Eterno y Todopoderoso al que ellos llamaban Jehová.

«Pero en ella van a poder orar con nosotros cristianos y gentiles. Ya lo sabemos muy bien», gritó una vez más alguien.

«¿Y acaso eso no es voluntad de Dios…», preguntó, por su parte, el príncipe, «que todos los pueblos tengan una sola fe? Cuando esta fe sea de todos, entonces ya no va a ver ni cristianos, ni gentiles, pero tampoco judíos. Todos van a ser siervos de Dios».

La agitación, que iba creciendo, se hizo palpable. Súbitamente, de algún sitio salió una piedra que rozó la frente de Mahoma.

El príncipe levantó la mano con lentitud y se la pasó por el lugar donde el proyectil casi lo había golpeado.

«Eso no estuvo bien. Yo vengo a vosotros con amor y así es como me respondéis».

«¿Acaso quieres que se te trate mejor que a tu Mesías?» exclamó una voz mordaz en tono burlón. «Tú mismo dices que él vino por amor y fue asesinado por los judíos. ¡Cuidado no corras la misma suerte, falso portador de la verdad!».

Ahí ya no hubo nada que los contuviera. Las piedras volaban, acompañadas de voces burlonas. Mahoma estaba totalmente solo ante esta cuadrilla, mas no sintió ningún miedo. Fuerte era cómo se sentía, ya que en su interior estaba la fuerza de lo alto.

En voz alta, le gritó al tumulto:

«¡Mucho cuidado, gente, que lo que estáis haciendo ahora pudiera convertirse en vuestra perdición!».

Esta advertencia bien intencionada la tomaron como una amenaza. Y ahí se intensificó la agitación. De repente una voz gritó algo de lo que se hicieron eco varias voces:

«¡Vienen los guerreros!».

Y así era. Provenientes de las calles colindantes, los guerreros hicieron su entrada al lugar en ordenada procesión. Consigo llevaban antorchas cuya luz iluminó la plaza como si fuera de día. Hasta ahí llegó el coraje de la turba: los hombres corrieron en todas las direcciones y en poco tiempo la plaza quedó vacía.

Mahoma, empero, se marchó a casa como privado.

¿Será que había hecho algo mal? ¿Acaso no debía haberle hablado a los hombres?

Abu Bakr pidió hablar con el príncipe, mas Mahoma no podía hablar con nadie hasta que no hubiera puesto su dolor a los pies de Dios.

Arrodillado, el príncipe pasó la noche orando, tratando de encontrar la certeza de que su manera de actuar era la correcta.

Mientras tanto, Yatrib era sacudida por los violentos efectos de la retribución: Abu Bakr sabía muy bien dónde vivían los judíos. Hacía mucho que había puesto gente a vigilar su secreto operar. Ahora, acompañado de sus guerreros, los sacaba de sus madrigueras.

No se tomó prisioneros. El fiel visir llevó a cabo un terrible baño de sangre, a fin de así proteger a su señor en el futuro. Al hombre le había venido bien que el príncipe no lo recibiera; pues en el fondo sabía que Mahoma no hubiera estado de acuerdo con lo que él estaba haciendo.

Pero el príncipe era un soñador; alguien tenía que pensar por él: eso lo tenía claro. Que Mahoma después se enfadara por un tiempo si quería; de todas maneras, los obstáculos ya habían sido retirados.

El baño de sangre duró hasta la mañana siguiente; más de quinientos judíos fueron asesinados.

¿Quién le iba a informar al príncipe? Nadie quería asumir esta encomienda. Así que el propio visir fue a la casa en la que Mahoma vivía. Cobarde él sí que nunca había sido.

Al ver a su príncipe, el visir se alarmó por el aspecto de este. El rostro pálido y trasnochado, Mahoma mostraba un gran cansancio en sus ojos normalmente tan brillosos.

Actuando en contra de lo que era su costumbre, el visir aguardó a que el príncipe fuera quien iniciara la conversación. Este se le quedó mirando por largo tiempo, hasta que por fin le dijo:

«¡Malas son las noticias que me traes, amigo mío! Eso lo puedo ver. Pero no pueden ser peores que lo que me vi obligado a ver y a vivir anoche. ¡Habla!».

Ahí Abu Bakr contó, con pocas palabras, como él, indignado por el atentado contra la vida del príncipe, que había mostrado tanta confianza, azuzó a sus igualmente acalorados guerreros, y estos entonces no habían podido ponerse a preguntar por culpables e inocentes.

«¡Imagínate: esos cobardes se hubieran librado con su labia!», exclamo el visir con la impetuosa manera de hablar que era su costumbre.

Después, ya más calmado, agregó que una vez que en sus guerreros se desencadenó la sed de sangre, se hizo imposible controlarla. Esta no se detuvo hasta que el último judío había pagado con su vida.

Estremecido, Mahoma se tapó el rostro con las manos.

«¿Acaso no es terrible, Abu Bakr…», dijo Mahoma lentamente, «que yo quiera traerle Dios a los hombres, que sea mi deseo el proporcionarles paz, felicidad y bendiciones y que en su lugar les traiga muerte, que sean asesinados en mi nombre? Dime tú mismo: ¿acaso puedo seguir viviendo después de lo que pasó anoche?; ¿acaso puede seguir siendo el instrumento de Dios?».

Era la primera vez desde el distanciamiento que ya habían tenido en una ocasión que Mahoma le volvía a hablar de Dios a su visir y le revelaba algo del interior de su alma.

Sin embargo, en el tiempo que había pasado desde esa primera experiencia, Abu Bakr había encontrado el camino a Dios, si bien de una manera algo torcida. El hombre oró en su interior para que se le dieran las palabras adecuadas que ayudaran a consolar a este príncipe de naturaleza tan blanda, pero que también lo endurecieran.

«Príncipe», comenzó con cautela, «¿me quieres escuchar por una vez? Es tu intención y tu deber el traerle a la humanidad la nueva fe. ¿Y por qué es que necesitan una nueva fe? Pues por el simple hecho de que en la vieja no han encontrado el suficiente sostén como para recorrer su camino sin tener tropiezos. La inmensa mayoría de los hombres han caído tan hondo en el pecado que todo intento de rescate sería en vano».

Mahoma dejó escapar un quejido, pero no interrumpió a su interlocutor. Este continuó:

«Yo me lo imagino como un inmenso y profundo cenagal en el que los hombres han caído, ya sea por desconocer el camino o por voluntad propia. Y ahora alzan las manos, no para que los ayuden a salir, sino para halar a los demás hacia ese lodazal donde ellos se encuentran.

»Y tú, príncipe, ¿podrías ver con los brazos cruzados cómo esos otros que hasta ahora no tienen culpa caen en el cenagal e, inevitablemente, se ahogan en él? ¿Acaso no tomarías la espada para cortar esas manos criminales? Después de todo, esos individuos que extienden sus manos ya están hundidos, mientras que los otros pueden salvarse».

Entonces se produjo un silencio que llenó la habitación. Ninguno de los dos hombres dijo nada por largo tiempo. Sus almas se concentraban en oración. El visir oraba por su príncipe, y éste, por su pueblo.

Hasta que, finalmente, Mahoma rompió el silencio:

«¡Amigo mío, te doy las gracias! Ahora sé que he sido débil allí donde hacía falta severidad implacable. Le pediré a Dios que me ayude a luchar contra esta blandenguería mía tan impropia de un hombre.

»Anoche me fue mostrado que aún tiene que correr mucha sangre para que el pueblo alcance la madurez necesaria para recibir la nueva fe. Te corresponde a ti hacer ese espantoso trabajo por mí, ya que eres más fuerte que yo. ¡Te doy las gracias!».

«¡Oh, príncipe, por ti haré todo lo que se te haga difícil; solo espero que no te enfades conmigo después», soltó el visir, quien no sabía demostrar su lealtad de otra forma que despejándole el camino al portador de la Verdad.

Los dos hombres no pudieron decir mucho de lo acontecido la noche anterior; demasiado tocaban estos hechos sus corazones. Pero de una cosa Mahoma sí que estaba totalmente seguro:  tenía que hablar con los ancianos de la ciudad. Así que los mandó a llamar.

Los hombres vinieron temblando. Los terribles sucesos los habían llenado de miedo y pavor. No sabían que les había de esperar.

Hablándoles con seriedad y amabilidad, el príncipe lamentó que se hubieran hecho necesarias medidas tan severas. Eso fue todo lo que dijo sobre lo sucedido. Después les preguntó que tenían pensado hacer en cuanto al sepelio de las víctimas, las cuales primero tenían que ser retiradas de los lugares donde habían quedado tendidos sus cuerpos.

Los hombres no habían pensado nada al respecto. Así que el príncipe dispuso que bien lejos de la ciudad se cavaran varias fosas y que en estas fueran colocados los cadáveres. Eso sí, debían tener presente que los muertos habían sido hermanos descarriados y que no debían ser enterrados como si se tratara de animales.

Una vez que todos los cuerpos sin vida hubieran sido puestos cuidadosamente en las fosas, se debería echar una capa de tierra sobre ellos. Después vendría él para decir la bendición personalmente.

El príncipe ordenó, además, que los guerreros de Abu Bakr formaran un cordón alrededor de las fosas para que ninguna mirada curiosa alcanzara a los muertos ni se dijera alguna palabra insensible.

«¿Para cuándo creéis que podáis tener todo listo?», preguntó el príncipe. Los ancianos conferenciaron entre ellos a media voz y después dijeron que para la noche del día siguiente.

«Vamos a poner los cadáveres en carretas y a cubrirlos bien; así los podremos sacar más rápido de la ciudad», comentaron.

El príncipe les permitió retirarse para que el triste trabajo pronto pudiera ser terminado.

«El verdugo no puede hacer de sepulturero; así que no puedo permitir que tus guerreros ayuden en el entierro. Pero lo que sí pueden hacer es encargarse de que sus víctimas no sean objeto de escarnio estando ya muertas ni que resulten vejadas por la curiosidad de otros.

»Quizás eso ayude a más de uno a darse cuenta de que fue la sed de sangre la que motivó sus acciones. El juicio tenía que sobrevenirle a todos esos que se opusieron a la voluntad de Dios, pero ¡ay de aquel que haya alzado su mano por antojo!».

Atónito, el visir se quedó mirando a su príncipe, quien de un golpe parecía haber dejado a un lado toda blandenguería. Y de acuerdo a su naturaleza, no pudo menos que expresar su asombro en palabras.

«Amigo mío, cuando los seres humanos reconocemos una debilidad, como ha sido mi caso con mi nefasta flaqueza, solo hay un paso a dar: deshacernos de esta debilidad en la fuerza de Dios. Esta fuerza, desde luego, la tenemos que pedir en oración».

En la tarde noche del día siguiente, incluso antes de que el astro solar se hubiera puesto del todo, ya Mahoma, rodeado de un inmenso grupo de personas, se encontraba junto a las tres fosas que habían dado acogida a los muertos.

En una oración que tocó los corazones de todos, el príncipe le pidió a Dios que pusiera en la balanza el hecho de que la mayoría de estas personas había extraviado el camino.

Después les demostró a los sobrevivientes que esta gente había tenido que morir por ellos, para que no se diera el caso que ellos también fueran arrastrados al abismo. Así que no debían maldecir a las víctimas, sino darles las gracias en silencio.

Acto seguido, empero, Mahoma comenzó a hablarle a la gente de Dios. Las almas, aún estremecidas por lo ocurrido, escucharon con suma atención. Mas de uno barruntó la grandeza y la sublimidad de Dios.

Pasados algunos días, la conmoción en Yatrib parecía prácticamente olvidada. Cada cual se concentraba en su trabajo, y la construcción del redondo santuario avanzaba a paso rápido. Siguiendo una indicación proveniente de lo alto, Mahoma decidió ordenar que la gente orara a intervalos regulares cinco veces al día.

De esta manera, la gente mantendría despierto el pensar en Dios en medio del ajetreo cotidiano. Justo por esa razón el príncipe no quiso darle una forma concreta al contenido de estas oraciones. Lo que sí pretendía darle al pueblo eran cánticos y alabanzas, los cuales ellos podrían usar como estimaran conveniente.

Totalmente ensimismado en estos pensamientos, Mahoma les comentó a los suyos lo que tenía en mente.

Todos manifestaron con gran entusiasmo estar de acuerdo con ello. Les agradaba la idea de que al mismo tiempo en todo el país brotara de todos los corazones una oración dirigida a lo alto. Pero Ali, que enseguida pensaba siempre en las posibilidades de implementación de toda cosa, incluso antes de que el tema en cuestión hubiera sido debatido del todo, quiso saber cómo iban a disponerlo todo para que de verdad todos al mismo tiempo elevaran sus almas a Dios.

«Habría que anunciar la hora», reflexionó Mahoma.

«En ese caso tendrías que apostar a un llamador en algún techo, príncipe», objetó Said. «Porque si fuera a hacerlo en la calle, no lo oirían».

«Constrúyele, entonces, una torre junto al templo, amigo mío», propuso Alina.

Esta propuesta les gustó a todo. Mahoma, especialmente, se aferró enseguida a ella. Habría que construir junto al templo y algo apartada de este una torre alta y esbelta. Esta habría de apuntar al cielo como si fuera un dedo, recordándoles a los hombre con su forma lo que flota por encima de la vida humana.

A Alina no le agradaba el nombre «templo» para el santuario. Disculpándose dijo que le recordaba a los pobres judíos que habían sido eliminados. Ali también pidió buscar otro nombre. La expresión templo iba, en todas partes, a ser vista por los judíos como una provocación, al ser ese el nombre que ellos usaban para sus casas de Dios.

«Entonces, usemos la expresión árabe “mezquita”», opinó el príncipe. «De hecho, me gusta más esta palabra, ya que proviene de nuestra lengua y no es algo prestado. Mezquita, lugar de prosternación… sí, así va a estar bien».

Dado que Mahoma, a partir de ese momento, solo hablaba de mezquita, los constructores y los ancianos se acostumbraron a llamar así al santuario.

Hace mucho que el príncipe tenía ganas de ir a Meca. A fin de cuentas, él tenía que ver con sus propios ojos qué había sido de la ciudad. De ser posible, quería establecer residencia allí de nuevo. Probablemente, se vería obligado a mandar a construir el palacio de nuevo, pero por eso no había problemas: él lo haría con gusto.

Eso aparte de que quería chequear el tesoro amurallado y escoger piedras preciosas que tenía pensado obsequiar para el santuario en Yatrib. Eso de por sí ya era razón suficiente para viajar a Meca.

Al principio, Abu Bakr no quería saber nada de la idea. Él sabía muy bien lo terrible de los estragos causados por sus guerreros en la ciudad y cuántos daños había provocado también la discordia de los ciudadanos. El visir quería evitarle al príncipe el espectáculo que le aguardaba en caso de viajar allí, mas este ya no estaba dispuesto a que la gente le evitara ciertas situaciones por consideración a sus sentimientos. Él iba a ver con sus propios ojos y a ser fuerte.

En tal caso, todos querían acompañarlo: Abu Bakr con un imponente número de guerreros, Said, Ali y Abd Allah, el hijo mayor de Ali.

También tomarían parte en el viaje algunos siervos de confianza, entre ellos Mustafá, quien si bien ya tenía una edad bien avanzada, aun así insistió en sumarse a los viajeros. El viejo sabía que su asistencia resultaba indispensable a la hora de encontrar el tesoro.‒

Una bella mañana partió la vistosa tropa en dirección de la puerta sur de la ciudad. ¡Cuánto no hacía desde la última vez que Mahoma había recorrido este camino! Huertas, campos de moras y sembrados de maíz ofrecían, con sus frutos, un delicioso espectáculo a los viajeros.

Si aquí en algún momento se habían hecho sentir los efectos de la revuelta, la fértil naturaleza, con su abundancia, hacía mucho que había compensado los daños.

La tropa pasó por algunos poblados. La gente corría al lugar y, al enterarse de que el príncipe Mahoma iba a la cabeza de la tropa, le daban vivas y vítores. Les agradaba ver la elegancia y la dignidad totalmente despojada de artificios con las que el príncipe conducía su caballo.

Se alegraban de que ese fuera su príncipe. Fuera de ello, era bien poco lo que sabían de él. Jamás les había interesado quién los gobernaba. Mientras pudieran vivir en paz, les daba igual quién llevaba las riendas del país.

Pasados algunos días, la tropa llegó a las puertas de la ciudad, las cuales estaban cerradas. Abu Bakr exigió con amenazas que se le permitiera entrar, pero no logró sino que se rieran de él.

«Hemos tomado nuestras precauciones, tú, cruento siervo de tu sanguinario señor», le gritaron entre risas burlonas. «Ya no podrás hacernos más daño».

Ahora era el propio príncipe el que exigía que se le dejara entrar. A esta exigencia le siguió un silencio. Al parecer, los centinelas no habían recibido instrucciones para este caso. Finalmente, dieron a entender que el príncipe tendría que esperar, puesto que primero había que llamar a los ancianos de la ciudad.

Abu Bakr estaba hecho una furia. ¡¿Cómo era posible que una ciudad tratara así a su príncipe?! Mahoma trató de apaciguarlo.

«No debes olvidar», le dijo, «que Meca como ciudad ha sufrido muchísimo. Y yo me ausenté por diez años. La gente no sabía si yo regresaría. Quizás los centinelas ni siquiera saben de mí».

Pero al príncipe tampoco le agradaba el tener que esperar sumisamente ante las puertas cerradas. Así que, dejando una pequeña tropa de jinetes en el lugar, le dio con los suyos la vuelta a la ciudad (describiendo, eso sí, un perímetro bien grande) a fin de poder hacerse una idea aproximada de la destrucción.

Hasta que por fin Said se percató de cierto movimiento en las puertas y dedujo de ahí que los ancianos habían acudido al lugar. Lentamente, Mahoma regresó con su comitiva. Las puertas seguían cerradas, pero por encima de los muros asomaba cualquier cantidad de cabecitas, espectáculo este que hizo que Mahoma no pudiera contener la risa. El príncipe se acercó de buen humor y saludó a quienes lo observaban desde el muro.

Acto seguido, dijo:

«Ya va siendo hora de que mandéis a abrir las puertas, que vuestro príncipe ha venido a visitaros. Es mala educación el hacer esperar al monarca».

«¿Y quién te ha dicho, príncipe Mahoma, que eres bienvenido aquí? Fueron muchos los años que te ausentaste. ¿Acaso ya no te sientes a gusto en Yatrib que ahora te vienes a acordar de tu ciudad de origen?».

«No me fue posible venir antes, Ibrahín», repuso Mahoma amablemente. «Pero ya te informaré al respecto cuando nos sentemos a hablar en los próximos días y vosotros también me contéis qué ha pasado en vuestras vidas entretanto».

Arriba en el muro nadie se movió, y la puerta permaneció cerrada. Así que Mahoma gritó con fuerte voz:

«Es vuestro príncipe quien aguarda ante las puertas; el profeta del Altísimo exige que se le deje entrar a la Kaaba. Si seguís resistiéndoos, no os extrañéis entonces cuando vuestra terquedad traiga como consecuencia duros castigos. ¡Os ordeno que abráis la puerta!».

En el muro comenzó un murmurar, la gente estaba conferenciando y debatiendo qué hacer; después dio la impresión de que aquel al que se le había llamado Ibrahim minutos antes subió algunos escalones más en una escalera que, al parecer, habían recostado al muro, ya que entonces se le podía ver hasta las rodillas. El hombre agitaba un trapo blanco en señal de que no se le debía hacer nada y comenzó a hablar:

«Hemos…».

Mahoma lo interrumpió con brusquedad:

«¡Guarda tu trapo, Ibrahín! Yo estoy hablando con vosotros sin una señal así y sin temor alguno. Deberías seguir mi ejemplo.

»Otra cosa: estás asumiendo el papel de vocero de la ciudad. Lo que esta haya de sufrir, te tocará a ti con el doble de su fuerza. Tenlo presente y no vengas quejándote después cuando llegue lo que vuestra insubordinación ha provocado».

Ibrahim arrojó el harapo blanco y bajó algunos escalones, lo cual provocó la risa de Abd Allah, quien había estado siguiendo con gran interés el desarrollo de este intercambio de palabras.

E Ibrahim comenzó a hablar de nuevo:

«Un príncipe ya no tenemos. Desde que Mahoma abandonó nuestra ciudad en la noche, para establecer residencia en Yatrib, decidimos destituirlo. Nosotros nos bastamos y sobramos, y no necesitamos ningún gobernante.

»El palacio de los Quraish lo hemos arrasado y lo que había en él nos lo hemos repartido entre nosotros. Si esas cosas eran preciadas para ti, te podrías haber quedado aquí, Muhammad ibn Abd Allah.

»A tu sanguinario visir lo vamos a estrangular como un perro si se cruza en nuestro camino. Y para ti las puertas de esta ciudad están cerradas. Además, en la Kaaba no tienes nada que hacer: al fin y al cabo, ya tú tienes tu nueva fe. ¡Quédate con ella!».

«¡Está bueno ya!», dijo con voz de trueno Mahoma, que ya empezaba a ser presa de la ira. «Una ciudad que no tiene gobernante no tiene derechos tampoco. No os extrañéis cuando os trate en consecuencia. ¡Guardaos de enviar caravanas, pues, de hacerlo, las vamos a tomar!

»Tendréis que responder con vuestras propias riquezas por todo lo que habéis usurpado. Voy a mandar a acordonar firmemente esta rebelde ciudad. No podréis siquiera moveros en este cautiverio por el que vosotros mismos habéis optado. Podéis dejar las puertas cerradas, ya que ahora el abrirlas representará un peligro para vosotros».

Mahoma espoleó su caballo y abandonó a todo trote el lugar, seguido en ordenada y larga procesión por sus acompañantes. La caravana ofrecía un majestuoso panorama, y a la gente de Meca, que eran verdaderos árabes, les agradó sobremanera la manera de comportarse de Mahoma.

Aun así, no estaban dispuestos a ceder por nada del mundo; a fin de cuentas, tenían, según ellos, motivos suficientes para guardar rencor y abrigar deseos de venganza.

Cuando ya no se veía la ciudad, Mahoma detuvo la tropa y llamó a los suyos a su lado para conferenciar con ellos. Al final decidieron que era mejor que Said y Ali regresaran a Yatrib a buscar al resto de los guerreros.

Mahoma se iba a quedar con Abu Bakr para vigilar las dos puertas de la ciudad. Abd Allah rogó y suplicó quedarse con su abuelo para tomar parte en lo que habría de pasar. A Mahoma le dio gusto ver la actitud de su nieto y concedió su pedido.

Los fieles partieron enseguida, llevándose consigo parte de los sirvientes; los guerreros, por su parte, se instalaron lo bastante cerca de la ciudad como para poder ver bien lo que sucedía en los muros y en la puerta. Ni siquiera durante la noche aflojaban la vigilancia.

Los primeros dos días no pasó nada. Las puertas permanecieron cerradas y en los muros de la ciudad se podía ver ropa recién lavada que recién había sido colgada a secar por la gente.

Ya Abd Allah estaba empezando a quejarse de que comenzaba a aburrirse cuando a eso del mediodía alguien abrió las puertas con cuidado y disimulo. Abu Bakr dio la orden de que nadie de los suyos se moviera. La idea era que el enemigo se confiara.

Por la puerta salió un magnífico camello cargado de mercancías; a este le siguió un segundo, y un tercero. Mahoma supuso que se trataba de un ardid.

«No puede ser que estén tratando de mandar una caravana con nosotros aquí».

Pero así era. Una majestuosa caravana de quince camellos estaba abandonando la ciudad en dirección oeste.

Enseguida los guerreros montaron sus caballos y, mientras la mitad se apresuró a cortarle el paso a los camellos, la otra mitad se posicionó entre la caravana y la ciudad.

Mahoma no tomó parte en ello. No era digno de un príncipe ponerse a capturar caravanas de mercaderes. De hecho, no hubiera permitido que Abu Bakr lo hiciera si no hubiera sido porque él mismo había amenazado con tomar esa medida. Ahora estaba obligado a cumplir su palabra.

Pasado no mucho tiempo, ya los vencedores estaban de vuelta. Con las enseñanzas de Mahoma en mente, los guerreros habían tratado de tomar a los enemigos prisioneros sin matar a ninguno. Par de heridos sí traían consigo. Los hombres estaban bien orgullosos del dominio de sí mismos que habían mostrado, y Mahoma los elogió.

Fue entonces que uno de los guerreros de mayor edad dijo:

«Príncipe, el que nos llamaras verdugos nos tocó bien hondo».

Al principio, el príncipe había creído que la caravana estaría compuesta por habitantes de otra ciudad que no tenían más remedio que regresar al lugar de donde venían. Pero no, resulta que la terquedad de la gente de Meca los había llevado tan lejos que de verdad habían mandado una caravana, y encima, abundantemente cargada.

Mahoma pidió que le trajeran a los prisioneros. Ninguno de ellos le era conocido. Los hombres temblaban como hojas y apenas podían responder las preguntas que se les hacían.

Mahoma quería saber si eran mercaderes que operaban por su cuenta, a lo que respondieron que no. Después de bastante rato quedó claro que habían sido contratados para que, por la oportunidad de ganar algo, arriesgaran sus vidas. Dos mercaderes habían decidido probar a ver si el príncipe verdaderamente cumpliría su amenaza de capturar sus caravanas.

«¿Y por qué razón no iba a hacer lo que dije?», preguntó el príncipe. Los hombres bajaron la cabeza.

Los guerreros, por su parte, se alegraron del botín. Mahoma les permitió tomar de este a manos llenas; el resto, empero, había que guardarlo para el caso de que la ciudad se rindiera pronto. De suceder esto, la ciudad, por lo menos, recuperaría la mayor parte de lo que era suyo.

Después de haber conferenciado con Abu Bakr, Mahoma pidió que le trajeran a la gente de Meca de nuevo.

«Fijaos» les dijo, «por no ser más que gente contratada, os voy a poner en libertad si me aseguráis que no vais a hacer nada contra mí».

Los hombres prometieron esto con gusto. Acto seguido, se les permitió regresar a la ciudad, pero sin los camellos. Una vez allí, empero, no les querían abrir las puertas.

«¿Quién sabe cuánto dinero no os habrá ofrecido Mahoma para que nos traicionéis?», dijeron los ancianos.

Algunos de los hombres juraron y perjuraron que no harían nada contra la ciudad y que el príncipe no les había pedido nada por el estilo.

Los demás, empero, decidieron no rebajarse de esa manera y regresaron adonde Mahoma para pedirle que los tomara en su servicio. Mahoma los puso a cargo del cuidado de los camellos. Lo que sí tenían que mantenerse apartados del campamento de tiendas y, sin saberlo, bajo cierta vigilancia, hasta que demostraran que no tenían dobles intenciones.

El príncipe, de vez en cuando, entablaba conversaciones con ellos. En tales ocasiones, solía preguntarles de una que otra cosa de la que él se acordaba. Una de las cuestiones que quiso averiguar fue si, de verdad, su palacio paterno había sido arrasado.

Los hombres dijeron que sí. Del edificio solo quedaba un desolado montón de escombros. De ahí, empero, Mahoma quedó convencido de que la bóveda del tesoro no había sido descubierta.

El príncipe también preguntó por Abu Talib:

«¿Tu sanguinario visir no te ha dicho?», preguntó, por su parte, uno de los hombres. «Él mejor que nadie podrá decirte lo que hizo con el hombre».

«¿Entonces ya no está entre los vivos?» preguntó Mahoma, aunque ya se imaginaba cuál sería la respuesta.

Los hombres dijeron que no, y contaron que en la misma primera rebelión Abu Talib había sido tomado prisionero por Abu Bakr, y que ahí el hombre se había puesto a maldecir de manera tan calumniadora y que, sobre todo, había dicho tantas barbaridades contra Cristo que el visir, sin pensarlo dos veces, lo mandó a crucificar.

Mahoma sintió escalofríos al oír esto. ¡Qué final para un hombre que había sido llevado a ese mal camino solo por su avaricia! Y pensar que ese era el padre de Ali. ¡Qué bueno que Ali no sabía nada de ello!

Los guerreros de Yatrib, bajo el comando de Said, se aparecieron antes de lo esperado. Ahora Abu Bakr podía seguir con el sitio. Mahoma regresaba con Abd Allah a Yatrib.

Mahoma fue recibido con gran alegría. En el tiempo que había pasado desde el baño de sangre los ánimos ya se habían calmado. Los hombres habían comprendido que los judíos habían cometido un grave delito y que, pese a la severidad del castigo, el mismo había sido justo.

Fue así como le habían perdido el miedo a Mahoma también, y cuando oyeron cómo Meca había recibido a su monarca, volvieron a exhortar con insistencia al príncipe a que hiciera a Yatrib su sede, que ellos le iban a construir un majestuoso palacio.

El príncipe accedió. Si se pensaba en el reino en su totalidad, Yatrib tenía una ubicación mucho más ventajosa; además de que, posiblemente, tendría que pasar mucho tiempo para que Meca se recuperara de todos los disturbios.

La construcción del palacio comenzó de inmediato. Los habitantes de Yatrib competían entre sí por participar de alguna manera en la obra. Habían decidido que el palacio debía estar listo al mismo tiempo que la mezquita.

«Ahí vas a tener que decir adiós a tu vida en el palacio de las mujeres puras», le dijo Mahoma a Alina en una ocasión en que estaban hablando del futuro. El príncipe no se veía viviendo en el palacio principesco sin los suyos.

Pero la princesa sacudió levemente su bella y proporcionada cabeza.

«Ya no volverá a ser así, amigo mío», replicó la mujer. «Si queremos ayudar a las mujeres a recuperar la pureza perdida, tenemos más que nada que predicar con el ejemplo viviendo la nueva vida que resulta de la nueva fe.

»Ya sabes que me he es dado ver muchas cosas cuando tengo dudas sobre lo correcto de lo que siento en mi intuición con respecto a mis hermanas.

»En una de estas visiones nocturnas vi como se mandaba a construir el palacete al que solo las mujeres podrían tener acceso. Es por esa razón por la que a ti también, esposo mío, te prohibí la entrada a él. Tú te reíste cuando no te quise dejar ver nuestros aposentos. Pero te aseguro que no fue por capricho que lo hice».

Mahoma la interrumpió, sorprendido:

«¿Acaso te hubiera perjudicado en algo que, yo, el esposo y el padre de las moradoras, hubiese entrado al palacio?», preguntó el príncipe, sin poder dar crédito.

Alina le rogó:

«¡Trata de entenderme! Se me hace difícil expresar con palabras algo que está tan vivo en mi interior y que yo sé que es la verdad.

»No nos hubiera hecho daño aparentemente. Pero después de que yo, con mi ejemplo, había introducido la separación entre los sexos, no podía infringir esta ordenanza ni por un palmo. Si nuestras hijas y yo no acatábamos el mandamiento, mucho menos lo iban a hacer las demás mujeres.

»Los hombres, amigo mío, han olvidado cómo respetarnos como Dios manda. Nosotras mismas tenemos la culpa, así que nosotras mismas tenemos que trabajar para que esto cambie. Nos hemos entregado a los hombres muy libremente y sin ningún recato.

»Incluso las miradas pueden contaminar y mancillar. Esa es la razón por la que Fátima, nuestras hijas y yo no salimos a la calle si no es cubiertas de copiosos velos. Ninguna mirada de un desconocido debe tener la oportunidad de examinarnos.

»El que nosotras desde hace años hayamos hecho de estas cuestiones una costumbre para nosotras es algo que se ha hecho para empezar de alguna manera. Es mi esperanza y mi deseo que conviertas en ley lo que hasta ahora le he podido prescribir a las mujeres solamente. Muchas de nuestras conocidas ya practican estas costumbres. Y con las mismas nos sentimos más felices que antes».

Lleno de admiración, Mahoma contemplaba a la princesa, cuyas finas facciones se habían sonrojado durante la animada conversación.

«Verdaderamente, Alina, Dios quería lo mejor para mí cuando te designó como mi mujer», dijo el príncipe, lleno de gratitud. «Serás de gran ayuda a las mujeres para que salgan de su degradación. Y con ello se va a renovar toda nuestra raza, ya que una mujer pura va a ser también una madre pura y buena».

«¿Puedo decir algo más?», preguntó la princesa después de un corto silencio. «He pensado mucho en el hecho de que todo hombre puede tener todas las mujeres que quiera, sin ningún límite. Puede que con la primera y la segunda se dé algo de bendiciones; pero las demás son mujeres que el hombre compra o que escoge de entre las criadas de su hogar. Eso no contribuye a la pureza.

»Yo sé que estaría mal exigir a nuestros hombres que se conformen con una sola mujer sabiendo que, como en el caso de nosotros, cuando no llega el heredero, es bueno que el hombre se junte con una segunda mujer; además de que puede haber otras razones de peso. Pero ningún hombre debería tener más de dos mujeres. ¿Quieres pensar al respecto, amigo mío?».

Mahoma prometió hacerlo, y en el tiempo que siguió a esta conversación pensó sobre el tema más de lo que era de su agrado.

«Como en nuestro caso», había dicho Alina.

Acaso no era también su deber el encargarse de conseguir un heredero.

Sin duda, Ali era un magnífico sucesor, pero, en rigor, Fátima no era de igual condición, al ser hija de Jadiya. En caso de morir Mahoma, ello podría resultar en complicaciones como no hubiera un heredero al trono verdaderamente principesco.

Esta incertidumbre duró varios días, hasta que Mahoma ganó la convicción de que Dios le había negado el heredero. Así que todo esfuerzo por conseguir uno sería en vano.

Con tanto mayor celo dedicó el príncipe su atención a sus poemas, que para él eran una necesidad interior y le causaban gran placer. Y así pasaron dos años más.

Hasta que un buen día llegaron noticias de que los habitantes de Meca, molestos por la continua captura de sus caravanas, habían llevado a cabo un ataque, asumiendo así el rol ofensivo.

En el poblado de Bedr se había producido una cruenta batalla que duró varios días. En largo tiempo no se definía un claro vencedor; hasta que una mañana Abu Bakr oró en voz alta con sus soldados pidiendo que el Señor de los cielos y la tierra le otorgara el triunfo para que así Mahoma pudiera de una vez comenzar con la diseminación de la nueva fe.

El visir, entonces, alentó a sus guerreros, y aún no había caído la noche cuando ya su tropa se había alzado con la victoria. Los hombres de Meca se habían visto obligados a refugiarse en la ciudad a toda prisa.

Ahora Abu Bakr quería saber si debía atacar la ciudad y destruirla. Mahoma le dio a Ali el encargo de negociar con Meca. Con lo reducido que debía ser el número de hombres que después de semejante batalla aún estaban en condiciones de pelear, la ciudad, seguramente, aceptaría todo tipo de condiciones.

Y no se equivocaba el príncipe al pensar así. La gente de Meca se alegró de poder cerrar un acuerdo de paz. A cambio de la promesa de lealtad incondicional, se les prometió que Abu Bakr retiraría sus tropas.

Meca estaba tan humillada que rogó que Mahoma olvidara lo ocurrido y estableciera su sede en la ciudad de nuevo.

Ali, en el nombre del príncipe, rechazó de plano esa propuesta. Meca, entonces, pidió que el príncipe, por lo menos, visitara la ciudad y la Kaaba. Ali pensó que eso sí lo podía prometer.

A cambio, los ancianos se conformaron a la acostumbrada condición en tales casos de no cerrar las puertas de la ciudad por cierto número de años. Una ciudad sometida no podía cerrar sus puertas hasta que no hubiera expiado su culpa.

Mahoma quedó satisfecho con el resultado de las negociaciones y se preparó para visitar Meca. Antes de eso, empero, dio un discurso en Yatrib y le comunicó a todos sus habitantes que la ciudad ahora pasaría a ser la capital del nuevo reino de la Gran Arabia.

En su nueva condición, Yatrib no podía seguir llamándose así, sino que pasaría a llamarse, simplemente, «la ciudad», Medina.

Con ese nombre era realzada entre todas las ciudades. Esa era la recompensa por la lealtad que sus habitantes le habían mostrado en los tiempos difíciles. Mas ahora él esperaba que «la ciudad» también marchara a la cabeza de todas las demás en lo que era aceptar y acatar todos los nuevos mandamientos, y en adquirir costumbres puras y llevar una mejor vida.

Llenos de alegría, los hombres prometieron cumplirlo todo, absolutamente todo, y la mayoría de ellos hacía su promesa con la verdadera intención de cumplirla. Sin duda, lo hacían principalmente con la idea de obtener ventajas terrenales. Al Medina pasar a ser la capital, se convertiría en el centro de todo el comercio. La ciudad se volvería rica, grande y poderosa.-

 

Mahoma viajó a Meca con Ali. El príncipe había recibido la orden de viajar después a Siria y a Palestina y, al regresar, decretar las nuevas leyes e introducir la nueva fe.

Por fin, podría empezar con su misión propiamente dicha. Todo lo demás no había sido sino un trabajo de preparación.

Mahoma se sentía lleno de gran alegría y de un afán sublime. Tras dejar en Medina a Abu Bakr y a Said y escoger tan solo un grupo de soldados que estaría bajo el mando de su nieto Abd Allah, el príncipe emprendió el viaje.

Al Meca divisarse a lo lejos, se podía ver un animado ajetreo. Abd Allah se acordó del viaje de hacía casi tres años y temió que los hombres de nuevo estuvieran planeando alguna hostilidad.

Mahoma lo tranquilizó. Los hombres de Meca se acercaron a caballo pacíficamente con el fin de recibir al príncipe y acompañarlo a la ciudad, que en lo adelante habría de volver a ser una ciudad leal a él.

Los hombres competían a ver quién se mostraba más compungido y sumiso, pero Mahoma pudo sentir que no eran del todo genuinos. En esta gente ya no podía confiar.

Con gran compasión contempló los daños causados por las discordias y la revuelta. En cuanto a su palacio, era verdad que de él no quedaba piedra sobre piedra. El palacio principesco, en el cual él habría de alojarse, estaba preservado en parte, pero uno podía ver que entretanto había estado habitado por personas que de príncipes no tenían nada.

La Kaaba no había sufrido daños, pero sí se veía indescriptiblemente descuidada. Los ancianos se quejaban de que el príncipe hubiera mandado a construir en Yatrib un nuevo santuario y que ahora el suyo quedaría relegado a un segundo plano y acabaría olvidado.

Mahoma, que se compadeció del sentir de los hombres, les prometió que más adelante mandaría a construir una mezquita en Meca también. Pero mientras tanto tendrían que limpiar y arreglar la Kaaba.

El príncipe, empero, no sintió ganas de quedarse mucho tiempo en la ciudad, en la cual se sentía constantemente rodeado de pensamientos falsos. Tan pronto le fue posible, interrumpió su visita y, tras prometer que regresaría de nuevo, cabalgó en dirección a Siria con su comitiva.

Este viaje por los países recién ganados les trajo a él y a sus acompañantes una alegría que no se vio enturbiada por nada. Por doquier se podía ver cómo poblados y ciudades florecían bajo el nuevo gobierno y con qué buena gana la gente obedecía al príncipe.

Mahoma recorrió estas regiones durante dos años proclamando a Dios y a Cristo y preparando así el suelo de las almas para lo que habría de decirles después.

Lleno de estas bellas y gratificantes impresiones, regresó Mahoma por fin a su ciudad Medina, la cual encontró en gran agitación.

No hacía mucho habían llegado, provenientes del sur, grandes grupos armados con el fin de atacar Medina. Abu Bakr se había enterado del plan a tiempo y había salido con sus guerreros a hacer frente a las fuerzas enemigas, que eran muy superiores en número. Y ahora estaba teniendo lugar una cruenta lucha.

Mahoma no lo pensó dos veces y, sin detenerse, le dio un rodeo a la ciudad y condujo a sus guerreros al lugar de la batalla, como refuerzo a las tropas de Abu Bakr. El príncipe llegó en el momento justo.

Al principio la balanza se había inclinado a favor de Abu Bakr, hasta que un subordinado malinterpretó una orden y le dejó una brecha abierta al enemigo que nadie podía cerrar, dado que todos los guerreros hacían falta en el otro flanco.

Repasando el panorama con la vista rápidamente, Mahoma se dio cuenta de lo que pasaba y cabalgó con sus acompañantes hacia el lugar de la brecha.

Al reconocer a su príncipe, los guerreros recuperaron el ánimo. Al cabo de unas pocas horas ya se había logrado la victoria y el enemigo había puesto pies en polvorosa. No había sido poco lo que había contribuido a ese desenlace el temor que la gente de Meca sintió al oír que el propio Mahoma estaba en el lugar.

Ellos, que lo creían bien lejos. Y ahora el príncipe había sido testigo de su deslealtad.

Abu Bakr, conjuntamente con todos sus guerreros, persiguió al enemigo en su huida. El visir no descansó hasta que la gran mayoría de los hombres habían pagado con su vida su traición. Lo que más lo enfurecía era que la gente de Meca hubiera encontrado tanto apoyo entre los judíos del sur de Arabia. Contra estos su proceder fue implacable. No hubo uno que escapara a su brazo vengador.

Mahoma, por su parte, regresó a Medina. El príncipe había sostenido una pequeña herida. Abd Allah sí que había sufrido heridas de mayor gravedad, pero bajo los cuidados de su madre no tardó en recuperarse.

Ahora el príncipe tenía que esperar el regreso de Abu Bakr y oír lo que este tenía que informarle para poder empezar con sus cambios. Este tiempo de espera se le hizo bien difícil. Con todos los años que había aguardado pacientemente, y ahora apenas podía esperar las pocas semanas que faltaban.

Hasta que el visir, por fin, regresó a casa con sus guerreros. El hombre contó poco de cómo había castigado a los desleales; de lo que sí no dejo dudas fue de que lo había hecho de manera minuciosa y rigurosa.

A los ancianos y sacerdotes de Meca que no habían caído en batalla los mandó a ejecutar sin pensarlo dos veces. También había ordenado demoler los muros de la ciudad y había mandado a arrasar completamente el palacio principesco.

¿Qué quedaría de la que una vez fuera una ciudad tan bella y soberbia? Y los habitantes que quedaban con vida tendrían que pagar tributo, para que así estuvieran tranquilos por algunos años.

A Mahoma esto le pareció demasiado severo.

«¿Para qué vas a exigir tributo de esos pobres, amigo mío?», preguntó el príncipe, lleno de compasión. «Ese dinero no nos hace falta».

«Es que esta vez tienen que sentir el castigo, y como único esa población de buhoneros y negociantes lo siente es si les afecta el bolsillo», repuso Abu Bakr con indiferencia. «Si no quieres el dinero, entonces guárdalo para cuando más tarde mandes a construir la mezquita».

«Esa es una buena idea», se alegró el príncipe. «De esa manera, el santuario sería construido con su dinero y ellos así expiarían su culpa».

Ahora Mahoma ya no veía ninguna razón para seguir posponiendo el comienzo de su verdadera tarea. Como preparación, el príncipe se retiró a una tienda de campaña que había mandado a montar en un lugar solitario no muy lejos de Medina, y allí estuvo ayunando y orando durante siete días.

Durante esos días no habló con nadie fuera de los mensajeros de Dios. La santa fuerza recorría todo su ser y el saber que era importante para la nueva fe le llegaba cual corriente indetenible. Mahoma pensaba sin parar en cómo le podía traer al pueblo esto nuevo de manera que pudieran echar mano de ello llenos de gozo.

En esto también recibió ayuda. Mahoma vio cómo todo el país había de ser dividido a fin de que fuera más fácil de controlar.

En la noche del séptimo día Mahoma regresó al palacio principesco y, tras bañarse, mandó a buscar a Alina. El príncipe le explicó a la mujer a grandes rasgos lo que tenía planeado y le pidió que hiciera aportaciones allí donde hubiera que incluir una ley o disposición para las mujeres. Los dos estuvieran trabajando toda la noche.

Solo entonces Mahoma rompió su ayuno y, tras comer algo, se fue al jardín.

Después mandó a buscar a Abu Bakr, a Ali y a Said para que fueran los primeros en recibir las más importantes disposiciones para el nuevo reino. El príncipe dividió la Gran Arabia en circuitos, poniendo a cada uno de ellos bajo la regencia de un gobernador. Este no solo debería administrar el circuito a su cargo, sino que también debería desempeñarse como la mayor autoridad en cuestiones de fe.

Este plan había sido trazado teniendo en cuenta hasta los más mínimos detalles y hacía muy poco había sido complementado y sancionado por lo alto.

Los tres fieles quedaron asombrados por la profunda sabiduría que se les revelaba aquí. Si bien Mahoma había escogido de regentes a aquellos hombres que le eran leales, también se había asegurado de que los elegidos provinieran del mismo distrito que habrían de administrar.

Se echó a ver que Mahoma, a quien, en secreto, Abu Bakr seguía llamando «el soñador», había andado por la vida con ojos bien abiertos y sabía mucho más que lo que les había dejado sospechar a todos ellos.

El príncipe estaba muy bien informado sobre la postura de los habitantes de cada distrito, así como sobre sus necesidades y sus costumbres.

Una vez que los regentes habían sido escogidos, veintisiete en total, Mahoma les mandó a avisar a todos para que se presentaran en Medina un día específico. Mientras tanto, el príncipe conversó con los suyos sobre los mandamientos que había decretado y las enseñanzas que quería proclamar.

Y una vez más fue grande el asombro de quienes le escuchaban ante lo firme de la estructura, en la cual no faltaba ni un solo eslabón. Se trataba de un todo bien pensado que, inevitablemente, habría de entusiasmar a toda persona bienintencionada.

«Hay que decir, príncipe», exclamó Ali, extasiado, «que con esto no podemos menos que darnos cuenta de que tu espíritu está guiado por Dios. Ningún ser humano hubiera podido crear algo así. ¡Es que es perfecto!».

Los demás estuvieron de acuerdo y se esforzaron por captar debidamente en su interior todo cuanto Mahoma les quiso proclamar. Era mucho lo que debían aprender, pero cada cosa concatenaba con la otra de manera tan clara, sin que hubiera nada colocado arbitrariamente, que, para su sorpresa, se percataron de que enseguida lograban asimilar lo nuevo.

Así, llegó el día fijado para la reunión de los futuros regentes. Todos ellos llegaron puntualmente, ardiendo del deseo de saber la razón por la cual el príncipe solicitaba su presencia.

Todos fueron cómodamente alojados en enormes tiendas de seda que habían sido montadas con este fin.

Llegada la noche del día de su arribo, se les instó a tomar un baño; acto seguido, todos recibieron vestiduras completamente iguales, pero en diferentes colores: se trataba de pantalones anchos de colorida tela sujetos abajo, camisas anchas de color blanco y mangas largas y anchas y, sobre estas, una chaqueta sin mangas y del mismo color que los pantalones. La chaqueta llevaba ajustado un cinturón del que colgaban las armas: sable, daga y cuchillo.

En todas las tiendas se sirvió una opípara cena y los sirvientes exhortaron a todos a comer abundantemente, ya que el día siguiente sería día de ayuno, cosa a la que ninguno de ellos estaba acostumbrado.

A la mañana siguiente, la mañana del día de ayuno, Mahoma convidó a los veintisiete a venir a la plaza principal de Medina, donde él ya los esperaba con sus tres fieles. Todos debían colocarse formando un círculo y de cara al este.

Acto seguido, el príncipe dijo una larga oración en la que le daba las gracias a Dios por Su gracia y Su ayuda.

Ahora podían sentarse en el mismo lugar donde se encontraban. Mahoma se sentó en el centro del círculo y habló con ellos. Entre otras cosas, les dijo que habían sido escogidos para llevar la nueva fe al pueblo.

Esto, empero, no se habría de hacer por medio de peregrinajes e intentos de conversión, sino que cada uno de ellos recibiría un circuito en el que como gobernante local habría de encargarse del bienestar de sus ciudadanos, pero, sobre todo, habría de introducir la nueva fe. Ello sería posible gracias a los mandamientos implantados por el príncipe por voluntad de Dios, mandamientos estos que todos, incluyendo a los regentes, estarían obligados a cumplir. El no acatamiento traería severos castigos.

Mahoma les pidió, entonces, que regresaran a sus tiendas y reflexionaran a ver si estaban dispuestos a aceptar el cargo. Todo aquel que no se considerara apto para el mismo podía dimitir.

Aquel que estuviera dispuesto a seguir el llamado, debería venir a la mezquita en la tarde, antes de que se pusiera el sol, para prestar un juramento de lealtad. En todo ese tiempo tendrían que estar sin comer absolutamente nada.

Sorprendidos, los hombres obedecieron y se retiraron a sus tiendas, donde se quedaron hasta llegada la tarde. La mayoría de ellos se tendieron en sus lechos y se dieron a soñar despiertos; en realidad, no sabían de qué otra manera habían de «ensimismarse», tal como se les había sugerido.

Eso sí, todos rebosaban de sagrado afán y buena voluntad; a ninguno se le hubiera ocurrido no aceptar el cargo. Los hombres sentían que su nueva ropa les daba un aire de dignidad, y esto los hacía felices.

En la noche ya se encontraban ante la mezquita, la cual fue abierta al canto de solemnes voces masculinas que resonaba desde el interior del edificio. Los hombres, entonces, pudieron entrar, quedando admirados ante el panorama que se ofrecía a la vista.

¡Jamás habían visto cosa igual! ¡Así debía ser en el cielo! La amplia cúpula estaba envuelta en una luz crepuscular; ya que el resplandor generado por las antorchas, las luces, los faroles y los tazones de incienso que ardían entre las columnas no llegaba hasta allá arriba.

El piso estaba cubierto de coloridas alfombras sobre las que los devotos, una vez que se habían quitado el calzado en la puerta principal, podían situarse.

En el lado oeste había un nicho en el que Mahoma se había posicionado. Al ser lo más lógico, todos se colocaron de tal manera que pudieran verlo.

La juvenil voz de Abd Allah, quien estaba parado en un lugar ubicado en el centro y algo levantado, comenzó, entonces, a leer un cántico de alabanza a la omnipotencia y la bondad de Dios. El sonido de este cántico llenó el solemne recinto y tocó las almas con omnímoda fuerza. Los presentes se sintieron como si hubieran sido transportados a los Campos Elíseos.

¡Jamás habían vivido cosa igual! La mayoría de ellos no habían tenido ningún credo; algunos habían sido cristianos; otros, judíos. Todos, sin embargo, sintieron que se les estaba dando algo nuevo, algo mejor.

Acto seguido, Mahoma comenzó a hablar. El príncipe les pidió que, uno por uno, se pararan frente a él y, tras decir su nombre, prometieran servir a Dios como su Dueño y Señor y cumplir Sus órdenes.

Para que supieran cómo tenían que hacerlo, el primero en salir al frente fue Ali, quien, con voz gutural, pero claramente entendible, dijo:

«Ali ibn Abu Talib promete servir a Dios como su Dueño y Señor y cumplir Sus mandamientos».

Y Mahoma respondió:

«Ali ibn Abu Talib, sé el administrador del reino en mi ausencia».

Abu Bakr fue nombrado gran visir y jefe del ejército; Said, visir, tesorero y administrador de todos los manuscritos.

Entonces llegó el turno de los regentes, y a cada uno de ellos Mahoma le nombró el circuito que habría de gobernar. Todos se percataron con alegría de que a cada uno se le había asignado como circuito donde en lo adelante habría de vivir como siervo de Dios el lugar de donde provenía.

El último en salir al frente fue Abd Allah, que se había convertido en un hermoso joven.

«Abd Allah ibn Ali, Dios te ordena que seas lector en el santuario, como lo has sido hoy».

Acto seguido, Mahoma dijo una sentida oración en la que pedía que la bendición del Altísimo reposara sobre los treintiún siervos. Un coro masculino cerró la ceremonia, tras lo cual todos se trasladaron al palacio principesco, donde les aguardaban largas mesas con comida y bebida.

El príncipe les daba vueltas a sus invitados, animándolos a comer y hablando con este y aquel. Su intención era hacerlos perder la timidez y al mismo tiempo llegar a conocerlos un poco mejor.

Al darse cuenta de que algunos no tocaban la bebida, que consistía en zumo de frutas, leche o algún tipo de infusión, les dijo a todos en voz alta:

«Os estaréis preguntando por qué vuestro príncipe no os ha brindado vino o alguna otra bebida que estimule los sentidos. Díganme, amigos, ¿acaso la alegría que os llena por vuestro alto cargo no es más estimulante que un trago embriagador, que no hace sino enturbiar vuestros sentidos y llevaros a realizar actos que os pesan después?».

Tocados por sus palabras, los hombres asintieron contra su voluntad.

«Además de que ya veréis, amigos míos, que, entre otras cosas, las nuevas leyes prohíben también el disfrute de bebidas embriagadoras; ya que el ser humano tiene que tener en todo momento el control de sí mismo, si es que quiere vivir de acuerdo a la voluntad de Dios».

Los hombres estaban sorprendidos, pero no se dieron a murmurar. Era tanto lo nuevo que habían oído hoy y con lo que no contaban que, prácticamente, ya no podían asimilar más nada.

Después del banquete, el príncipe les permitió a los regentes que se retiraran, no sin antes invitarlos a venir a palacio de nuevo al día siguiente, pero no a comer, sino a ser instruidos. En lo adelante deberían asistir a palacio todos los días durante varias semanas a fin de afianzar bien sus conocimientos sobre lo que habrían de enseñarle a otros.

Mahoma comenzó esta instrucción tratando de explicarles el concepto «Dios». Al hacerlo, su objetivo principal era convencerlos de que solo había un Dios y que este Dios había creado todo el Universo y era el señor de este también.

Este Dios, empero, no es un soberano injusto y cruel, sino que, para todos aquellos que quieren vivir de acuerdo a Su voluntad, es un padre bondadoso y preocupado. Para los demás es de una implacable severidad.

Por medio de preguntas hechas de vez en cuando, el príncipe se aseguraba de que sus oyentes lo estuvieran entendiendo.

Después le pedía ora a este, ora a aquel dar una pequeña alocución sobre lo recibido, para que así se afianzara en ellos este saber. Por último, les pidió que de su propia vida sacaran ejemplos que testificaran de la existencia de Dios, de Su bondad y Su justicia.

En todo árabe hay un narrador en potencia. Así que esta parte de la tarea la realizaron sorpresivamente bien.

Entonces Mahoma, sirviéndose de la historia de Israel, pasó a mostrarles cómo Dios se le había revelado al pueblo elegido y cómo lo había guiado. Así, les habló de los profetas.

Esta parte despertó gran interés y resultó fácil de captar.

La instrucción había tomado ya más de dos semanas, pero, aun así, nadie estaba harto de ella.

Tras haberles descrito la depravación de los hombres, Mahoma pasó, entonces, a proclamar la gracia de Dios que constituyó la misión del Hijo de Dios. Aquí fue donde encontró las palabra más sentidas; lo que decía le venía fluidamente de su interior, proveniente de las vivencias más personales.

«Cualquiera diría que conoció a Cristo personalmente», se decían los hombres después.

Todos estaban tan tocados por lo dicho que no hubo ni una sola objeción. Judíos, cristianos y gentiles alabaron a Cristo el Hijo de Dios desde lo más profundo de su alma. El redentor los unía a todos y hacía de ellos siervos de Su Santísimo Padre.

Y Mahoma continuó con su instrucción. Habló del gran Juicio que habría de sobrevenirle a todos los mundos. El Hijo de Dios, en calidad de Juez de los mundos, habría de condenar a los hombres o llevarlos al reino de Su Padre.

Cristo había sido la Palabra de Dios aquí en la Tierra; el Juez de los mundos iba a ser la Voluntad de Dios.

Pero si bien Dios se manifiesta aquí en la Tierra por medio de Sus Hijos, los tres no son más que «un solo Dios», una trinidad unitaria.

Esto se los explicó una y otra vez. Los hombres lo captaron, pero su intelecto no sabía qué hacer con ello. Hasta que Mahoma les pidió que dejaran el intelecto a un lado y trataran de vivir en su interior este secreto divino.

Una vez que les había desarrollado la nueva enseñanza a grandes rasgos, Mahoma pasó a adornar lo dicho con detalles adicionales. El príncipe mostró cómo Dios el Señor hace en la Tierra siervos de los seres humanos que Él llama y manda a instruir para que participen en Su labor; asimismo, Él tiene siervos en las otras regiones también, y ello en cantidades legionarias.

A todos los nombró «ángeles», ya que creía que así los hombres lo entenderían mejor. Y a estos ángeles los dividió en grupos: los grandes y los chicos, los que ayudan terrenalmente y los que ayudan en cuestiones espirituales, los masculinos y los femeninos y los grandes ángeles sagrados que siempre están alrededor del Trono de Dios.

Los vientos eran ángeles, también las llamas del fuego; los animales y los hombres eran guiados por ángeles, y Dios recibía la ayuda de ángeles en todo acontecer.

Esto lo entendieron todos; era algo que le hablaba a sus almas. Les encantaba todo lo que sonara a fábula, y los relatos de los seres angelicales eran, a fin de cuentas, más bellos que cualquier fábula.

Acto seguido, Mahoma trató de inculcarles el respeto por todo lo creado, ya fuera hombre, animal o planta, roca o agua. Les enseñó que todo aquel que le faltara a alguna criatura de Dios, tendría que padecer el mismo sufrimiento que había infligido. Esto se lo demostró sirviéndose de incontables ejemplos, y ellos mismos encontraron ejemplos similares en sus propias vivencias.

Después quería pasar a hablar de la repetición de vidas terrenales de los hombres, pero en la noche anterior recibió órdenes de no hacerlo, ya que los hombres no podrían comprenderlo aún.

Así, a manera de cierre de las enseñanzas de la nueva fe, les comunicó que todo lo que les había dicho estaba plasmado en el Libro de Proclamación, el Corán. Este libro tenía que ser para ellos lo más importante en el mundo. Imbuidos de una devoción total, debían de rezar los capítulos o suras a lo largo de su vida tantas veces que pudieran llevarlos en lo íntimo de su ser.

Este cierre vino seguido de una gran celebración en la mezquita que duró dos días con algunos intervalos.

Después Mahoma les interpretó a los regentes los mandamientos que había escrito.

La ley suprema era obediencia a Dios y a Su voluntad. Después venía la obediencia a las autoridades.

Para poder vivir en todo momento en la voluntad de Dios y en Su santa presencia, se había decretado cinco oraciones al día, siendo los muecines o almuédanos quienes llamarían al rezo desde el alminar, y allí donde no hubiera uno, desde algún otro lugar elevado.

En contra de su decisión inicial, Mahoma había terminado estableciendo el contenido de las cortas oraciones, ya que los hombres se le habían acercado una y otra vez quejándose de que no sabían qué y cómo debían orar.

A la ora de rezar estas oraciones, todos los devotos debían estar parados sobre alfombras, las cuales podrían servirles como sustituto de la mezquita si se encontraban al aire libre. De ahí que siempre tuvieran que llevar consigo este pedazo de alfombra. En tal caso, estarían pisando suelo santo no importa dónde se encontraran. Además, al orar tenían que colocarse de cara al este.

«Del este viene la Luz, cosa que podéis ver en el sol terrenal», les explicó Mahoma. «Abríos a la Luz que busca iluminaros y miradla de frente».

Antes de cada oración, empero, el devoto debía lavarse el rostro y las manos, y de ser posible, los pies también. Asimismo, debía hacer abluciones antes de cada comida.

Estas abluciones del cuerpo tendrían como finalidad el recordarle que la pureza del alma es requisito indispensable para cumplir la voluntad de Dios.

Esta pureza se haría extensiva al respeto que los creyentes debían tener para con las mujeres. Creada por Dios con una mayor delicadeza y suavidad que el hombre, la mujer ha sido puesta en la vida para servir de ornamento, del mismo modo que las flores son el ornamento de un jardín. Llenos de veneración es cómo los hombres deberían mirar a las mujeres.

Se ordenó que en lo adelante las muchachas y las mujeres, fuera donde fuera, ocuparan habitaciones apartes, e incluso casas apartes allí donde fuera factible.

Ningún hombre podría entrar a las habitaciones en las que vivieran mujeres o muchachas. Incluso en el caso de las mujeres casadas se decretaba habitaciones apartes en las que solo podrían entrar mujeres. La mujer casada podría visitar a su esposo cuando lo deseara, pero este a ella no.

Cuando la mujer saliera de la casa, debería llevar un velo que le cubriera la cabeza, y preferiblemente el cuerpo también; no podía mostrarse en lugares públicos. En la mezquita se celebrarían festividades solo para mujeres, ya que estas no podrían tomar parte en las festividades normales.

Todo matrimonio ha de recibir la bendición del administrador de la mezquita, y ningún hombre podría tener más de cuatro mujeres.

A fin de sacar al pueblo de su ignorancia y eliminar su distanciamiento respecto de Dios, se construirían mezquitas en todas las grandes ciudades y a cada mezquita se le adosaría una escuela pública a la que todos los niños tendrían que asistir.

Además, habría de construirse pozos y grutas para las abluciones, así como baños y hospitales. Para los pobres y para los que sufrían de incapacidad laboral se habría de preparar comedores.

Todo esto sería de beneficio para todos, pero iba a costar mucho dinero. De ahí que Mahoma dispusiera que todo creyente debía dar una décima parte de sus ganancias o ingresos. Esta suma habría de ser empleada en la construcción y el mantenimiento de las instalaciones mencionadas.

Cada regente de distrito tendría que poner en cada ciudad y cada poblado uno o más funcionarios que velaran por que estos impuestos se pagaran puntualmente. Y dado que dichos impuestos habían sido puestos con la voluntad de Dios, todo creyente que no los pagase se haría reo de culpa ante Dios.

Esos fueron los primeros mandamientos dados por el príncipe Mahoma, o el profeta de Dios, como él prefería ser llamado ahora.

Una vez que habían sido asimilados por todos los regentes, a estos se les permitió hacer preguntas o manifestar su opinión. Mas los mandamientos estaban tan bien ajustados a todas las necesidades que nadie tenía nada que decir en su contra.

Finalmente, la asamblea se disolvió, después de casi cuatro meses juntos. Para todos esta fue una gran experiencia. Muchos de los hombres habían sufrido una transformación, volviéndose más serios y maduros. Todos abandonaron el lugar armados de las mejores intenciones, imbuidos de la firme volición de ser verdaderos siervos de Dios.

Y el país había estado tranquilo durante todo ese tiempo. Parecía cosa de milagro. Mahoma estaba convencido de que los siervos invisibles de Dios, los ángeles, se habían encargado de que así fuera, y desde lo más hondo de su corazón le dio las gracias a Dios por ello.

Ahora volvió a dedicarle atención a su familia, con lo cual se enteró de que una hija había pasado a engrosar sus filas.

Alina había acogido en su casa a la joven hija de Abu Bakr, a quien había encontrado desatendida y prácticamente desmoronada en su desolada casa. Abu Bakr había perdido a su mujer prematuramente y no había tenido tiempo de casarse de nuevo.

De su hija huérfana de madre apenas se acordaba; de hecho, ya casi ni venía a la casa. Cuando por una vez se encontraba en Medina, prefería vivir en el campamento de tiendas con sus guerreros que darle una vuelta a su desierto hogar.

Aisha, su hija, era una muchachita particularmente bella que en nada se parecía a su padre. Por causa de su infeliz niñez, tenía una manera de ser un tanto constreñida y afligida, rasgos estos que fueron mermando poco a poco bajo la influencia de las hijas de Alina.

El mensaje de Cristo tal como las tres muchachas se lo transmitían fue recibido por ella con una avidez que venía del alma y para la muchachita no había nada mejor que transmitírselo a otros. Y en tal caso buscaba preferiblemente a los abandonados.

Mahoma también trataba a la niña con amabilidad cada vez que ora una hija, ora la otra la traía consigo en las visitas que las muchachitas le hacían a su papá. El príncipe se había conformado a los deseos de la princesa Alina de que no entrara al palacio de las mujeres. En su lugar, estas venían adonde él cada vez que él tenía tiempo para ellas. En ocasiones Mahoma les leía o proclamaba la nueva fe, en otras era el turno de ellas de alegrarlo a él con su charla o con música.

Las mujeres tenían pequeños instrumentos de cuerdas que sabían tocar muy bien, y acompañaban los sonidos producidos por estos con su canto, ya fuera individualmente o todas juntas.

Si alguna vez en pleno día de repente sentía ganas de descansar o de distraerse, Mahoma se iba al palacio de Ali, donde seis nietos bien vivarachos lo saludaban siempre con gritos de alegría. Especialmente el pequeño Mahoma le tenía un gran cariño y contaba las semanas para que su abuelo cumpliera la promesa de aceptarlo en su servicio.

Ibrahim, el segundo en edad, era un jovenzuelo callado y reservado que prefería andar solo. Estaba apegado a Mahoma, pero incluso con él era esquivo, pese a lo mucho que lo quería. El muchacho no sabía aún lo que quería hacer con su vida.

Estudiaba porque era lo que se esperaba de él, y no porque fuera su deseo. Cuando Ali le preguntó si más adelante no le gustaría ser lector en la mezquita como el mayor, el muchacho dijo que no.

Una noche el profeta recibió la orden de viajar a Meca. Ya era hora de que cumpliera con su promesa de construir la mezquita. Él, personalmente, ya estaba deseando hacerlo, pero había querido esperar por la orden de Dios.

Ahora, sin embargo, no podía llevarse consigo a nadie de los suyos, ya que a todos les había dado cargos fijos que no podían abandonar. Como quería, al menos, tener a un nieto junto a él, le preguntó a Ibrahim si lo quería acompañar.

Los ojos del muchacho se iluminaron. Ibrahim se quedó mirando a su interlocutor sin poder dar crédito. ¿Sería posible que su abuelo lo estuviera escogiendo justo a él, que no le servía a nadie para nada? Con gran alegría el jovenzuelo dijo que sí y se entregó a los preparativos del viaje con inusitado afán.

La comitiva emprendió el viaje y mientras el muchacho cabalgaba en su brioso corcel junto a Mahoma, este se percató de que Ibrahim ya no era un niño. De manera imperceptible para todos, el muchacho se había hecho un joven que bajo la áspera corteza llevaba un alma ardiente.

Al lomo del caballo, el jovencito se había transformado en otra persona. Con gran vivacidad respondía las preguntas de Mahoma e incluso hacía preguntas él mismo, a la vez que se regocijaba por la belleza del paisaje, que cada vez se hacía más hermoso.

Lo que era Meca, empero, tenía un aspecto bien triste. Aquel que hubiera conocido la ciudad en otros tiempos, no podía menos que sentir melancolía al verla despojada de sus muros y de todos sus edificios altos. Al parecer, sus habitantes habían perdido todo ánimo de reconstruir cualquier cosa que no fuera absolutamente esencial.

Fue con deprimida tranquilidad que recibieron a su príncipe, quien esta vez había venido con un séquito bien pequeño y sin guerreros. No sabían dónde alojarlo: ya no quedaba ninguna casa que uno pudiera ofrecerle.

El príncipe solucionó este problema disponiendo que en el pequeño campamento de tiendas de su séquito se levantara una tienda para él, la cual ocuparía con Ibrahim.

Adonde primero se dirigió el príncipe fue a la Kaaba. Este paseo lo hizo solo, pues quería ver si este antiquísimo lugar de culto le decía algo. Mas no sintió absolutamente nada. Esa piedra negra que los creyentes acostumbraban a besar tenía para él un aire pagano. Y sin embargo, estaba convencido de que no podía depreciar la Kaaba si no quería quitarle todo a los habitantes de Meca, que tan derrotados se sentían.

Y en medio de las imágenes de ídolos que cubrían los muros por doquier, Mahoma se hincó de hinojos y le imploró al Señor que también en un lugar como este le manifestara Su voluntad.

Fue entonces que recibió la orden de despojar el recinto de todas las imágenes de ídolos y, acto seguido, mandar a construir sobre ello la nueva mezquita, de manera que el viejo santuario quedara en medio de todo como si se tratara de una tumba. Así, uno no le quitaría al pueblo su santuario, pero, al mismo tiempo, este perdería importancia y pasaría a formar parte de aquello que sirve para honrar a Dios.

Contento, Mahoma abandonó la Kaaba y mandó a llamar a los habitantes de Meca para comunicarles que iba a mandar a construirles un santuario, una mezquita, en torno a su antiguo santuario, la Kaaba. Estas palabras trajeron a los destrozados corazones algo parecido a júbilo, pero, entonces, algunos de los hombres dijeron:

«Ya no tenemos dinero para construcciones de ese tipo».

«¿Y quién ha dicho que vosotros tendréis que poner el dinero?», preguntó Mahoma con bondad. «Cuando vuestro príncipe quiere mandar a construir algo, también proporciona los medios para ello».

«Pero entonces sería la mezquita del príncipe, y no la nuestra», porfiaron los hombres.

«Pero es que se va a construir con vuestro dinero; por lo tanto, es vuestra», replicó el príncipe y, acto seguido, les explicó qué quería decir con esto.

Ahí los hombres se dieron cuenta de que ese que les había parecido cruel, sanguinario e injusto tenía un corazón cálido y compasivo. De esa manera, empezaron a tomarle confianza. Ya no cogían por otro lado cuando lo venían a venir.

Mahoma empezó, entonces, a proclamar en público a Dios y su nueva fe, la cual llamaba sometimiento a la voluntad de Dios, «Islam».

Al explicarles este nombre, el príncipe hizo hincapié en que solo puede vivir correctamente aquel individuo que se ajuste en todo a la voluntad del Altísimo. Si su empeño va en contra de la voluntad de Dios, entonces el sujeto en cuestión queda atrapado entre las ruedas del mecanismo y acaba triturado; ahora, si sigue la misma dirección de la sublime voluntad, entonces recibe de su fuerza y es adelantado.

Los hombres entendieron esto bastante bien, pero entonces creyeron que el profeta quería darles a entender que ya no tendrían que hacer ni decidir nada ellos mismos, que tendrían que resignarse a su destino, el cual nadie podría cambiar, que tenían que aceptar sin quejarse lo que se les impusiera.

A Mahoma le costó trabajo acabar con esas ideas, lo cual hizo explicándoles que entre la voluntad de Dios, la cual está presente en las eternas leyes del Universo, y el destino hay una enorme diferencia. El profeta les demostró que son los propios hombres quienes hacen su destino. Dios, personalmente, no se mete en eso. De acuerdo a cómo los hombres piloteen su barca de la vida, así navegará esta por las aguas de la existencia.

Justo a la gente de Meca él pudo demostrarles sin problemas, por medio de ejemplos sacados de sus propias vivencias, cómo todo lo difícil que les había tocado en suerte se lo habían buscado ellos mismos. Estas vivencias personales les permitieron, entonces, ir alcanzando la comprensión.

El que más aprendió con todo esto fue Ibrahim. El joven no dejó escapar ni una sola palabra del profeta, sino que abrigó todas y cada una de ellas en su interior hasta que echaran raíces y alcanzaran su floración.

En este proceso su apariencia cambió, y no solo su apariencia, sino su manera de ser toda. Uno apenas podía reconocer al jovenzuelo reservado y aniñado en este joven alegre y resuelto. Ibrahim había encontrado la meta y la ocupación de su vida: proclamador del Excelso, eso era lo que quería ser. Administrador de las verdades divinas.

Cuando ya tenía esto claro, se lo confió a Mahoma, quien sintió gran alegría al enterarse de que en este aspecto también iba a tener un sucesor. Ya había estado preguntándose quién iría a continuar su obra.

Ali iba a ser un buen gobernante, pero sacerdote jamás sería. Y Abd Allah estaba satisfecho con su cargo de lector, el cual debía ser no más que una etapa, y no aspiraba a más.

«Cuando más adelante regrese a Medina, te voy a dejar aquí, hijo mío», le dijo Mahoma al joven, quien escuchaba con gran alegría. «Toda mezquita habrá de tener su jeque. Hazte tú cargo de este santuario y proclama en él la pura Verdad, que Dios el Señor te va a bendecir. Cuando yo tenga que abandonar esta Tierra, podrás decidir si quedarte aquí o pasar a administrar la mezquita en Medina».

Cuando ya la construcción de la mezquita, para la cual Mahoma había mandado a buscar a los maestros de obra de Medina, estaba en plena marcha, el príncipe se dispuso a emprender el viaje de regreso.

Con la ayuda de dos siervos de confianza, Mahoma había logrado encontrar bajo las ruinas de su palacio la cámara emparedada y, aprovechando la tranquilidad de varias noches seguidas, había sacado todos los tesoros. Ahora se los llevaba consigo al lomo de varios camellos de carga para, una vez que llegaran a Medina, dárselos a Said a fin de que los administrara.

A su regreso, que fue para todos motivo de alegría, Mahoma se encontró con una sorpresa: Aisha, esa joven tan delicada y sutil, había accedido a ser la esposa de Said, que ya iba entrando en años. La pareja solo estaba esperando la bendición del príncipe para contraer matrimonio.

Mahoma, quien desde hace mucho veía a Said como un hijo, sintió gran alegría por la suerte de este y mandó a construir para él un cómodo palacio junto al de Ali.

Presente por primera vez en la reunión de los ancianos de la ciudad, el príncipe notó que cierto disgusto oprimía el ánimo de los hombres, así que preguntó cuál era la causa de ello.

Ahí los hombres le confesaron que no les agradaba el que él también mandara a construir un santuario para la sediciosa ciudad de Meca.

A Mahoma le costó muchísimo hacerles entender que, después de todo, Meca, desde siempre, había tenido un santuario. La nueva mezquita, que era algo que ellos necesitaban con urgencia, ya que toda ciudad grande habría de tener una, estaba siendo construida sobre la Kaaba. Así que todo seguiría igual.

Pero para que no se quejaran, la mezquita en Medina habría de llamarse desde ese día «la Mezquita del Profeta», mientras que la de Meca habría de llevar por nombre la Mezquita de la Kaaba o «Santa Mezquita».

Con esto todos estuvieron de acuerdo.

Esta vez el Profeta no se quedó mucho tiempo en Medina. Mahoma ardía de deseos de visitar los otros lugares de importancia. Todavía no había visto cómo los regentes estaban desempeñando su cargo y no sabía si estaban haciendo su trabajo de acuerdo a la voluntad de Dios o si estarían actuando según sus propias ideas.

Esta vez Mahoma le salió al paso pidiéndole que lo llevara con él. Sus dos hermanos mayores ya tenían un cargo que desempeñar, así que ahora era su turno.

Al príncipe le dio gusto ver el afán del muchacho y le preguntó qué trabajo le gustaría hacer. El jovenzuelo se quedó callado un rato, hasta que, finalmente, respondió que ya se echaría a ver, como había sido el caso con Ibrahim. Su abuelo, empero, se dio cuenta de que en su interior el muchacho ya se había decidido por algo.

El viaje duró mucho tiempo. En los poblados pequeños no se detuvieron, pero en toda ciudad donde vivía alguno de los regentes sí hicieron parada obligada. El Profeta, entonces, hablaba con su representante de turno y le pedía que le mostrara qué tan avanzada iba la construcción de la mezquita.

Ahí se echó a ver que los veintisiete eran muy diferentes unos de otros. Ardiendo de deseos de traerle al pueblo la bendición de la que habían sido beneficiarios, algunos de ellos habían comenzado de inmediato con la construcción de la casa de Dios y habían establecido una escuela en la que, en la mayoría de los casos, ellos mismos eran los maestros, además de velar por que las abluciones y las oraciones se hicieran a su hora.

Otros habían comenzado con la enseñanza de la doctrina, al ser de la opinión que era mejor mostrarle al pueblo de qué se trataba antes de comenzar a introducir cambios.

Mahoma no contradijo a ninguno. Cada comarca tenía características diferentes, características estas que venían determinadas principalmente por el carácter de sus habitantes. ¿Y quién podía conocer a estos mejor que su regente, que se había criado con ellos? De ahí que alguna razón justificada debía haber para que algunos regentes vacilaran en comenzar los trabajos de construcción.

El príncipe, empero, encontró también aquellos que deseaban sacar los mayores honores posibles de su nueva dignidad y de la ropa que ahora les era dado llevar. Estos no hacían nada de lo que se les había ordenado y se asustaron sobremanera al ver que el Profeta en persona venía a chequear cómo andaba todo. ¿Qué podrían decir para justificarse?

No se hizo necesario mediar palabras: Mahoma, enseguida, se dio cuenta de la situación, y los negligentes fueron sometidos a un rústico proceso judicial. El príncipe, ahora, lamentaba el no haber traído consigo a gente que pudiera poner en el lugar de los morosos. Así que, por el momento, se vio obligado a dejar a los indolentes en sus puestos; eso sí, tomó la determinación de regresar pronto a ver cómo les iba y traer reemplazos consigo esta vez.

Como parte de este viaje estuvo en Jerusalén de nuevo. ¡Cuántos recuerdos le vinieron! Mahoma le contó de ello al nieto, pero sin mencionar lo de su antigua encarnación. Ese habría de ser siempre su más preciado tesoro, que no compartiría con nadie.

El jovenzuelo puso suma atención a lo que el abuelo le contaba. Con gran vivacidad escuchó su relato, y como él, fue presa de la tristeza cuando, después, vio la discordia y la discrepancia que reinaban en los lugares donde Jesús había estado y sufrido.

El mayor de los Mahomas perdió el sueño y le oraba a Dios que le mostrara lo que podía hacer para traer un cambio aquí.

Al Profeta le quedó bien claro que aquí también debía mandar a construir un santuario, una mezquita, en la cual judíos y cristianos pudieran encontrarse bajo la nueva fe, el Islam.

El regente acogió esta idea con sumo beneplácito, sobre todo cuando Mahoma le dijo que él mismo porporcionaría los medios para la construcción. Este lugar de adoración, el tercer santuario de la Gran Arabia, habría de ser de gran esplendor y majestuosidad.

En todas partes en su recorrido por el país, a Mahoma le llamó la atención la presencia de hombres de estatura más pequeña que los demás habitantes. Debían de ser extranjeros. Al preguntar, recibió por respuesta que se trataba de turcos, un pueblo que, según el preguntado, no conocía, en realidad, nada de su origen ni de su patria. Credo no tenían ninguno, y eran muy activos y siempre andaban buscando el desvalijar a alguien. No se arredraban ante nada.

Mahoma quiso saber quién era su gobernante, pero no supieron decirle. Así que él, entonces, entabló conversación con algunos de ellos, pero los hombres no estuvieron muy comunicativos y sobre todo no dieron ningún tipo de información sobre el propósito de su estancia en Palestina.

Sin embargo, cuando él les preguntó por su jefe los hombres le informaron, llenos de orgullo, que tenían un emperador que vivía en la espléndida ciudad de Constantinopla. Nunca lo habían visto, pero sí sabían de él. Este soberano era, según ellos, muy eminente y todos los pueblos eran sus súbditos.

Mahoma decidió ponerse en contacto con este emperador, del que ni siquiera sabía su nombre, para hacerle saber del Islam. Entre otras cosas, le escribió que si sus súbditos querían comerciar y vivir en la Gran Arabia, tendrían que adoptar la nueva fe.

Él no podía darles la orden de hacerlo, ya que carecía de potestad para ello. Lo único que podía hacer, si no querían aceptar el Islam, era expulsarlos del país. El poderoso emperador de Constantinopla, en cambio, tendría el poder sobre sus súbditos para decretar qué fe debían tener estos.

Mahoma escribió esta carta varias veces, hasta que por fin quedó conforme con el resultado. El príncipe estaba buscando no parecer muy sumiso ni tampoco muy presuntuoso. Después de pensar por largo rato, estampó su firma en el documento: Mahoma, príncipe de la Gran Arabia y profeta de Dios, el Señor de todos los mundos.

¿A quién le podría confiar ahora la entrega de este mensaje? Fuera de Said, no sabía de más nadie a quien pudiera darle este importante papel. Además de que Said le causaría una bena impresión al monarca extranjero.

Fue así como el príncipe mandó a varios hombres de su comitiva a buscar a Said. Mientras tanto, él se puso a predicar en Jerusalén y sus alrededores.

A la gente le gustaba escucharlo. Los judíos eran los únicos que no querían saber nada de lo  que el príncipe tenía que decir; y sin embargo, no podían oponerse, ya que se trataba de su soberano. Por eso, preferían no asistir a las congregaciones.

Los turcos, en cambio, venían cada vez con más frecuencia. Les agradaba lo que el monarca decía. Si bien no entendían bien su idioma, había cualquier cantidad de individuos que lo podían interpretar.

Si estos cambiaban palabras o hasta frases enteras, al no haber entendido su contenido, nadie se percataba de ello. Incluso había quienes, por diversión, distorsionaban el significado de lo proclamado, denigrando así algo sagrado.

El Profeta recurrió al regente del distrito de Jerusalén. Este debería saber el turco suficiente como para poder entenderse con esa gente.

Indignado, el hombre rechazó semejante exigencia irrazonable; a fin de cuentas, él estaba en ese cargo para los árabes.

En vano trató Mahoma de hacerle ver lo grave que era que en pleno centro de su distrito estuviera comerciando gente que nada quería saber de Dios. El regente manifestó que gente de ese tipo la había dondequiera y que se daría por satisfecho si lograba unir a judíos y cristianos; no podía estarse preocupando por los paganos también.

En eso el príncipe recibió ayuda de donde menos se imaginaba.

El joven Mahoma, a quien le hacían gracia estos turcos, que, pese a su considerable tendencia a la corpulencia, eran bien ágiles, hacía mucho que se había hecho amigo de algunos de ellos y, demostrando gran habilidad para los idiomas, había aprendido la lengua de los forasteros lo suficiente como para ser de ayuda.

Ello se echó a ver un día en que el hombre que, a cambio de una suma de dinero, había asumido la responsabilidad de traducir de inmediato al turco cada frase que el Profeta dijera en su alocución, estaba haciendo su trabajo de manera deficiente, y ello a propósito.

En eso, el joven Mahoma lo interrumpió y dijo lo que el profeta acababa de proclamar.

Tremenda fue la algarabía que se armó. Los turcos se acaloraron sobremanera al darse cuenta de que no se les estaba diciendo lo que era. El intérprete estaba hecho una furia, ya que consideraba injusta la intromisión del jovenzuelo y temía que no le fueran a pagar.

El joven Mahoma, empero, se mantuvo en sus trece y tradujo todas las palabras y frases que se intercambiaron. Fue tanta la habilidad que demostró al hacerlo que, a partir de ahí, el príncipe solo lo usó a él.

Un día en que estaba hablando en confianza con el nieto, Mahoma le preguntó si la función que había acabado desempeñando sin que ninguno de los dos la hubiera tenido en mente se correspondía con sus deseos y esperanzas.

Mirando al abuelo a los ojos con mirada radiante, el joven Mahoma le dijo con decisión:

«Seguramente, es lo mejor para mí, justo porque se dio tan de improviso como sucedió con Ibrahim. Al principio, quería ser capitán del ejército, pero no había querido decirte nada por temor a que me consideraras demasiado joven para ello. Ahora estoy bien contento por la manera en que todo ha salido.

»Tengo pensado aprender más idiomas de nuestros países vecinos; así puedo servir a Dios con el intelecto que Él me ha dado».

Said, entonces, llegó con una majestuosa comitiva, y se pudo constatar que el visir había entendido bien el mensaje de su príncipe: tanto él como los miembros de su séquito estaban vestidos lo más espléndidamente posible, e igual de espléndidas eran sus monturas; verdaderamente, daba gusto ver la caravana. Said no había olvidado tampoco equiparse de opulentos regalos a fin de agasajar al emperador extranjero.

Como es natural, el joven Mahoma se unió al grupo, a fin de servir de intérprete.

Mahoma también partió con su tropa y, tras una lenta marcha y muchos rodeos, arribó de vuelta a Medina. Primero estuvo algunos meses en Halef, pues, con su tráfico constante, esta rica localidad dedicada al comercio le parecía particularmente idónea para la proclamación de Dios.

Vestido de manera simple, el príncipe se mezcló con los hombres, entabló conversación con ellos, los ayudó en trabajos que no fueran muy pesados y les habló de Dios. En ningún momento se equivocó en su manera de proceder, ya que siguió al pie de la letra las instrucciones que se le dio desde lo alto.

Hubo lugares en los que pesó su realeza y su celsitud. La gente corría a verlo y lo escuchaba solo porque se trataba de su monarca. En otros lugares le dio más valor a su condición de profeta y en algunos lugares se presentó como un mero narrador de cuentos.

Pero todo lo que el príncipe hacía le venía de adentro y traía su origen del ardiente deseo de servir a Dios con todas sus fuerzas; de ahí que obtuviera resultados.

Al llegar a Medina le esperaba la noticia de que Abu Bakr se había visto obligado a marchar contra judíos que se habían levantado en armas en la región sur. El gran visir logró apresar a un amigo de Abu Talib, Abu Dschahil. Abu Bakr había traído al hombre consigo a Medina, para que el propio Mahoma decretara que se habría de hacer con él.

El Profeta mandó a llamar a Abu Dschahil, que resultó ser un hombre viejo y amargado en quien el tiempo en cautiverio había dejado su huella. Al principio, el hombre no respondió ninguna de las preguntas que el príncipe le hacía con amabilidad y firmeza al mismo tiempo.

Así que el príncipe dijo a sus siervos:

«¡Llevaoslo de vuelta a su habitación! Hoy no hay quien lo haga hablar. Que me mande a avisar cuando esté dipuesto a hacerlo. Mientras tanto, no quiero verlo».

Abu Dschahil se asustó. El hombre había esperado un ataque de ira y se había preparado interiormente para ello. Cuando vio que eso no sucedió, abrigó, entonces, las esperanzas de que lo matarían en el acto por su insubordinación. Ahora tenía que volver a la mazmorra, y no dependiendo de la voluntad del príncipe, sino de la suya propia. Eso fue demasiado para él.

Mahoma se dio cuenta de lo que ocurría en el alma del otro, pero también sabía que no podía ayudarlo. De lo contrario, el hombre se hundiría aún más en su empecinamiento. El príncipe no dijo nada y se puso a orar en silencio por el otro, su enemigo.

«¡Dejadme aquí, que voy a responder las preguntas!», gritó de repente el prisionero, como si algo muy fuerte lo estuviera obligando a hacerlo.

Los siervos lo soltaron de inmediato y se retiraron a un rincón de la habitación.

Abu Bakr, que se encontraba al lado del príncipe, estaba sorprendido. Mahoma siempre lo hacía todo de manera diferente a como él esperaba, y su proceder siempre resultaba ser acertado.

Mahoma se acercó a su enemigo y le preguntó con bondad:

«¿Por qué me odias, Abu Dschahil?».

«Yo no te odio, príncipe», fue la sorpresiva respuesta.

«Bueno, te voy a preguntar de otra manera: ¿por qué eres mi enemigo?».

«Porque se lo he prometido a mi amigo Abu Talib».

«¿Me puedes decir por qué él te pidió que le prometieras algo así?», preguntó Mahoma, sumamente sorprendido.

«Voy a tratar de explicártelo. Abu Talib estaba amargado por razón de su deformación. Tenía la impresión de que siempre ponían a otros por delante de él. Tu padre, el príncipe, era un hombre apuesto y feliz. Cuando este perdió la vida prematuramente, Abu Talib abrigó la esperanza de poder ocupar su lugar, mas tú estabas en el medio.

»Su intención era enterrarte en vida con los monjes. Pero tú lograste escapar. Tu tío jamás supo si hubo traición de por medio o si Dios te ayudó. Después, a la hora de la repartición de la herencia, él no debe de haber procedido de manera muy limpia. Detalles nunca me dio al respecto, pero yo sé que algo en su conciencia no lo dejaba en paz.

»Tú le diste más de lo necesario, y esto lo ofendió tremendamente, ya que en ello vio desprecio por su manera de pensar y su forma de actuar. Y tu venganza, príncipe, fue cruel».

«¿Mi venganza?», lo interrumpió su oyente, que no bien salía de una sorpresa para entrar en otra. «¿Mi venganza? Pero ¡si yo no me he vengado de nadie, que yo sepa!».

«Tu venganza fue cruel. Le quitaste al hombre su único hijo y lo apartaste de él. Además de que lo expulsaste de su palacio paterno. El infeliz se convirtió en un apátrida y un fugitivo, pues tus secuaces le estaban dando caza. Por tu causa, más nunca pudo tener un momento de paz.

»Fue entonces que buscó la manera de perjudicarte. ¿Acaso se le puede criticar que lo haya hecho? Su gran elocuencia, de la cual no quisiste servirte, la empezó a usar en tu contra. Por último, acabaste mandando a asesinar al pobre indefenso de la manera más espantosa que se te ocurrió. ¡Y todavía te extraña que yo, su amigo, sea y me vea obligado a ser tu enemigo mientras viva!».

Exhausto, el viejo guardó silencio; pero el príncipe tampoco pudo decir palabra. Esas acusaciones le habían dolido tremendamente, debido a lo injustas que eran, si bien en cada una de ellas había una pequeña chispa de verdad.

Hasta ese momento, Abu Bakr había logrado contenerse con suma dificultad, pero ahora ya iba a montar en cólera cuando el príncipe, con un ademán, lo mandó a guardar silencio. El gran visir, entonces, abandonó la habitación con pasos retumbantes.

En eso, sin que lo hubieran llamado, entró Ali. Para Mahoma esto fue como una indicación venida del cielo mostrándole lo que debía decir.

«¡Escucha, Ali! Este hombre, Abu Dschahil, me acusa de haberte apartado de tu padre. ¿Quieres decirle cómo fue que empezaste a trabajar conmigo?».

Ali se declaró enseguida dispuesto a hacerlo. Mahoma, entonces, dijo:

«Bueno, en ese caso, os dejo solos, para que este hombre, mi enemigo, no tema que yo pueda influenciar lo que tú vayas a decir».

Con un gesto amable, el príncipe abandonó la habitación.

Ali y el amigo de su padre se quedaron solos, ya que, a una indicación del príncipe, los siervos también habían salido para esperar afuera.

Los dos hombres hablaron durante largo tiempo. La manera de ser tranquila y desapasionada de Ali tenía algo convincente a lo que el otro no se pudo cerrar. El joven refutó una acusación tras otra y, al hacerlo, cayó en cuenta por primera vez de cuánto se había avergonzado siempre de la mentalidad avariciosa y abyecta del padre y de que siempre había sido el príncipe quién lo había ayudado a controlar este sentimiento.

Cuando ya no quedaba más nada por aclarar, Ali solicitó la presencia del monarca.

En el corto tiempo que Mahoma demoró en volver a entrar a la habitación, en el pecho del viejo se desencadenó una lucha de varios sentimientos encontrados. El hombre, en realidad, era una persona íntegra, y ahora sentía vergüenza.

Cuando tuvo al príncipe ante sí, se postró a sus pies y le suplicó que lo perdonara por todo lo que había dicho, pensado y hecho.

Mahoma levantó al anciano con amabilidad:

«Estabas mal informado, amigo mío, y por lo tanto, no podías actuar de otra manera. Dejemos el pasado atrás, y regresa a los tuyos. Creo que a partir de hoy vamos a ser amigos».

Y él personalmente condujo al hombre, que estaba totalmente privado, a una cámara de huéspedes y comió con él, como si se tratara de una persona allegada.

Abu Dschahil se quedó algunos días más en el palacio del príncipe como huésped de éste, hasta que, finalmente, abandonó Medina con un acompañamiento y regresó a su tierra para contar allí la verdad sobre el príncipe que parecía tener una bondad sobrehumana.

A Abu Bakr no le pareció bien que Mahoma, una vez más, hubiera optado por la clemencia allí donde el castigo estaba más que merecido. ¿Qué le había impedido matar a ese enemigo en el acto?

Llevado por su disgusto, el gran visir le manifestó a Mahoma lo que pensaba. Este se le quedó mirando inquisitivamente y le dijo:

«¿Acaso te extrañas de haberle hecho a caso a tu voz interior, Abu Bakr? Más bien, alégrate de haberlo hecho, ya que la clemencia de la que Abu Dschahil fue beneficiario me sirve de más que el más cruel de los castigos. Ese hombre, ahora, va a esforzarse por ganar amigos para mí con el mismo celo con que hasta ahora había estado azuzando en mi contra. El Abu Dschahil vivo me sirve de ayuda, mientras que el muerto me hubiera perjudicado».

Una vez más, Abu Bakr se vio obligado a reconocer la gran sabiduría de su soberano y a inclinarse ante ella.

Pero con tal de evitar el manifestar con palabras esto también, comenzó enseguida a hablar de otra cosa que hace tiempo ocupaba sus pensamientos.

El gran visir quería un estandarte.

Mahoma no entendió de inmediato para qué podía servir algo así. Abu Bakr le explicó, entonces, que en el tumulto del combate era necesario tener un símbolo como ese que ondeara sobre las cabezas de los guerreros. Así estos sabrían todo el tiempo dónde se encontraba su jefe y podrían cerrar filas en torno suyo.

«Pero el enemigo también va a saberlo» dijo el príncipe, producto de su desconocimiento.

«Eso no importa, mi príncipe», repuso Abu Bakr, que en estas cuestiones se sentía superior a su señor.

Y una vez más le volvió a explicar y a aclarar hasta que logró convencer a Mahoma, si bien no de la necesidad del estandarte, al menos sí de su ardiente deseo de llevar uno.

Bondadoso como siempre cuando se trataba de conceder un deseo, el príncipe agarró un paño de gruesa seda blanca que tenía ante sí y se lo dio a Abu Bakr.

«¿Te serviría esto?», preguntó, convencido de que el gran visir quedaría bien satisfecho.

«Es muy bello, mí príncipe», tuvo el cuidado de decir Abu Bakr, «pero le falta algo».

«Sí, ponerlo en un asta; ¡eso sobreentiende!».

Con ello Mahoma pretendió dar por concluido el asunto y pasar a otro tema. Pero su gran visir no cejó en su empeño:

«Le falta tu símbolo, mi príncipe. Un pedazo de seda blanca o de algún otro material lo puede llevar cualquiera; no significa nada. Es tu símbolo lo que viene a hacer el estandarte».

«¿Y cómo habría de ser este símbolo?», quiso saber el profeta.

Abu Bakr empezó a describir los estandartes que había visto:

«Los judíos llevan un estandarte de tela amarillenta que lleva la estrella de David con sus seis puntas. La estrella va pintada, seguramente porque las mujeres del pueblo judío no saben bordar. El símbolo de nosotros sí que tiene que ir bordado, cueste lo que cueste, ya que así es mucho más distinguido».

Mahoma se sonrió levemente. Este asunto le parecía tan poco importante en comparación con todo lo que pasaba por su mente ahora, y sin embargo, no lo era; de lo contrario, Abu Bakr no habría insistido tanto en ello. Este continuó:

«La gente de Meca tiene un cuadrado que, probablemente, representa la Kaaba. Los sirios a los que hace poco tuve que convocar como refuerzos en la frontera tenían una espléndida bandera con un águila; un estandarte romano, según ellos. Esta águila, un pájaro con las alas extendidas, también la tenían en el tope del asta, labrada en metal de manera exquisita.

»Ya ves, mi príncipe, que se puede usar cualquier cosa; eso sí, tiene que hacer referencia a algo».

«Bueno, voy a pensar sobre eso, amigo mío», prometió Mahoma. «En unos días te digo».

Esa tarde el príncipe le contó a su esposa del deseo del gran visir. Para su sorpresa, a Alina le entusiasmó la idea de llevar un estandarte con el símbolo de Mahoma. La mujer hizo todo tipo de sugerencias, las cuales no necesariamente fueron del agrado del Profeta, debido a su carácter femenino.

«Si el estandarte va a ondear en el campo de batalla, no puede llevar ni una rosa ni ninguna otra flor», aclaró el príncipe. A Alina no se le ocurría otra cosa.

Esa noche Mahoma le planteó esta interrogante también al luminoso mensajero de Dios. Este le aconsejó que cuando pensara en el estandarte, no lo hiciera consigo mismo en mente, sino que se acordara de Aquel por cuya voluntad sucede todo.

«¿Crees que podría consagrar el estandarte a Dios?», preguntó Mahoma. «¿Acaso no se trata de algo demasiado terrenal como para eso?».

«Si se trata del «estandarte del Profeta», como lo queréis llamar, entonces, en realidad, solo debe ondear en el servicio del Altísimo. En tal caso, no sería demasiado terrenal como para llevar un símbolo que lo distinga como el estandarte del Señor».

Apenas se había extinguido la voz del mensajero, Mahoma vio surgir ante el ojo de su espíritu una imagen de una claridad y magnificencia como jamás había visto.

El Profeta vio la bóveda celestial como una inmensa cúpula azul que se expandía sin cesar y en la que, despidiendo su luz, los astros seguían sus órbitas; estos, después, le parecían luces en las manos de seres femeninos de inefable encanto. Estos se habían colocado de tal manera que daban la impresión de estar preparados para algo.

De repente, todos ellos se inclinaron, pues la Reina de los Cielos acababa de hacer acto de  presencia.

Mahoma ya había podido verla en una ocasión anterior. También esta vez llevaba puesto el manto azul oscuro, el mismo color del cielo nocturno. Su pelo ondulante era largo y de un color plateado, y le cubría el rostro celestial cual velo luminoso.

Con la mano izquierda, la Reina sostenía el manto a la altura de su pecho, mientras que la derecha la tenía extendida y en ella reposaban una flor de color rojo oscuro y una azucena blanca como la nieve.

El delicado pie desprovisto de calzado que asomaba bajo el largo manto descansaba sobre el sutil creciente de la media luna como si lo hiciera sobre un barca luminosa. En el fondo parecía escucharse coros de ángeles; Mahoma se sentía rodeado de fragancias y colores y su corazón parecía haberse detenido en maravillada adoración.

Desvanecida la sublime imagen, el Profeta se quedó mirando al cielo por largo tiempo. Hasta que, finalmente, le dio las gracias a Dios por haberle permitido ver. ¿Habría su visión querido decirle algo?

Enseguida supo que símbolo habría de distinguir ante todos el estandarte del Profeta de Dios: el escabel de la Reina de los Cielos, la media luna; sí, eso mismo iba a ser.

Por medio de este símbolo, el estandarte habría de decirles a todos los que lo vieran:

«¡Fijaos, hombres, este es el símbolo de que servís a Dios! Desplegad este estandarte solo si vuestro obrar puede pasar ante Él.

»Pero también es el símbolo de que en el Islam debéis de darle a la mujer el lugar que Dios le ha otorgado. Preservadla pura y respetadla. De ahí que el símbolo de la excelsa Reina de los Cielos adorne vuestro estandarte».

Así les iba a hablar a sus guerreros cuando les hiciera entrega del estandarte.

Al día siguiente, el príncipe le contó con gran alegría a su mujer lo que había podido ver, y esta se ofreció para, conjuntamente con las hijas, bordar en la blanca seda el símbolo de la Reina de los Cielos. El profeta, empero, no le habló de esto a nadie más.

Mucho antes de que estuviera listo el bordado, el cual tomó mucho tiempo, ya que las mujeres estaban usando hebras del más puro oro, Mahoma emprendió un viaje para visitar a los diferentes regentes.

De algunos había recibido peticiones de que los aconsejara o les explicara algo, mientras que en otros distritos los funcionarios le habían pedido que chequeara el trabajo de los regentes, que de seguro no estaba siendo realizado de conformidad con el espíritu de los mandamientos.

«¿Me llevas contigo esta vez, abuelo?», preguntó con avidez Murza, el cuarto de los nietos.

A Mahoma le hubiera gustado tener consigo a uno de los suyos, pero Murza, en realidad, apenas había dejado la infancia atrás y hubiera sido más una carga que una ayuda; así pensaba el príncipe.

Murza, empero, no lo veía así. En el caso de sus otros dos hermanos, fue en el camino que se vino a evidenciar para qué eran buenos. ¿Por qué habría de ser diferente en su caso? El muchachito le rogó al padre que intercediera por él, y Ali, que conocía a su hijo, tomó la decisión de hablar por el muchachito.

Y dado que rara vez se había dado el caso que Ali pidiera algo, Mahoma, enseguida, le concedió el pedido, si bien no lo consideraba una buena idea.

El jovenzuelo casi no podía contener su alegría. Todo el día se lo pasó hablando de que habría de acompañar al príncipe. Hasta que por fin llegó el día del viaje y una majestuosa caravana salió por la puerta principal de Medina.

Murza también estaba entre los viajeros y, sentado cómodamente en su caballo, galopaba alegremente junto al príncipe. Por el camino este, tal como había hecho con sus otros nietos, le preguntó al muchachito que meta se había trazado en la vida.

«¡Quiero servirte, abuelo príncipe!», dijo, radiante, el vivaracho muchacho.

«¿Y ya tienes idea de qué aptitud te vas a valer para ello?», bromeó el Profeta.

«No; ni siquiera sé si tengo alguna aptitud. Pero sabes qué: en caso de que no pueda servirte con mi vida, moriré por ti».

Esas palabras se oyeron bien raras viniendo de este nieto tan alegre de la vida, pero con todo lo que había que ver, ambos no tardaron en olvidar esa conversación de corte serio.

Esta vez el viaje tenía destinos bien definidos, así que los viajeros no se detuvieron en ningún lugar más de lo absolutamente necesario.

Adonde primero llegaron fue a una ciudad de la que habían recibido quejas por la vida que llevaba su regente. El príncipe se apareció sin avisar y encontró al desleal siervo en la casa de mujeres y en tal estado de embriaguez que era impensable el pedirle cuentas en ese momento.

Los demás funcionarios no habían exagerado con sus quejas. Los dineros que ellos habían recaudado puntualmente por concepto de impuestos no habían sido usados en la construcción de la mezquita ni en ningún otro fin de utilidad pública.

El regente había considerado ese dinero como un bien que le correpondía a él personalmente y que podía derrochar con sus muchas mujeres.

Mahoma mandó a sus siervos a que lo llevaran al establo para que durmiera la mona. Entretanto el príncipe, conjuntamente con los demás funcionarios, chequeó que había en la supuesta oficina y puso de regente al mayor de estos fieles siervos.

«¿Acaso no prohibí estrictamente todo consumo de bebidas embriagadoras?», preguntó el príncipe en tono de reproche.

«¡Sí que lo hiciste, pero solo verbalmente!», señalaron los funcionarios. «En los mandamientos disponibles por escrito no hay ningún lugar que haga alusión a ello. De ahí que el regente se creyera en el derecho de consumir en exceso vino y otras bebidas embriagadoras, hasta que llegara el día en que tú sancionaras esa ley».

«Pero es que la ley sí dice de manera expresa que ningún hombre puede tener más de cuatro mujeres», reconvino el príncipe. «Y aquí había, cuando menos, una docena».

«Y el administrador sólo tenía cuatro mujeres. Las otras eran amigas de estas», fue la desconsoladora respuesta.

«Entonces es posible eludir cualquiera de los mandamientos si eso es lo que uno quiere», se quejó Mahoma, afligido. «¡Y yo que había creído que con estos mandamientos había abarcado todo lo que le puede causar daño a los hombres! ¡Cuánto me he equivocado!».

Acto seguido, se dirigió a su nuevo regente:

«Asegúrate de desocupar la casa de mujeres. Las amigas deben regresar a casa de sus padres y las cuatro mujeres habrán de emigrar con su esposo tan pronto a este le sea posible».

Mahoma personalmente les habló a los habitantes del distrito y les prometió la pronta construcción de la mezquita y de una escuela. El príncipe no acusó al regente públicamente, y en su lugar, decidió reemplazar el dinero estafado con recursos sacados de su propio tesoro.

Dos días más tarde, el regente destituido se marchó en secreto, llevándose a sus mujeres y todo aquello a lo que pudo echar mano. Para el príncipe eso fue preferible a tener que hablar con el hombre de nuevo.

Tras haberse asegurado de que bajo el gobierno del nuevo regente prevalecería el buen orden, el príncipe partió hacia la próxima gran ciudad en su itinerario para ver cómo andaban las cosas por allá.

Lo que lo había traído aquí fue la petición urgente del regente, que quería recibir instrucciones con respecto a dificultades bien particulares que se habían dado a raíz de que personas de otra fe se habían establecido en el distrito y no querían pagar impuestos.

Después de haberse enterado de cómo se había dado esta situación: un rico terrateniente había muerto sin dejar herederos y su mujer preferida, acto seguido, había traído a sus familiares, Mahoma decidió:

«Aquel que se quiera establecer en la Gran Arabia tiene que adoptar el Islam como su credo y pasa a ser súbdito del príncipe de todos los árabes. De no querer hacerlo, debe vender la tierra y, con la ganancia obtenida, abandonar el reino. En la Gran Arabia solo hay creyentes del Islam».

El príncipe fue a ver a los reacios personalmente y trató de hacerles entender su resolución. Los hombres, empero, eran malos, pues querían tratar de introducir el germen de la sedición en el país y menoscabar la cohesión de este. Así, se resistieron con todas sus fuerzas y manifestaron no estar dispuestos a obedecer.

Mahoma les dio un plazo para que abandonaran sus malvadas actividades. Cuando dicho plazo expiró sin que hubiera cambios, el príncipe mandó a tasar la propiedad, les puso a los hombres en la mesa el dinero correspondiente y dispuso que un grupo de guerreros armados los escoltaran a todos ellos y a sus familiares hasta la frontera.

Todos respiraron aliviados, pues, con sus costumbres desenfrenadas, los forasteros habían provocado el disgusto de todos.

Unos días después, Mahoma se encontraba ante la tienda que le servía de habitación en este lugar y estaba mirando al cielo. El príncipe tenía pensado partir con su séquito a la mañana siguiente, así que estaba buscando señales del tiempo.

De repente se oyó la voz chillona y urgente de Murza:

«¡Cuidado, abuelo!».

El príncipe se dio la vuelta enseguida y vio cómo un destellante cuchillo, que al parecer había sido sacado contra él, atravesaba el cuerpo del nieto, quien de un salto se había puesto en el medio.

Atraídos por el grito de Murza, habían acudido al lugar algunos siervos, quienes, entonces, sojuzgaron al asesino y se lo llevaron. Mahoma, empero, se dejó caer junto al cuerpo del muchachito y examinó la herida, percatándose de que la misma era mortal.

Con dolor en la mirada, el príncipe contemplaba a este nieto, al que le habían arrebatado la vida antes de que pudiera hacerse un hombre hecho y derecho. Murza, empero, lo miró casi con picardía y le dijo:

«Ya ves, al final me ha sido dado el morir por ti. ¡Le doy las gracias a Dios por ello!».

En eso se levantó su alma pura y luminosa. Mahoma creyó ver cómo esta se separaba del cuerpo con suma facilidad y rapidez y se elevaba a las alturas.

Fueron grandes los lamentos por la pérdida de este jovenzuelo al que todos le habían tomado cariño. El muchachito fue sepultado en una tumba tallada en la roca, y el príncipe dijo la bendición en el entierro, el primero bendecido en la nueva fe.

No fue sino después de que se había terminado la ceremonia que entonces el monarca pidió ver al asesino. El capitán de los guerreros le comunicó que la indignación de todos había sido tan grande que a él le había sido imposible proteger al perpetrador de la ira del pueblo y de su gente. El hombre ya no estaba entre los vivos.

Mahoma dio por seguro que había sido uno de los hombres que se habían visto obligados a abandonar el país; sin embargo, ahora le informaban que se trataba del regente que él había depuesto de su cargo. Esto fue el doble de doloroso para él. Le hubiera sido más fácil perdonar este cobarde asesinato si el perpetrador hubiera sido un ateo.

La ciudad en la que había ocurrido el lamentable suceso pidió como prueba de que el príncipe no estaba molesto con sus pobladores el poder llevar en lo adelante el nombre «Murza». Mahoma concedió, gustoso, este deseo.

En las noches, empero, el profeta cavilaba a menudo sobre la posible razón por la que Dios había permitido ese cobarde acto, y su auxiliador, el mensajero luminoso, guardaba silencio ante cualquier pregunta en ese sentido.

Fue así como una noche en la que, una vez más, no conseguía dormir y yacía despierto en su lecho, Mahoma oyó las voces de dos hombres que conversaban, reconociendo en uno de ellos al capitán de los guerreros y en el otro al asistente de este. Los hombres hablaban de lo mismo que no lo dejaba dormir a él.

«¿Por qué habrá Dios permitido algo así?», preguntó con tristeza el capitán. «El jovenzuelo tenía toda una vida por delante, y de seguro que hubiera sido una vida noble, puesto que su alma era pura».

«¿Acaso sabes lo que le hubiera esperado en esta vida?» preguntó, por su parte, Mansor, el asistente. «Quizás hubiera tenido que soportar cosas tan difíciles que esta muerte rápida, en realidad, fue una bendición. ¿Quién puede decir lo que depara el futuro? Eso es algo que solo Dios sabe».

«Yo particularmente no puedo entender que Dios haya permitido la muerte sacrificial del muchacho», porfió el guerrero.

«¿Acaso hubiera sido mejor que fuera nuestro príncipe el que hubiera resultado asesinado?», quiso saber el asistente. «Si alguien, de todas maneras, iba a caer víctima de esa mano asesina, era mejor que fuera el muchachito, que todavía no podía serle de utilidad al pueblo, a que fuera el príncipe, de quien aún no podemos prescindir».

«Pero es que Dios no necesitaba el sacrificio de ninguno de los dos, sino que podría haber detenido al asesino de alguna manera», objetó, por su parte, el guerrero.

«¿Acaso has olvidado lo que Mahoma nos ha dicho del libre albedrío? Cuando el hombre se ha decidido a hacer algo, Dios interviene con el fin de evitarlo solo en casos bien excepcionales. Él deja que el hombre haga lo que yace en su voluntad. Ahora, este se ve obligado a asumir las consecuencias que se busca con ello.

»Bastante con que Dios impidió que nos arrebataran a nuestro príncipe, que era a quien el ataque iba dirigido. DémosLe las gracias por ello y no nos mostremos ingratos lanzando acusaciones contra Él».

Las voces se fueron alejando. Mahoma, empero, había oído suficiente. Le habían dado en la cabeza con sus propias palabras. Mansor, sin saberlo, lo había ayudado. El príncipe, por su parte, Le imploró a Dios que lo perdonara por su poca fe.

Desde ese día Mansor pasó a ser el sirviente que más estimaba. A menudo entablaba conversación con él y se regocijaba de la claridad que caracterizaba todo lo que el hombre decía.

Después de haber visitado varios lugares, el monarca arribó a Jerusalén. Allí se enteró de que Said y el joven Mahoma, conjuntamente con su séquito, habían llegado a la ciudad la noche anterior. Esto fue una alegría inesperada. Poco después, el nieto del príncipe entraba a toda carrera en la tienda de este para saludarlo.

Al día siguiente, Said, con la ayuda de Mahoma, informó sobre los resultados del viaje.

Sin mayores contratiempos, habían llegado al maravilloso mar en cuya orilla se alzaba Constantinopla, la capital del gigantesco imperio.

Ya estaban pensando que tendrían que servirse de alguna barca para cruzar el mar cuando recibieron información de que por esa fecha el emperador se encontraba en la llamada parte asiática de la ciudad.

Tras pedir una audiencia con el emperador, fueron recibidos. Said, empero, no sabría decir que hubiera sido de él sin Mahoma. Absolutamente nadie de los miembros de la espléndida corte sabía una palabra de árabe. Fuera del turco se hablaba otra lengua que sonaba muy bien pero que ni siquiera Mahoma había podido entender.

«Pero con mi turco, príncipe, me las agencié de lo más bien», dijo con alegría el joven. «Si bien el emperador ‒un hombre maravilloso, por cierto‒ no podía hablarlo, al menos lo entendía lo suficiente como para saber si lo que su ayudante le traducía estaba correcto.

»El monarca nos trató con gran amabilidad, y fueron muchas las veces que tuvimos que ir a la corte para hablarle de nuestra fe. Después él determinó que todos los turcos que vivían en la Gran Arabia y todos los súbditos de su imperio tenían que aceptar el Islam como su fe».

«Tenemos escritos en varios idiomas para todos los distritos en los que hay turcos y otros súbditos de Constantinopla», añadió Said. «También para ti, príncipe, tenemos un escrito que dice que ese gran y sabio hombre que es el emperador te tiene en gran estima y no quiere que tu reino en algún modo se vea perjudicado por causa de sus súbditos».

Mucho era lo que los dos hombres tenían que relatar y referir: la ciudad era una maravilla, y todavía más el mar, que estaba rodeado de orillas de verdoso esplendor.

En uno de los días que siguieron, el príncipe les contó de la muerte de Murza. El monarca había albergado el temor de que a Mahoma, que estaba bien apegado a este hermano en particular, fuera a golpearle muy duro esta pérdida. Sin embargo, el nieto exclamó, jubiloso:

«¡Qué bueno que le haya sido dado el hacer algo así por ti! ¡Cuánta alegría y gratitud no habrá sentido! Sí, abuelo, porque aunque todos hiciéramos nuestro mayor esfuerzo por cumplir nuestro deber y ocupar bien el puesto al que hemos sido llamados, nadie, aun así, podía hacer tanto por su país como Murza: ¡a él le ha sido dado el preservar tu vida!».

Esta manera de ver la cuestión constituyó un consuelo para el príncipe, que había temido cómo Ali y Mahoma tomarían la noticia de que Murza ya no estaba entre los vivos.

Said se dispuso entonces a partir hacia los distritos en los que había turcos viviendo y haciendo negocios. Mahoma el mayor, por su parte, quería regresar a Medina con su nieto. Para el monarca era motivo de alegría el tener consigo al vivaracho joven, que siempre tenía algo hermoso que contar.

Said, empero, le pidió al joven Mahoma que lo acompañara. De lo contrario, ¿cómo iba a arreglárselas para lidiar con la lengua extranjera? Todos se dieron cuenta de que el visir tenía razón y el joven auxiliador se unió a Said.

La noticia de la muerte de Murza, empero, había llegado a la ciudad antes del regreso del príncipe. Fátima y Ali habían lamentado de verdad la muerte de su hijo, pero, por el abuelo, habían hecho un esfuerzo por resignarse, de modo que aquí tambien la preocupación del monarca estuvo de más.

El estandarte ya estaba listo; había quedado espléndido.

Mahoma mandó a que todos los guerreros que pudieran ser localizados se presentaran en la mezquita, y allí bendijo el estandarte y se lo entregó a Abu Bakr con más o menos las mismas palabras que había oído en la noche.

Sin embargo, fue tan maravilloso el espectáculo que ofrecía el estandarte recostado al niche del profeta que ello despertó el deseo de que en la mezquita siempre hubiera un estandarte.

Mahoma le preguntó al mensajero de Dios si podía conceder este deseo y obtuvo por respuesta que con motivo de la festividad, podía darle a cada mezquita un estandarte similar, eso sí, siempre y cuando los estandartes que fueran colocados y desplegados en el santuario tuvieran el color verde.

Alina escogió para los estandartes seda del color de la hierba tierna y, conjuntamente con sus hijas, les hizo bordados a estos también. Los tres santuarios recibieron estandartes con una media luna bordada en oro; las demás mezquitas se tuvieran que conformar con una media luna plateada.

¡Los tres santuarios!

Mientras Mahoma realizaba su viaje, la construcción de la mezquita en Jerusalén había avanzado con tal ímpetu que tan solo a unos pocos meses de su regreso a Medina, el príncipe se había visto obligado a viajar de nuevo a Jerusalén para bendecir la mezquita.

Esta recibió por nombre la “Mezquita de la Roca” e, incluso antes de que fuera bendecida, ya era objeto de muchas leyendas.

El príncipe dio la orden de que también Said y el joven Mahoma se personaran en Jerusalén con motivo de esta festividad. Ante la orden de su emperador, los turcos habían abrazado el Islam, que les parecía sumamente bello.

Eso sí, querían cambiar todo tipo de cosas para ajustarlas a su manera de ser; sin embargo, el príncipe, que, por lo general, era tan complaciente, se mantuvo firme e intransigente en cuestiones de fe.

Una vez que habían concluido las festividades, el más eminente de los turcos afincados en el lugar pidió una audiencia con el príncipe. Su objetivo era demostrarle al príncipe lo justificado de sus deseos.

«Mira, príncipe», dijo el hombre, buscando convencer a su interlocutor, «nosotros tenemos que pasarnos la vida entera trabajando para poder lograr algo. Permítenos nuestro descanso después de la muerte. Para ti va a ser lo mismo si allá arriba trabajamos o no. Deja que le digamos a esa pobre gente tan cansada de trabajar que allá arriba van a descansar y no van a tener que hacer nada. A los árabes, si quieres, puedes decirles otra cosa».

Al joven Mahoma, que estaba presente a manera de asistente, por si el árabe del turco resultaba insuficiente, le costaba tremendamente el mantenerse serio. A Mahoma el mayor, en cambio, las intenciones del turco no le parecían motivo de risa. El príncipe estaba horrorizado por la falta de profundidad en la manera de ver del otro.

«Amigo mío», le dijo, midiendo las palabras. «No debes pensar que en cuestiones de fe uno puede decir lo que le plazca. Lo que uno está transmitiendo son verdades, y estas no pueden ser distorsionadas. A los turcos no les puedo prometer ninguna bienaventuranza de la que no les haya hablado a los árabes».

«Ahí nuestras opiniones divergen», porfió el otro. «Yo supongo que allá arriba haya muchos cielos; puesto que si aquí en la Tierra tengo un enemigo, es imposible que ambos acabemos en el mismo cielo. ¿Qué pasaría en ese caso?».

«Que ninguno de los dos iría al cielo», se apresuró a decir Mahoma. «Aquel que lleva hostilidad en su corazón, no puede encontrar acogida en el reino de la paz».

El príncipe creyó que con estas palabras no podía menos que causar gran impresión en su interlocutor. El turco, empero, no oyó otra cosa que «reino de la paz» y echó enseguida mano de esta expresión, empleándola, entonces, a su modo.

«Tú mismo acabas de decir que allá arriba reina la paz. ¡¿Cómo se puede hablar de paz cuando uno tiene que trabajar como una bestia de carga?!» exclamó con regocijo el hombre. «Déjame decirle a mi gente que tras la muerte no van a tener que trabajar, y verás como entonces van a acoger tu fe con más gusto todavía, príncipe».

En vano trató el profeta de convencer al otro. Lo más que pudo conseguir fue que el turco le prometiera que no iba a decir nada de «descanso eterno», pero tampoco de «trabajo eterno».

Al marcharse el hombre, el Mahoma más joven prorrumpió en carcajadas y sacó así al mayor del nada placentero cavilar en que se encontraba inmerso, contagiándolo con su risa. Hasta que los dos volvieron a ponerse serios cuando el príncipe dijo:

«¿Cómo irá a ser tras mi muerte, cuando cada cual se ponga a darle vueltas a la fe a su manera y la interprete como le plazca?».

«Pero quedamos nosotros», dijo a manera de consuelo el nieto. «Lo que tenemos que hacer es asegurarnos de que todo sea preservado tal como te fue revelado».

«Con Cristo Jesús pasó lo mismo», reflexionó el profeta. «No bien había abandonado este mundo y ya los hombres estaban mutilando y tergiversando su Santa Palabra. ¿Por qué habría yo de correr mejor suerte?».

«¡Sería terrible si eso pasara!», exclamó apasionadamente el menor de los dos Mahomas. «No puede pasar que cada vez que se mande la Verdad desde lo alto, esta sea tergiversada y, una y otra vez, tenga que venir un nuevo profeta para proclamarla de nuevo. Esta vez tiene que quedarse tal como tú la has traído».

Los días destinados a ser pasados en Jerusalén habían llegado a su fin. De Medina había llegado un mensaje diciendo que la gente anhelaba el regreso del príncipe. Así que Mahoma, conjuntamente con sus acompañantes ‒a los que se les sumaron Said y el Mahoma más joven‒, emprendió el viaje de regreso por la ruta más corta.

Un largo trecho de este camino, el cual él jamás había recorrido, era a través del desierto y solo resultaba transitable en determinados períodos del año. Los pobladores de la región les aseguraron que justo en esa época el transitarlo no representaba ningún peligro.

De modo que, armada de buen ánimo, la tropa de hombres tomó este camino nuevo para ellos. Tras haber cabalgado algunos días, la naturaleza del terreno, que se iba volviendo cada vez más arenoso, les dio a entender que se estaban acercando al desierto. Pero viento no había, así que el polvo no fue un problema para nadie.

La región se iba tornando cada vez más desolada y menos cultivable, hasta que, finalmente, se vieron entre colinas, montañas de arena y extensiones enteras en las que el fino polvo se había acumulado asemejando olas. Agua tenían consigo la suficiente como para no tener que preocuparse; además, los guías de camellos les aseguraron que conocían el camino como la palma de su mano.

Una noche en la que todos estaban acostados en sus tiendas, las cuales habían sido montadas a la carrera, los animales comenzaron a inquietarse de manera notable. Los hombres también comenzaron a sentir en ellos mismos algo de ese desasosiego, si bien no sabían decir la causa de ello.

Mahoma, que había sido a quien más este estado de ánimo había afectado, salió de su tienda para contemplar el cielo. ¿Acaso el horizonte no estaba adquiriendo una peculiar coloración rojiza? El profeta despertó a su nieto y atrajo la atención de este sobre el fenómeno. El joven también vio la extraña coloración, a la cual no le encontraba explicación.

Uno por uno, fueron saliendo de sus tiendas los guías de camello, los guerreros y los integrantes de la comitiva. Algunos decían no ver nada; otros constataban que el cielo presentaba un llamativo color rojo. Un color rojo como este, empero, jamás lo habían visto en su vida, aseguraban. A ninguno de ellos le era posible describirlo.

Mientras los hombres seguían contemplando el fenómeno sin salir de su asombro, a Mahoma le pareció como si el rojo en el centro de la visión comenzara a echarse a los lados, dando así paso a un resplandor dorado. Pero por mucho que él gritó:

«¡Mirad, mirad eso!»,

todos miraban con detenimiento en la dirección que su dedo señalaba sin poder divisar nada nuevo.

Mahoma, sin embargo, pudo ver que del resplandor dorado se formaba una maravillosa estrella. El profeta creyó estar viendo la estrella de David, pues esta que él contemplaba tenía seis puntas, pero, además, despedía innumerables rayos por todos lados. A Mahoma la luz de esta estrella le parecía de una claridad supraterrenal. ¡Si tan siquiera alguien más del grupo pudiera verla!

No bien este pensamiento le había pasado por la mente, y ya se oía la voz de su nieto exclamando:

«¡Mirad, hombres, qué estrella más maravillosa! Eso en el cielo es la estrella de David, dando testimonio de Cristo, su Señor!».

Al mismo tiempo, Mahoma oyó otra voz que solo le hablaba a él, pero de manera clara y perceptible:

«Siervo del Altísimo, de esta estrella que te es dado ver hoy tienes que hablar antes de abandonar la Tierra. Se trata de la Estrella del Hijo del Altísimo. Cuando la misma hace acto de aparición, es porque Dios está extendiendo su gracia sobre la Tierra».

Y fue como si la estrella se diera la vuelta y se metiera en el interior del cielo, arrastrando consigo sus rayos cual ancha cola.

Al apagarse todo el resplandor celestial, Mahoma despertó de su ensismismamiento y, entonces, oyó exclamaciones de asombro por doquier. Probablemente la mitad de los hombres aseguraba haber visto la estrella. Pero acto seguido se pusieron a hablar de lo que la aparición habría de significar.

Unos decían que ello había sido un acto de gracia de Dios con el que buscaba demostrar que Mahoma, en verdad, era Su profeta. Otros iban más allá y sostenían que ello había sido un homenaje del cielo a Mahoma el Excelso.

El resto, en cambio, veía en la aparición de la estrella una indicación de que se avecinaban tiempos difíciles: guerras y hambrunas, plagas y tribulaciones de todo tipo. Estos tampoco se cansaban de describir cada vez con más colorido lo que, según ellos, estaba por ocurrir con toda seguridad.

Al principio, Mahoma los dejó hablar. En su interior aún vibraba la voz de lo alto que le había traído el mensaje, y si bien podía escuchar las estrepitosas voces enfrascadas en la discusión, no reparaba en lo que decían. Pero en un final cayó en cuenta de lo que estaban hablando y entonces les dijo que se callaran la boca.

El profeta les explicó que todos los que habían sido dignos de ver la aparición, la habían interpretado erróneamente, y que al querer hacer prevalecer sus propias ideas con respecto a lo que Dios les había permitido ver, se estaban mostrando totalmente indignos de semejante gracia.

Una vez que ya se habían calmado, tanto exterior como interiormente, Mahoma trató de informarles que la estrella era un heraldo de Dios para la humanidad, un heraldo de Su gracia y Su misericordia, y que Dios la envía para anunciar así que una Parte de Él ha descendido a la Tierra en la persona de uno de Sus Hijos.

Ese día había permitido que fuera vista una mera imagen de ella a fin de así facilitarle a Mahoma el hablar de ella con conocimiento de causa. Ya que algún día la Estrella aparecería de verdad en el cielo, tal como había podido ser vista sobre Belén cuando el nacimiento de Jesús el Hijo de Dios. En aquel entonces, la Estrella había atraído a reyes y a poderosos provenientes de tierras lejanas, a fin de que pudieran ser partícipes de esta fortuna.

Una excelsa fuerza colmó al profeta de Dios; al hablar, le parecía como si fuera otro quien hablara por medio de él. Lo que ahora le era dado comunicar era nuevo para él.

«Ya vendrá la Estrella, que es el heraldo de Dios. Y ahí le proclamará al mundo entero que, una vez más, un Hijo de Dios mora en la Tierra. Pero no va a ser el gozoso Portador de la Verdad, no se tratará de Jesús viniendo a la Tierra una vez más, sino que será un Portador de la Verdad más severo; será la justa Voluntad de Dios el Eterno, que hará acto de aparición para juzgar al mundo.

»Serán juzgados de acuerdo a sus obras. Y los que hayan vivido en los mandamientos de Dios podrán entrar a Su reino para servirLe en la eternidad.

»De esa manera, se convierten en beneficiarios de la más excelsa bienaventuranza. A los otros, en cambio, la Boca del Señor les dirá; “¡Pereced, malhechores! No os conozco, y Mi Padre tampoco os conoce”. Con lo cual perecerán en medio de las más terribles tribulaciones del alma para nunca más volver a resucitar».

Los hombres, que se habían agrupado en torno Mahoma, escuchaban sus palabras completamente cautivados. Hasta que el profeta, que era el más impresionado por el suceso, guardó silencio. De repente, empero, se oyó la voz de uno de los guías de camello, quienes se encontraban a cierta distancia del grupo:

«Hay otra cosa, y esta de naturaleza bien terrenal, que la aparición luminosa que acabamos de ver nos ha anunciado. Se avecina una tormenta de arena. ¿Acaso no sentís el olor del polvo que el aire está trayendo consigo? ¿No percibís la zozobra que comienza a apoderarse de vuestros corazones? ¿No oís el bramido de los animales de la caravana? Tenemos que tomar precauciones si no queremos morir todos».

Al instante todos fueron sacados del hechizo de aquello que a Mahoma le había sido dado comunicarles.

«Es como si las tinieblas estuvieran trayendo a sus huestes para sacar a nuestras almas de su estado de elevación», dijo con tristeza el profeta. Acto seguido, empero, puso manos a la obra él también, ya que hacía falta la colaboración de todos.

Los guías de camellos dispusieron todo cuidadosamente: los camellos fueron liberados de las monturas y puestos lo más cerca posible los unos de los otros, y a los hombres se les indicó los lugares que debían ocupar entre los camellos tan pronto se acercara el peligro. En cuanto a la mercancía y el aparejo, estos fueron puestos a buen recaudo en la medida de la posible.

Mas que nada, empero, los guías trataron de marcar el camino que habían de seguir, aprovechando que aún les era posible verlo. No podían permitir que, teniendo al príncipe con ellos, terminaran perdiéndose.

Más rapido de lo que incluso estos experimentados andariegos del desierto pudieron suponer, se desató la tormenta, y ello con una fuerza que no podía menos que demostrarles a todos y cada uno lo poca cosa que son los seres humanos.

Mahoma oró por que todo pasara misericordiosamente. No podía concebir que morir aquí, víctima de la furia de los elementos, fuera voluntad del Altísimo.

Al orar, su alma recibió claridad:

«¿Quién causó la tormenta que revolvió las masa de arena? ¿No había sido acaso el líder del viento y el ángel del aire, como él mismo, Mahoma, los había nombrado? Y si eran ángeles, estaban bajo las órdenes de Dios, el Señor, y no eran siervos de las tinieblas.

»Ahora bien, si eran siervos de Dios, hacían Su voluntad. Por lo tanto, no podía ocurrir nada que no hubiera sido dispuesto por Dios». El profeta sintió que su corazón se desembarazaba de un gran peso. Toda zozobra se había esfumado.

Entonces buscó darle ánimos a su nieto, que estaba tendido junto a él, y se encontró con un rostro sonriente.

«Abuelo, es magnífico tener la oportunidad de aunque sea una vez vivir algo así», exclamó el joven. «Y al mismo tiempo contar con la certeza de que nada puede pasar, de que uno está protegido. ¿Estás aprendiendo tanto como yo con esta vivencia?».

«Sí que he aprendido mucho, hijo mío», repuso Mahoma, serio.

Tras algunas horas que a todos les parecieron interminables, la tormenta se esfumó tal como había venido. Nadie había sufrido lesión alguna y, como los peores remolinos habían sido lejos del camino, la caravana pudo continuar la marcha sin problemas.

Este poderoso suceso natural, empero, había borrado en casi todos el recuerdo de la visión. Y eso era lo que se buscaba: de otro modo, los hombres, en su falta de entendimiento, le hubieran transmitido al pueblo sus erróneas opiniones.

Ahora, sin embargo, cada vez que Mahoma hablaba de la Estrella que estaba por venir, ellos se acordaban de que también a ellos les había sido dado ver su imagen y confirmaban las palabras del profeta sin agregar nada de su propia invención.

 

Al llegar a Medina, se toparon con mensajeros y enviados de cualquier cantidad de tribus vecinas que venían a rendirle homenaje al gran príncipe y también a implorarle que los ayudara a lidiar con sus enemigos.

Llevados por el miedo a sus enemigos, preferían someterse a este monarca, del que habían oído tanto cosas buenas como terribles. Se decía que obligaba a los pueblos a someterse a él para entonces gobernarlos con mano de hierro; y que si uno no se rebelaba contra él, entonces era piadoso y bondadoso. Así que preferían no despertar el lado sanguinario de este príncipe.

El Mahoma más joven tuvo que trabajar como intérprete día y noche. El joven decidió que, tan pronto llegaran tiempos más tranquilos, le iba a pedir al príncipe que le permitiera reunir a un grupo de jóvenes para instruirlos en el uso de lenguas foráneas. Era imprescindible que muchos árabes dominaran todas las lenguas extranjeras.

El príncipe recibió a estos enviados con gran amabilidad, si bien podía ver que en algunos de ellos era solo el miedo lo que los había impulsado a ir adonde él. El quitarles este miedo y permitirles, en su lugar, obtener una idea de la gloria de la fe en Dios se convirtió en apremiante necesidad para el profeta.

Los hombres percibieron su bondad, que era auténtica y les llegaba al alma, ayudándolos así a abandonar el lugar de otra manera a como habían llegado.

En todas estas regiones, empero, se propagó la noticia de este príncipe de los árabes que creía en un poderoso Dios y al que, por ello, le era dado ejercer una mágica influencia en los corazones de los hombres.

Y si era capaz de ejercer semejante encanto, entonces de seguro que era capaz también de entender a los demás. Y de la noche a la mañana, comenzó la gente a ir en masa a Medina: venían con enfermos y minusválidos, con posesos y ciegos, como en los tiempos de Jesús.

«Señor, ¿puedo ayudar?», preguntó Mahoma, pero recibió la severa respuesta de que esa no era su función, que Él era un profeta, un proclamador del Altísimo, y no un médico. Y había tantos buenos médicos en Medina y sus alrededores que seguramente estos podrían curar a muchos de sus enfermedades. No habría necesidad de que nadie fuera mandado a casa decepcionado y molesto.

Y se hizo evidente que Dios bendijo las manos de los médicos que se lo pidieron. La mayoría de los suplicantes fueron curados o, cuando menos, experimentaron una mejoría, Además de que Mahoma, en todos estos casos, disponía que fueron instruidos en la doctrina de la fe, y las almas en cuestión, particularmente abiertas como estaban producto del sufrimiento experimentado, asimilaban tanto como les era posible.

Abu Bakr marchaba con sus guerreros ora a esta región, ora a aquella. Siempre había alguna disputa que zanjar, sublevaciones que aplacar o alguna transgresión de frontera que vengar. Allí donde el gran visir desplegaba el estandarte del profeta, siempre le sonreía el éxito.

Sus guerreros combatían con coraje sin par y no reparaban en peligro alguno, buscando incluso meterse allí donde la batalla se libraba con mayor intensidad, y cuando caían, morían con gozo, se puede decir que hasta en actitud triunfante. Para todo enemigo, esto resultaba incomprensible y propagó tal terror que con el tiempo, ya nadie se atrevía a enfrentarse a los árabes o a aquellos que se encontraban bajo su protección.

Era enorme la cantidad de jovenzuelos tanto de familias nobles como humildes que querían ser admitidos en las filas de los guerreros. Un día se presentó ante Mahoma su quinto nieto para rogarle que consiguiera su admisión en la mejor tropa de Abu Bakr.

«Ad-Din», indagó Mahoma, «¿acaso no se te ocurre algo más bello que hacer en tu vida que no sea el derramar sangre? Porque eso sería lo último que yo desearía para mí. ¿Por qué es que quieres hacerte guerrero?».

«Por qué en ese caso puedo estar seguro de que voy a entrar al reino de Dios», respondió Ad-Din cándidamente. «A fin de cuentas, tú mismo has dicho que por mucho que nos esforcemos por hacer lo correcto, podemos, aun así, cometer errores. En el caso de los guerreros, eso es imposible. Por eso es por lo que veo como algo más seguro el hacerme guerrero».

Mahoma no entendía nada de lo que el nieto le decía, así que le pidió a este que le explicara con mayor claridad cómo era que había llegado a la idea de que los guerreros tenían semejante privilegio. Y Ad-Din le contó:

«Desde hace ya un buen tiempo Abu Bakr viene diciéndole a sus guerreros que aquel que tenga una actitud valiente e intrépida ante el enemigo puede quizás saldar así todos los pecados cometidos en el pasado. De caer en combate, es transportado por bellos ángeles femeninos a un castillo celestial donde es cuidado y atendido de la mejor manera. Dime tú mismo, abuelo, si semejante perspectiva no es lo suficientemente sugerente como para uno dar, gustoso, su vida a cambio».

«¿Es esa la razón por la que tantos jóvenes quieren hacerse guerreros?», quiso saber el príncipe.

El nieto asintió.

«Todo el mundo quiere estar bien allá arriba. Esa es la razón por la que los guerreros buscan el lugar donde la batalla es librada con mayor intensidad, para así caer más rápido y ser transportados a los goces eternos».

Mahoma estaba horrorizado. ¡Que algo así hubiera podido propagarse estando él, el profeta de Dios, aún vivo!

¿Cómo sería tras su muerte? Mahoma puso todo su empeño en esclarecer a Ad-Din, quien estaba totalmente envuelto en esos pensamientos tan sugerentes. Pero el jovenzuelo no estaba dispuesto a abandonar tan fácilmente una idea tan atractiva y, aferrándose a ella con tenacidad, hallaba cada vez más peros.

El príncipe se dio cuenta de que no iba a lograr nada con esta sola conversación, así que le pidió a Ad-Din que reflexionara sobre la cuestión y viniera a verlo de nuevo. Acto seguido, mandó a buscar a Ali para preguntarle si él tenía conocimiento de esa creencia errónea.

Ali admitió que sí, que Él sabía de ella, pero que como de esa manera Abu Bakr había podido reunir una tropa de guerreros de un valor sin igual, no se había atrevido a intervenir en su contra.

A fin de cuentas, el oficio de guerrear dependía única y exclusivamente del coraje del individuo. Sí había algo que era capaz de aumentar y potenciar este coraje, uno debía regocijarse por ello y no combatirlo.

«En el fondo, Abu Bakr no está diciendo nada incorrecto; solo está exagerando un poco», aplacó Ali, quien comenzaba a sentirse incómodo bajo la mirada de Mahoma. «Él le está pintando a la gente la bienaventuranza de tal manera que a ellos, verdaderamente, les parece tal. ¿De qué les sirve a almas tan simples la idea de que allá arriba les es dado servir a Dios por siempre?

»Déjalos creer que allí van a estar cómodos y que allá arriba habrán de encontrar la recompensa por haber dado su vida por la patria».

«¡Ali!», exclamó el príncipe, adolorido. «Tú, que vas ser mi sucesor, ya desde ahora estás tergiversando la Verdad.

»Ni una sola palabra de lo que he recibido del Altísimo puede ser dicha de otra manera. Si cambiáis la Verdad por causa de los hombres, la misma os será retirada».

Mahoma estuvo largo rato hablando con aquel que estaba llamado a ser su sucesor como proclamador de la Verdad. Mas lo único que consiguió con ello fue que Ali guardara silencio. Ahora, este, para sus adentros, estaba convencido de que Mahoma estaba demasiado apegado a su obra y, por esa razón, no quería que se hiciera ningún cambio en ella.

Toda cosa en el universo debía evolucionar si pretendía mantenerse viable. ¿Acaso la fe debía constituir una excepción en ese sentido?

Y esto lo dijo en el círculo de los suyos, cuando, todavía excitado por la conversación sostenida con el príncipe, les contó de lo que hablaron. Abd-Allah, el mayor de sus hijos, se quedó pensativo sin decir palabra.

Hasta que, finalmente, dijo: «Creo que en el fondo tienes razón, padre, pero aún es demasiado pronto. Deja todo eso para más adelante, cuando ya seas el monarca del país. No debe faltar mucho para ese momento. De repetirse una conversación así, empero, ello podría motivar al príncipe a nombrar a otro sucesor».

El Mahoma más joven dijo, airado:

«¡¿Acaso no os dais cuenta de lo peligroso que es el cambiar la Verdad?! Permitidme daros una parábola:

“Un príncipe tenía un gran tesoro de lingotes de oro y quería darle uso entre los hombres, así que mandó a acuñar y poner en circulación monedas de oro puro. Todo el mundo echó con gusto mano de semejantes monedas y el comercio del país aumentó.

“Hasta que el tesorero se percató de que el oro comenzaba a mermar y, con cuidado, mezcló el oro puro con otro metal. La gente no se dio cuenta y siguieron aceptando las monedas con la misma confianza.

“Hasta que los que acuñaban las monedas también quisieron sacar beneficios, así que ellos también añadieron otro metal a la mezcla. Las monedas se volvieron más pesadas, y la gente echaba con gusto mano de ellas. Todo el mundo prefería estas monedas pesadas a las livianas y auténticas.

“Pero entre los comerciantes las monedas falsificadas fueron, repentinamente, descubiertas como tales y rechazadas. La gente, de súbito, se vio sin un céntimo y asesinaron al tesorero”».

«Tu parábola tiene un defecto, mi caro hermano», dijo Abd-Allah burlonamente.

Ali, empero, se quedó mirando pensativamente a este hijo, que tanto se parecía a Mahoma el mayor. Muchos problemas que habría de seguirles causando como no pudieran llegar a un arreglo. Siempre iba a sacar la cara por las opiniones del profeta y a ponerlas a manera de obstáculo en el camino de ellos, por muy anticuadas que fueran.

Al poco rato, Mahoma abandonó la habitación. Ali y Abd-Allah, en cambio, siguieron conversando y convinieron que Mahoma tenía que ser puesto en un cargo que lo alejara de Medina lo más posible, para que no hubiera discordia en la familia.

Con el tiempo, el príncipe fue dándose cuenta de que había surgido cierta tirantez entre él y Ali. Este no escatimaba en muestras de deferencia y respeto hacia Mahoma, pero en el momento en que el profeta manifestaba una opinión, él guardaba silencio. Y este silencio daba a entender que Ali no compartía la misma opinión.

Si él así lo hubiera expresado, quizás Mahoma hubiera conseguido mostrarle a qué se debía la diferencia en su pensar. Se hubiese podido encontrar un puente, un camino común que les resultara transitable a ambos. Pero Ali no decía nada y, de esa manera, todo entendimiento quedaba desechado de antemano.

Más adelante, el príncipe se percató de que el tocayo entre sus nietos tenía que vivir lo mismo en casa. Con él se hablaba solo de cosas banales, mientras que Ali y su hijo mayor se volvían cada vez más apegados.

Ante el deseo expreso de Ali, Ad-Din fue enviado adonde Abu-Bakr para que aprendiera con él el oficio de guerrero.

El nieto más pequeño, Ali, aún andaba bajo las faldas de su madre y se le veía muy poco.

Así que Mahoma se acostumbró a ir a reponer energías al palacete de Said, donde siempre era bienvenido. La delicada Aisha llevaba una vida tranquila y retirada con sus dos hijas. Pero en las noches en que Mahoma estaba presente, salía de sus aposentos a fin de atender al príncipe y al esposo y disfrutar de su compañía. La mujer era muy despierta y, al mismo tiempo, poseía una sutil intuición, siendo la que más rápido asimilaba todo lo que Mahoma decía. En tales ocasiones se sobreponía, la mayoría de las veces, a esa timidez que normalmente le resultaba un impedimento y expresaba con palabras inteligentes y claras lo que pensaba sobre el tema en cuestión.

Así, llegó un momento en que las visiones que Mahoma, cuando más, le contaba a Alina, eran relatadas con gusto por el príncipe en presencia de Aisha. Los comentarios de la mujer hacían que aquellas ganaran en profundidad para él. Said, por su parte, seguía sintiendo la misma lealtad y gratitud de siempre para con el príncipe, que lo había adoptado a él, un pobre muchacho. Mahoma podía contar con él en cualquier situación.

Para el profeta era un consuelo que Said y Ali parecieran llevarse bien. Mas esta buena relación era solo en apariencia. Said no quería entristecer al príncipe hablándole de las divergencias que se habían dado entre los dos.

Con Said Ali sí que no se guardaba nada. Al contrario; como mismo a menudo él se guardaba de dar su opinión cuando hablaba con Mahoma, tanto más buscaba desahogarse diciéndole a Said lo que pensaba sin miramientos y en términos más fuertes que lo que en realidad era su intención. Said, por su parte, no podía quedarse callado ante semejantes palabras y era así como, cada vez que ellos dos estaban juntos, terminaban discutiendo.

¿Cuánto tiempo más podría ocultársele al príncipe semejante estado de cosas? Said pensaba en algún medio de alejar a Mahoma de Medina. Fue entonces que llegó una carta de Ibrahim donde este pedía la presencia de Mahoma en Meca, dado que había muchas cosas que discutir.

Mahoma decidió enseguida hacer de este viaje una «peregrinación» al santuario, como había sido costumbre en su juventud. Eso sí, esta vez quería mantenerse lejos de toda idolatría y organizar el viaje de tal manera que el día entero estuviese permeado por la más pura adoración de Dios.

El príncipe dio a conocer que tenía pensado visitar personalmente la «Santa Mezquita» a fin de adorar allí y celebrar un gran festival. Todo aquel que fuera adepto del Islam podía sumarse. A los adeptos de otras creencias la entrada a la mezquita les estaba vedada. Asimismo, el viaje no hacía falta comenzarlo en Medina, sino que uno podía sumarse a la caravana por el camino.

Todos los integrantes masculinos de su familia tomaron parte en la peregrinación. El único que se quedó fue Ali, a fin de no dejar Medina totalmente desatendida. Por el camino el príncipe se topó con Abu Bakr y sus guerreros, lo cual fue motivo de alegría para él.

Mahoma y los suyos viajaron a caballo, como también la mayoría de los nobles. Los comerciantes acaudalados se sirvieron de camellos y todos los demás viajaron a pie.

De ese modo, la caravana siempre se dividía en tres grupos que nunca llegaban al mismo tiempo al siguiente lugar de descanso. El príncipe, empero, ordenaba que se reiniciara la marcha solo cuando el último grupo había llegado y los cansados caminantes habían descansado lo suficiente. De esa forma, el viaje a Meca tomó mucho tiempo.

Cuando, finalmente, los viajeros divisaron la ciudad, se hizo la última parada. Estaban exactamente en el mismo lugar en que el príncipe había experimentado la oposición de los habitantes de la ciudad. Ahora era diferente. Las puertas de Meca habían sido abiertas de par en par para permitir la entrada de los peregrinos y, sobre todo, de Mahoma.

Pero Mahoma volvió a esperar por los que hacían el viaje a pie y, acto seguido, dispuso que todas las cabalgaduras y las bestias de carga les fueran entregadas a los guerreros, quienes, de todos modos, tenían que quedarse de guardia en el campamento de tiendas. Nadie debía entrar a la ciudad de otra manera que no fuera a pie.

A los pocos días se armó una inmensa caravana con el príncipe a la cabeza, y detrás de él, Said, Abd-Allah y Mahoma. A Ad-Din, como es lógico, le hubiera gustado sumarse a los hermanos, pero el príncipe determinó que el joven debía ir con los guerreros, a los que se había unido por volición propia.

En las puertas de la ciudad aguardaban los concejales por su príncipe, al que, entonces, condujeron a un palacio nuevo que se había construido para él y en el cual la mayoría de sus acompañantes también encontraron techo. Los demás peregrinos hallaron alojamiento con familias o en posadas y tiendas de campaña.

Apenas salió el sol al día siguiente, la caravana se volvió a organizar y, al canto de loas y alabanzas, entró a la mezquita.

Ibrahim recibió al grupo de peregrinos con la bendición de Dios. Acto seguido, pronunció unas palabras y cerró con una oración. Entonces fue el turno del profeta de hablar. Este proclamó a Dios, el Señor de los cielos y la Tierra. Quien lo escuchó ese día, tuvo la impresión de jamás haber oído palabras tan poderosas.

El príncipe les pidió a los presentes que tuvieran siempre en mente que lo que a él les había sido dado enseñarles le había sido regalado desde lo alto, y que no debía ser cambiado ni siquiera después de su muerte; ya que la Verdad es eterna y no debe ser distorsionada.

Aquello que es distorsionado deja de ser verdad. Ahora bien, solo mientras se aferren a la Verdad, contaran con la bendición de Dios.

Para cerrar, leyó nuevos mandamientos que se habían hecho necesarios. El primero de ellos era la prohibición del disfrute de bebidas embriagadoras, so pena de severos castigos, dado que una persona embriagada jamás hace lo que Le resulta grato a Dios. Semejante persona pone en peligro las buenas costumbres de todo el pueblo.

El profeta prohibió, además, el consumo de carne de cerdo. Aquellos de sus adeptos que antes eran judíos no la comían de todas maneras, y a los demás semejante prohibición no les resultó  demasiado dura.

Mahoma puso también fechas de ayuno, a fin de que así el pueblo siempre tuviera presente que servían al más grande y santo de todos los señores.

«Os sumiríais totalmente en los quehaceres y preocupaciones cotidianos y olvidaríais a quién pertenece vuestra vida como no tuvierais este ayuno para recordároslo».

El noveno mes entero, el Ramadán, fue fijado como tiempo de ayuno. Nadie debía comer o beber mientras el sol estuviera en el cielo. Fuera de esto, Mahoma fijó otros días de ayuno, y este ayuno debía ser estrictamente observado.

«El aprender a conquistar vuestros apetitos será algo valioso para vuestra vida entera. Con ello os será mas fácil controlaros y guardaros de cometer errores y pecados».

Los otros dos días del festival se fueron en rezos y oraciones y en conferencias impartidas en la mezquita. Mahoma aprovechó la ocasión para dar a conocer que era su deseo que todo hombre realizara una peregrinación a Meca al menos una vez en su vida. De esa manera, el sujeto en cuestión estaría demostrando que quería darle a su vida el valor que debe tener ante Dios.

Y para que no olvidara esta peregrinación, todo aquel que la hubiera hecho podría atar a su tocado de cabeza, ya fuera un turbante o un fez, una cinta de un verde como el del estandarte de la mezquita.

Estas cintas verdes les serían repartidas a los devotos en la mezquita. Llenos de orgullo, entraron los presentes con sus emblemas verdes al inmenso pabellón improvisado que habría de acoger a todos los participantes del festival en esta última noche en la que compartirían una cena en comunión.

Todos tomaron parte en esta comida, tanto los más pobres peregrinos como el príncipe y los suyos. La idea era que jamás se hiciera distinción en estas peregrinaciones, dado que todos los hombres son iguales ante Dios.

Después la gran masa de personas allí reunida fue dispersándose poco a poco.

Said también regresó a Medina, conjuntamente con Abd-Allah, mientras que los dos Mahomas decidieron quedarse en Meca un poco más de tiempo. Ibrahim, que estaba totalmente entregado a su labor para Dios el Señor tenía toda clase de preguntas e inquietudes. En su trabajo se topaba con tantas cosas que necesitaban aclaración; de modo que ahora estaba contento de poder pedirle consejo al profeta.

En oración y contemplación interior, había llegado a la conclusión de que esta vida en la Tierra tenía que ser meramente un eslabón en una larga cadena de vidas similares. Cuanto más reflexionaba al respecto, tanto más claro se alzaba ante el ojo de su alma la verdad de esta idea. Incontables eran las pruebas halladas por él que hablaban a favor de semejante proposición; en su contra no encontraba ninguna.

Eso era lo que ahora quería decirle al príncipe, para lo cual se había armado con todas sus pruebas, a fin de poder hacerle frente a las objeciones que seguro habrían de venir.

Mahoma, empero, dijo, encantado:

«¡Conque ya has alcanzado la madurez para saber algo así! En aquella ocasión en la que por primera vez entraste conmigo a nuestra mezquita, yo quería hablar de ello. Pero Dios no me lo permitió. Debía esperar a que los hombres alcanzaran una mayor madurez. Personalmente, no creía que ese momento hubiese llegado. Tú me acabas de demostrar que estaba equivocado.

»Cuando regrese a Medina, voy a tratar de encontrar una manera de explicarles este saber a los hombres sin hacerlos sentirse inseguros respecto de su fe».

«Me imagino que temes una rebelión de los turcos», dijo riendo el Mahoma más joven, «cuando estos se enteren de que esa tranquilidad que anhelan ahora se va a ver perturbada también por varias peregrinaciones terrenales».

Y acto seguido le contó al hermano de la aversión al trabajo de los nuevos hermanos de fe. Pero a Ibrahim esto le hizo tan poca gracia como al príncipe.

«Yo también me he dado cuenta con frecuencia de que los hombres, si bien creen en el más allá, se lo imaginan como una incesante lluvia de todo tipo de placeres. Hasta harenes quieren poner en el cielo. Mucho trabajo que paso para corregir esos falsos pensamientos».

«Entonces ¿no eres de la misma opinión que tu padre, que piensa que se les puede hacer concesiones a los hombres?», preguntó Mahoma con amargura.

Ibrahim dijo enérgicamente que no. Él también estaba convencido de que uno no debía cambiar una sola palabra de lo que Mahoma había enseñado.

«Cuánto me alegra», dijo el príncipe, «que al menos vosotros dos, conjuntamente con Said, os adhiráis a la auténtica doctrina y siempre le podáis decir al pueblo dónde está la Verdad.

»Lo que más me gustaría hacer es cambiar mi disposición y elegir a otro como sucesor. Pero ¿a quién podría escoger? Si eligiera a alguno de vosotros, no querríais vulnerar el deber de hijo y asumir una actitud hostil hacia vuestro padre».

«Y también somos demasiado jóvenes», manifestó Mahoma, mientras que Ibrahim, por su parte, le pidió al príncipe que lo dejara en la mezquita, que era donde mejor él podía desarrollar una labor para Dios.

Otro día el príncipe quiso saber si los judíos asentados aquí en el sur habían aceptado la nueva fe y se mantenían tranquilos.

Ibrahim le informó que con lo revoltosos que eran ellos, a cada rato se necesitaba de la mano dura de Abu Bakr para meterlos en cintura. Pero como el gran visir ya se había acostumbrado a reprimir despiadadamente el más mínimo levantamiento, la región ya no tenía que sufrir mucho por ello.

«Si los judíos quisieran darse cuenta de que justo a ellos el Islam les trae lo que les falta: la coronación de su fe», suspiró el príncipe.

Ibrahim, en cambio, le aseguró que eso mismo ellos lo ven como una trampa con la que se pretende atraparlos para el Islam. En lo hondo de sus almas, todos los otrora judíos siguen siendo mosaicos, eso cuando de verdad han tenido una creencia definida.

«A cada rato veo judíos que bautizan a sus hijos con nombres judíos e incluso los circumcidan en secreto. Para ellos sería una vergüenza que un hijo llevara un nombre árabe, como es costumbre entre los judíos del norte».

«Aquí tampoco se le prestaba mucha atención a eso», aclaró Mahoma, «de lo contrario, a mí, como hijo de judío, de seguro que me hubieran puesto otro nombre».

«Mahoma quiere decir, el hombre digno del premio», dijo el más joven de los Mahomas. «En tu caso, ello se aplica con toda seguridad. Yo trataré de hacerme merecedor del nombre también».

Al príncipe esta vez se le hizo difícil la partida de Meca, donde estaba rodeado de tanta paz. ¿Qué arbitrariedades de Ali le aguardarían en Medina?; y aun así, estaba obligado a regresar allí; ya que tenía que tratar de proteger lo que aún podía ser objeto de cambios.

Sin ningún contratiempo llegaron ya caída la noche a las puertas de la ciudad y la encontraron tranquila. Era evidente que la gente no esperaba áun el regreso del príncipe; no obstante, todo ya estaba preparado para acogerlo en el palacio principesco.

Said vino lo más pronto posible para saludar al príncipe y de paso informarle que en la frontera norte habían estallado disturbios; de modo que Abu Bakr había salido para allá. “Ali está enfermo; de lo contrario, hubiera venido también a recibir al príncipe”, dijo Said.

Los disturbios en el norte resultaron ser de poca gravedad. Pero fue bueno que se les enseñara a los insubordinados quién era el que mandaba, para que en el futuro semejantes situaciones no se volvieran a repetir.

A los pocos días ya Ali había sanado. El hombre se veía más calmado que antes y más abierto a las explicaciones de Mahoma. Esto fue motivo de gran alegría para Mahoma, ya que este creía que con la enfermedad Ali había cambiado.

Alina y Aisha, que veían con más claridad, no quisieron quitarle a Mahoma su alegre creencia. Poco era lo que esto conseguiría cambiar de la manera de pensar de Ali, en quien comenzaba a aflorar cada vez más el carácter de su padre.

Abu Talib había sido un hombre avaricioso; en el caso de Ali, era la sed de poder, de control y de autoridad lo que le hacía olvidarse de todo lo demás.

Fátima ya no tenía ninguna influencia sobre él. Ali se había apartado de ella por completo desde que la mujer, con lágrimas en los ojos, había tratado en varias ocasiones de hacerlo cambiar de parecer. Se decía que Ali se había conseguido otra mujer, pero ni Alina ni Aisha sabían nada con exactitud al respecto. Así que preferían callar a irle a Mahoma con rumores dudosos.

Este silencio se les hizo más fácil de lo que esperaban, pues Mahoma vivía mucho más para lo que ocurría en su interior que para los acontecimientos exteriores. El profeta aprovechaba la calma que había en el reino para abrirse a nuevas revelaciones, las cuales le llovían a mares, colmándolo de felicidad.

Mahoma había comenzado a profundizar en las verdades transmitidas por Jesús. Apoyándose en algunas escrituras que estaban diseminadas entre los cristianos, trató de hacer cobrar vida las verdaderas palabras, tal como estas surgían ante el ojo de su alma.

Con asombro se dio cuenta de que toda aquella información que le había sido regalada y que él veía como nueva ya había sido dicha a la humanidad por la boca del Hijo de Dios.

Mas los hombres no la habían entendido. Así como la arena del desierto se deposita sobre todo, dándole la misma apariencia, del mismo modo los pensamientos de los hombres se han depositado sobre las palabras celestiales y les han dado un carácter terrenal.

Nada, pero absolutamente nada de lo que ahora le era dado oír en espíritu tenía por qué ser nuevo para él de haber llevado en su alma las palabras del Maestro y vivido de acuerdo a ellas.

El profeta trató de arreglar algunas de estas valiosas palabras de Jesús y explicarlas de tal manera que los hombres pudieran entenderlas.

A Mahoma le daba gozo el poder hacer este trabajo y se imaginaba cuánto mejor sería el mundo si Jesús volviera a ser la pauta en todo. Con Su vida como ejemplo y Sus palabras como norte y guía, ¿qué más podían necesitar los hombres?

En esta profundización de las palabras del Salvador, Mahoma llegó a la proclamación del Juicio Final. Ante sus ojos surgió la Estrella, el heraldo celestial, que le había sido dado ver en el desierto. Ante el ojo de su alma surgió la imagen de Jesús, tal como este había marchado a la cabeza de Sus discípulos. A estas imágenes se le sumaron las que él había visto.

Al profeta le quedó claro que el Hijo de Dios que habría de venir para juzgar al mundo no podía ser Jesucristo.

El Mesías nunca dijo: «¡Regresaré!». Él siempre usó otras palabras; y la mayoría de las veces fue del Hijo de los hombres de quien habló, del Hijo del Hombre.

Y de repente, Mahoma supo quién era este Hijo del Hombre. El Hijo de Dios, la Voluntad de Dios que a él le había sido dado ver. Si este Hijo de Dios había de venir para juzgar el mundo, entonces la Estrella habría de aparecer de nuevo en el cielo.

¡De esta estrella tenía que empezar a hablar ahora, de ella y de Aquel a quien prometía!

El profeta comenzó a hablar en la mezquita cada viernes de los últimos días del mundo tal como se los imaginaban los ojos de su espíritu.

Mahoma habló del Juez de los mundos, que, sentado en un trono de oro, separaba a los fieles de los apóstatas, adjudicándoles a los primeros la vida y a los otros la condenación eterna. Aquellos a los que les regalaba la vida, podrían irse con Él a Su reino, el Reino de Dios, el reino de Su Padre.

En el transcurso de estas conversaciones, el profeta devino en vidente y se dio a describir las imágenes que pasaban ante el ojo de su ser interior.

Mientras hablaba, lo colmaba una gran felicidad, mas muy pocos eran capaces de seguir sus explicaciones. Tampoco se esforzaban en absoluto, dado que no querían saber nada de un juicio justo de Dios.

De lo que querían oír era de las alegrías que les aguardaban en el más allá, de la tranquilidad y la bienaventuranza que habrían de seguir a los trabajos y las tribulaciones. De eso era de lo que el profeta debía hablarles.

Abd-Allah se dirigió a Mahoma con la petición de que complaciera los deseos del pueblo. La asistencia a las alocuciones en la mezquita se habría de ver afectada si la gente tenía todo el tiempo que oír solo aquello que no querían oír.

«Pero ¡es que tienen que oírlo!», exclamó Mahoma con la vehemencia de antes y por la que ya la gente apenas lo conocía. «Es necesario que lo entiendan. Mejor ayúdame a convencer a la gente, en lugar de convertirte en mediador de sus erróneas opiniones».

Abd-Allah se encogió de hombros.

«Ya verás que no puedes obligar a los hombres. Sería más astuto dar la impresión de ceder y hablarles como ellos quieren. Después puedes volver a entremezclar el Juicio en tus palabras, si es que tienes que hacerlo».

«Jamás he tenido muy buena opinión de la llamada astucia, Abd-Allah», dijo el príncipe, ya un poco más tranquilo. «Y ahora estoy demasiado viejo como para tomar caminos falsos. Además de que estoy seguro de que con ello abandonaría el camino de Dios, cuando yo soy Su herramienta. Lo que voy a hacer es tratar de poner más amor en mis palabras».

Y de verdad que así quería hacerlo. Mahoma se recriminaba pensando que, en su afán de pintarles a las almas humanas el Juicio Final como algo aterrador, quizás se le había ido la mano. Así que buscó nuevas maneras de hacerles entender lo que tenía que mostrarles.

Para ello, empezó describiendo la bondad y misericordia de Dios. Después, empero, se vio obligado a censurar el fallo de los seres humanos, a fin de ser consecuente. Y si estos habían respirado aliviados con las primeras alocuciones, las últimas las habían sentido como un fardo que les era impuesto innecesariamente.

Abd-Allah habló con su padre para que este le prometiera que iba a convencer a Mahoma de que había que dejar que otro también hablara en la mezquita, ya que de esa manera él podría ir preparando con tiempo a su sucesor en esta parte también.

Por mucho que a Ali le agradaba este plan, vacilaba en ejecutarlo: se podrían dar más altercados desagradables cuando el sucesor dijera algo diferente a lo que Mahoma quería. Ahora, si aquel hablaba como Mahoma deseaba, de nada habría servido el cambio entonces.

«Tenemos que tener paciencia, hijo mío», lo tranquilizó el padre. «Mahoma ha desgastado sus fuerzas prematuramente, por no pensar nunca en sí mismo. Ya no le queda mucho de vida. Y una vez que muera, podremos, entonces, hacer lo que queramos. ¿Para qué pelear ahora por algo que más adelante se va a dar por sí solo?».

Abd-Allah cedió, y Mahoma se alegró de que hubiera paz. Ali, empero, había observado bien: las fuerzas terrenales de Mahoma se habían consumido.

Cuanto más este crecía espiritualmente, tanto más rápido se desgastaba corporalmente. Él, personalmente, apenas lo notaba, pero Alina y las otras mujeres de su familia lo veían con preocupación. Estas trataban a menudo de hacer que el príncipe descansara o se entregara a disfrutes tranquilos. Mahoma accedía solo raras veces y cuando lo hacía, le duraba muy poco.

«No tengo tiempo para esas cosas», acostumbraba a decir amablemente. «Mientras Dios pueda hacer uso de mí aquí abajo, tengo que estar activo. Él me da todos los días la fuerza que necesito».

Fue entonces que Said, en su amor, recurrió a un ardid. El visir le pidió al príncipe que tantas veces como le fuera posible viniera a explicarle lo que había proclamado en la mezquita, ya que él quería saber más de ello para más adelante poder, con su trabajo, influenciar al pueblo en el sentido en que el profeta basaba su discurso.

Said de verdad que quería entenderlo todo mejor que los demás para que tras la muerte de Mahoma, quedara otro más que hubiera comprendido la verdad. Pero este saber tenía posibilidad de obtenerlo en otro momento.

Said le pidió al príncipe que fuera a verlo a su palacio a ciertas horas, y una vez que este llegaba, el visir lo acomodaba en un lecho y, tras sentarse a sus pies, le pedía que le hablara de lo que colmaba su alma.

Estas eran horas de suma felicidad para ambos.

En ningún lugar Mahoma se sentía mejor comprendido que aquí. Desde que se casó con Aisha, Said había perdido la lentitud en el pensar que lo caracterizaba. Y cuando encima se les sumaba el Mahoma más joven, con su capacidad para captar las cosas rápidamente y su pasión, era como si la fuerza de lo alto descendiera sobre ellos de manera casi visible.

La escuela que Mahoma el nieto había fundado había cobrado una gran pujanza. Por doquier en el país se hacía necesaria la asistencia de personas con conocimiento de idiomas. Los jóvenes de las más nobles familias querían estudiar en la escuela. Algunos de ellos de alumnos se habían convertido en maestros y ayudaban al joven Mahoma. Este, por su parte, se había puesto la sumamente noble tarea de, además de darles clases de lenguas a los alumnos, instruirlos también en la pura doctrina de la fe.

«Más adelante tendréis que traducir, mayormente, cuestiones de fe», les decía. «Es bueno que ya desde ahora os sintáis seguros en el tema».

Así, formó un grupo bien unido de jóvenes que estaban convencidos de la veracidad del Islam que enseñaba Mahoma y que vivían de acuerdo a su código moral. Cuando estos salían de la escuela para ocupar algún cargo, hacían la promesa de adonquiera que fueran, vivir la doctrina pura y dar la cara por ella.

Esta no podía ni debía permanecer oculta. Ali, empero, no veía esto con buenos ojos. Este grupo podría más adelante traerle unos cuantos disgustos, disgustos estos que él prefería prevenir ya desde ahora. Solo que no veía manera de hacerlo. Una vez que se convirtiera en príncipe, podría cerrar esta importuna escuela, pero mientras tanto, tenía que tolerarla.

Mahoma el Profeta, en cambio, visitaba con gusto esta escuela de alumnos tan vivos y alegres, y a menudo, les dirigía unas palabras. Estos momentos constituían el clímax de la vida escolar de estos jóvenes.

Se había hecho costumbre que todas las mañanas Ali le informara al príncipe sobre lo que había ocurrido el día anterior o sobre aquello que había llegado a su conocimiento. Mahoma, entonces, disponía qué había que hacer.

A veces ocurría que el príncipe se enteraba de que Ali en modo alguno había actuado de acuerdo a sus disposiciones. Cuando entonces le pedía cuentas, Ali se justificaba de alguna manera: que si había malinterpretado las palabras del príncipe, que si en el momento dado se había visto obligado a actuar de otra manera y no había tenido tiempo de preguntar.

Al ir aumentando el número de incidentes de este tipo, el profeta le preguntó al mensajero luminoso si debía volver a tomar firmemente las riendas del gobierno, si debía asegurarse de que sus órdenes eran cumplidas. Entonces ya no le quedaría tiempo para el ensimismamiento espiritual.

Por respuesta se le dijo que era más necesario afianzar en el pueblo el saber de la verdad divina que hacer prevalecer medidas gubernamentales de carácter exterior.

Después de esto, Mahoma siguió trabajando tranquilamente de la manera que lo había estado haciendo. No obstante, no dejó de amonestar y reconvenir cada vez que las negligencias y arbitrariedades de Ali llegaban a su conocimiento.

Mientras más inconveniente se le hacía esto al representante, más cuidado ponía este en su proceder. Poco a poco, Ali fue tejiendo una sutil red de mentiras de manera tan habilidosa que ni siquiera el amor de Said ni el afán de Mahoma pudieron captarla, mucho menos hacerla pedazos.

Un día llegó a oídos del príncipe noticia del casamiento secreto de Ali. Aquel estaba indignado. ¡¿Cómo era posible que un hombre que tenía de esposa a alguien como Fátima y que había recibido el regalo de hijos varones no se conformara con ello?! Y bueno, si quería una segunda esposa, ¿por qué no la desposaba públicamente?

Ali lo negó todo. Se trataba de una calumnia, según él. Lo habían confundido con otra persona. El príncipe sintió hastío de su sucesor y le pidió a Dios que no permitiera que Ali tomara las riendas del gobierno.

Algunos días después, Ali dijo que quería hacer por fin la peregrinación a Meca que, debido a apremiantes asuntos del gobierno, no había podido realizar en su momento. En los próximos días una caravana de peregrinos habría de partir hacia Meca, y él pretendía unírseles.

«¿Acaso no has tenido en cuenta, Ali,», advirtió Mahoma, «que es solo con arrepentimiento en el corazón que uno puede participar en la peregrinación? Aquel que se acerca al santuario de Dios sin haberse arrepentido y con el alma cargada de culpas, se está buscando el castigo de manera irremediable».

«En ese caso, mi peregrinación a Meca justo ahora habrá de servirte de prueba de mi inocencia mejor que lo que podrían hacerlo todas las palabras que pudiera decirte al efecto», respondió Ali, más fresco que una lechuga.

Era increíble su manera de actuar. Por más que el profeta se esforzaba por llegarle a su alma, de nada servía.

Así que, profundamente conmocionado por la hipocresía de quien una vez fuese un hombre tan sincero, no tuvo más remedio que dejarlo ir. ¿Acaso habría algo que él había hecho mal con respecto a Ali?

El profeta le preguntó a Said. Este, sin embargo, lo negó enérgicamente.

«No debes olvidar, príncipe, que él es el hijo de su padre. De una manera u otra, los dos, en lo profundo de su ser, tenían que armonizar, sobre todo teniendo en cuenta que la manera de ser de la madre no ofrecía ninguna compensación. Los hijos de Ali no me preocupan: ellos tienen a Fátima».

A las muchachitas de Said se les había sumado hacía poco un varón, Omarcito, el deleite de sus padres. Mahoma también disfrutaba del muchachito, que era un niño bien mono y vivaracho.

Pasaba el tiempo y Ali no regresaba a Meca. Mahoma comenzó a inquietarse. Fue entonces que llegó a su conocimiento que su suplente estaba aprovechando el viaje para visitar diferentes distritos.

Y mientras el príncipe se cerraba a todas las preocupaciones y, con intensificada profundidad de sentimientos, volvía a su labor espiritual, Said y el Mahoma más joven sostenían a menudo angustiosas conversaciones sobre la ausencia de Ali.

«¡¿Cuánto daño más no puede causar con este viaje?!», suspiró Said, olvidándose completamente de que estaba hablando con el hijo del reprochado.

Este, empero, coincidió con él y dijo:

«Seguramente, se está presentando como el futuro príncipe. Ojalá el abuelo jamás hubiera dicho nada de su seguidor; de esa manera, podría ahora escoger con libertad».

«Y en tal caso, ¿a quién iba a escoger?», preguntó Said, acongojado. El visir no sabía de nadie que pudiera cubrir el puesto.

«¡A ti!», se apresuró a responder Mahoma.

Cuando Said, entonces, le explicó que la gente no lo aceptaría, por el hecho de ser de humilde cuna, Mahoma dijo, lamentándose:

«Bueno, en tal caso, hasta Abu Bakr sería mejor que Padre. Abu Bakr, por lo menos, es honesto y veraz».

«Menos mal que nosotros no somos quienes tenemos que decidir eso», concluyó Said.

Unos días después Mahoma fue a ver al abuelo para pedirle que le permitiera marchar al encuentro de Ali. Al príncipe le sorprendió esta muestra de amor filial; no obstante, concedió con gusto el deseo del nieto.

Fue así como Mahoma, puesto de acuerdo con Said y Alina, emprendió su viaje con el fin de socavar las acciones de su padre. El joven creía que su padre no podría hablar con doblez teniéndolo a él cerca, ya que le daría vergüenza hacer algo así delante de su hijo.

Por mercaderes que se encontró en el camino se enteró de que Ali se había dirigido a Siria y allí había hecho que el regente del distrito le jurara lealtad. Eso era inadmisible mientras Mahoma estuviera vivo.

Con un pequeño grupo de acompañantes, el joven auxiliador cabalgó hacia allá a toda prisa, la preocupación llevándolo a apurar el paso cada vez más. Habiendo cruzado la frontera de Siria, Mahoma se topó, de manera totalmente inesperada, con Abu Bakr y sus guerreros, a quienes imaginaba en el norte.

Los hombres se saludaron e hicieron un alto juntos, aunque Mahoma había hecho hincapie en que no tenía tiempo para hacer una parada, ya que tenía que encontrar a su padre.

«Eso lo puedes hacer más rápido quedándote aquí conmigo que iendo a Halef o a Damasco», dijo riendo Abu Bakr. «Echa un vistazo en esa tienda y lo vas a ver. Aunque, en verdad, debería aconsejarte que no te asomaras; el hombre está de mal humor y puede que quiera desquitarse contigo lo que en realidad es mi culpa».

Ante las insistentes preguntas del joven, el gran visir le informó que algo le había hecho pasar por Siria en el camino de regreso, pese a que no había recibido ninguna noticia de que hubiera disturbios en la región.

Y allí llegaron a sus oídos extraños rumores: Ali, el príncipe de la Gran Arabia, se estaba haciendo homenajear por todas partes y exigiendo juramentos de lealtad a su persona. Según él, Mahoma había muerto y él había pasado a sustituirlo como monarca.

«Eso me indignó tanto que le cerré el paso al muy mentiroso y traté de obligarlo a regresar conmigo a Medina, pero este se rio de mí e insistió en continuar su viaje. Así que lo tuve que tratar con algo de rudeza. Te garantizo que por unas cuantas semanas el hombre no va a tener ningunas ganas de montar a caballo.

»Y ahora dime: ¿qué te trae por estos lares?».

Con la misma franqueza, Mahoma le contó al gran visir del propósito de su precipitado viaje. Abu Bakr le agarró la mano al joven:

«Eres un muy buen muchacho con el que se puede contar. Cuando tu abuelo ya no esté y comience el inevitable caos, va a ser motivo de satisfacción el tenerte con nosotros».

«¿Qué vas a hacer con mi padre?», quiso saber el joven, después que los dos ya llevaban un buen rato intercambiando opiniones. «Después de todo, no puedes obligarlo a regresar si él no quiere».

«¡No me digas!», rio Abu Bakr bulliciosamente. «Conque no puedo. Ali cometió la falta de traicionar a nuestro príncipe y yo lo cogí in fraganti, lo sojuzgué y lo arresté. Como mi prisionero, puedo llevarlo adonde se me antoje».

«¡¿El sustituto del príncipe tu prisionero?!», exclamó indignado Mahoma. «Me temo, visir, que tu lealtad y tu disposición te han jugado una mala pasada. No puedes entrar al país con el más eminente de los siervos del príncipe bajo arresto».

«¡¿Que no puedo, mi niño?!», rugió Abu Bakr, quien ya estaba comenzando a alterarse. «Pero él si puede engañar, mentir y coger de primo al príncipe. ¡Él sí! Créeme que entonces yo puedo tratarlo como se merece».

Mahoma sacudió la cabeza. El joven no veía ninguna salida al apuro en que la fidelidad de Abu Bakr lo había metido.  Y de que tenían un problema no le cabía duda.

No se trataba del padre ‒este concepto hacía mucho que había perdido toda importancia para él‒, sino del sucesor y representante del príncipe: eso era lo que le importaba. ¿Cómo podría el pueblo tenerle respeto, cuando él era llevado como prisionero del gran visir por todo el país, acusado de un delito?».

En eso le vino algo a la mente:

«Ven acá, Abu Bakr, ¿acaso tus guerreros saben que tienes prisionero al sucesor del príncipe?».

El joven abrigaba esperanzas de recibir un no como respuesta, mas ese no fue el caso.

«¿Acaso crees que mis guerreros podrían haberlo sojuzgado a él y a su tropa sin verle la cara? Además de que Ali no dejaba de gritar: “No se atrevan a ponerle las manos encima a mi sagrada persona, que yo soy el príncipe de la Gran Arabia”. No había manera de que no oyeran eso».

«¿Qué crees que deba hacerse ahora?», preguntó preocupado Mahoma.

«Apenas llegue a Medina, le voy a comunicar al príncipe lo que he hecho y por qué. Que él, entonces, decida cómo castigar esa traición y perfidia. Ese ya no es mi problema.

»Ya era hora de que el profeta abriera los ojos a las perjudiciales acciones del imperioso de Ali…; caramba, siempre se me olvida que estoy hablando de tu padre».

«Puedes seguir olvidándolo sin problema, visir», dijo Mahoma, serio, «pero lo que sí debes tener presente siempre es que Ali es el representante del príncipe».

Ya Mahoma no tenía ninguna prisa por seguir viaje. Lo que más le hubiera gustado era impedirle a Abu Bakr que regresara a Medina. ¡¿Cuánto no habría de afectar al príncipe la noticia de la traición de Ali?!

El representante, que estaba herido, era transportado al lomo de un camello, en una especie de litera. Él y su hijo no se habían llegado a ver. Este último no tenía ningún deseo de dar ocasión a semejante encuentro.

Así hasta que un buen día llegaron al destino de su viaje. En las puertas de la ciudad recibieron la noticia de que el príncipe estaba gravemente enfermo. Esto los alarmó sobremanera. Ahora seguro que Abu Bakr no le diría nada al profeta del proceder de Ali y de que este había sido herido y tomado prisionero.

¿Qué se había de hacer con Ali?

Los dos hombres mandaron a buscar a Said y deliberaron con él. Por él se enteraron de que la enfermedad del príncipe era bien grave. El príncipe se encontraba en cama en el palacio de Said, donde se había desplomado hacía tan solo unos días. El médico no permitía que se le moviera.

Alina y Aisha lo cuidaban abnegadamente y con todo su gran amor.

Por el momento, no se le podía decir al príncipe nada de lo que había pasado, además de que no había prisa tampoco. La gente temía por la vida del profeta y no extrañaban a Ali, a quien imaginaban todavía en Meca.

Los tres hombres decidieron llevar a Ali a la planta baja del palacio de Abu Bakr y dejarlo ahí bajo vigilancia.

Para esta tarea se escogió a los guerreros más fieles y más fiables; a los demás se les acuarteló en un campamento de tiendas fuera de la ciudad y se les obligó a guardar silencio. Al príncipe, en caso de que preguntara, se le podía decir que Ali había sido herido en una batalla y que regresaría solo cuando se hubiera recuperado de sus heridas.

Y se hizo como habían acordado.

Ali estaba que echaba chispas. De la enfermedad del príncipe no se le había dicho nada, así que él no podía menos que suponer que era por órdenes de aquel que lo mantenían apresado. Nadie podía visitarlo; de esa forma él debía reflexionar a solas sobre sus faltas.

Mahoma no aguantaba más de las ganas de ver a su abuelo. Sin embargo, hubieron de pasar varios días para que la fiebre bajara y el médico, entonces, dejara que el joven visitara al enfermo. Abuelo y nieto, que tan parecidos eran tanto interior como exteriormente, se alegraron mucho de volverse a ver.

«Ya no te vas a separar de mí en lo que me queda de vida, hijo mío», imploró con ternura el príncipe, y el joven le prometió que así sería.

Este no podía imaginarse nada mejor que permanecer junto al enfermo y tomar parte en tantas cosas que pasaban a su alrededor: al joven le era dado ver las luminosos seres que se acercaban al lecho trayendo noticias y consuelo, dando ánimo e información.

No siempre oía lo que decían, pero de que se trataba de cosas maravillosas podía estar seguro, pues lo veía en el brillo que despedían los ojos del doliente.

El enfermo no mencionó a Ali ni una sola vez, pero si pidió que mandaran a buscar a Ibrahim. Alina había pensado en eso, y el joven jeque ya estaba en camino.

A los pocos días ya estaba junto al lecho del enfermo.

El recién llegado emanaba una paz y un sosiego que solo podían venir de lo hondo de su alma. Sus ojos café irradiaban una alegría que no era de este mundo. Lejos de todos ellos, este joven se había convertido en una persona hecha y derecha y completamente independiente.

El príncipe respiró aliviado al verlo.

Solo entonces comenzó a hablar de cuestiones terrenales; hasta ese momento se había movido con todos sus sentidos y su intuición en planos de otro mundo.

El príncipe le pidió a Ibrahim que asumiera el cargo de jeque de la mezquita en Medina, la mezquita del profeta.

«Es tan fácil, hijo mío», dijo con sonrisa cariñosa. «Desde que estoy postrado en cama, no ha habido nadie que le hable a los hombres los viernes. Tu hermano Abd-Allah les lee, pero eso no es suficiente. Hazte cargo de hablarle al pueblo en el tiempo que me queda en la Tierra. La gente se va acostumbrar a ti y no querrán prescindir de ti cuando ya yo no esté. Eso sí, es sumamente importante que justo aquí, donde hay tantas contracorrientes, la Verdad sea enseñada en su forma más pura».

Ibrahim iba a hacer objeciones, pero algo se lo impidió, así que acabó prometiéndole al príncipe que cumpliría sus deseos, con lo cual este, a ojos vistas, se puso más tranquilo.

Más tarde comenzó a hablar de nuevo:

«Ali ya no es digno de ser mi sucesor. Tenéis que juzgarlo en secreto y hacerlo desaparecer. Abu Bakr, ¡sé príncipe de la Gran Arabia en mi lugar! La Verdad tendrá en ti un amigo y un protector. Eso sí, jamás olvides que un príncipe ha de construir y no destruir, ha de sanar y no herir. En caso de que te veas obligado a recurrir a las armas y derramar sangre, escoge a algún jefe de tropa que actúe en tu lugar. ¡Prométeme que así lo harás!».

El gran visir, que estaba como privado, prometió hacer todo lo que el príncipe le pedía. ¿Entonces este había sabido de la perfidia de Ali? ¡De qué manera tan digna de un príncipe lo había soportado todo! La verdad es que entre Mahoma y todos los hombres de su entorno había una diferencia abismal.

El príncipe le dio las gracias a Said por su inquebrantable lealtad y amor filial.

«Has hecho que resultara fácil para mí el olvidar que no eres hijo de mío de verdad. Pero Dios te lo va a pagar; yo no puedo. Tendrás que vivir cosas muy duras tan pronto yo haya abandonado este mundo. Me gustaría evitarte esas vivencias, pero veo con claridad que así tiene que ser.

»Vas a ser como un baluarte ante las olas de la incredulidad, las creencias erróneas y la traición. La fuerza de Dios siempre estará contigo mientras implores que se te dé y mientras Dios te siga necesitando aquí en la Tierra. Que la paz interior esté contigo en todas las discordias. ¡Que Dios, el Señor, te bendiga!».

Conmovido, Said se apartó del lecho; ya no tenía esperanzas de que Mahoma se recuperara. Quien así hablaba era porque probablemente ya estaba viendo la orilla del más allá.

Mahoma, entonces, le hizo señas a su nieto preferido para que se acercara. Este se arrodilló junto al lecho y, en un arranque de ternura, puso su cabeza en el pecho del enfermo, quien comenzó a pasarle la mano en silencio. Por largo rato ninguno de los dos profirió palabra, mas una corriente de fuerza sagrada iba de uno al otro, creando así un profundo entendimiento entre los dos.

«Mahoma, tú eres el que más situaciones difíciles vas a tener que enfrentar. Con gusto te llevaría conmigo cuando ahora abandone la Tierra. Pero Dios ha dispuesto otra cosa. Sé el sostén de las débiles mujeres que me veo obligado a dejar atrás. Va a estallar una guerra, en las ciudades y en el reino. Correrá la sangre y gente inocente perderá la vida. Protege a las mujeres en ese tiempo. Después pídele a Dios que te dé otra tarea.

»Tú has sido mi nieto predilecto; no solo porque en ti me veía a mí mismo, sino también porque has seguido tu camino sin dejarte desviar por nada y siendo fiel a ti mismo. Sigue siendo como has sido hasta ahora, y la bendición de Dios estará contigo, al igual que la mía, que siempre habrá de acompañarte».

Abd-Allah fue mandado a buscar. El hombre vino a regañadientes y, sin hacer caso de la gravedad de la enfermedad del príncipe, se puso a preguntar por su padre vehementemente. Sin dar chance a que se le respondiera, quiso saber entonces por qué Ibrahim habia sido llamado a la mezquita.

El médico y Abu-Bakr le dieron a entender que debía medirse, pues se encontraba en la habitación de un moribundo.

Por un momento, Abd-Allah pareció asustarse, pero entonces se dio la vuelta y, sin decir palabra, abandonó la habitación. Si Mahoma llegó a escucharlo o verlo es algo que nadie sabría decir.

El príncipe pidió que la mujeres fueran a verlo una por una, pues quería despedirse de ellas. Al principio, los demás siempre protestaban cada vez que él usaba esas palabras; ahora ya nadie tenía el valor de hacerlo. Todos veían con claridad que esta cara vida estaba a punto de apagarse.

Y vino Aisha con sus hijas, y Mahoma les dio las gracias por todo el amor que recibió en su casa, a lo que agregó que se había encariñado con Aisha como si se tratara de su propia hija.

Ahora que Said tenía que poner todas sus fuerzas en función del bienestar del reino, ellas habrían de irse con Alina, Fátima y sus hijas a un lugar seguro, lejos de Medina. El Mahoma más joven había recibido el encargo de protegerlas, así que él velaría por todas ellas.

También para Fátima y sus demás hijas tuvo palabras amables y de bendición. Después pidió quedarse a solas con Alina:

«Permíteme darte las gracias, a ti que has sido mi fuente de bendiciones aquí en la Tierra», dijo conmovido el príncipe. «Mi boca nunca quiso proferir esas palabras, pese a las muchas veces que las tuve a flor de labios. Si me ha sido posible caminar en los mandamientos del Señor y recorrer mi sendero de manera pura e intachable, es porque tú me has ayudado, mi pura flor de los Eternos Jardines de Dios. Puros y diáfanos son todos tus pensamientos y tus actos. Y has hecho que esa pureza y delicadeza pasara a formar parte también de la esencia de las mozas y mujeres de tu entorno. Sigue aquí en la Tierra ejerciendo tu acción bienhechora por mucho tiempo más tras mi partida, y enseña a las mujeres a ser como tú.

»Ha sido mi deseo que todos vosotros los que estáis ligados a mí por el lazo del amor os escondáis juntos en algún lugar hasta que hayan pasado las revueltas que ahora habrán de estallar. Mi nieto Mahoma habrá de ser vuestro guardián y protector. Sigue mi consejo en esta parte, ya que es necesario que te cuides por el bien de nuestro pueblo. Dios mismo lo quiere así. ¡Que Su bendición te acompañe! ¡Ya nos volveremos a ver!».

Esas fueran las últimas palabras que Mahoma habló con un ser humano llevado por una necesidad terrenal. A partir de ese momento, todos sus pensamientos fueron para Dios. Y cuando hablaba, era solo para dar a conocer lo que le era permitido ver.

Sus labios susurraban incesantemente; muchas veces ni siquiera los que estaban más cerca de él podían entender lo que decía. De repente, sus palabras volvieron a ser claras y nítidas. Estaba hablando del Hijo de Dios; Mahoma estaba viendo a Cristo, tal como lo había visto en su día. El profeta suplicó e imploró que le permitiera acompañarLo de nuevo. Hasta que sus facciones se transfiguraron en una maravillosa sonrisa.

«¡Oh, misericordioso Hijo de Dios, ya lo había olvidado! Ya no necesitas volver a cansarte los sagrados pies en nuestras polvorientas calles. Ya no tienes que venir de nuevo a un pueblo terco y testarudo que no quiere prestar oído a Tus santas palabras y que, cuando lo hace, acaba distorsionándolas y degradándolas. ¡Maestro, tú ahora estás con Dios! “Yo y el Padre somos uno”, nos dijiste una vez. Ahora esto se ha convertido en verdad para Ti. Has vuelto a ser uno con Tu Padre Eterno. Te doy las gracias por haberme permitido dar buenas nuevas de Ti».

Mahoma guardó silencio por largo rato, hasta que, de repente, se sentó en la cama dando la impresión de estar viendo algo infinitamente excelso y, alzando los débiles brazos, exclamó:

«¡Juez de los mundos, Hijo de Dios, con la más profunda humildad me inclino ante Ti y te suplico: Déjame servirte cuando vengas a traer el Juicio!»

El profeta guardó silencio, como si estuviera escuchando algo. Acto seguido, sus facciones se transfiguraron mucho más aún.

«¡Gracias, Eterno! Entonces habré de servirte allá en el cielo. ¿No vas a necesitar de mi cuando pongas Tus pies en la Tierra? Pero ¿allá arriba voy a poder continuar mi labor? ¡Te doy las gracias por Tu gran misericordia!».

De nuevo se produjo un largo silencio. Uno que otro de los allí presentes se acercó al lecho para ver si el moribundo aún respiraba.

Mahoma daba la impresión de dormir plácidamente, mas se trataba solo de eso, de una impresión. Su alma se desprendió sin dolores ni tormentos. Seres luminosos lo ayudaron rodeando su cuerpo terrenal a fin de que no sintiera ningún dolor como consecuencia de este desprendimiento.

El Mahoma más joven pudo ver a estos seres y también le fue otorgada la gracia de oír lo que se le dijo al moribundo:

«¡Regresa a casa, mi siervo Mahoma! Has sido un fiel instrumento en todo momento. No es tu culpa si ahora lo que te ha sido dado traerle al mundo vuelve a caer en la inmundicia lanzada por las tinieblas. Habías de ser un portador de la Verdad, y lo has sido. Te has sobrepuesto a ti mismo y, viviendo solo para los demás, has servido a tu Dios.

»¡Regresa a casa, que la Patria Eterna te espera!».

Un inmenso resplandor se concentró sobre el lecho del moribundo, quien por última vez abrió los ojos y con voz bien alta exclamó:

«¡Dios!».

Esta sola palabra sonó tan triunfal y había tanta dicha en ella que los que la oyeron jamás la olvidaron. La misma los ayudó a sobrellevar los momentos más difíciles de sus vidas y los sostuvo cuando estuvieron a punto de caer, esta sola palabra:

«¡Dios!»

El fallecimiento de Mahoma suscitó en los suyos los más encontrados sentimientos. Todos fueron presa del más sincero dolor, pero solo Alina y Aisha pudieron darse el lujo de entregarse a su sufrimiento.

Los hombres estaban conscientes de que ahora había que actuar si es que no querían que estallaran los más terribles disturbios, así que dejaron a las mujeres a cargo del cuarto donde yacía el difunto, no sin antes dejarles bien claro que ni los sirvientes ni nadie podían entrar en él, y ellos se fueron a una de las habitaciones contiguas a deliberar.

Una cosa que todos tenían bien claro era que algo había que hacer. Abu Bakr, normalmente tan resuelto y decidido, estaba completamente destrozado. Al gran visir no le cabía en la cabeza que fuera a ser el sucesor de profeta, y dudaba que fuera capaz de desempeñar el cargo.

Said e Ibrahim no decían palabra, y se limitaban a mirar a Mahoma, de cuya sagacidad esperaban ayuda.

Mahoma, empero, estaba ajeno a ello. Su alma buscaba las alturas en oración, a fin de recibir indicaciones para todos. Fue entonces que sintió como si oyera la voz del fallecido dándole instrucciones claras y precisas sobre lo que habría de hacerse.

Todo le resultó tan comprensible que en su alma sintió confianza y sosiego. El joven se irguió y le habló a los otros:

«Escuchad, el príncipe, a través de mí, os da instrucciones que debemos cumplir fielmente. Su muerte no debe darse a conocer hasta que el traidor de Ali no haya sido neutralizado. De modo que a este hay que someterlo a juicio en estos días en nombre del profeta.

»Solo entonces puede hacerse pública la muerte de Mahoma y declarar a Abu Bakr su sucesor. Si no lo hacemos así, la inevitable consecuencia será una guerra civil. Ali jamás dejará por voluntad propia que alguien le dispute la condición de monarca de la que ya se imagina disponer.

»Como la envoltura terrenal de nuestro príncipe no puede permanecer tanto tiempo sin sepultura, él nos instruye que lo enterremos esta noche en el jardín del palacio. Esto, como comprenderéis, debe hacerse con la mayor discreción.

»Más adelante lo podemos sepultar en la Mezquita del Profeta. Con este fin debemos enterrarlo hoy de tal manera que sea fácil desenterrarlo después.

»Mahoma os pide que no veáis esto como un mancillamiento de su cadáver, sino que entendáis que es el amor a su pueblo lo que lo lleva a actuar así».

«Sí, el amor a su pueblo», dijo Said casi llorando. «Un amor que mantiene más allá de la muerte. Nunca deseó nada para sí mismo. Y ahora renuncia incluso al sepelio con todos los honores que le corresponde y prefiere que lo entierren como a un delincuente a que se desate una guerra por su causa».

«¿Estáis de acuerdo en seguir las instrucciones de Mahoma?», preguntó con premura el Mahoma más joven. Todos dijeron que sí.

«Entonces comencemos con los preparativos de inmediato. Que las mujeres se encarguen de lavar el cuerpo, ungirlo, vestirlo y engalanarlo. Tú, Ibrahim, puedes ayudarlas en ello y decir las oraciones mortuorias que el mismo príncipe compuso. Los demás debemos, con la mayor discreción, preparar la envoltura exterior; dado que tras la puesta del sol vamos a tener bastante que hacer con la excavación de una tumba bien profunda».

Mahoma lo organizó todo cuidadosamente.

Said los puso al tanto de que en la habitación contigua había una caja larga que estaba nueva y que él había mandado a preparar para guardar paños de seda. La caja era lo suficientemente grande como para que el cuerpo cupiera en ella. Los demás estuvieron de acuerdo con la idea y revistieron la caja por dentro con preciosa seda.

El médico pidió que se le dejara entrar, pero Abu Bakr, a quien aquél le tenía un miedo que rayaba en el terror, le negó la entrada alegando que el enfermo estaba durmiendo un poco. Mientras menos personas tuvieran conocimiento de lo ocurrido, tanto mejor, pensaban los hombres.

Ya hacía bastante que el sol se había puesto cuando manos amorosas acomodaron los restos mortales del siervo de Dios en el largo cajón de madera. Acto seguido, los siete ‒Fátima también había sido mandada a buscar‒ se hincaron de hinojos, y todos percibieron una sagrada corriente recorrer todo su ser. Se trataba de la fuerza que había descendido sobre ellos a fin de que pudieran, cada cual a su manera, desempeñar la tarea que les correspondía.

En la suave tierra del jardín, en medio de arbustos abundantemente floridos, se cavó sin ningún problema la fosa donde habría de ser colocado el ataúd de madera. Acto seguido, los hombres apisonaron la tierra y se quedaron largo rato orando en el lugar donde reposaba la envoltura de quien había sido un líder y un amigo para todos ellos.

Ni siquiera los sirvientes de confianza se percataron de nada. Ahora había que tratar de guardar el secreto un día más. Al otro día se convocó una reunión de los funcionarios del príncipe. Abu Bakr, Said y Mahoma también se dirigieron al gran salón del palacio principesco.

De parte del príncipe, Abu Bakr pasó a informarles a los presentes de los cargos en los que Ali había incurrido. Probablemente, no había ni uno en el salón que no hubiera oído ya del pérfido proceder de Ali; así que no hacía falta más pruebas.

Pero antes de que se dictara una sentencia sobre él, había que ponerlo ante sus acusadores.

Abu Bakr mandó a algunos de sus guerreros a buscar al prisionero.

Después de pasado un buen rato, estos regresaron con las manos vacías. ¡En la mazmorra no había nadie! ¡¿Cómo era posible?!… Se mandó a buscar a los centinelas. Estos temblaban de miedo y no había quien los hiciera hablar.

Solo cuando el Mahoma más joven les prometió que intercedería por ellos fue que entonces los hombres accedieron a decir la verdad y admitieron que el sacerdote Abd-Allah había visitado a su padre.

Los centinelas no se habían atrevido a negarle la entrada al lector de la mezquita, eso además de que éste les había dicho que venía por deseo expreso del príncipe. Abd-Allah estuvo un largo rato con Ali, señalaron los hombres.

Finalmente, el sacerdote salió de la celda y les dijo que lo más probable era que Ali no pasara de esa noche: sus heridas habían resultado ser demasiado graves. Él iría a comunicarle esto al príncipe y a mandar a buscar a su hermano para que viniera a ver al moribundo antes de que este falleciera.

Unas horas después, Abd-Allah se apareció con Ad-Din y les dijo que los otros vendrían después, ya que él todavía no había podido contactarlos. A los pocos minutos de haber entrado a la celda, los hermanos salieron precipitadamente. Ad-Din se había abierto camino a punta de espada mientras Abd-Allah llevaba cargado a su padre herido.

Todo había sucedido tan rápido que cuando los centinelas habían vuelto en sí, ya los hombres habían desaparecido. Los guardias, entonces, tomaron la decisión de cerrar las puertas de la celda y, por lo pronto, guardar silencio sobre lo ocurrido, llevados por el tremendo miedo que los había invadido.

Todo sonaba muy creíble, además de que Mahoma podía ver que los hombres decían la verdad. Así, estos pudieron marcharse sin que se les impusiera ningún castigo. A los funcionarios, empero, se les dio la orden de indagar por el paradero del fugitivo.

Ahora todos los que tenían pleno conocimiento de lo acontecido con el príncipe estaban contentos de haber seguido tan incondicionalmente el consejo de Mahoma. Pasaron los días sin que se supiera nada de Ali. Si este hubiese sabido de la muerte del príncipe, hace mucho que se hubiera aparecido con sus adeptos para tomar posesión del cargo.

Entretanto, la gente se había enterado de las graves transgresiones de Ali y de que este había logrado huir del juicio al que, con razón, iba a ser sometido. Su rastro conducía más allá de las fronteras del reino, de modo que continuar con la persecución era algo totalmente descartable.

No fue sino al cabo de algunos días que Said informó a los sirvientes que Mahoma el príncipe había muerto. A través de estos la noticia se propagó con gran rapidez y todo el pueblo lamentó la pérdida de su monarca, el profeta y siervo de Dios.

En la tranquilidad de la noche, el ataúd fue desenterrado de nuevo y el cuerpo fue colocado en un lujoso sarcófago. Debido al excesivo calor de ese día no resultó llamativo que el sarcófago lo mantuvieran cerrado hasta que fue transportado a la mezquita.

A nadie se le hizo sospechoso. No fue sino tiempo después que vinieron a surgir rumores de que el príncipe había muerto antes. Las personas malintencionadas inventaron espantosas mentiras al respecto, mientras que los bienintencionados tejieron beatas leyendas alrededor de esta sospecha. La verdad nunca salió a la luz.

El sepelio estuvo precedido de una emocionante ceremonia en la mezquita. Ibrahim, quien, con la desaparición de Abd-Allah, había tenido que asumir su cargo así sin más, fue quien le habló al pueblo. El joven le describió a la gente cómo Mahoma, durante toda su vida, no había deseado otra cosa que ser siervo de Dios, del mismo modo que todas las leyes que dictó provenían exclusivamente de la voluntad divina y la doctrina que trajo la había recibido del reino de Dios.

Con ardientes palabras, Ibrahim le imploró al pueblo que tuvieran esto en mente y se aferraran a la Verdad.

«El mismo Mahoma dijo varias veces en los últimos años: “A todos los portadores de la Verdad les fue dado proclamar la eterna Verdad de Dios. Después vinieron los hombres y la interpretaron a su manera, degradándola a su nivel y tergiversándola hasta que de la verdad habían hecho una falacia”.

»¡Árabes, creyentes del Islam, no os dejéis privar de lo sagrado! No permitáis que una sola palabra sea distorsionada u omitida! ¡Sed guardianes del tesoro que se os ha confiado!».

Cuando Ibrahim terminó de hablar, Omar, un oficial de alto rango del ejército, se acercó al sarcófago, que, envuelto en el estandarte del profeta, había sido colocado en la elevación destinada al lector, y en nombre de todo el pueblo, le dio las gracias al fallecido por todo cuanto le habia dado al reino en su conjunto y a cada alma en particular: Sus espontáneas palabras, que venían de lo hondo de su corazón agradecido, conmovieron a todos los presentes.

La ceremonia cerró con una plegaria suplicando fuerza.

Al día siguiente fueron convocados todos los funcionarios y Said les dio a conocer que antes de morir, el príncipe había designado a Abu Bakr como su sucesor. Semejante elección no tomó a nadie por sorpresa; puesto que ahora que Ali estaba descartado, no había nadie más idóneo para darle continuidad a la obra.

El más eminente de los funcionarios le preguntó al otrora gran visir si estaba decidido a tomar posesión del cargo, a lo cual este último, con voz temblorosa, respondió que sí. Acto seguido, el hombre contó lo dicho por Mahoma a manera de despedida y agregó:

«Voy a seguir las instrucciones de Mahoma. Omar, mi segundo, ha de pasar a ser ahora gran visir en mi lugar; Chalid, que hasta ahora ha sido comandante, pasará a ser el jefe de las tropas. Por mi parte, yo voy abandonar el derramamiento de sangre y a dedicarme por completo al bienestar de mi pueblo y a la propagación del Islam. Como Mahoma, no quiero nada para mí y deseo hacerlo todo por el pueblo».

Y Abu Bakr cumplió su palabra. En diligente labor, compiló todos los escritos de Mahoma y juntó en un solo cuerpo las diferentes suras. Gracias a él es que el Corán, el libro de fe del Islam, pudo ser legado a la posteridad como un todo único.

A los pocos días, el Mahoma más joven fue a ver a Alina a fin de hablar con ella del reasentamiento de las mujeres.

Ahora la medida parecía estar de más. En el reino reinaba la paz; la guerra civil que se temía fuera a estallar no se había producido. ¿Acaso deberían de verdad abandonar la ciudad en la que habían trabajado de manera tan beneficiosa?

Pese a esto, Mahoma estaba decidido a tratar de convencerlas. El hombre estaba consciente de que el profeta nunca se había equivocado cuando disponía algo apoyándose en información recibida de lo alto. En este caso también ya se echaría a ver más adelante la veracidad de su deseo.

Contrario a lo que él esperaba, Alina asintió de inmediato; y lo que es más: en la noche, a la mujer le había sido dado el ver en un sueño su nuevo lugar de residencia. Se trataba de una austera casona que, ubicada en una zona montañosa, estaba rodeada de grandes jardines.

Aquí Alina se veía, conjuntamente con las demás mujeres y mozas de la casa de Mahoma, asistiendo y socorriendo a mozas y niñas y ayudándolas a convertirse en mujeres puras. Esa habría de ser su futura tarea.

La mujer describió la casa con tal exactitud que Mahoma, de repente, supo dónde debía buscar. Mahoma sugirió como siguiente plan de acción el ir a encontrar la casa y ponerla en condiciones, para, entonces, venir a buscar a las mujeres. Entretanto, ellas debían prepararlo todo para la mudanza.

Al cabo de algunos días de viaje, Mahoma encontró un sitio que debía de ser el que buscaban.

El propietario había muerto y los herederos no le atribuían ningún valor al inmueble, por lo cual querían venderlo a un precio bajo. Así que Mahoma tardó poco en llegar a un acuerdo con ellos.

Mahoma puso a dos sirvientes de confianza a retirar la suciedad más gorda. Daños como tal no había ninguno. Todo estaba en buenas condiciones. Hasta un pozo tenían, el cual estaba en el inmenso patio de la casa, que carecía de muros. También contaban con un baño, instalado en una pequeña cabaña.

Dado que, al parecer, la finca había tenido ganado, esta contaba con una bonita caseta de celador que Mahoma escogió como su residencia por el tiempo en que tuviera que proteger a las mujeres.

Finalmente, Mahoma emprendió el regreso a Medina con el resto de sus acompañantes y les contó de su compra a las mujeres, quienes lo escucharon con suma atención. Todo les pareció bien a estas últimas; solo sintieron pena por Mahoma, que por ellas iba a tener que vivir solo.

Fue entonces que este consideró que podía atreverse a mencionar lo que tenía en mente.

Su idea era construir una casona fuera de la finca de las mujeres y cambiar para esta región apartada la escuela de idiomas.

Mahoma tenía cierto temor por lo que Alina pudiera decir al respecto, mas esta se puso bien contenta de que él, de esa manera, pudiera continuar con su beneficioso trabajo y de que ellas, además, pudieran contar con la protección de los jóvenes pupilos en el dado caso de que estallaran disturbios en la zona.

Las mujeres emprendieron el viaje lo más pronto posible. El grupo estaba conformado por Alina, Fátima y Aisha, las tres hijas de Alina, las dos hijas de Aisha y las imprescindibles sirvientas. Además se sumaron tres mujeres de Medina que eran buenas amigas de las integrantes del grupo, conjuntamente con sus hijas.

Mahoma se llevó a su hermano menor, Ali, y a Omar, el hijito de Aisha, dado que los dos, por razón de su corta edad, aún no podían valerse por sí mismos. Una gran cantidad de estudiantes adultos habrían de seguirle tan pronto la casa de aprendizaje de idiomas ya estuviera levantada.

No bien las mujeres habían abandonado Medina y ya comenzaron a multiplicarse los rumores de todo tipo de disturbios. Abu Bakr había enviado mensajeros a los veintisiete regentes, a fin de informarles de la muerte de Mahoma y hacerlos comprometerse con él. Si bien la mayoría de ellos lamentaron amargamente la pérdida del príncipe, no causaron problemas con respecto a la cuestión del sucesor: lo que el profeta había dispuesto, seguramente, sería lo mejor para todos.

Sin embargo, entre aquellos que Ali había visitado no hacía mucho había algunos a los que aquel les había hecho cualquier cantidad de promesas para el dado caso que él se convirtiera en príncipe. A otros les había dicho que ya era príncipe y les había asegurado todo tipo de beneficios.

Estos, ahora, no querían renunciar a lo que se les había prometido y manifestaron no estar dispuestos a obedecer a Abu Bakr, reconociendo únicamente a Ali como el sucesor.

De nada sirvió que los mensajeros les explicaran que Ali ya no estaba. Los hombres acusaban a Abu Bakr de haber eliminado al representante de Mahoma, a fin de usurpar el trono, y querían llamar a contar al otrora gran visir.

Individualmente y en grupo trataron, no solo en sus distritos, sino también en todo el país, de soliviantar a la gente a la rebelión. A Abu Bakr no le quedó más remedio que, inmediatamente tras el regreso de sus mensajeros, enviar a Chalid y a Omar con un contingente de guerreros bien equipados a fin de afianzar su poder. Adondequiera que llegaban sus generales, la victoria les sonreía. Y encima los dos, y en especial Omar, se comportaban de manera tan humana que los vencidos casi se sentían avergonzados.

Apenas los generales habían regresado a Medina, decididos a reclutar más tropas para así no tener que seguir reclutando todos los guerreros del interior del país, llegó un mensaje de la frontera norte diciendo que Musailima, un amigo de Ali, había invadido el país con una horda salvaje a fin de hacer pagar a Abu Bakr por su proceder.

Chalid partió de inmediato con sus bien organizadas tropas y consiguió capturar al rebelde y a sus bárbaras huestes.

El general le prometió a Musailima que lo dejaría con vida si este le decía donde estaba parando Ali. Pero el hombre permaneció fiel a su amigo y prefirió morir a traicionarlo.

Con ello quedó eliminado el último insurrecto y Abu Bakr pudo dedicarse con tranquilidad a trabajar en los proyectos que Mahoma había decidido emprender, pero no había llegado a ejecutar. El otrora gran visir construyó más escuelas públicas en el país y dispuso que todos los niños tenían que asistir ellas, a fin de que al menos aprendieran a leer y escribir.

Gracias a su trabajo en el Corán, el ahora monarca se había adentrado aún más en la doctrina de la fe y deseaba transmitir lo que, de esa manera, se había vuelto su convicción. Abu Bakr sentía la necesidad de hacer más por la propagación del Islam.

Con tal de lograr este objetivo, recurrió más de una vez a métodos falsos, desde luego que sin estar consciente de ello.

Así como una vez les había dicho a sus guerreros que si morían en el campo de batalla, les aguardaba una gloria especial, del mismo modo les prometió un paraíso lleno de mujeres hermosas a todos aquellos hombres que cumplieran fielmente el período de ayuno y practicaran la abstinencia prescrita.

Ibrahim, al enterarse de ello, le empezó a hacer reproches:

«¡¿Cómo puedes decir cosas que tú mismo has inventado, príncipe Abu Bakr?!», le preguntó con perentoriedad. «Tú sabes que no debemos agregarle nada a la Verdad que no venga de la Verdad».

«¿Qué tiene de malo que con semejantes descripciones incite a los hombres a prestar más atención a lo que deben cumplir aquí abajo en la Tierra? Si de esa manera los ayudo a vivir de conformidad con los mandamientos de Dios, ¿qué daño puede causar?».

«Los estás incitando con falsas promesas. Todo lo falso viene de las tinieblas y es, por tanto, enemigo de la Luz. Es imposible que logres que los hombres caminen en la Luz, cuando estás envolviendo sus senderos en oscuridad».

«Ibrahim, tampoco es tan malo como lo pintas. Te vuelvo a preguntar: ¿qué tiene de malo que cuando ellos lleguen allá arriba se den cuenta de que el bueno de Abu Bakr les ha prometido algo que no es cierto del todo? Simplemente, van a entender que lo único que quería era ayudarlos».

El viejo dijo esto tan cándidamente… Estaba plenamente convencido de lo bueno de sus intenciones. Difícilmente fuera posible hacerle ver los daños que de esa manera manera podía ocasionar.

Cuando en una ocasión se le acercaron algunos hombres para quejarse de que sus asuntos y negocios no les dejaban tiempo libre para hacer la necesaria peregrinación a Meca, a Abu Bakr se le ocurrió una manera de redimirlos.

Deberían mandar un sustituto a Meca que hiciera la peregrinación en su lugar y ellos deberían correr con los gastos y además recompensar a este sustituto abundantemente. En tal caso, la peregrinación se consideraría como hecha por ellos mismos.

Esto también provocó la furia de Ibrahim, quien se dirigió a Said para ver si los dos juntos hablaban con el príncipe o califa (sustituto) ‒que era como Abu Bakr prefería hacerse llamar ahora‒, a fin de prohibirle el introducir semejantes innovaciones sin consultarlo primero con ellos.

Abu Bakr estaba atónito de que también esta vez cosechara reproches en lugar de elogios. A él le parecía haber actuado muy habilidosamente, pues había oído que esos hombres que se  habían escudado detrás de la falta de tiempo, a lo que le huían era precisamente a los gastos. Y ahora él les había impuesto más gastos todavía, de lo cual se alegraba.

«Es como un muchacho», suspiró Ibrahim. «Mucho trabajo que nos va a seguir dando».

Esta predicción resultó ser errónea. No habían pasado dos años desde que Abu Bakr sucediera al profeta y aquel murió de una enfermedad que había contraído en una de sus campañas y que había desatendido.

Antes de morir, el califa designó como su sucesor a Omar, su gran visir. Chalid habría de pasar a ocupar el cargo de visir y el general Amr, el de jefe de las fuerzas armadas.

Una vez que lo había dispuesto todo, el viejo se durmió para no volver a despertar; su muerte fue tan suave que su entorno ni se percató de ello.

Omar se convirtió en califa, cargo que asumió lleno de buena voluntad y, sobre todo, con el convencimiento de que su labor podría resultarla beneficiosa al pueblo solo si se ceñía estrictamente a las enseñanzas del profeta.

Ahora, así como era de exigente consigo mismo en este sentido, también lo era con los demás. Los creyentes debían pasar su vida en alegre labor y rebosantes de gratitud para con Dios, y no debían apartarse ni un palmo de los senderos prescritos por los mandamientos y leyes.

Con Said e Ibrahim se llevaba estupendamente; ambos eran sus asistentes de confianza.

Una de sus primeras acciones como jefe de gobierno fue nombrar a Said gran visir, dado que Chalid le había implorado que lo dejara seguir siendo general.

«Yo no sirvo para gobernar», se quejó el hombre. «Con un arma en la mano puedo hacer grandes cosas, de eso estoy convencido. Prefiero ser la “espada de Dios” que no el consejero del príncipe. ¡Perdóname, califa!».

Omar se vio en un aprieto. Él entendía a Chalid perfectamente y con gusto lo hubiera complacido, pero ya había nombrado a Amr jefe del ejército. Chalid no podía ocupar el cargo de segundo al mando después de haber sido el jefe durante dos años».

«Yo puedo ocupar cualquier cargo, hasta el más bajo», aseguró Chalid, «todo con tal de que se me permita seguir siendo general».

Tras consultarlo con sus asesores, Omar acabo concediendo esta petición, y Chalid se lo agradeció con una fidelidad y lealtad sin par.

Y si Abu Bakr había sentido la necesidad de hacerles llegar el Islam a todos los seres humanos, en Omar este deseo cobró tal fuerza que el califa, por medio de sus dos generales, conquistó otras tierras solo con tal de que esos pueblos pudieran ser partícipes de las bendiciones de la nueva fe.

No se trataba de sed de gloria y poder. Omar vivía más humildemente que nadie. No estaba casado y habitaba una casita que se encontraba en las cercanías de la mezquita. Para satisfacer sus necesidades le bastaba con arroz y frutas. Vivía frugalmente y con todas sus acciones trataba de ser el mejor ejemplo para su pueblo.

De modo que todas las tierras que sus generales conquistaban para él no significaban un aumento de su poder. Omar veía estas conquistas como algo emprendido para honrar a Dios.

Y pese a que él mismo había sido general, jamás les decía nada a ninguno de sus dos generales cuando estos actuaban de manera diferente a lo que a él le parecía lo más adecuado.

«Todo aquel que ocupe un cargo de responsabilidad tiene que poder actuar con libertad y sin interferencia», acostumbraba a decir, «de lo contrario, no le es posible lograr mucho».

Partiendo de esta convicción, dejaba que Amr y Chalid emprendieran campañas a los cuatro vientos: Persia, Alta Siria, Mesopotamia, Egipto y África del Norte fueron sometidas y colonizadas para el Islam.

Dondequiera la nueva fe encontraba culturas corrompidas y credos en decadencia; de modo que se hacía fácil plantar lo nuevo, sobre todo porque Chalid sabía traer arte consigo adondequiera que llegaba.

El general mandó a construir edificaciones como los pobladores del lugar jamás habían visto. En un país recogía verdaderas joyas de arte con el fin de hacer feliz a otro y causar su admiración.

Omar, por su parte, se dedicó, como antes había hecho Abu Bakr, a la pacífica labor de darle forma al reino. Entre otras cosas, el monarca se dio cuenta de que el sistema penitenciario era pésimo. En casi todo el reino, las cárceles eran espantosos agujeros en los que se podía entrar, pero raras veces se salía con vida, incluso en los casos en que el tiempo de permanencia en el lugar era corto.

Y esto no estaba en consonancia con las enseñanzas del profeta, no concordaba con la voluntad de Dios. Omar mandó a construir cárceles de mejores condiciones y más dignas de un ser humano, así como también reguló la supervisión y alimentación de los reos, ayudando así a impedir que el miedo a la estancia en prisión condujera a la gente a quitarse la vida.

Dado que él había sido general, el monarca tenía predilección por la disciplina y el régimen militares. Así, armó un equipo de funcionarios que estaba totalmente ajustado al régimen militar.

Se estableció una cierta jerarquía y uno podía subir de rango de acuerdo a un sistema definido. Esto dotó a todo el reino, que se estaba expandiendo continuamente, de una sólida estructura que fue de gran bendición para él.

En los diez años de gestión de Omar no hubo ni un solo hecho por el que el califa tuviera que sentirse avergonzado. Omar no dio motivo a una sola cosa que no estuviera en consonancia con los mandamientos de Dios.

Arabia prosperaba y disfrutaba de un bienestar bien regulado; incluso las costumbres se mantenían a cierta altura.

Fue entonces que un buen día Said murió mientras dormía. Nada había dado a indicar que algo así estuviera por ocurrir. Said ya estaba viejo, pero a nadie le había pasado por la mente que fuera a morir así de repente. El fiel hombre había servido a su país y le había dedicado todas sus fuerzas. Su familia vivía separada de él, pero esto no le resultaba doloroso. En verdad, no tenía tiempo para ellos.

Su muerte dejó un vacío más grande de lo que él quizas se hubiera imaginado. Él era de los que había estado directamente bajo la influencia de Mahoma. ¿Quién iba ahora a ocupar el cargo de gran visir?

Omar, entonces, se acordó del Mahoma más joven y envió a Ibrahim a verlo con la petición de que asumiera el cargo.

Mahoma ya llevaba doce años protegiendo a las mujeres. ¿Podría dejarlas ahora? Antes de darle una respuesta a su hermano, se ensimismó en oración, recibiendo por respuesta que la promesa que le había dado a su abuelo estaba más que cumplida; no debía seguir privando a su pueblo de sus servicios.

Así, el hombre dejó a cargo de la protección de las mujeres y la dirección de la escuela a su hermano Ali y regresó con Ibrahim a Medina.

Con su acostumbrada habilidad asumió sus nuevos deberes y no tardó en convertirse en alguien imprescindible para Omar. Mahoma veía incluso mejor que Said dónde había que hacer algo, donde hacía falta cambios y dónde se quería producir un relajamiento de las costumbres. Su energía vigorosa e incansable le daba a Omar constantemente nuevas fuerzas.

Cuanto más aumentaban los vínculos comerciales de la Gran Arabia, tanto más se echaba a ver una inconveniencia a la que apenas se le había prestado atención: los diferentes sistemas de cálculo del tiempo que se habían desarrollado a partir de los diversos credos.

Mientras los antiguos judíos y, por consiguiente, todos los pueblos que habían vivido con ellos se ceñían estrictamente a la antigua cronología, el calendario de los cristianos comenzaba con el nacimiento del Hijo de Dios.

Mahoma consideró imprescindible que se le pusiera fin a esta doble manera de llevar el tiempo, y le sugirió a Omar tomar el comienzo de la nueva fe como base para el calendario de todos los adeptos del Islam. De esa manera se garantizaría una concordancia para todo el gran reino, en el cual ya no había creyentes de otra fe, al menos de acuerdo a las apariencias.

Omar denominó el año en que esta novedad fue elevada al rango de ley el vigésimo primer año del Profeta, pero al hacerlo, pasó por alto el hecho de que mientras los árabes contaban en años lunares, los demás pueblos se basaban en la rotación del Sol.

Omar esperaba llevar poco a poco al mundo entero al Islam, con lo cual se eliminaría, en un final, toda diferencia en estas exterioridades también.

Una vez que había logrado que con respecto al calendario ya no hubiera más confusión, Mahoma decidió ir un poco más allá.

El gran visir sentía la necesidad de establecer leyes que regularan las relaciones entre deudor y creyentes. Tal como estaban dadas las cosas, cualquiera que prestara dinero o bienes podía fijar a discreción lo que se le había de devolver y, en dependencia de su predisposición, enriquecerse más allá de lo considerado justo.

Este estado de cosas era algo que desde hacía mucho molestaba sobremanera a Mahoma y le parecía atroz, pero sin el respaldo de una ley rigurosa, no podía hacer nada para combatirlo.

Omar reconoció con toda franqueza que él de esas cosas no sabía nada y se dejó guiar, contento de tener un gran visir tan inteligente. Así, se fijó con exactitud cuánto el prestamista podía recaudar al reclamar el pago de la deuda y cuándo podía pedir la ayuda del gobierno al efecto.

La ley se basaba en la idea de que nadie estaba obligado a prestar dinero o bienes, así que cuando alguien lo hacía, su móvil debía ser la compasión hacia la persona en apuros y no el deseo de enriquecerse a costa de ella. De ahí que la ley fuera tan indulgente con el deudor y le diera al acreedor muy pocas posibilidades de actuar injustamente.

El cargo de Mahoma trajo consigo que este tuviera que desgastarse en cosas exteriores y dispusiera de muy poco tiempo para sumirse en la introspección. El deseo de ello, empero, era tan fuerte que Mahoma aprovechaba con este fin cualquier momento libre. En tales ocasiones, se abstraía completamente del mundo exterior y sostenía diálogo con seres de planos más altos; al menos esa era su impresión.

Jamás se preguntaba de donde venían las voces que percibía en su interior. Le bastaba saber que las mismas no dejaban de proporcionarle luz y fuerza. Ni siquiera quería buscarles un nombre a esos entes que lo ayudaban. Ello le hubiera parecido un sacrilegio.

En momentos así Mahoma se abría sin reservas y se sentía bienaventuradamente colmado de fuerzas que lo elevaban sobremanera.

De esa forma le era dado ver muchas cosas imperceptibles para los demás. De estas visiones obtenía un saber que ponía en práctica en el trajín cotidiano y que en esa esfera le resultó muchas veces de gran utilidad a la hora de calar las acciones y los pensamientos de los hombres.

De un tiempo para acá veía a menudo formas en la cercanía de Omar que no prometían nada bueno. Cada vez que trataba de mirar con más detenimiento, las formas desaparecían. Mahoma interpretó esto como una advertencia; otra cosa no podía ser.

Cuando estas advertencias se hicieron más frecuentes, habló con su hermano Ibrahim, su único confidente cuando se trataba de cosas de este tipo. Jeque Ibrahim consideró que era necesario alertar a Omar; Mahoma no iba a poder estar siempre cerca del califa, y Dios no estaba causando estas visiones por gusto.

«Pero es justo eso lo que quiero evitar: el hablarle de esas cosas a Omar», manifestó Mahoma. «¿Por qué no te haces tú cargo, mi hermano, de transmitir la advertencia?».

Ibrahim, sin embargo, manifestó que semejante advertencia tendría más peso si venía del gran visir. De modo que Mahoma decidió esperar a la primera oportunidad que se le ofreciera. Eso sí, le oró a Dios para que lo ayudara de modo que no tuviera que hablar de aquello que le era sagrado a su alma.

Cuando, unas horas más tarde, se dirigía al palacio principesco, que era donde Omar despachaba los asuntos de gobierno, si bien no residía allí, Mahoma vio a un hombre vestido de manera peculiar escabullirse cautelosamente por una puerta lateral.

El gran visir fue detrás de este y logró capturarlo. Al hombre se le encontró una afilada arma de aspecto foráneo.

Al principio el hombre se negó a dar información sobre su nombre, su lugar de procedencia y sus intenciones, no importa cuán puntuales fueran las preguntas del juez. Fue entonces que Mahoma entró en la habitación donde había dejado al prisionero bajo la vigilancia de las autoridades. El gran visir miró con más detenimiento al hombre, quien rehuía su mirada.

«Viniste por encargo de Ali ben Abu Talib», dijo con insólita severidad.

El hombre se estremeció; todos podían ver que así era.

«El propósito era que asesinaras al califa», procedió a decir de manera categórica el gran visir.

El hombre se hincó de rodillas y alzó los brazos, suplicante.

«Si revelas el paradero de Ali, se te perdonará la vida», prometió Mahoma.

Tembloroso, el hombre aseguró que no tenía esa información. Según él, venía de Persia y había recibido su encargo en la misma frontera.

«¡Mientes!», repuso Mahoma con frialdad. «Tú eres árabe y tienes estrecha conexión con Ali».

Acto seguido, el gran visir se dirigió a los jueces:

«¡Metedlo en el calabozo hasta que entre en razones y decida decir la verdad!».

Con esas palabras, Mahoma abandonó la habitación. Estaba horrorizado: en esa figura depravada que se escondía detrás de esas ropas tan peculiares, había reconocido a su hermano Ad-Din. ¿Acaso debería haber dado la orden de que lo mataran en el acto? No sabría decir que hubiera sido mejor y prefirió primero pedir instrucciones de lo alto.

Entretanto, empero, fue a ver a Omar, a fin de informarle de la intentona contra su vida. El califa lo escuchó serenamente y dijo:

«Para cosas así tengo que estar preparado siempre, y lo estoy, Mahoma. Mientras Alá me siga necesitando aquí en la Tierra, no me tocarán ni un pelo. Ahora, en caso de que deba abandonar este mundo, me da igual de qué manera suceda. Te agradezco tu fiel vigilancia. Y tienes razón, no podemos dormirnos. Pero si aun así, un asesino logra llegar a mí, es porque mis días han llegado a su fin».

Como para sacar a Mahoma de esos pensamientos, el califa le comunicó que tenía la intención de introducir para él y sus sucesores el título «Príncipe de los fieles» ‒Emir al Muminin‒.

Sustituto del profeta, en realidad, solo podía ser aquel que tras él asumió las riendas del reino; en rigor, solamente Abu Bakr.

El gran visir estuvo de acuerdo con él, mas su mente la tenía puesta en el asesino y el promotor del atentado. Había algo de lo que quería estar seguro, así que en la tarde noche solicitó que lo llevaran al calabozo donde tenían a Ad-Din.

Una vez allí, pidió que lo dejaran entrar solo a la pequeña celda, en la cual encontró al prisionero tendido sobre un duro lecho.

«Hermano», le dijo, e involuntariamente la voz se le enterneció, «hermano, no endurezcas tu corazón conmigo. Lo que querías hacer hubiera significado un terrible desastre para el reino. Omar es un buen príncipe, mejor de lo que Ali jamás hubiera podido ser. Su vida la rige por la voluntad de Dios y de acuerdo a esta gobierna también. ¡Ayúdame a alejar de él esa desgracia y yo te voy a ayudar a obtener tu libertad y a encontrar el camino a una vida piadosa».

El prisionero se había incorporado de un salto al darse cuenta de que lo habían reconocido. El hombre había estado dispuesto a negarlo todo con la mayor desfachatez, pero la voz de Mahoma lo había tocado en lo más hondo. Prorrumpiendo en llanto, se llevó las manos a la cara.

«¡Trata de entenderme, mi hermano!», dijo entre sollozos. «Nuestro padre era quien se suponía que se convirtiera en príncipe tras la muerte de Mahoma. ¿Qué tenía de malo que les hiciera jurarle lealtad a los regentes antes de tiempo? Eso fue algo que hizo solo para ahorrarle posibles disturbios al país»

Mahoma lo interrumpió:

«Si de verdad que entonces ese fue su móvil, ¿por qué no hace lo mismo ahora?».

«Mira, yo fui quien lo liberó, con la ayuda de Abd-Allah; ya que no podíamos aguantar que nuestro orgulloso padre estuviera encerrado en un calabozo y fuera sometido a juicio, donde quizás hasta se le sentenciaría a muerte. Desde entonces vivo con él, y todos los días veo como se consume de rabia por el cargo de soberano que se le escapó de entre las manos. Y, mi hermano, yo amo a Padre».

Con la voz ronca de la emoción, Mahoma tomó la mano del hermano.

«El amor que por causa de otra persona quiere cometer una falta no es amor verdadero», le dijo. «Lo que tú deberías haber hecho es valerte de toda tu influencia sobre Padre para liberarlo de esos malos pensamientos suyos. El amor verdadero ayuda a ascender al ser amado. Tú, en cambio, estás hundiendo a Padre en el abismo».

Sorprendido, el prisionero se quedó mirando al hermano. Las palabras de este le habían llegado al alma, pero aún no sabía cómo interpretarlas. Con mucho cariño, Mahoma le explicó lo que quería decir con ellas y, haciéndole ver a Ali lo incorrecto de su proceder, lo puso en la posición de darse cuenta de su gran falta.

«Quiero resarcir mi culpa, hermano», dijo cándidamente el prisionero. «Voy a regresar adonde Padre y hacerle ver todo esto. Quizás me crea».

Las últimas palabras sonaron vacilantes. Mahoma sabía muy bien que todo esfuerzo de Ad-Din sería en vano.

«Mejor quédate aquí, mi hermano, y ayúdame diciéndome lo que Ali está planeando y dónde está parando».

«Eso último no lo sé», dijo Ad-Din. Padre debe estar escondiéndose en algún lugar de la frontera norte del reino. Habíamos quedado en que yo llevaría a cabo el asesinato, y, en caso de que no lo consiguiera, Abd-Allah, que ahora se hace llamar Hassan, se haría cargo de la riesgosa empresa. Él es más valiente y habilidoso que yo. De él es de quien tienes que proteger al califa, mi hermano».

Esa noche Mahoma abandonó el calabozo completamente ensimismado en sus pensamientos. ¿Qué debía hacer? Sus pasos lo llevaron a su humilde morada ‒ya que el gran visir nunca había querido establecerse en el palacio‒, y una vez allí se postró a los pies de Dios en oración.

Mahoma estuvo orando por largo tiempo. Ahí le dijo al Señor todo lo que había vivido y pensado, y el hacerlo le aligeró el corazón. No se puso a pensar en que Dios, que es ominisciente, ya sabía todo eso, no. Finalmente, guardó silencio y, soltando un suspiro de alivio, aguardó.

Mahoma empezó a oír voces en torno suyo, hasta que una de ellas se oyó con más claridad que las demás:

«Mahoma, tú sabes que Dios les ha dado a Sus criaturas el libre albedrío. De ahí que muchas veces no intervenga para evitar un mal, cuando los hombres están esperando que haga justo eso. Él sabe por qué permite las cosas.

»No preguntes ni te entregues a cavilaciones. Sigue tu camino como lo has venido haciendo hasta ahora: con toda rectitud y dejándote guiar por los siervos del Altísimo. Ya estás cerca de la meta, que no es otra que los Jardines Eternos. Prepara tu alma para los últimos pasos y déjale todo lo terrenal a otros».

Poseído de un sentimiento indescriptible, Mahoma se incorporó y, dirigiéndose a la ventana, que estaba abierta de par en par, se puso a mirar la noche.

«¡¿Que estoy cerca de la meta?! ¡Oh, mi Dios y Señor, te doy las gracias!».

Ya más tranquilo, se fue a la cama. Estaba dispuesto a poner todo, tanto su vida como la del emir, en las manos de Dios. ¡Qué consuelo tan grande el saber que la responsabilidad por lo que habría de venir no se le iba a exigir a él!

A la mañana siguiente, fue a ver a Omar y le informó de los planes de Ali, ello sin contarle que el asesino que se había visto impedido de llevar a cabo su propósito era su propio hermano.

«Mantengámoslo prisionero», manifestó el emir. «Quizás así logremos atraer a ese hombre que se hace llamar Hassan. A lo mejor, los guardias, si están a la viva, puedan arrestarlo antes de que logre hacer algo».

En otro momento, el gran visir hubiera protestado. Ahora, en cambio, se limitó, no sin cierta curiosidad, a esperar a ver qué rumbo tomarían las cosas. Entretanto le propuso al príncipe que mandara a buscar al joven Omar, el hijo de Said. El joven se veía que era nieto de Abu Bakr; tenía el mismo carácter humilde y beato de este último. «Quizás podría prepararlo como su sucesor», aventuró el gran visir.

«Sí, que venga; el rodearse de gente buena siempre nos puede resultar beneficioso», concedió Omar. «Pero tú eres todavía demasiado joven como para pensar en un sucesor. Es mucho más probable que el joven se convierta en sucesor mío que tuyo».

Los días siguientes transcurrieron sin mayores acontecimientos. El pueblo, prácticamente, había olvidado al prisionero. Este seguía en el calabozo y se preguntaba por qué no lo acababan de juzgar.

Omar ibn Said acudió al llamado de Mahoma. Con su carácter alegre, el bello joven se ganó el corazón de todos. Bajo la tutela de Mahoma, el muchacho se había criado con buena disciplina. Los preceptos del Islam y las enseñanzas de Dios colmaban su joven vida. Y lo que el jovenzuelo vivía en su ser interior, trataba de ponerlo en práctica.

Llevado por el saber de su pronta muerte, Mahoma introdujo al joven en todas sus responsabilidades de gobierno a un ritmo más rápido de lo que era costumbre.

Chalid regresó de una incursión que había realizado a la frontera norte con una tropa selecta de sus guerreros. No había podido encontrar a quien andaba buscando, pero al menos había conseguido capturar a cualquier cantidad de sospechosos que, al ser amenazados de muerte, habían admitido estar pagados por Ali. Por lo pronto, los hombres fueron mantenidos prisioneros, y Chalid fue a informar al príncipe.

«Me temo que nuestras prisiones se van a llenar antes de que podamos capturar al cabecilla principal», suspiró Omar. «Casi deseo que acabe de llegar el golpe que quieren asestar contra nosotros».

A los pocos días, Mahoma venía de la mezquita, donde había tomado parte en la devoción del viernes, a la cual nunca faltaba, cuando un hombre mal vestido chocó con él. El gran visir no alcanzó a ver el rostro del hombre, que aparentaba estar ebrio, pero como el sujeto, a ojos vistas, estaba transgrediendo la ley del Corán, le ordenó a sus acompañantes que lo agarraran.

Antes de que los hombres pudieran capturar al individuo, empero, este ya había desaparecido.

No puede ser que el tipo haya estado ebrio después de todo. A los hombres esto les pareció raro y le preguntaron a Mahoma su opinión. Fue entonces que se percataron de que el gran visir estaba pálido como un cádaver y había comenzado a tambalearse. Horrorizados, se apresuraron a acudir en su ayuda y el joven Omar logró agarrarlo antes de que se desplomara.

El cuerpo inanimado de Mahoma fue llevado al palacio principesco, que era lo que quedaba más cerca, y enseguida ya había un médico en el lugar.

Ahí se echó a ver que Mahoma estaba herido de gravedad. Seguramente una puñalada que le habían asestado a traición. Probablemente, la herida no era necesariamente mortal, pero el médico tenía pocas esperanzas de salvar la vida del gran visir.

Se mandó a buscar a Ibrahim, y el emir también acudió al lugar.

Cuando el herido abrió los ojos, todos ellos estaban de pie alrededor del improvisado lecho. Aquél, empero, ya no reconocía a nadie. Su alma recorría los habituales caminos en otros planos. Una apacible sonrisa surcaba las facciones últimamente tan serias de Mahoma. Bien bello debía ser lo que le era dado ver.

«¡Abuelo!», susurró. Acto seguido guardó silencio y se puso a escuchar. Después volvió a hablar, pero como si no estuviera consciente de ello, palabras que otro le decía:

«¡Pueblo mío, escúchadme! No es bueno distorsionar la Verdad, así sea con el mejor de los fines. Fue por eso que Abu Bakr tuvo que abandonar la Tierra tras un tiempo tan corto llevando las riendas del país.

»Tú, Omar, te has aferrado fielmente a lo que Dios ha revelado. Pero, secretamente, el pueblo, aquí y allá, se ha vuelto infiel y la gente busca maneras de apartarse de los mandamientos. Así que Dios los va a dejar que se entreguen a sus deseos. Tú también vas a ser llamado, Omar.

»Solo cuando el pueblo tenga la firme voluntad de abandonar el mal camino que ahora han tomado, solo entonces aparecerá un califa que lo pueda guiar a las alturas».

La voz se volvió ininteligible; las últimas palabras ya no hubo quien las entendiera. Los ojos se cerraron para no abrirse de nuevo. El gran visir estaba muerto.

Omar, empero, estaba horrorizado. Así que sin que él se diera cuenta, el pueblo había vuelto a caer en el pecado. Esto le dolía más que la muerte de su fiel asistente.

La muerte del joven Mahoma, en quien la mayoría había visto al futuro emir, fue motivo de gran luto mucho más alla de los confines de Medina y su sepelio se convirtió en una conmovedora ceremonia.

Y del asesino no se había descubierto nada. Al regresar a casa de la mezquita, el emir Omar encontró una nota en la mesa:

«¡Anda con cuidado, emir, que la próxima daga es para ti!».

Omar le mostró la nota a Chalid, quien lo había acompañado a casa. El general enseguida quería mandar a cerrar las puertas de la ciudad y ordenar hacer un registro en cada casa, una por una, pero Omar lo detuvo con un gesto de cansancio.

«Mi tiempo en la Tierra ha llegado a su fin; lo acabo de oír hace poco. Lo que Dios el Señor permite nosotros no podemos ni vamos a cambiarlo en lo más mínimo».

Chalid trató de hacerle entender al emir que su vida ahora era más importante que nunca.

Mientras el general hablaba, una oscura figura masculina se metió por la ventana abierta, y al resplandor de una daga le siguió el grito de dolor de Omar, quien cayó tendido. Antes de que Chalid pudiera intervenir, ya el asesino había escapado por la ventana.

Los gritos y clamores de Chalid atrajeron a los sirvientes, con lo cual el general dejó al herido al cuidado de estos para aprovechar y perseguir al fugitivo, pero, aun así, no le fue posible encontrarlo en ninguna parte. Ni siquiera la búsqueda a fondo emprendida más tarde por guerreros y siervos dio resultado alguno.

Entretanto, empero, al califa Omar le había sido dado el abandonar este mundo sin recobrar el sentido.

La noticia de la nueva pérdida dejó al pueblo como anestesiado, y si Ali había creído que con esas medidas violentas iba a conseguir asumir el control del país, hubo de decepcionarse amargamente. La gente estaba hecha una furia con él e insistía en que se eligiera un sucesor lo más pronto posible.

Pero en el consejo constituido con este propósito faltaban los dos mejores: Said y Mahoma. Ibrahim era el único que quedaba de aquellos que, con verdadera lealtad, se aferraban al profeta y al Islam. Los demás miembros del consejo tomaban a la ligera las enseñanzas de la fe y consideraban que ya era hora de que gobernara un príncipe con el que se pudiera disfrutar la vida.

Contra las protestas de Ibrahim, eligieron a Uzmán, un hombre mayor de noble cuna que como contrapartida por la ascensión de rango que se le había otorgado de manera tan inesperada, tuvo que prometer muchas cosas. Uzmán era emir solo de nombre; en realidad, quienes gobernaban eran ellos.

Lo primero que hizo Uzmán fue aprobar una ley que dictaba que en lo adelante ningún jeque podría ser miembro de un consejo. De esa manera Ibrahim quedó neutralizado; un consejero seglar asumió su puesto.

A Omar se le consideró demasiado joven para el puesto de gran visir, así que se le dio un cargo subalterno; como primer consejero del emir eligieron a un familiar de Uzmán. El pueblo estaba indignado. Por doquier distritos enteros se unían en rebelión. Chalid y Amr, a quienes les correspondía marchar contra los rebeldes, dimitieron de sus cargos. Amr se unió al bando de los indignados regentes, mientras Chalid se retiró a la soledad.

Los disturbios se propagaron por todo el país; en ningún lugar prevalecía la paz que había reinado por tantos años.

De repente, surgieron rumores de que Ali se encontraba en el país. Se decía que él y su hijo Hassan estaban soliviantando a la gente a la rebelión contra el gobierno de Uzmán. El anciano emir le mandó a decir a Ali que se aliara con él, que nadie tendría por qué enterarse de ello.

Ali habría de suprimir la rebelión por él; después Uzmán presentaría su renuncia y designaría a Ali como su sucesor. A Ali pareció agradarle la propuesta, ya que enseguida se hizo cargo del todo el trabajo sangriento por este emir que lo era solo de nombre.

El emir, por su parte, quería, por lo menos, disfrutar la vida mientras se contara entre los vivos. Desde hacía mucho que a espaldas de Omar había poseído un harén bien grande. Ahora ya no escondía esto de nadie y se aparecía con sus mujeres públicamente, dándole así a los nobles un mal ejemplo.

Pero para no dejar margen a la casualidad, derogó el mandamiento de Mahoma que dictaba que un hombre solo podía tener cuatro mujeres como máximo. El emir estableció que todo hombre que fuera lo suficientemente rico como para sobrepasar esta cifra, lo único que tenía que hacer era pagar impuestos por cada inquilina adicional de su harén.

De nada sirvieron las muchas protestas de Ibrahim contra esta disposición. Nada pudo conseguir con sus quejas ante este nuevo gobierno. Así, Ibrahim acabó formando un estrecho círculo con aquellos que pensaban como él, sobre todo con los antiguos discípulos de su hermano Mahoma.

Ali, el hermano menor de Ibrahim, también se les sumó, al igual que Omar. Ibrahim mandó a todos los rincones del país emisarios que exhortaban a la gente a mantener las buenas costumbres y la fe verdadera.

Los ibramitas, que era como se hacía llamar este partido, fueron ganando terreno; cuanto más voluptuosa era la conducta de los adeptos de Uzmán, tanto más cruentas eran las acciones de los guerreros reclutados por Ali.

Lo que había sido un reino tan bien ordenado se encontraba completamente patas arriba. Nadie sabía quién llevaba las riendas; nadie hubiera tenido idea de que Uzman era el emir si no hubiera sido por que de vez en vez este pasaba nuevas leyes que causaban la indignación del segmento bienintencionado de la población.

El ayuno le resultaba un fastidio; él estaba muy viejo para martirizarse de esa forma. Así que ni corto ni perezoso aprobó una ley según la cual todo aquel que por una buena razón no pudiera ayunar, ya fuera por que estaba enfermo o se encontraba de viaje, habría de pagar una suma determinada, quedando así eximido de la obligación de ayunar.

Las muchas abluciones eran una lata para él, así que dictó una ley según la cual aquel que fuera lo bastante pudiente como para untar su cuerpo de esencias arómaticas podía hacer esto en lugar de acudir al pozo o a los baños.

Casi todos los meses alguna parte de los preceptos del Islam era echada por tierra. Y aquello que el emir dejaba intacto era atacado por sus adeptos. Ya aquí y allá estaba volviendo a alzar la cabeza la antigua idolatría sin que de verdad se hiciera alguna cosa para combatirla.

Hasta que un día, Uzmán, que ya no podía más con la vida disoluta que llevaba, se desplomó en un festín, enfermo de gravedad.

Su muerte fue terribe: el hombre no dejaba de soltar alaridos y de tratar de espantar un algo que solo él veía. Uzmán le suplicaba a este ser que lo dejara morir tranquilamente y que no le pidiera cuentas.

«¡No te conozco, gran ser luminoso!», chillaba una y otra vez. «¡Jamás te he visto! Así que no te debo nada. ¡Toma todas mis joyas, vende mis mujeres, pero déjame en paz!».

Sus consejeros presenciaban el espectáculo horrorizados. Ninguno se atrevía a asistir a Uzmán. Era demasiado evidente que ahí estaba la mano de un poder superior.

«¡Yo no sabía que esos preceptos venían de Dios!», clamó el moribundo. «Creí que eran invención de Mahoma. En lo adelante los voy a cumplir. ¡Lo prometo!».

Uzmán comenzó a convulsionar, hasta que volvió a hablar de nuevo. Así pasaron dos días y tres noches. El tormento del moribundo era insoportable, y el miedo de los vivos aumentaba por cada hora que pasaba. Hasta que al tercer día todo por fin había acabado. Lo último que gritó el moribundo fue:

«¡Ali es mi sucesor!»

Los presentes se miraron atónitos. ¿Qué tenía Uzmán con Ali?

De buenas a primeras, este último estaba entre ellos. Nadie lo había visto venir, y ahí estaba, el único que conservaba la compostura entre los horrorizados presentes.

Con mano firme Ali agarró las riendas del gobierno y enseguida ordenó que de lo ocurrido en el lecho de muerte de Uzmán nada saliera a la luz pública. Ali prometió que todo aquel que le jurara lealtad y cumpliera este juramento mantendría su cargo y dispuso todo lo necesario para darle la noticia al pueblo y para el sepelio.

Los adeptos de Uzmán respiraron aliviados. Seguramente, ahora se evitaría más caos en el país, si bien Ali, que ya era un anciano, no podría gobernar por mucho tiempo. ¿Iría el nuevo monarca a reinstaurar los mandamientos de Mahoma?

Ali no tenía ninguna intención de hacer algo así. Que la gente viera que hacía con sus almas. Eso era asunto de cada cual. Lo único que a él le interesaba era reinstaurar la paz en el país.

Como él mismo había sido el mayor causante de los disturbios, le resultó cosa fácil lograr lo que a los demás les había parecido imposible. La gente se alegraba de que los gobernara una mano firme y ya no preguntaban a quién pertenecía.

Ibrahim se mantuvo en su cargo de jeque de la Mezquita del Profeta, aunque podía darse cuenta de que Ali deseaba su abdicación.

Llegó el momento en que el emir mandó a venir al hijo y le ordenó que dimitiera de su cargo. Ibrahim se negó y le dijo al emir que se alegrara de que no llamaba al pueblo a la rebelión contra él.

Ali, entonces, le dijo con frialdad:

«En ese caso, seguirás el camino de tu hermano Mahoma. La daga de Hassan nunca falla».

Ibrahim sonrió y abandonó la habitación. Al día siguiente, lo encontraron apuñalado en la mezquita.

Dos años más tarde una mano asesina apuñaló el infiel corazón de Ali. Su hijo Hassan reclamó el trono para sí, pero fue rechazado por todas las partes.

A partir de ahí vino una sucesión de califas malos y otros algo mejores. Ya no había quien encontrara la verdad divina en el credo existente, que estaba totalmente orientado hacia lo mundano.

El Islam se volvió intransigente y sanguinario. Conquistó todo un mundo, pero solo porque el señor de las tinieblas se había adueñado de él, convirtiéndolo en un eficiente instrumento con el que lograr sus propósitos.

Todo sentir intuitivo fue despojado de esta doctrina de la fe; el intelecto y las calculaciones se alzaron con el triunfo.

Cuando el Hijo de Dios, a quien el profeta le es dado servir allá arriba en los cielos, recorra ese conculcado país, el Islam podrá volver a alzar la cabeza y florecerá a una nueva vida en la forma que Dios quiere.

 

 

Publicado en: LUZ

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